Swazilandia

Cuando dejamos Johannesburgo se nos desengulló detrás el rollo de la pura ruralía sudafricana. Amasada con dedos negros de barro suave en un despliegue de tierra a los cuatro puntos cardinales con el sonido amortiguado de su propio nombre: Mpumalanga. Íbamos camino a Swazilandia, un pequeño reino mordido en dos terceras partes por Sudáfrica.

Apretado como la cortina de lluvia que nos arropó llegando a la frontera. Se nos arrojó sedienta en todas las paradas: el puesto de Sudáfrica, para estampar la salida; el puesto de Swazilandia, para empapelar la entrada. La lluvia quería que supiéramos que andábamos en otro lugar, aunque no fuera evidente. Por eso, quizás, fue que nos cerró la noche entre agua y bruma. Esa noche guiaba Neill y yo a su lado, y a ambos nos tocaba extraerle la carretera a ese paisaje de niebla sin luz. Yo le decía si andaba en el carril, del lado izquierdo; él hacía lo propio del lado derecho. Y así desenrollamos el encintado camino a la negrura, cada vez más lejos de Mbabane. Sin luz podíamos saber que subíamos colinas mansas y que íbamos de camino a la hospedería rural que habíamos llamado algunas horas antes.

La noche mojada nos dejó llegar, pero todavía sin ver. Encontramos la vitrina de luz de la recepción donde nos esperaban. Entre grama y fango conseguimos la cabaña donde el barro se subía a las paredes para amasarnos una casa de tierra olorosa en este lugar remoto. Ventanas y paredes de madera que nos enfundaron en ese olor sabroso a hogar en las sencillas esteras de pura lana.

* * *

Se corrió la cortina de la noche y me despertó el mugido de una vaca con su hocico frente a la puerta. Abrí una media puerta y se espantó sin miedo hacia otra vaca que amamantaba su becerro, camino a la terraza por donde otras se paseaban, regodeando su reflejo en las puertas de cristal. Me desenredé de la cama para embalarme en un paisaje invertido de grama húmeda con ramas secas que desganchaban del piso; una media guagua hecha casi tronco de vieja, y pedazos de carcacha que reposaban como críos entre las gallinas y rocío color gris escarcha que le hacía eco a una quebrada intuida.

Desayunamos lo que nos quedaba y me fui a escribir lo que nunca terminé porque llegaron Ntombozi y su amiga a tocar las páginas de lo que había escrito y a bailar kwaito al lado mío. Kwaito y otras cosas que discutían con el DJ-bartender que escurría la música por las ventanas y les trampeaba los pedidos. La cortina, esta vez de sol gomoso y aire frío, se cerró detrás de las colinas de tierra contoneada como si no hubiera otra tierra de la cual venir. La frontera se engulló a sí misma con las muchachas bailando conmigo, llenando mi cámara y encomendándome al futbolín. Se revirtió con los bailes elásticos de Sibizo, un zulu que suave como un Swazi me juró que habiendo nacido allí, nunca regresaría a Sudáfrica.

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