Tortugo (II)

Camino al apartamento, parecemos siameses. Dorelia va encendida y saliva a la vez que me dice que no se puede aguantar, Daddy, que me relamo al verte con actitud enérgica. Aguanta ahí, le digo. Esto va de a paso lento, pero seguro. Como las tortugas, me dice, y ríe. Yo me entiendo con la paciencia. Observo a Dorelia y noto que en su mirada, a pesar de su oficio, habita un trazo de inocencia, de algo tal vez intocado y puro a pesar de la podredumbre de espíritu. Hay algo dúctil y nítido y no sé qué es, pero me reclama la memoria: me recuerda a Mina. Entonces, me apresuro junto a ella hacia el Bam-Booze, la tienda de licores de la esquina. Allí nos llevamos una botella de escocés, cigarrillos, donas azucaradas para mí y una caja de cerezas cubiertas de chocolate barato. Pagamos y nos largamos.

No bien habíamos cerrado la puerta del majestuoso cuarto que Iscariote arrienda para Dorelia en aquel edificio de viejo art noveau, cuando me desabrocha los pantalones y se dirige ansiosa hacia mi miembro. Lo acapara todo con su gran boca y le recuerdo que escupa el chiclet antes de proseguir. Ella detiene su labor y ríe como una chiquilla a la que le reprenden por una travesura. Enciendo un cigarrillo mientras ella retoma el asunto de la mamada. Miro por la ventana y veo que en el edificio adyacente hay una mujer mirándonos. No es joven, pero se ve que tiene buen cuerpo. Se aferra al alféizar sin separar su mirada de la mía, que se esconde tras las bocanadas de humo que voy soltando. La mujer se levanta el traje poco a poco, se remueve las panties un tanto, y comienza a masturbarse mientras la inmensa boca de Dorelia me traga. Sus manos sirven de resguardo a la faena. Miro en dirección de la mujer de la ventana y la veo ondular con lentitud. Me quito el cigarrillo de la boca, me doy un trago del escocés, y vuelvo a fumar. No sé quién se viene primero, pero toda vez que termino de eyacular, la distingo sonreír y retirarse de la ventana. Entonces, Dorelia, que tiene poder de concentración para asuntos competentes al sexo, me dice: «Métemelo por el culo».

Me percato que en mi boca solo queda el filtro del cigarrillo. Lo arrojo por la ventana, extraigo la vaselina de la mesa de noche y levanto la falda de colegiala. Cierro los ojos. Sueño.

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