Tortugo (VI)

Dorelia duerme la borrachera de anoche al momento de levantarme en la mañana. No la sentí llegar. Tiene caminar de gata, siempre digo. Decido dejarla descansar y me sorprendo de lo considerado que me he tornado con ella, con quien francamente sigo por dos razones disímiles: una, que ella cree que se debe a mí por salvarle la vida hace tres años; la otra, porque Iscariote le cede el lujoso apartamento donde ella vive, cosa de lo que me aprovecho, pues yo ando con el hogar a cuestas. Todo es transitoriedad. Eso sí: el dinero que gano lo guardo en una cuenta bancaria con la idea de retirarme algún día –pronto– a la Isla Tortuga, entre las aguas costarricenses, a mirar el Pacífico, que me llama.

Me cepillo, me afeito, me visto. Salgo a la cita con el individuo.

Cruzo la avenida, entro al Zacude, y me recibe una peste a pura mierda. Allí, vestido en camisa amarilla, con cara de fin de mundo, está quien queda supuesto como mi cita. Ramón, al verme, me grita:

—¡Qué bueno que llegas, porque tu amigo se ha cagado encima y vas a tener que limpiarlo tú!

—Lo siento, tengo problemas de incontinencia—dice el hombre que, aparte de la camisa amarilla, viste chaqueta negra, kakis y zapatos casuales.

—Jum… igual yo. Por eso me retiré de la poesía —improviso.

—So puerco… —le reprocha Ramón al tipo—. Tuve que limpiar su porquería.

—Tranquilo. Se trata de un problema físico nada más.

—¿Ah, sí? Pero no es tan viejo como para justificar que se cague encima —repudia Ramón—. A éste le han reventado el culo, creo yo.

—Eso no te importa, Ramón… eso pasa —digo, y le guiño un ojo, mientras le facilito cuatro billetes de cien dólares.

—Con que le han dado hasta más no poder… —dice el dueño del Zacude contando los billetes—. No hay problema, entonces.

—¿Podemos tener más privacidad? —pide el hombre de la camisa amarilla, evidentemente incomodado y enojado.

Salimos de allí. Caminamos unas cuadras y nos sentamos en el Mangulete, un restaurante dominicano. Con trasfondo de bachata, allí el tipo dice que su nombre es Albert y que el asunto que nos une es asesinar a su esposa, cosa que necesita que yo haga lo más pronto posible. Lo dice así, fresco lechuga. Sin pensarlo mucho y más bien, como si de tan solo decirlo se liberara de un gran peso.

—¿Qué le parece? —me pregunta.

—Me parece que es horrendo.

Entonces, de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta, me faja con un sobre.

—Hay treinta mil.

—Muy generoso.

—Y también una llave y el código para desactivar el sistema de seguridad.

—Suave.

—No te infles. Lo cambio cada tres días. Como decía, mañana estaré toda la mañana en juntas de negocios. Y a mi regreso a la casa en la tarde, debo encontrar el cuerpo de mi esposa.

Hecho. Por treinta mil dólares, se complacen peticiones. Así, sin pensarlo mucho, me guardo el sobre con el dinero y le pido que me facilite la dirección exacta y una foto de la víctima. La dirección la genera al momento. La foto me la debe, dice, pero que no me preocupe: ella siempre está sola. En la mañana, la asiste un ama de llaves que al medio día se va porque tiene otro trabajo en una cadena de comida rápida. Mi esposa apenas sale, acota. No tiene muchas amistades. Es un primor de mujer. ¿Y por qué querría asesinar a alguien así?, pregunto. Yo no lo haré. Lo hará usted. Claro, por supuesto, enmiendo. ¿Y por qué querría deshacerse de una mujer así, aparte de ser maricón? Eso es asunto mío, me dice, pero que cree que su esposa tiene un amante. Me suena algo apologético, una justificación macabra y enfermiza de una mente de similares categorías, pero, nuevamente, todos guardamos torceduras muy adentro.

No se habla más del asunto. Me levanto y camino de cara al sol.

Llamo a Dorelia y no me contesta. No sé ni por qué lo hago, pero debe ser el hábito de convivir con una mujer que ha hecho tanto por uno, aunque no la estimo como debiera. Debe estar trabajando, presumo. Tareas especiales de último minuto.

La tarde se torna pesada y calurosa. El aire de pronto deja de soplar en la ciudad. Miro mi reloj y pienso que es buen momento para pensar en Isla Tortuga.

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