Tortugo (I)

Suena el móvil que descansa sobre la barra y miro el número de procedencia, por si lo reconozco. La unidad es prepagada y no tiene ninguna de las ventajas glamorosas de los planes de telefonía, por tanto, las llamadas que entran se pagan igual que las que salen. Es el Tao de los celulares prepagados. La pantalla lee “Private”. Sin la tilde en la “i”. De lo contrario, sería un imperativo innecesario, pues mi vida ha sido privación desde que me echaron de aquel colegio para niñas en donde, pensando en cuestiones literarias, cometí el error de asignar la lectura de la Lolita de Nabokov, en consideración de sus atributos literarios y no por la perversión del narrador.

Vaya manera de carpe diem tremens, pienso. Es lunes, pero todos los días de mi vida parecen el mismo y a veces pienso que viajo dentro del caparazón de la tortuga que sostiene el universo. Y encima de todo, Dorelia intenta levantar el aparato que descansa sobre la barra pero tiene dificultad por las uñas postizas que le sobresalen cuatro pulgadas sobre el horizonte de sus dedos. Es patético el acto y salgo a su rescate.

—Diga —contesto, mientras enciendo un cigarrillo.

—Con Tortugo.

—¿Quién es?

—Eso no tiene importancia en este momento.

—¿Ah, no? —digo, y cuelgo.

—¿Quién era, Daddy? —pregunta Dorelia, quien me llama así de presunto cariño, y que sólo necesita una cerveza para activar la intoxicación permanente de su cuerpo.

—Nadie importante.

El móvil suena nuevamente. Private. La insistencia habla. Es sígnica, whatever that means. Vuelvo:

—¿Quién es?

—No cuelgue, por favor, necesito hablarle.

—No soy psicólogo y esto no es una línea 1-800.

—Ya sé, ya sé. Vengo recomendado por Iscariote.

Iscariote es el Rey de la prostitución de salón, como le llamo al oficio de sus damicelas que rondan las discotecas y los hoteles. Todo es caché y estilo, dice Iscariote, quien frecuenta los más exquisitos lugares de vida nocturna con una capa violeta y bordeada de cristales como un horizonte que destella tras el paso imponente de chulo suave en sus maneras, de un afeminamiento locuaz y ágil, pero cruel y despiadado en la ejecución a la hora de ajustar cuentas.

—¿Cómo conoce a Iscariote? —intento corroborar la veracidad de la información.

—Es… amigo de un amigo. Soy buena gente —me dice la voz.

Es maricón, pienso.

—Pues, ¿qué desea? —disparo.

—Una cita.

—No soy servicio de escolta.

—Es para un trabajo de esos que me dice Isca que usted hace bien.

—¿Ah, sí? Pues le veo mañana en el Zacude.

—¿Dónde?

—El Zacude. Avenida Ponce de León. Santurce. Diez a.m.

—Bueno, al menos hábleme algo de usted. Digo, qué sé yo, me pregunto, ¿cómo voy a reconocerlo?

—No estoy aquí para hacer conversación de domingo. Además, quien debe reconocerlo soy yo a usted. Así que póngase una camisa amarilla, para identificarlo mañana a las diez en el Zacude —dije, y colgué.
Ramón, el dueño del bar, se acerca a mí.

—¿Escuché bien?

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? Hiciste una cita aquí, en mi pub.

—No es un pub, es una barra de mala muerte.

—¡No quiero que uses mi pub de oficina! ¡Lo calientas!

—No es un pub; es una barra de mala muerte. Y no lo utilizo de oficina. Por el contrario, lo que hago es traerte un cliente.

—Gracias por el telemarketing, papi, pero no quiero que lo hagas más, ¿entendido?

Lo ignoro. Ramón tiene un delirio de poder pasajero, seguro. Lo sé porque es mi hermano mayor y, además, no es la primera vez que cierro un contrato en su barra.

—¿Entendido? —insiste ante mi silencio.

Dorelia se desabrocha dos botones de su blusa blanca y se excita ante la posibilidad de que terminemos, como otras veces, a los golpes.

—Dile algo, Daddy —dice ella sonriendo y con la respiración agitada.

—Y no me traigas gente aquí en día de limpieza si no vienen a ayudarme —advierte Ramón—. Y menos si es una mujer que fue mía.

—Nunca fui tuya, Ramón —aclara Dorelia—. Sólo estaba contigo.

—Mira, so…

—Déjala —resuelvo.

—¡Dile! ¡Dile! —insiste Dorelia, mientras se pasa las manos por el cuello.

—Mejor vámonos —le digo.

—Tengo trabajo, Daddy —dice Dorelia, mientras se arregla la falda cuadriculada.

La compadezco. Dorelia trabaja para Iscariote como servicio de acompañamiento. Gana quinientos dólares por hora, pero desde que tiene problemas con la bebida, Iscariote la ha relegado a lo que él llama “encomiendas especiales”. Trabajos livianos con viejos, mayormente. Es claro: Iscariote no confía en ella y yo tampoco.

—Vaya. Nos echamos un polvo y te vas contenta.

Ella sonríe. Se lame los labios. Se arregla el pelo en los espejos de la barra. Nos vamos.

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