Tortugo (X)

Hacemos el amor y el cielo se estremece. Truena y relampaguea. La lluvia continúa mojándolo todo. Somos una canción de Aute. Revolvemos al aire. Hay dos cosas que son muy difíciles disimular: cuando uno está borracho y cuando se desea a otra persona. Huele a canela y a pudín de chocolate. Sudamos copiosamente. Me veo tocar la eternidad dentro de ella, su cuerpo liviano aferrado al mío, sus labios desesperados ahogados en los míos. Nos estremecemos y sufrimos el temblor sustancioso del éxtasis. Nos venimos en galaxias. Recuperamos las migajas de memorias apocadas por la negación.

Más tarde, flotamos entre sábanas. Pienso en qué momento de mi miserable vida merecí tanta dicha pero carezco de referente, o de recuerdos. Da igual. Mina se acuesta sobre mí. Su sexo mojado juega con el mío y me levanta sensaciones. Comienza a frotarme lentamente.

—Es tal como me lo imagine —dice.

—Quisiera no despertar.

—Busca tu pistola.

La sugerencia es cruel e injusta, mas no menos verdadera. Estoy aquí para matarla.

—No quiero —digo.

—Si me vas a matar, mátame contigo adentro.

Trato de alejarla de mí, pero ella se aferra y sonríe.

—Anda. Métemelo.

Ella se acomoda sobre mí y en solo suspiros estoy dentro de ella.

—Ven… así… dispárame…

Mientras se mueve, alcanza a Melquíades y lo coloca en mi mano.

—No quiero.

—Sí… diiisssspaaaaaraaaa…meeee… —dice, mientras toma mi mano, que empuña la pistola, y se la coloca en la cabeza.

—Noooo… amor, ¿cómo destruir tanta belleza?

Me estremezco mientras penetro carne arriba. Ya me siento bullir dentro de ella, cuando de pronto, se escucha un sonido vibrante como de cepillo dental en la habitación. Mina abandona su cabalgata bruscamente y se torna hacia la voz. Mis ojos han visto extrañezas, muertes y muertos, pero nunca dos improbabilidades hacerse posibles tan seguidamente. Primero, Mina en mis brazos, y ahora, Dorelia en medio del cuarto con un vibrador en la mano.

—¡Dorelia! —dice Mina exaltada al brincar fuera de la cama y cubrirse con las sábanas de la cama. En el movimiento, golpea mi mano y la pistola cae al pie de la cama. Los ojos de Dorelia se van agrietando entre susto, incomprensión y aturdimiento.

—¿Uraschi? —dice confundida a la vez que suelta el vibrador.

No se otorga la oportunidad de corroborar la sensación nerviosa que entra por sus ojos y se desglosa en imagen en su cerebro. Simplemente, deja el instinto evidente llevar su mano hasta dentro de la cartera, de donde extrae el calibre 22 y dispara contra Mina.

Todavía me estoy viniendo cuando el cuerpo de Mina se desploma sobre el mío en complejos matices de un rojo profundo, sus labios titilando en palabras que apenas percibo.

—¡Mina! ¡Mina! —intento que se mantenga alerta, pero como muchos otros deseos míos, todo termina en futilidad.

La última mirada es tierna. Iluminada. Como quien recién descubre una paz nueva e intenta darle forma de palabra. Sus pupilas son dos bocas que llaman desde el otro lado, pero no las escucho, solo las veo desintegrarse en una dilatación final extrañamente indolora y feliz. Y de pronto, aprendo a llorar.

—¿Qué has hecho? —le digo a Dorelia—. ¿Qué haces aquí?

—Yo hacía mi trabajo. Pero, ¿y tú? —dice a lagrima muerta—. ¿Cómo llegaste a la cama de la mosquita? La cabrona. Tanto que lloraba y lloraba. Que si su marido no la tocaba. Que si le hacían falta nuevas sensaciones en la vida. ¡Puta! ¡Puta! ¿Tenía que meterse con mi marido?

—No soy tu marido —aclaro.

—¡Cállate! —dice, y entonces me dispara.

La sangre brota desde el hombro izquierdo y baña el rostro de Mina. Somos uno en un ritual. Dorelia comienza a llorar y se inmoviliza mientras el infierno baila en mi piel. Reclama que lo siento, Daddy, lo siento. La maldigo mil veces. Dorelia agita el arma al aire y se lleva las manos a la cabeza.

—¡Cabrón! ¡Por tu culpa! ¡Yo te amo! ¡Te amo! ¡Te dije que mataría por ti! Desde la cama, adolorido, y sosteniendo el cuerpo muerto de Mina, hago un esfuerzo y levanto mi brazo derecho. Melquíades aún está envuelto en mi puño.

—También dijiste que morirías.

Dorilea deja caer su arma y hace amague de decir algo, pero ya es tarde. El disparo le traspasa entre sus ojos. Se desploma como albatros baleado.

Con el lado derecho del pecho adormecido, me visto y recojo mis cosas. Me inclino sobre Mina y me parece que experimento otra modalidad de belleza imperecedera. Su piel parece haberse liberado del peso y la tensión de la memoria. Se ha hecho una imagen. Un verso. Cambio de materia. Beso sus labios ensangrentados y me parece que la escucho llamar mi nombre.

Sueño y muerte, todo sucedido en una tarde.

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