por Elidio La Torre Lagares

Son las cinco de la tarde y el rugido de la ciudad en transformación entra por la ventana. Dorelia se acurruca sobre mi pecho y se queda dormida. Es un eco, ciertamente, de Mina, de la que aún conservo impresos aquellos emails de amor incondicional que cruza todas las barreras, que no tiene edad ni otros abismos del tiempo, y que me eran frecuentes mientras ella era mi discípula. Mina, mine, mi nada. Aquel intocable nexo con la perfección era a la misma vez la distancia que nos separaba, precisamente, debido a la edad y otros abismos del tiempo. Su último correo decía: “Espera por mí”, mensaje que de algún modo llegó a las manos de la Sister del colegio y quien determinó como prueba circunstancial aquel libro de Nabokov que Mina leía y releía, más que como tarea de clase, como fijación de una fantasía. Además, decía la directora, ¿qué brecha amplia queda entre una joven de 18 años y un profesor de 25?

Al ser expulsado del colegio, recibí una llamada de la madre de Mina. Me culpaba de pervertidor de menores, de abusador de conciencias. Mina, al sentir mi ausencia, había caído en un estado depresivo que la había llevado a un intento de suicidio. Espero que esté satisfecho, cerdo, me dijo la madre de Mina. Le deseo que la luz entre por sus pupilas. Y yo pensaba que ya era tarde –por lo de la luz entre mis pupilas– y pensaba en los ojos de la chica, prendados de los míos, de aquel verde anfibio que nadaba en su mirada, y entonces la veía más distante, intocable e imposible, aunque a sólo un aliento de distancia. ¿Cuándo en mi vida merecí tanta dicha del alma? Algunos principios se componen de finales.


por Isabel Batteria

Me gustaba escribir de pequeña. Ya de adulta, me dio por cultivar el arte de manera más formal, pero cuando uno es adulto, las preocupaciones son otras que cuando uno es niño, menos banales, o quizás más banales, al final no se sabe. Los temas cambian. Una de las cosas que se me atravesaba todo el tiempo era los temas. Cuando se me ocurría un tema, me reguindaba de él con tanta fuerza que, a veces, se rompía. Me daba tanta ansiedad encontrar un tema en cada cosa que se me cruzaba en el camino que, quizás, por eso, nada era bueno.

Salir a la calle no era un paliativo eficaz. Yo quería escribir cuentos y sólo se me ocurrían cosas que no eran apropiadas para el género. En fin, la obsesión que me carcomía la conciencia, la paciencia y otras ciencias era la falta de temas con los cuales construir una historia decente. Traté de realizar actividades inusuales. Viajé cuando pude con lo que pude. Las cosas sencillas —y que podrían llamarse hermosas— de la vida no me excitaban. Cada nueva experiencia me dejaba más vacía.

Los pocos cuentos que había logrado sacar habían sido producto de una inspiración que no volvía. Un día en que me encontraba bajo los efectos de cierta sustancia psicotrópica, utilizada, claro está, con la esperanza de obtener una gota de creatividad, me di cuenta de que no pasaba nada. No sentía que mi cuerpo o mi forma de pensar cambiara en lo absoluto. Eso era el colmo: que cualquiera se fumara un papelito relleno de albahaca y tuviera grandes revelaciones y epifanías, mientras que yo, que era, hasta la fecha, una buena persona que reciclaba y le abría las puertas a la gente, no podía ni siquiera intoxicar mi mente con fines lucrativos como cualquier hijo de vecino.

Visto el caso y comprobado el hecho, concluí que necesitaba alejarme de lo hermoso cuando pasé una semana entera en faena literaria, después de haber visitado un striptease. Fuimos a un antro asqueroso, con un mural horrible de tetas y culos, donde las mujeres, en su mayoría extranjeras, se lo quitaban todo y maromeaban como serpientes en el Árbol de la Ciencia. Esa semana compilé varios cuentos medio colorados. Pero mi placer mayor no había sido sexual, aunque equivalente: había escrito.

El fin de semana siguiente, volví al antro. Fui sola. Me aburrí a la media hora. Salí. Unos parroquianos me tomaron por una puta (sola, por aquellos lares y bares) y me ofrecieron trabajo. No sé por qué acepté. O sí, pero ese es otro tema. Lo cierto es que me fui con uno de ellos. Los detalles son fáciles de imaginar: la ejecución fue bastante tradicional, pero la experiencia me regaló un libro de relatos eróticos, ese que ustedes conocen, el que me valió el epíteto “La Anais Nin del Siglo XXI”. Los editores se volvieron locos; la crítica se volvió loca. Sorprendió su amplia difusión; la gente no se avergonzaba de leerlo en los trenes y autobuses. Se imprimieron cuatro ediciones en menos de un año, y se tradujo a idiomas en los que el libro estaba tanto permitido como prohibido.

Durante ese tiempo, la casa editorial me hizo un itinerario y un contrato. Viajé por algunas ciudades, dormí en varios hoteles, firmé unos cuantos libros. Mi vida se sumió en una rutina de turista desganado, nada estimulante. Conocí a personas que insistían en contarme sus propias aventuras eróticas, con la esperanza de verlas publicadas, pero la gente no entiende que a ningún escritor le interesan las historias de los demás. Pasaron un par de años, y se me presentó la ansiedad más temida —más aun que la que me invadía antes, la de querer escribir y no tener temas—: ser, por fin, una escritora famosa y no encontrar de qué hablar.

De nuevo, nada era suficiente. El dios de la pluma no recibía mis inmolaciones con el mismo agrado de la primera vez.

Quise tratar la putería una segunda vez. Pero quiso ese dios terco que la situación se me saliera de las manos. De verdad que esos menesteres mejor se les dejan a las profesionales. Al tipo le gustaban los fluidos corporales y casi me mata. Yo tuve que matarlo primero. Tuve que hacerlo pedazos para que cupiera en dos bolsas plásticas. Me tomó varios días limpiar el cuarto de motel.

De ahí salió mi primera novela. Fue tan exitosa que esta vez viajé más lejos. La gente me preguntaba en qué me había inspirado, y yo contestaba sandeces genéricas como “en la vida diaria” o “en este mundo tan despiadado” o “en las noticias de la tele”.

Para mi tercer libro, exigido en el contrato con la editorial que ya había firmado, maté un perro. No escribí ni una triste letra. Los efectos eran revertidos: si antes escribía mal y no tenía temas porque no tenía estímulos, ahora sin estímulos no escribía ni siquiera de manera mediocre. Mi mano se paralizaba, mi mente se emblanquecía. Nadie sabe lo que es tener la mente verdaderamente en blanco: ver una pared, a veces de ladrillos, detrás de la cual sabes que está lo que tienes que escribir, pero no la puedes derribar. Es una pared; qué se le va a hacer. Nada podía hacer yo, al menos. Nada. Sólo existía la impotencia.

Qué remedio, tuve que matar a una persona. Y no me tomen a mal; yo no disfrutaba del acto. Pero de lo que sí disfrutaba con un placer sexual y adrenalínico era ver terminado un libro, haber escrito algo que alguien, si bien perteneciente a un nicho de lectores muy particular, disfrutaba sin miramientos. La psicología lo llama codependencia: hacer feliz a los demás a costa de la felicidad propia. Pero no es eso; ella no lo entiende. Todos los artistas sí me entenderán. El arte me absolverá.


por Elidio La Torre Lagares

Tras mucho esconderme de la ciudad insomne, de apagar las imágenes a puro trago y de masturbarme borracho hasta caer exhausto, decidí salir de mi hacinado estudio, donde sólo leía y bebía, para respirar el mundo. Entonces, sustituí mi realidad con otro punto de vista y me fui al club de strippers Godessia.

Durante el espectáculo, una hermosa bailarina entró vestida de colegiala-glam y quedé prendado de su imagen. La mente me traicionó y me regresó a aquello de lo que tanto huía: el recuerdo de Mina. (Mina, Mina, ¿por qué?) Fue entonces que un tipo grueso y de intensas gafas oscuras comenzó a insultar a la bailarina, y luego se acercaba de manera insistente a los pies del escenario y alcanzaba a tocar a la mujer que bailaba, quien evidentemente se sentía incómoda con la situación, pero nadie la auxiliaba. Una de las reglas del club es no tocar las chicas, pero el hombre pretendía tomar más de lo que le tocaba y nadie lo detenía. El tipo aparentemente ejercía cierto dominio sobre la escena, tal vez por la frecuencia con que debía visitar el club, o simplemente por su cara de perla, porque actuaba a sus anchas. Al terminar su rutina, la mujer se acercó a él. Intercambiaron unas palabras. El tipo la agarró por el brazo y, sin confrontar resistencia ni intervención de los bouncers, arrastró a Dorelia a las afueras del local. Sin pensarlo, terminé mi trago y los seguí.

En la acera, miré a ambos lados, pero no había rastros de vida pese a que la Avenida Ashford es la vena principal que lleva al cerebro de la ciudad. Escuché un ruido metálico y un grito de mujer muy cercanamente. Provenía de un callejón que daba a uno de los flancos del club por donde se manejaban los desperdicios. Al acudir allí, encontré al cara de perla golpeando a la mujer entre risas y reproches. Que te lo dije, que aquí el papi soy yo; que no me vengas con excusas de puta; te vienes conmigo ahora, insistía. Yo, en principio, pensé en meterme en mi concha e irme de allí, porque la cosa no era conmigo, pero el cara de perla advirtió mi presencia.

—¡Oye! ¿Qué haces aquí? —me gritó, y al yo no contestar, repitió—: ¡Oye, tú, bonito! Que qué haces aquí. ¿Alguien te llamó? ¿Eh?

El hombre soltó a la mujer y se dirigió hacia mí.

—Váyase —suplicó la mujer—. No se meta en lo que no le importa.

—Como quieras —dije, pero en ese momento el hombre se abalanzó sobre mí con una navaja que extrajo de alguna manera que no pude distinguir entre la oscuridad, la misma oscuridad que no le permitió atinar bien el zarpazo. El cara de perla tropezó y cayó al suelo, por lo que aproveché para patearle despiadadamente el rostro. Cabrón. Toma. Siente mi bota steel toe en la boca. Toma, toma. Y pude haber estado pateándole toda la noche, pero sentí una mano sobre mi hombro.

—Vámonos de aquí —suplicó la voz. Me dijo que se llamaba Dorelia y así huimos juntos.

Esa noche, Dorelia se entregó como premio al valor de su salvador. Afirmaba que me debía la vida y que como tal, estaría para servirme el resto de sus días. Me hizo el amor toda la noche y yo le hice el amor a Mina.

Del difunto, nunca más supieron de él. No figuró en los partes policíacos y no salió en los periódicos. Pero, en la mañana llegó hasta el apartamento de Dorelia el tipo de la capa púrpura con gemas y cristales.

—Te debo —dijo al verme, y entró con suma familiaridad al apartamento.

—Lo que sea, considéralo saldo.

—Es Iscariote, mi jefe—dijo Dorelia, algo nerviosa y cubriéndose con las sábanas de satén blanco.

—Me sacaste de encima al Trémulo. ¿Cómo te llamas?

—Uraschi Mataro —dije, y luego pregunté—: ¿Quién diablos es el Trémulo?

—El tipo al que le rompiste el tabique, la quijada y varios otros huesos faciales. El pobre murió de asfixia. Era mi socio. Pero nada. Ahora quedo solo con todo esto. ¿Tienes trabajo?

—Un asesino siempre tiene que tener la sangre fría —me dijo el Iscariote, acercándose a mi oído—. ¿Primer muerto?

Asentí. Dorelia sonrió como una chiquilla.

—Eres un animal, de verdad. Pero necesitas medios más civilizados —dijo, a la vez que me ofrecía una hermosa Glock 26, bastante compacta y ágil—. ¿Quieres trabajo?

—Prefiero efectivo.

—¿Y qué vas a hacer con el dinero?

Pensé un breve instante y finalmente dije:

—Me voy a Isla Tortuga.

—Bien, mi tortugo, y luego, ¿de qué vas a vivir allí?

—Carpe diem tremens.

—¿Eh?

—Nada. Ya resolveré eso.

Iscariote tomó mi mano y coloco el arma en ella.

—Yo creo que tú eres un asesino natural. ¿Aceptas?

El arma tenía el poder de un fetiche. Me hacía sentir vivo. Poderoso. Temido. Necesitado. Hasta había ganado un nuevo nombre, aunque, a fin de cuentas, seguía incompleto.


por Rey Emmanuel Andújar

En el amor y en el boxeo
todo es cuestión de distancia.
Cristina Peri Rossi

Los dolores comenzaron un jueves. El pulgar se puso azulnegrovioláceo inmediatamente y me palpitaba como si el corazón se hubiese trasladado a ese dedo y toda la sangre que se bombeaba al cuerpo era de ese color, de ese dolor. El estruendo del martillo quedó en mis oídos, así como todas las malas palabras que dije en menos de dos minutos. Vivo de las casualidades pero este no fue el caso, estuve pensando, mientras me decía que tuve suerte, la herramienta no me cayó en el dedo del pie, eso ya hubiera sido demasiado. Entonces como por arte de magia, en lo que miraba el maldito clavo en la pared, sonaron el timbre y el teléfono al mismo tiempo. Decidí abrir el portón… la contestadora que se encargue de la llamada; los teléfonos nunca me han gustado.

Josian, llegaste temprano, dije con la cara estrujada por una mueca. Él se mostró más preocupado de lo normal y eso estaba bien. Preguntó qué pasó y le expliqué que estaba tratando de colgar los malditos cuadros. Lachan, mi amiga con la que comparto esta casa nueva, estaba de viaje pero había dejado un mensaje bastante claro: “Deja de hacerte la paja y ponte a arreglar la casa, vacía las maletas, coloca los libros en los libreros, cambia las bombillas y cuelga los cuadros antes de que yo llegue para no matarte, te quiero y adiós”. Me tiré en un mueble y actué un poco más adolorido de lo que en realidad estaba. Josian rebuscó en la habitación hasta encontrar un poco de mentol. A ver esa mano, me dijo con toda su ternura y empezó a acariciarme el dedo que se hinchaba. No deja de sorprenderme este muchacho que no llega a los veinte años y es tan grande, tiene una belleza de energúmeno… quien lo viera ahora, tratando de curar mis golpes con sus manos de gigante y cancioncitas de sana, sana culito de rana, no creería que es boxeador invicto y campeón centroamericano de las 140 libras, todas por knockout.

Tienes un mensaje en la máquina, me dijo mientras buscaba algo de tomar en la nevera. Le tengo sus jugos y sus cosas porque siempre está a dieta de deportista. Pásame una cerveza, están en el freezer, le dije mientras presionaba el botoncito de play en el teléfono para escuchar el mensaje. Era Melissa: “Sé que estás en la ciudad, quiero verte”. Josian me miró sin preguntar quién es ésa ni nada, se excusó diciendo estar cansado y se fue a la habitación. Vienes, preguntó. Sí, concedí y fui a encender el aire acondicionado. Él se puso a ver televisión y yo a escribir. ¿Qué escribes?, preguntó media hora después. Un cuento aburrido, cosas que no llegarán a las escuelas públicas, dije sonriendo. Por favor, escribe algo lindo, deja ya esas historias de balas y sangre, que tú no eres detective. El dolor se me estremeció por las carcajadas verdaderas que emití, le dije que tampoco era poeta pero que estaba bien y pensé en escribir algo para él. Antes de quedarse dormido me dijo: Me gusta eso que pusieron en tu segundo libro, que eras, “Un orfebre metido a boxeador”. Por cierto, ¿qué es un orfebre? Le dije que ya, que descansara, que después le explicaba. Entonces llegó a mi mente el Adriano moribundo de Yourcenar escribiendo acerca de la belleza dormida a su lado. Me prometí escribir un relato con respiración y palomas que no tuviese que ver nada con sangre y gente llorando, quería escribir una historia que hablara de belleza y ternura de este atlas sosteniendo mi mundo de arena, todas las tardes desde que lo conocí en el gimnasio de la Federación Nacional de Boxeo. Recuerdo la ternura de su sonrisa que contrastaba con la fiereza con que tiraba los golpes. Qué hace un escritor boxeando, me preguntó como todo el mundo. Estoy investigando para escribir una pieza para teatro, respondí. Él le recomendó a los demás boxeadores que sólo me golpearan del cuello para abajo. Después me confesó que le gustaba mi cara, que no quería verme desfigurado. Nos empezamos a ver todas las tardes y mi vida decidió recobrar algo de sentido.


por Elidio La Torre Lagares

Dorelia duerme la borrachera de anoche al momento de levantarme en la mañana. No la sentí llegar. Tiene caminar de gata, siempre digo. Decido dejarla descansar y me sorprendo de lo considerado que me he tornado con ella, con quien francamente sigo por dos razones disímiles: una, que ella cree que se debe a mí por salvarle la vida hace tres años; la otra, porque Iscariote le cede el lujoso apartamento donde ella vive, cosa de lo que me aprovecho, pues yo ando con el hogar a cuestas. Todo es transitoriedad. Eso sí: el dinero que gano lo guardo en una cuenta bancaria con la idea de retirarme algún día –pronto– a la Isla Tortuga, entre las aguas costarricenses, a mirar el Pacífico, que me llama.

Me cepillo, me afeito, me visto. Salgo a la cita con el individuo.

Cruzo la avenida, entro al Zacude, y me recibe una peste a pura mierda. Allí, vestido en camisa amarilla, con cara de fin de mundo, está quien queda supuesto como mi cita. Ramón, al verme, me grita:

—¡Qué bueno que llegas, porque tu amigo se ha cagado encima y vas a tener que limpiarlo tú!

—Lo siento, tengo problemas de incontinencia—dice el hombre que, aparte de la camisa amarilla, viste chaqueta negra, kakis y zapatos casuales.

—Jum… igual yo. Por eso me retiré de la poesía —improviso.

—So puerco… —le reprocha Ramón al tipo—. Tuve que limpiar su porquería.

—Tranquilo. Se trata de un problema físico nada más.

—¿Ah, sí? Pero no es tan viejo como para justificar que se cague encima —repudia Ramón—. A éste le han reventado el culo, creo yo.

—Eso no te importa, Ramón… eso pasa —digo, y le guiño un ojo, mientras le facilito cuatro billetes de cien dólares.

—Con que le han dado hasta más no poder… —dice el dueño del Zacude contando los billetes—. No hay problema, entonces.

—¿Podemos tener más privacidad? —pide el hombre de la camisa amarilla, evidentemente incomodado y enojado.

Salimos de allí. Caminamos unas cuadras y nos sentamos en el Mangulete, un restaurante dominicano. Con trasfondo de bachata, allí el tipo dice que su nombre es Albert y que el asunto que nos une es asesinar a su esposa, cosa que necesita que yo haga lo más pronto posible. Lo dice así, fresco lechuga. Sin pensarlo mucho y más bien, como si de tan solo decirlo se liberara de un gran peso.

—¿Qué le parece? —me pregunta.

—Me parece que es horrendo.

Entonces, de uno de los bolsillos interiores de la chaqueta, me faja con un sobre.

—Hay treinta mil.

—Muy generoso.

—Y también una llave y el código para desactivar el sistema de seguridad.

—Suave.

—No te infles. Lo cambio cada tres días. Como decía, mañana estaré toda la mañana en juntas de negocios. Y a mi regreso a la casa en la tarde, debo encontrar el cuerpo de mi esposa.

Hecho. Por treinta mil dólares, se complacen peticiones. Así, sin pensarlo mucho, me guardo el sobre con el dinero y le pido que me facilite la dirección exacta y una foto de la víctima. La dirección la genera al momento. La foto me la debe, dice, pero que no me preocupe: ella siempre está sola. En la mañana, la asiste un ama de llaves que al medio día se va porque tiene otro trabajo en una cadena de comida rápida. Mi esposa apenas sale, acota. No tiene muchas amistades. Es un primor de mujer. ¿Y por qué querría asesinar a alguien así?, pregunto. Yo no lo haré. Lo hará usted. Claro, por supuesto, enmiendo. ¿Y por qué querría deshacerse de una mujer así, aparte de ser maricón? Eso es asunto mío, me dice, pero que cree que su esposa tiene un amante. Me suena algo apologético, una justificación macabra y enfermiza de una mente de similares categorías, pero, nuevamente, todos guardamos torceduras muy adentro.

No se habla más del asunto. Me levanto y camino de cara al sol.

Llamo a Dorelia y no me contesta. No sé ni por qué lo hago, pero debe ser el hábito de convivir con una mujer que ha hecho tanto por uno, aunque no la estimo como debiera. Debe estar trabajando, presumo. Tareas especiales de último minuto.

La tarde se torna pesada y calurosa. El aire de pronto deja de soplar en la ciudad. Miro mi reloj y pienso que es buen momento para pensar en Isla Tortuga.

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