Tiempo que no pasa

Y entonces, hay que volver a hacer las maletas. Guardarnos los pedazos que somos y reubicarlos en ese que se supone, es nuestro espacio original. Así pasa casi siempre. Justo cuando empezamos a acomodarnos, nos toca hacer maletas. Recoger las palabras, amarrar los recuerdos, limpiarnos los besos. Bajar la mirada y pensar que cada vez aprendemos más el duro ejercicio del desarraigo. Cerrar los ojos y disuadirnos de esa otra idea que nos pide asiento, calma, detención de movimiento. Qué ciclos tan predecibles los de la vida. Los de las idas y las vueltas. Ya cuando el cuerpo se nos acostumbra a esa otra carne, nos tenemos que ir. Así funciona. Irse siempre es una opción, y no precisamente de cobardes. Soltar los amarres, caminar más rápido, tirar las puertas. Hacer ruido, mucho ruido. El estruendo justo para apagar todos los silencios que se quedan ahí. Revoloteando debajo de la garganta, haciéndole nido a las mariposas negras del encono.

Selección recurrente eso de empacar. Se trata del arte de validar y caducar, de decidir qué se va, y qué se queda. Ejercer la dictadura frente a los objetos, frente a los recuerdos que se amoldan a este cuerpo. Entonces, nos sacudirnos el polvo acumulado durante tantos meses y aterrizamos. Y abrimos los ojos para ver el tiempo que no pasa. El destiempo del tiempo que escapa a la temporalidad. Y nos topamos con los mismos árboles, las mismas caras con las mismas marcas que tampoco pasan. El tiempo se convierte en una esponja que se absorbe a sí mismo, y se evapora y se extiende lento, sin hacer ruido. El tiempo que no pasa soy yo, y son todos. El reloj no corre ni siquiera en la distancia. Pero hay algo, un segundo perdido que conoció la permutación. Un secreto, una diferencia que no grita, pero que se siente. Entonces es cuando sabemos que el tiempo sí pasó, y que creer en su detención es parte de una ilusión. La ilusión de ser y de permanecer tan intactos como el tiempo que no pasa.

Llego y deshago mis maletas, y corroboro con dolor cuánto tiempo ha pasado. El tiempo que se cuece adentro y no en el calendario. Y reconstruyo, otra vez, todo lo que no soy. Y trato de parecerme a mí. Retomo un camino que dejó de ser mío y lo camino a sabiendas de la gran hipocresía que cometo. Y camino aunque las pisadas ya no son iguales, y saboreo el riesgo de ser descubierta en el intento de parecerme a mí. Porque no hay nada más osado que tratar de parecernos a nosotros mismos, a esos que ya no somos. A esos que no van a volver.

8 pensamientos sobre “Tiempo que no pasa”

  1. Alguien debería decirle a esta jovencita que escribe como los ángeles, diabólicamente. Tiene velocidad, le sobra estilo, y ¡qué no decir de la profundidad displicente! La belleza, de nuevo, tonteando con lo terrible. Tu inteligencia-bisturí, Margarita, corta y cura; cura, sí, pero primero corta.

  2. Me simpatizo tu escrito, fui a leer tus escritos anteriores y veo que el tema del vacío -que tanto me gusta- es un tema recurrente en ti. Me parece que lo trabajas muy bien y que tus apreciaciones son acertadas -palabra que casi siempre quiere decir que coincido contigo y no necesariamente que ambos estemos en lo correcto-. Muy interesante tu idea del objeto=memoria, como bien dijiste en un post anterior: “la verdad es que necesitamos ese remitente inefable que apacigua el temor de olvidar”, creo que nos reconoces en nuesta condición de baúl de olvidos.

    Me recordó el título un libro de Maurice Blanchot, El paso (no) más alla, de hecho, creo que poner el no entre paréntesis en el título de tu texto, ya que discutes si el tiempo pasa o no pasa, sería buena idea a mi juicio.

  3. Thomas pynchon: La jovencita dice GRACIAS…y quien eres tu? Sabes que? Tu comentario es mejor que mi post…

    angelantonio: Tampoco te conozco…pero ya veo tu foto, y algo es algo. Gracias por leer mis post anteriores, es un honor. Me recuerdas a un amiguito que tenia cuando era chiquita…seras tu?

  4. qué curioso, una version intimista de lo que se parodia (?) en los cines con la llegada del filme boricua que anhela regresar. crees que la secuela se parezca a sí misma, la de antes?

    a mucha gente le gusta leer a tomasito como un escritor de alegorías. no me hagan caso, denle pichón.

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