XV. un país feliz

hoy lo vi. le apreté la barbilla,
le quité los lentes y le dije que lo
nuestro, lo de nosotros, lo de aquellos
días, cuando éramos sólo nosotros,
tomaba la forma de un país feliz.
y lo dije porque me gustaba la frase,
pero la palabra, las palabras son caminos,
son puentes que se rompen y que se vuelven
a unir, son presagios, historias de mentira
que aprenden a destilar su verdad, puñados
de saliba convertidos en universos.

así fue que lo dije y mientras salían las
palabras aquel país me invadía, y me hacía feliz.
y vi tu calle y era todo como una película en tonos
naranja, porque allí siempre era por la tarde, y
el sol siempre se ponía detrás de tu casa cuando tus
roomates se hacían los locos mientras nos espiaban.
y era todo de verdad: mis ganas de llorar, el deseo
de atrapar tu boca con la mía, y de decirte que te quise
mucho, y que hoy, ahora, te quiero como se quiere a
ese pasado acuoso de la niñez. así, como se debe querer a

un país feliz.

mi memoria se merienda aquellos besos
que me daba cada tarde, después de aquella clase.
antes de que se fuera, antes de que se nos acabara el mapa
y se nos perdieran los caminos de vuelta. no olvidamos,
no, pero se nos llenó la cabeza de nubarrones, y de sueños
prestados, y de partidas tan frecuentes, y cada vez más cojas.
y así fue como llegaron palabras nuevas, acentos nuevos,
lenguas nuevas. amores nuevos. tanto qué decirnos, tanto que
reirnos, pero la risa es una cascada húmeda, mojada por un
llanto que no viene, pero que se nos cuela un poquito por
cada carcajada, como una tímida lágrima que nos mira y
nos recrimina estos tres años que no hemos sido,
que no hemos estado.

hoy lo vi. en otra calle, con otro carro, con otro trabajo.
otros amigos. otras ex novias. hoy lo vi y mientras lo veía
era como si me mirara por dentro. a la de antes. el pelo largo
y despeinado, las camisitas cortas, mis sandalias de cuero.
me vi y me mordía la tarde, sus ojos eran dos navajas azules
y mi piel, un papel rayado.

hoy lo vi, y fue el día más veraniego de todo mi verano,
una alegría juvenil, medio inocente, medio perversa
iba abriendo mi piel, y yo, dejándome llenar por ese
venenito caliente, espeso, que me sabe a brisa y a salitre.
hoy lo besé como besaba antes, cuando no había nada más
que sus besos, y éramos todos un país feliz en donde siempre
era verano.

Un pensamiento sobre “XV. un país feliz”

  1. ahora creo que eres Proust en busca del tiempo perdido, y la palabra “verano” es el equivalente a la madelaine proustiana. por ahí me acabo de dar cuenta que hace tres años que no tengo verano, porque en verano me vengo a argentina donde es invierno. habría que hacer una veranología de la memoria. concuerdo que los veranos son raros, pero sólo es raro el verano para los estudiantes, porque son los únicos que tienen vacaciones. en fin, estoy haciendo brain storming. ignórenme.

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