Tortugo (IX)

Sentado en una esquina del baño, fumo insistentemente mientras Melquíades descansa sobre uno de mis muslos. Opuesta a mí, Mina me observa, con las rodillas comprimidas en posición fetal. Es una pesadilla. Es un sueño.

—¿Fue él? —inquiere.

Fumo.

—¿Fue él quien te ordenó que me mataras?

Exhalo.

—Maricón —dice—. Quiere quedarse con mi dinero y traer a vivir aquí a su novio.

La ignoro. Es demasiado golpe para diluirme en una conversación que, como muchas otras cosas, no me importa en nada.

—¿Vas a matarme?

Apago el cigarrillo en el lavamanos. El baño se ha llenado de humo.

—Pero qué digo. Ya lo hiciste una vez. ¿Qué cuesta repetirte? Sólo somos un eco, solías decir en clase.

Cierro los ojos. No sé por qué confío, pero cierro los ojos. Me parece verla con su falda cuadriculada y su olor a frutas cuando cruzaba frente a mi escritorio para sentarse en el primer pupitre. Lo intocable hecho piel. Incorruptible, excepto por mi mano.

—Nunca contestaste ninguno de mis correos. ¿Por qué? Sufrí mucho cuando te despidieron. Me sentí culpable.

—Nada que lamentar, Mina. Fuiste buena estudiante.

—Quería ser buena en más que eso.

—Pero no, ¿no entiendes? No se podía.

—Claro.

—Era comprometedora la situación. Perdía mucho.

—Perdiste como quiera, René. Mírate. Eres un sicario, por Dios.

René. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me llamó por mi verdadero nombre?

—¿Cómo has caído en esto?

Me pregunto lo mismo, pienso.

—Mi maestro, mi sueño, mi ídolo, ¿un asesino?

Carezco de materia prima: me faltan las palabras. Me siento aturdido y conmovido a la vez. Empuño a Melquíades.

—¿Cuánto te pagó por el trabajo?

—Treinta mil.

—Hijo de puta —dice entre dientes y se levanta bruscamente y sale del baño.

De pronto me siento que el caos es mayor que el misterio y me pregunto qué hacer.

—Mina, escucha… —corro tras ella.

En medio del pasillo, se torna hacia mí. Comienza a golpearme como puede, dado que trato de sujetar sus manos.

—¡Mátame! ¡Mátame! ¡Anda! —dice entre lágrimas, y luego se desploma en desconsuelo sobre mí—.

¡No sabes cuánto he sufrido! No sabes lo que he pasado. No sabes nada de esta vida de ornamento social. Y yo que toda mi vida he esperado volver a verte; y me he preguntado qué sería de tu vida, qué estarías haciendo; si tendrías hijos y esposa; si estarías fuera del país. Te he pensado y te he deseado sin nunca tenerte y, mientras tanto, he sido presa de aquella foto que nos tomamos juntos en el gimnasio del colegio. ¿Recuerdas? Era el Día del Maestro. Te besé el cachete. Y te deseé como nunca.

—Mina, calma —es lo único que puedo decir—. Aquello era un amor platónico, un Puppy love…

—Tenía dieciocho años… yo quería que me iniciaras en la vida, que me enseñaras.

—Pero ahora, ¿qué diferencia hace? Ha pasado tiempo. No puedes amarme aún.

—¿Quién te crees para decirme lo que debo sentir o no? ¿Eh? Ah, pero tú… ¿alguna vez sentiste algo?

La presiono contra mi pecho y de pronto concibo su calor desnudo aprisionarse contra mi cuerpo como una ráfaga de azufre. Mis manos recorren su espalda firme. Ella se separa de mí, toma mi rostro en sus manos.

—Dime. ¿Alguna vez sentiste algo?

En su mirada acuosa, me parece que rejuvenezco.

—Sí.

Lentamente, acerca su rostro al mío y deposita un beso suave y se apresta a quitarme la camisa.

—Si has de matarme, quiero morirme mientras me clavas —dice.

La bata cae como un telón.

No sé si el acto comienza o termina. No sé quién es el asesino.

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