Tortugo (VIII)

Tomo un taxi y le pido que me lleve a la Calle Inga, en Punta Las Marías. ¿Adónde? ¿A la calle Pinga?, dice el taxista y ríe sólo a carcajadas. Me mira por el retrovisor y ve mi cara de hazme-otro-mejor, papi. Es un chiste, aclara el hombre de tez oscura y barba ensortijada. No le veo la gracia, digo. Seguro le pegaría un tiro en la cabeza, pero me contengo. Necesito completar mi tarea y tal vez comenzar a olvidarme de esta vida. Perdona flor, si te arranqué un pétalo, dice el taxista, y luego de una pausa gélida, arranca en risotadas nuevamente. Afuera se nubla repentinamente y comienza a llover. El tiempo discurre lento pero a toda prisa.

Al llegar a la dirección indicada, pago al taxista y me dirijo a la entrada de la casa. No hay mucha gente caminando por las aceras, observo. De todos modos, nadie camina en esta ciudad, excepto los turistas. Así que, una vez estoy frente a la puerta, entro el código que desactiva la alarma, introduzco la llave en la perilla y me adentro a la casa, como si siempre me hubiese esperado.

El interior parece un museo. Varias obras de arte, mucho espacio y una decoración minimalista bastante conservadora. Parecería una casa de muñecas por su impecable apariencia que le daba cierto rasgo inhumano a la residencia. Todo frío, fijo, como si nadie viviera allí. Miro alrededor y me parece que una casa tan grande encierra una soledad terrible. Dentro de todo el estruendoso silencio, se escucha en la lejanía una pequeña vibración motora, como la de los cepillos dentales de baterías. Perfecto, pienso. Debe estar en el baño.
Las escaleras están alfombradas, como el resto de la casa. Esto puede ser un problema a la hora de limpiar, me digo a mí mismo. Pero si ella se encuentra en el baño, asunto resuelto. Sigilosamente asciendo las escaleras y me da con pensar en Led Zeppelin, la banda que da sonoridad a mi vida. La vibración se hace cada vez más reconocible. Me dirijo a la puerta del fondo del pasillo, que está entreabierta, y de la cual escapa una espiga de luz como si quisiera buscar, por alguna condición de su materia, la oscuridad.

Desenfundo a Melquíades, le doy el beso de la buena suerte. Me paso la lengua por los labios y saboreo el metal. A pasos acrobáticos llego y con un leve golpe con la punta de los dedos, hago que la puerta se abra. Todo es inmaculadamente blanco en la inmensa recamara. La luz escinde los azulejos y ciega. Sentada en el bidet, una mujer queda dándome la espalda. Su bata es blanca y cae hacia los lados como dos alas cansadas. Sus piernas abiertas: una apoyada de la barra en la cual cuelgan un par de toallas; la otra, con el pie en pose de bailarina sobre el suelo. Su cabello marrón destila sobre su espalda. Tiene los ojos cerrados y la cabeza inclinada como si mirara el techo. En sus manos, un vibrador. Todos guardamos torceduras muy adentro, ciertamente.

—Te esperaba —dice.

Al abrir los ojos, clava su mirada en la mía. Tiene un carácter anfibio.

No grita. Se queda paralizada. Apaga el vibrador.

—¿Te conozco?

—No creo —digo mientras acerco a Melquíades a su cabeza.

La mujer apaga el falo alcalino y se incorpora lentamente, girando ahora, con la pistola en su frente, sin separar su mirada de la mía.

De pronto, su rostro comienza a componerse como vectores traídos desde diversos planos. Una imagen que se formaba en el tiempo como si el pasado presionara su rostro esperpéntico contra un molde de alfileres.
Era Mina.

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