Siete retratos del Siete

Retrato I: Se titula algo así como “La llegada”

A la dama que está en la tarima la cubre una estrategia de oscuridad, humo, tela encogida y reguetón. A mi grupo, por su componente femenino, le han buscado una ubicación protegida; por esa fortuna nos ha tocado cerca de los camerinos de las bailarinas. Al reguetón lo interrumpen intervenciones esporádicas e ininteligibles de la voz divina. El momento gatea y me impacienta la vaguedad de todo, la falsedad natural de película vista mil veces.

Dios lo sabe todo, sabe lo que llevo tiempo esperando, y al rato comienza a preguntar, ¿Quiénes quieren chocha?

Respuesta del coro: Todo el mundo quiere chocha.

Retrato II: Diálogo entre la mujer que está por subir a la pasarela e Isabel

Mujer que está por subir: Me duele la espalda.

Isabel: Bueno, imagínate, con esos tacos.

Mujer que está por subir: No, no son los tacos, es que tengo un espasmo. Ay, es mi turno, me voy.

Coro: ¡CHO – CHA! ¡CHO – CHA! ¡CHO – CHA! ¡CHO – CHA!

Los que hablaban de la estigmatización de la vagina llorarían de felicidad.

Retrato III: Se le pondrá al vídeo un título engañoso y convencional, para esconderlo entre otros más inocentes

Desde la llegada agobio a mi novia con quejas de la oscuridad. Quiero ver estrías y celulitis, quiero ver barrigas y cicatrices, y sobre todo quiero ver rostros, facciones. Quiero saber que estas mujeres son de verdad. Quiero reconocerlas si me las encuentro en la calle o en una tienda, como si hubiera estado con ellas, y que ellas me reconozcan a mí, que nos sonriamos incómodamente y nos saludemos en voz baja.

Pero no se ve nada. La iluminación hace de todo un simulacro borroso, indefinido, una imagen de baja resolución. Los hombres que paralelan la pasarela —los que reciben los lap dances que les frotan la flacidez—, ellos son los dueños de los buenos ángulos. Nosotros sólo consumimos tetas y nalgas incoloras y la oscuridad de lo oscuro, nada de qué quejarse si no lleváramos un tiempo mirándolas, un tiempo estirado que ya tiene celulitis y estrías. Ya cansa.

Empiezo a pensar que la voz divina me ha engañado, que no llegaré nunca a la chocha prometida, hasta que por fin, en una pasada y en un descenso particular de la Rubia, el ángulo y la toma. Oscura, pero hay algo ahí…

Retrato IV: Tomado de lejos por un voyeurista

La de allá, la lejana, me gusta más. Se nota que no es la atracción principal, pero, quizás por lo mismo, para mí lleva rato robándose el show. Es un poco más de verdad, una mujer sin ropa caminando, apenas bailando. Sólo le falta servir bebidas o sentarse a ver televisión para perfeccionar la naturalidad. Pero no la he podido ver, a pesar de su completa desnudez; está lejos, y la luz sólo alcanza para tetas y culo. Siempre que se dobla para comerciar con los de abajo, fijo la mirada en el blanco negro, pero no logro ver nada. Sombra.

Retrato V: Una pintura

El único alivio es mirarlas por la puerta entreabierta del camerino, cuando entreabierta se queda. La pared tras de mí divide la oscuridad calculada del local de la luz agresiva del camerino, que desviste, positiva cada falla, cada imperfección del negativo de afuera. Ahí las mujeres son otras, son las mujeres de verdad que he estado buscando, con sus pieles de papel de estraza y sus mapas en las piernas. Se detienen antes de entrar e intercambian breves palabras, se maquillan, se visten, o después de salir se recogen y se asean. Allí nada es mentira. Una de las veces que miro, la mujer desnuda que está adentro parece una modelo, sentada con la barriga para afuera y llantas y celulitis en primer plano, justo como las quería ver a todas.

Retrato VI: Fábula de un juego de poder

La Rubia desnuda juega con los chamacos del otro lado. Chamaquitos lucíos que han estado gritándole cosas y tocándola. Invita a uno a la tarima. El tipo se cree privilegiado. De seguro, por más que digan que para ellas todo es Trabajo, él es el elegido porque tiene algo de especial. Porque le gustó a la Puta.

Ahora acuesta al Elegido y lo envuelve. Se abre y cierra como un abanico, se divide sobre él. Le empieza a quitar la ropa. La manada de hombres aúlla sin conciencia del homoerotismo. La mujer llega a los pantalones y se detiene; hace una seña burlona de monguera. Lo manda por donde vino. El pueblo decepcionado le grita PATO PATO PATO, porque ellos querían ver pene pene pene.

Retrato VII: Polaroid final de una penetración abortada

La Lejana por fin comienza a salir, y yo me preparo para verla bajo la luz del camerino, para verla poscoito. Tan pronto cruza de un panel del cómic a otro, cambia de color. Veo un celaje cuando entra, y de la nada tiene su cartera en mano. Conversa relajada con alguien a la luz de la luz, mientras yo vuelvo a ojear todo lo que ya había visto afuera, ahora de veras, nalgas y senos sin reservas, al natural. Pero no era eso lo que me interesaba, y comienzo a aceptar que mi vista no la puede violar, que la verdad no me toca a mí. Desde que entró ha mantenido su carterita frente a la entrepierna, útil como toda tela y oscuridad, y no la mueve de ahí; la mantiene firme, cubriéndole el sexo, con todo el pudor de una persona a quien ligan sin su consentimiento.

4 pensamientos sobre “Siete retratos del Siete”

  1. Me uno a las loas del desquicie, un ligón exquisito diría para propósitos de que venda. Una distancia: pienso que los chamacos sí están conscientes del homoerotismo, pero eso no cuenta, estoy parcializado en ese asunto.

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