XII. Adiós

Es mi último día en Atlanta. Se cierra la mitad del verano, un junio preñado de luz y de calor, y de pájaros que seguirán cantando en mi ventana, que ya no será más mía, sino de él. Este junio será uno de esos afiches que se pegan a la piel. Otro verano calcomanía que narraré y que desfiguraré en virtud de esta memoria coja. Escribir es pactar con lo venidero, es como una memoria futura, un cordón umbilical.

No tengo ganas de escribir, sólo quiero sentarme en mi asiento (con ventana) allá, encaramada en las nubes. Y ver el mar. Me sigue emocionando la llegada, aunque sé que todo será más o menos igual.

Lo dejo con todos sus libros, con toda la ansiedad de ese examen que está por llegar, con sus cinco tazas de café al día. Dejo los paseos por downtown, el guante y la bola, ese sol que tanto tarda en apagarse. Dejo el humo y la piscina.

Ayer pensaba en los flamboyanes. Siempre me acuerdo cuando estoy a punto de llegar. No soporto los cuadros con flamboyanes, pero me encanta pararme debajo de sus ramas, ver sus flores al revés. Sigue siendo raro regresar porque sé que me iré otra vez, y hay algo en mí que tiende a lo turístico. Además me compré una cámara (color flamboyán). Sé que tomaré fotos del cielo y del tapón, sé que retrataré por lo menos un flamboyán, el gigantesco húcar de mi casa, cuyas raíces han levantado parte de la tubería, y cuyas ramas han comenzado a meterse por las ventanas y que mi madre se niega a podar.

Tengo ganas también de abrazar a mi perra, Habana, y de quedarme muda frente al mar.

Un pensamiento sobre “XII. Adiós”

  1. es que la puta nostalgia es tan narrativa y a la vez tan peligrosa para la narración. esto que haces me gusta y a la vez me incomoda. qué voy a hacer con lo escribes?

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