X. Bautismo

Hoy desperté más vieja. Notablemente más vieja. Como si el sueño hubiera durado años. Mi cuerpo pelea con un entumecimiento que no sabe si es real, o es sólo producto de mi imaginación. Me sugestiono fácilmente. Creo que voy a tener un día de esos en los que los pies se mueven pesados, las ideas llegan lentas y aburridas, y la comida no sabe a nada. Estoy vieja. He envejecido de la noche a la mañana. Voy a la sala y lo veo a él, tan joven, tan hermoso, tan lleno de planes, de notitas pequeñas en donde escribe lo que se le ocurre a partir de sus lecturas, con su taza de café rebosante, su pelo de comercial para shampoo. Todo en él es joven, su mirada parece nueva, como desprovista de toda la tristeza que vamos acumulando, vacío de malas noticias, malas noches, maldeamores. Eso me pasa por andar con hombres más jóvenes. Aunque la diferencia sea poca, hay algo que se anuncia, un anticipo de mi vejez que se licua en ciertos momentos. Se lo digo: “Me siento vieja”. Que no, que estoy loca, que soy una niña, que tengo cara de adolescente, que me duche, que desayune, que se me va a pasar. “Debe ser que soñaste algo.” Obedezco. Pienso en los bautismos, en el significado de renacer, de ir a las aguas y salir como un niño. Me crié en una familia protestante, pero cool. No digo que sea un oxímoron, pero a veces los protestantes se pasan. Mi madre siempre ha llevado la religión a su modo, muy independiente, muy libre, muy problemática para sus hermanos en la fe.

Me bauticé cuando tenía doce años. Podría decir “me bautizaron”, pero si de algo se jacta la iglesia protestante es de que, a diferencia de los católicos, nosotros nos bautizamos cuando entendemos el significado de “bajar a las aguas”. Claro que a los doce años no es mucho lo que se entiende, pero al menos queda el recuerdo. Mi cuerpo flaquísimo descendiendo a esa piscina, delante de mi congregación, las voces de todos cantando una canción que me gustaba mucho mientras un montón de adolescentes y de adultos aceptan la fe, el frío, el miedo a que se transparenten mis pequeñas formas porque la bata era muy finita y blanca, el pelo mojado, la vergüenza de andar chorreando agua por toda la iglesia.

No le digo nada a Eric, pero me hago la idea de bautizarme secretamente en la piscina. Será mi rito, un rito pequeño que quizá le ponga un poco de orden a este día ingrato.

Llego a la piscina (siempre estoy llegando a la piscina) y veo a Pablo, mi vecino alcohólico. No sé por qué, pero prefiero llamarlo borracho. Debe ser porque siempre está de buen humor y la palabra alcohólico me suena demasiado a enfermedad. Y a tristeza. Su cuerpo, en eterna caída, no es el cuerpo de un hombre derrotado, sino más bien el cuerpo de un chico que disfruta de su primera borrachera. No sé cómo lo hace, pero hay algo en Pablo que no envejece. Cierta levedad debajo de sus pies, una gracia que no tiene que ver sólo con su cuerpo.

Pablo tiene el pelo gris, un bigote ancho y un águila en el brazo. Conozco a Pablo de vista, nos saludamos, nos reconocemos pero nunca hablamos. Nunca, hasta hoy. Cuando llegué a la piscina lo vi debajo de un árbol, tomándose una cerveza. Me vio llegar y no tardó en saludarme. Creo que se cohíbe cuando me ve con Eric. Eso, o la jodía costumbre de los gringos de saludar al hombre antes que a la mujer, como pidiendo permiso para mirarla y soltar un simple “Hi”. Hablamos casi por dos horas, aunque yo trataba de leer un libro. Así fue que supe su nombre real. Sí, Pablo era un nombre ficticio, era mi personaje y yo sentía que ese nombre le iba bien, aunque fuera un gringo súper gringo con un águila alzando vuelo en su brazo. Pablo, desde hoy, se llama Greg. Ni siquiera sé cómo escribirlo, ni siquiera sé si es ése en verdad su nombre. Al igual que el de los niños, el inglés de los borrachos suele ser muy difícil. Estira algunas palabras y se traga otras, suprime algunas sílabas importantísimas para los que no somos nativos, y ese bigote cubriéndole parcialmente el labio… en fin, creo que se hace llamar Greg. Sentí que se me rompía una historia que me había hecho en la cabeza, me dieron ganas de decirle que yo quería que se llamara Pablo, pero desistí. Descubro que me encanta su acento, muy sureño. Habla como si cantara, con una cadencia que me dificulta la conversación pero que me adormece. Me gusta. “Nice to meet you, finally. I’m Margarita”, le digo. “Margarita? Like the drink? Awesome!”, contesta eufórico Greg. Claro, creo que tengo un nombre bonito para los bebedores. Además, desde que me mudé a Atlanta dejé de significar “flor” para convertirme en un trago que ni me gusta, aunque le he cogido el gusto porque a veces –dependiendo de cuán cool sea el bartender– si muestro mi identificación me regalan un margarita. Hablamos de Puerto Rico, pero tengo la impresión de que lo confundía con Costa Rica, de pájaros (tema que Greg domina con mucha precisión) y de la vida universitaria. Me confesó que sus días de bachillerato fueron los más felices de su vida, pero que nunca pudo terminar porque le encantaban las fiestas: “Party, party, party, you know what I mean, too much freedom, too much beer, too much s…” En fin, too much de todo. Su papá le dijo que si lo que quería era ir a fiestas y beber, se consiguiera un trabajo, y él decidió enrolarse en el ejército. Al llegar a esa parte, Greg ya no dijo más. Sólo me dijo que había peleado en Vietnam y se agarró el brazo, como tratando de proteger su águila a punto de volar.

Me dijo que iría a buscar otra cerveza y que traería una para mí. Salió con la cabeza baja, y noté que ahora sí arrastraba los pies. Una súbita vejez subió a la superficie de sus pupilas, llenándolas de tiempo. Ahora que lo veo bien, sus ojos son parecidos a los de Eric. Un verde triste, teñido de humos, de las cenizas de algún volcán lejano. Yo aproveché para meterme al agua. Se me había olvidado el bautismo, ya no importaba. La plática con Greg (la muerte de Pablo) me había rejuvenecido. A su regreso mi nuevo amigo trajo una toalla, dos cervezas, un libro de arte (para no molestarme mientras yo leía) y un florerito improvisado con unas flores blancas que había cortado por ahí. Eran para mí. Me sentí cortejada medio a la antigua por primera vez en mucho tiempo. Puso las flores en una mesita, para crear ambiente, según él. Abandonamos la conversación, yo seguí leyendo mi libro y él se puso a mirar el suyo. Minutos después vi que dormía. Así dormido lo podía ver mejor: su piel llena de sol, su brazo tatuado, la tinta desgastada del tatuaje va tomando un matiz verde parecido al musgo. Sus manos son grandes. En algún momento había trabajado con sus manos, aunque no entendí muy bien en qué, creo que reparaba equipos técnicos. Ahora Greg no trabaja. Su verano es eterno, pero está solo. Tiene un hijo adolescente que vive con su madre y que no ve hace más de cuatro años. Tomo mis cosas y salgo de allí. Eric me espera para almorzar. Greg duerme, no siente el sol que sigue devorando su águila, no siente mi partida. Lo miro otra vez. No sé si es un joven avejentado, o un viejo muy joven. Me cae bien Greg. Me prometió que algún día (no muy lejano) nos tomaríamos un par de margaritas. No sé si se vaya a acordar. Creo que Eric no está invitado.

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