Stalin, la puta y el perro

“A quien pueda interesar: Stalin asistirá tarde a la escuela hoy debido a que explotó un transformador por nuestro lugar y como no había luz el despertador no sonó.

[Firma ininteligible, quizás María algo]”

Usaba su mejor letra cursiva, y hay que aceptar que lo hacía muy bien; yo nunca he podido escribir en una guagua sin que mi pulso ceda al movimiento y el texto resulte en una tembladera. Eran sólo las ocho de la mañana, y no entendía cuán tarde podía estar Stalin. Bueno, quizás es que entraba a las 7:30. Quizás estaba a tiempo pero no pensaba entrar, llegaría tarde a propósito. Pero es más probable la primera opción. O eso quiero pensar. La excusa era bastante ingenua; era posible que fuera cierta. Estuve a punto de ofrecerme para escribirla, con mi letra más femenina y estilizada, pero ya estaba terminando y no quería tomar por menos su esfuerzo. Dobló muchas veces el papel arrancado de libreta y se lo metió en el bolsillo. Ya no había nada que hacer ahí.

Por cierto, Stalin era su verdadero nombre.

Me bajé. Esperando la segunda guagua, dobló la esquina una puta trasnochada. . . Un jovencito, quizás de mi edad. Tenía la cara marcada. Vestía una camisilla tipo “halter”, sin nada con qué rellenarla, con el abdomen flaco al aire. No se tomaba el trabajo de afeitarse las piernas y estaban al natural, piernas de hombre, hombre de las rodillas hacia abajo, aunque hacia arriba tampoco engañaba mucho que digamos. Le habló a una barrendera, ella sacó de su bolsillo una moneda y se la dio. Vino hacia mí, se sacó los ricitos de la cara y me dijo, con voz de hombre jugando a ser mujer: “Mira, chica, ¿tú tienes una peseta que me regales?”. Su voz era serena, sin vergüenza, amistosa. Por su apariencia, era obvio que era una puta y lo hacía por droga, pero no por su voz. Le dije que tenía la peseta justa para la guagua y puso cara de comprensión, como la pone una amiga. “Ay, bendito, no te preocupes.” Y siguió su camino hacia la avenida transitada, a pasar malos ratos y a recibir malas miradas.

Un perro rubio con collar llegó de donde mismo vino el muchacho. Comenzó a cruzar la calle y dejé de respirar. Lo hizo mejor que muchas personas que conozco. Lo hizo mejor que el viejito que trató de cruzar de Plaza las Américas a Kmart desde la parada y murió atropellado. De repente me pregunté por qué a los niños chiquitos les gritan tanto para que aprendan a cruzar la calle y aun así tardan años en hacerlo bien. Cuando tenga hijos sólo los lanzaré desde la acera para que se bandeen solos y luego me conduzcan a mí, que ya desarrollé las malas costumbres.

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