Table Mountain I

Jo, la canadiense pelirroja y la única otra voluntaria internacional trabajando en la oficina al momento, me invitó, ese primer fin de semana en Sudáfrica y antes de que pudiera yo misma proponerme algo, a subir a Table Mountain. Mi primera visita a Cape Town, propiamente. Era día de noche de luna llena y, por eso, ocasión mensual de peregrinaje capetoniano al tope de la montaña. Un par de horas. Nos fuimos en el metro, tercera clase, empezando con un brinco directo desde la entrada de la estación hasta la panza del vagón preñado de gente que se iba a cerrar. A medio acomodar y mirando a la playa nos empezamos a mover al ritmo sudoroso del tren de las cuatro de la tarde.

Llegamos a Cape Town y compramos el boleto que acabábamos de usar. Salimos de la estación y encontramos todo al revés. La luz grisácea de la tarde parecía evacuar de espacio la ciudad mientras la hacía, por eso, más masiva y empequeñecedora.

La amplia acera tras los jardines parecía combarse bajo nuestros pies, cuando en realidad nos llevaba cuesta arriba hasta el edificio donde recogeríamos a una más. Un portero senegalés, siempre sonriente y a quien habría de ver varias veces más, nos abrió las puertas del edificio. Ahí, se dice, viven las altas esferas del ANC, todos vecinos. Bajamos, llegamos en taxi hasta la mitad de la montaña y empezamos a subir.

Fue la primera vez que experimenté, sin posibilidad de escape, la gran cavidad que es Cape Town. Si bien es algo que siempre se siente, especialmente cuando eres un puntito, vacilando abajo en el mismo centro de la concavidad de su media esfera, nunca parece tan verdadero como cuando estás arriba, en la puntita de su garganta que se escapa sin miedo hasta el horizonte. No sé cuántas vueltas le dimos a la montaña, cada vez viendo más del aluvión de casitas y edificios que parecían empozarse como harina a los pies de la montaña a uno y otro lado, cuando nos encontramos, justo de frente, con el atardecer. Para entonces, la costa se escurría bajo una inmensa colcha de nubes, mullida y apretada. El sol, asomado justo por encima, centelleaba rabioso de anaranjado y rojo, como si, ahora con la ciudad escondida bajo esa sábana densa, entre él y él no existiéramos más que nosotros. Hundirse el sol fue de nuevo invertir las geometrías. Nos fuimos con él por debajo del mar. Se perdió el rojo y el anaranjado y nos quedó una inmensa piscina de azul. Anegada, la colcha de nubes se tornó en bancos de arena submarinos, abriendo cunas entre arrecife y arrecife del ancho mío con mis manos extendidas. Y la corriente densa del aire nos hizo bucear.

* * *

En la oscuridad que crecía se seguía acumulando gente. Jóvenes, familias, comidas y bebidas. La mayoría locales y algunos, como nosotras, de prestado. Hormigueaba la gente hasta el tope como empezaban a hormiguear las luces en la ciudad. Todos esperaban, ahora hacia el este, el fino mordisco dorado que en el negro de la noche anunciaría a la luna. Casi se nos pierde, pero el destello se le escapó a las nubes y nos dejó ver una luna que salía como moneda sobre la ciudad. Anaranjada como el sol, pero a medio tibiar en el frío de la noche recién llegada. Salió completa y el mar de nubes nos acabó de engullir. Allá arriba, tan lejos que estábamos del agua.

Con ellas empezó el viento también a subir, como si nos quisiera despeinar del tope de la montaña; rascarse el hormiguero de gente de la morusa. Trajo unas gotas de lluvia y un frío agujoso. Y antes que nos despeñara, decidimos despeñarnos nosotros.

Despeñarnos no sólo porque bajamos de la peña, sino porque la peña, literalmente, se nos desprendió de los pies. Bajando, la inundación de nubes nos borró el camino y cada paso se hizo un malabar adivinatorio, un acto ilusionista de descalabro que en el último segundo hacía aparecer piedra firme. Descubrimiento al contacto. Afortunados fuimos los que nos pudimos reunir, como alevillas, en torno a las pocas linternas esgrimidas entre las decenas de gente. La luz, por lo menos, adelantaba la tierra un par de pasos antes de estrellarse contra la masa blanca de nubes que lo rodeaba todo. Algo así debe sentirse caminar sobre las aguas. Sin duda, así se siente caminar sobre las nubes.

Horas después nos encontramos de vuelta en el aluvión agrumado de casas y edificios, recién gotereadas en la barriga de la ciudad. Y allí, otra vez un puntito mudo en su cuenca inmensa, todo volvió a la normalidad.

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