Table Mountain II

La barba blanca que baja de la montaña es la barba de un viejo añejo que fuma y fuma (de todas las metáforas para este fenómeno eterno ésta fue la más elaborada que escuché) enredada con el humo que sale de su pipa, mientras día y noche, noche y día embrollaba al diablo de la montaña vecina con adivinanzas de puro pensar. Eso me contó Ganif, el taxista cabeño que me llevó de regreso a Muizenberg ese primer fin de semana. Me lo contó deslizando versos en paso fino como columna sobre la carretera, sedosos y sin impacto.

Que si era una leyenda, le pregunté. No, que ése era su poema. Y siguió con otro. Que si quería leerlos, estaban en su celular. Escritos en las largas idas, avenidas y esperas de su trabajo. A condición de que no se los enseñara a nadie más.

Ése fue, pues, el primer pie forzado de una larga controversia. Meses de smses en estrofas, sobre el tiempo, la paciencia, la luz, la supervivencia. Deshaciendo filosofía con versos… o versos con filosofía. Estrofas sobrelapadas, trovadoras y callejeras que se prestaban mutuamente para terminarse. Ganif siempre en mayúsculas, con palabras largas de mucho viento, y yo recogiendo los versos que me picotearan los pies.

Write me something about money” podía ser el pedido de la noche, un buen día sin plan. En ese espacio sin rutina tan importante fue la factura como el destiempo; de mañana, entre sueños o madrugada, a veces tres en un día y otras, ninguno en diez, lo importante fue mantenernos despiertos, no en la noche, sino como el viejo añudo en la montaña que en su barba humosa fuma y fuma sin parar.

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