Sobre la dispensabilidad

Quién sabe quién nos sustituye, sólo sabemos que se nos sustituye siempre, en todas las ocasiones y en todas las circunstancias y en cualquier desempeño, en el amor, la amistad, en el empleo y la influencia, en la dominación, y en el odio que también acaba por cansarse de nosotros…
Javier Marías, Tu rostro mañana

Puedo fingir. Vestirme de modestia y caminar como si entendiera la mediocridad de mi existencia. Puedo disimular mi altanería como si tuviera la certeza de ser sólo un poco de masa echada a andar. Puedo proyectar nobleza de espíritu, y lograr que me quieran precisamente por esa sencillez que a menudo me invento. Puedo pensarme pequeña y disfrutar mecánicamente de mi planeada invisibilidad. Pero sería un mero fingimiento.

Debo confesar que a menudo me parece que el mundo gira en torno a mí. Dicho más claramente, que soy yo el centro del universo. Sé que a otros también le pasa. Egocentrismo le llamamos. Los egocentristas somos algo así como un ombligo gigante, un eje central que mira para todos lados, y que es visto a su vez por todos los demás ojitos. Pero no sólo somos ombligo. Lo somos todo. Los centros y las esquinas, la superficie y lo hondo, lo liviano y lo pesado, lo grande y lo pequeño. Lo visible y lo invisible. El egocentrista peca de ingenuo al creer que todo lo que pasa guarda estrecha relación con su vida. Así bien, naturalmente los egocéntricos somos gente muy sufrida al tener que enfrentar constantemente una dura verdad (como todas las verdades, que son duras como piedras): la vida sigue a pesar de nosotros.

Al egocentrista no se le suele tener pena. Más bien pensamos “bueno que le pase por K…”, o “ahí tiene, para que aprenda a ser humilde”. Sin embargo, a pesar de ese desprecio general, el egocentrista es incapaz de sentir compasión de sí mismo (de ahí su superioridad), ya que eso lo convertiría en otra cosa, aunque su carácter no lo exime del dolor o la pena. Nada peor que reconocer con pruebas contundentes nuestra dispensabilidad. Nada tan terrible como ser testigos de nuestro propio reemplazo. Nosotros que lo hemos sido todo.

Difícil entender que el mundo (tu mundo: amigos, familia… amantes, etc.) sigue caminando aunque tú no estés. Porque los egocéntricos creemos que al partir, se parte el tiempo con nosotros, y todo lo que dejamos atrás recesa definitivamente hasta nuestro regreso. Entonces sabemos que no es así. Y descubrimos de pronto que no somos tan urgentes como nos hacían creer. Y es ahí cuando el aire deja de fluir alegremente por nuestra tráquea y la sangre se amontona en nuestras venas. ¡Pero ojo!, es ahí también cuando olfateamos el delicioso aroma del desentenderse de las cosas. Y descubrimos que hay cierto grado de excitación, de morbo si se quiere, al saber que otro nos suplirá, y que seremos nosotros también los suplentes de otros desconocidos que ya se han ido.

Por momentos nos sostiene (y nos agobia) la idea de ser cruciales en la vida de otros. Imprescindibles, acaso. Y sí, puede ser que se nos extrañe un poco, o mucho, y que se derramen algunas lágrimas en nuestro honor. Pero tan real es eso como la efimeridad del apego o del vívido recuerdo. Los ojos tristes y llorosos, se irán secando (a Dios gracias), y serán inundados por nuevas imágenes, acaso más bellas y significativas que las que dejé yo. Las manos que me buscaron y no me encontraron más, acariciarán otra piel, mejor que la mía quizá. O quizá no. Así es como debe terminar la oración de un egocentrista. Quizá no. Pero nada es tan contundente ni tan definitivo. Indispensable es el aire. No yo. Imprescindible es el agua. No yo. Nadie lo es. Los espacios vacíos se llenan en un abrir y cerrar de ojos, las lealtades se tambalean y redefinen sus listas de prioridades. Apenas comienza a despuntar el ala de mi invisibilidad, y ya puedo saborear la falta de peso que solía descansar en mi pecho.

Es terrible enterarnos de nuestra dispensabilidad. Terrible y reconfortante, a fin de acercarnos más a la insoportable y paradójica levedad del ser.

6 pensamientos sobre “Sobre la dispensabilidad”

  1. Hola Margarita.
    Te admiro un montón por esa habilidad de formular argumentos que se extienden con claridad por largo rato y provocan que uno se identifique, además de que, de pronto, uno siente como que lo golpeas, como si me estuvieses dando así en la cara, despierta.

    Me he visto en esta posición en más de una de las cosas que escribes, tu lado de no-ficción es muy asustador a veces. Te admiro porque yo no puedo llegar a tantas verdades en tan poco tiempo. (o no me he dado cuenta, lo cual también sucede mucho).

    A continuación enumero unas “quotations” que me dieron más fuerte que las demás.

    “la efimeridad del apego.” – El apego, Dios. La verdad es que uno se apega a las personas sin imaginarse que al final siempre, de alguna forma u otra, esa persona se te despegará. Ya sea porque la comunicación termina desvaneciéndose poco a poco, porque te vayas de viaje, porque te mueres. Pero, mija, mijos, qué brutal se siente ser más o menos indispensable para alguna persona. Duele al final, claro, pero si todo, tarde o temprano, se termina, ¿entonces no es mejor disfrutarse ser un poco egocentrista y querer ser el todo de alguien, o que el alguien sea nuestro todo? Si no, ¿de qué vale vivir?

    “[Los ojos] serán inundados por nuevas imágenes, acaso más bellas y significativas que las que dejé yo.”- Eso es tan horrible. Después que uno se piensa tan enorme y tan único, que sea así de fácil cambiar. Fácil relativamente, porque seguro que pasan (pasamos) enormes depresiones).

    “Los espacios vacíos se llenan en un abrir y cerrar de ojos” – El comentario de esta “línea” es el mismo de la anterior, pero quería añadir que es verdad que los vacíos se llenan, no se llenan rápido, pero cuando se llenan uno no se da cuenta. Como ponerle un cubo a una gotera, cuando regresas y te acuerdas te das cuenta que aquello que pasó, aquello que tuviste con aquella persona ha quedado atrás y no es tan difícil como antes. (excepto, claro, que seas como yo de melancólico y cataclísmico).

    “Es terrible enterarnos de nuestra dispensabilidad. Terrible y reconfortante…” – Horrible. Horrible indeed. Y precisamente leo esto hoy, que andaba recogiendo mis gavetas, adonde encontré viejas cartas de sucesos de los cuales recuerdo sólo ínfimas arrugas de tiempo; encontré tarjetas de San Valentín de la escuela de personas que no he visto desde la graduación, cuyas caras han volado fuera de mi cerebro; Y aun más aterrador aun, fotos viejas (de esas de pasaporte), de mi mismo cuando tenía como 8, 13, 16, otra persona a la cual ya no conosco, y con dolor en el alma, otra persona a la cual también mi mente ha sustituido por la persona que soy hoy.

  2. Joel: Creo que no nos hemos conocido, pero me alegra mucho tu comentario, y te lo agradezco infinitamente. Me encanta ser partícipe de la diversidad lectural. Es decir, presenciar cómo cada quién lee tu texto. Y tú lo has hecho bien, aún cuando te refieras a experiencias personales, desconocidas por todos nosotros. No te apenes por la prisa que tiene el tiempo en deshacernos la vida tal y como la planeábamos. No te pierdas entre fotos amarillas que no tienen ya nada que ver contigo. Vuélvete amigo de la dispensabilidad. De todos modos, no hay remedio. Y sí, estás en lo cierto: vale la pena ser egocentrista. Al menos, es lo único que te puede decir una egocéntrica como yo. Y, te digo un secrteo? Todos lo somos, un poco al menos.

  3. Margarita,

    Creo que te conocí en la presentacion del libro en La Tertulia. Pero eso no viene al caso…egocéntrico, no? Me ha calado tu escrito porque sencillamente le pone el nombre y la punta del dedo a una verdad demasiado dolorosa. Me duele a mares.

  4. Bello, pero molestoso. Tu escrito baila pero con una grado de tristeza soberbia.
    Ciertamente el movimiento es el mejor arma que utiliza el azar para derrotar a los egocentricos como nosotros, para demostrarnos que no somos capaces de mantener la ilusión de lo imprescindible alrededor nuestro. No hacemos más que cerrar los ojos, ausentarnos una milésima y es como si dejáramos de ser absolutamente.
    Me cuesta, sin embargo, reconocerlo. Tal vez yo mismo me he tragado el cuento de ser imprescindible, de ser. Y tal vez es que, por alguna intuición que cada día puedo explicar mejor, me resisto a no ser, a no levantarme y anunciar mi presencia para que no se me pueda reemplazar. A volverme aerodinámico para para poderme enfrentar a tu tan llamada “insoportable” levedad del ser. O quizá no…
    lo

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