Tortugo (IV)

Son las cinco de la tarde y el rugido de la ciudad en transformación entra por la ventana. Dorelia se acurruca sobre mi pecho y se queda dormida. Es un eco, ciertamente, de Mina, de la que aún conservo impresos aquellos emails de amor incondicional que cruza todas las barreras, que no tiene edad ni otros abismos del tiempo, y que me eran frecuentes mientras ella era mi discípula. Mina, mine, mi nada. Aquel intocable nexo con la perfección era a la misma vez la distancia que nos separaba, precisamente, debido a la edad y otros abismos del tiempo. Su último correo decía: “Espera por mí”, mensaje que de algún modo llegó a las manos de la Sister del colegio y quien determinó como prueba circunstancial aquel libro de Nabokov que Mina leía y releía, más que como tarea de clase, como fijación de una fantasía. Además, decía la directora, ¿qué brecha amplia queda entre una joven de 18 años y un profesor de 25?

Al ser expulsado del colegio, recibí una llamada de la madre de Mina. Me culpaba de pervertidor de menores, de abusador de conciencias. Mina, al sentir mi ausencia, había caído en un estado depresivo que la había llevado a un intento de suicidio. Espero que esté satisfecho, cerdo, me dijo la madre de Mina. Le deseo que la luz entre por sus pupilas. Y yo pensaba que ya era tarde –por lo de la luz entre mis pupilas– y pensaba en los ojos de la chica, prendados de los míos, de aquel verde anfibio que nadaba en su mirada, y entonces la veía más distante, intocable e imposible, aunque a sólo un aliento de distancia. ¿Cuándo en mi vida merecí tanta dicha del alma? Algunos principios se componen de finales.

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