Un agujero en la represa: plétora literaria durante la tragedia

He imaginado cuarenta formas de morir (…) Cuarenta muertes distintas. Las he escrito en mis sueños. En mis pesadillas…
Franz Kafka

En ocasiones cuando los eventos se precipitan rápidamente, accidentalmente, la mente sólo conoce una salida, una evasión: la escritura. Y hacia ella se dirige desbocada. Un atentado en Madrid, autobuses volando por los aires en Londres, un estallido de torres en Nueva York, una bomba que nos explota en la calle del frente, todos ellos detonadores. De pronto el anuncio: cien personas muertas. Unos minutos más tarde la cifra se duplica. El espanto mantiene paralizados a muchos. En medio del desconcierto y la reflexión sobre la sorpresiva supervivencia propia, las manos del escritor innato vuelan a perpetuar en letras el escape de lo nefasto; huyen a una dimensión literaria en dónde la meta es hallar el feng shui narrativo.

Al huir nace un valiente, un caballero de la armadura que perpetúa e inmortaliza el suceso. Buscando armonía. Con la respiración casi detenida, con falta de aliento y la garganta apenas cerrada, el creador literario sabe que es casi imposible asimilar tanto horror, a menos, claro, que no se canalice. Y el mejor método es manos al teclado. Yuste hace una acertada alusión del proceso refiriéndose a Kafka:

Algunos con el miedo, con el terror, se lanzan a la calle a gritar. Otros no pueden evitar el nudo en la garganta que provoca, a su vez, el silencio. Un silencio tan terrible como el mayor de los gritos. Pero ése era un grito contenido que no quedaría dentro (…) para siempre, atormentándole. No. Más tarde se plasmaría en sus textos, fluiría por toda su obra, describiendo la muerte de tantos y tantos de sus personajes.

Gabriel García Márquez ha respondido en el pasado a la pregunta de cómo luchar contra la muerte con una afirmación tajante, casi concluyente: “Escribiendo mucho”. El fenómeno de la fecundidad literaria a raíz de un suceso traumático, como respuesta y consecuencia de la peripecia abrupta, ha perseguido a escritores desde tiempos remotos y los ha sometido a periodos de arrebatadora creación artística. En ocasiones extremadamente inspiradoras. El ente poseso de musas se convierte entonces en rastrojo a la merced de la corriente de un determinado evento accidentado, el incidente escabroso o el acaecimiento trágico de improviso. Entonces se crea una exigencia genuina para decodificarlo de algún modo. El mejor de los modos, dicho sea de paso, el de la infusión, el del plectro, el de la inspiración.

En el escritor, la inspiración viene a convertirse en el resultado inminente del efecto dominó desencadenado por la tragedia, el reflejo espontáneo del golpe de martillo en la rodilla. En otras palabras, el agujero en la represa y afortunadamente para muchos, este agujero viene a ser la narrativa.

A saber, la narrativa como elocución literaria tiene dos formas permanentes de expresión: la prosa y el verso, que se ponen a nuestra disposición durante el suceso trágico (Millán, 2004). En las tragedias griegas del pasado se han narrado las aventuras del hombre explorando los abismos y los vericuetos del alma. Por plasmar los rasgos más puros y definitorios de la raza humana en el arte, podría decirse que los trágicos antiguos han sido verdaderos visionarios y patriarcas de la memoria puesta en pausa, como bien han expresado muchos.

En los días actuales, tan pletóricos de sucesos de igual o mayor envergadura, la tragedia adquiere un papel protagónico en los temas que los artistas, específicamente los escritores, adoptan y reportan en sus aportes a la sociedad. El diccionario define el término tragedia como “suceso de la vida real capaz de suscitar emociones trágicas, pero a la vez lo define como una obra dramática cuya acción presenta conflictos de apariencia fatal que mueven a compasión y espanto” (RAE,2005). En nuestros días, más que en ningún otro momento de la historia del mundo, estas dos definiciones armonizan como nunca antes, dada su simbiótica relación.

Varios ya han expresado que el nuevo escritor comparte las vicisitudes y tragedias de millones de personas. Debería añadirse que es el nuevo escritor precisamente el que cambia al mundo desde la literatura, luego de que el mundo ha sido cambiado por la tragedia. Compartir las tragedias es una forma de seguir conectado a la raza humana. Incluso de extenderla a otras generaciones. El lector que frecuenta con relativa constancia el mundo de las letras ha tropezado, seguramente más de una vez, con escritos concebidos en las mismísimas entrañas del dolor humano.

“La historia no es tan banal como parece”, comienza diciendo el autor Antonio Hermosa Andujar en su ensayo Las Tragedias Del Amor. Sin embargo, a veces ni siquiera es necesario que exista el mínimo grado de experiencia banal, o la carencia de ella en su defecto. Todo lo que se necesita es la literatura para decirlo. Para puntualizar, para dejar saber qué nos pasó por la mente, por la piel, por el alma en ese momento tan determinante.

Según Mauricio Otero en un reciente artículo de Letralia, en medio del suceso trágico nos convertimos en “hermanos del verbo” cuando añade: “Tal vez la lección edificante es reconocer que sea como fuese estamos vivos, y que podemos asomarnos a la muerte sin tanto dolor, a pesar de su desolación.” Ese asomo es la escritura; lo hacemos a través de la ventana de la tragedia. Y de la sinonimia que refuerza el “agujero en la represa”, es ella, la tragedia, quien se viste de represa.

En Literatura Tras Tanta Muerte, Toni Montesinos destaca el siguiente hecho: “la escritura ha sido durante todos los tiempos un modo de enfrentarse a la pérdida: terapia, evasión y memoria frente a la tragedia. Cuando aún no nos hemos recuperado del dolor de las masacres, la literatura nos ofrece esa terapia, esa evasión y ese método de permanencia en la memoria.” La literatura, entonces, deviene refugio para olvidar o, por el contrario, recordar a través de la verbalización de la angustia mediante las palabras.

Aristóteles eligió el término «catarsis» para expresarlo, puesto que aseguraba que asistir a un sufrimiento ficticio, o en su virtud, literario, desahogaba las pasiones y alimentaba la compasión, con lo que el alma lograba un estadio superior de equilibrio. Séneca, autor de los Escritos Consolatorios relativiza la importancia de la muerte, pintada en el lienzo de la narrativa, como mecanismo de plasmar, eternizar el suceso y superarlo. En definitiva, la escritura nos ayuda a sobrellevar los traumas que el horror de perder familiares y amistades genera, y que a veces conducen a la psicosis, cuando no a otros extremos como el suicidio.

La historia está y continuará llena de denuncias artísticas ante las guerras, las tragedias, los eternos accidentes con saldo de viudas, huérfanos y sus demás bajas como consecuencia mortal. Tantos conflictos, desventuras e incidentes letales han tenido y habrán de tener su correspondiente reflejo indómito en la literatura. Tal causalidad será irreprensible, ingobernable y tan violenta como el evento disparador que la suscitó. Afortunadamente para quienes escribimos, lo haremos dirigidos por la fuerza gravitacional, una catarsis atómica e intelectual, que bien encaminada, nos mostrará el camino hacia esa plétora literaria.

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