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Sun Maid Raisins

Después de una larga investigación, mi amante, el sexólogo Orlandi Valuta y yo habíamos descubierto que todo este tiempo lo que comíamos no eran pasas, si no más bien clítoris. Ningún otro ejecutivo de la Organización Mundial de Sexología había logrado semejante descubrimiento. Cuando entramos a aquella fábrica se quedó perplejo y sin decir una sola palabra. Lo único que hacía era respirar el aroma entorpecedor y embriagante de aquellos clítoris. Allí estaban miles de ellos amontonados, arrugados, indefensos, sin identidad, denominados en conjunto por el genérico nombre de pasas. Se preguntaba, cómo es posible y ahora que estoy frente a ellos, qué hago, cómo encuentro el tuyo, Naomi. La tarea era díficil, pero él llegó hasta allí decidido a encontrarlo y si en ese millón de pasas estaba mi clítoris, él lo buscaría hasta recuperarlo, porque estaba obsesionado conmigo. Y aunque en su cuerpo todavía se podía respirar infinidad de aromas de mujeres, como olores de incienso, yo fui el último aroma de Zimbabue que se impregnó en su piel.

Sabía que me amaba sólo a mí, pero me fastidiaba que él coleccionara miradas, gestos, recuerdos de vino tinto mezclado con crema batida de otras mujeres. Era innevitable ver su espalda llena de cicatrices trazadas por uñas de pasiones diferentes. Además, en sus ojos de lienzo llevaba dibujadas miles de siluetas esbeltas, redondas y cuadradas. Y cuánto había bailado con sus zapatos de Fred Astaire, en pistas de cinturas y caderas hasta la saciedad. Cuántas melodías clásicas había inventado en su espalda de cuerdas. Coreografías que nunca repitió, porque él era un experto en el Kamasutra, un sexólogo a domicilio que compartía todo ese tipo de conocimiento con las mujeres solteras y casadas que lo llamaban a su número, buscando satisfacción garantizada. Todas esas maravillas en el arte del amor, él las intentó conmigo. Pero nada me satisfacía. Intentó la pornografía, pues poseía una amplia colección de películas, que guardaba en un húmedo estuche, construido especialmente para que no perdieran la viscocidad. Incluso fabricó todo tipo de fantasias, como el día que se vistió de homosexual, para que yo lo recogiera en la calle. Compró falsas pinturas de Van Gogh, Picasso, Dalí, y las pegó por todo el piso, y en todas ellas me revolcó como pinceladas neuróticas y lo único que disfrutó del momento fue el sabor a madera del whiskey de mi piel. Nada me satisfacía. Y es que Orlandi Valuta no sospechaba la horrible mutilación que yo había sufrido cuando niña, porque me había hecho un implante falso, para despistar a mis amantes. Pero ya no aguantaba más la obsesión de Orlandi Valuta por complacerme y en una de esas noches de esmero, en las que él planificaba una orgía sadomasoquista, le conté la verdad. Maldita realidad para un sexólogo tan codiciado y eficiente. Con rabia metió los dedos en mi vagina, la rebuscó y tocó el implante. Y cuando sacó su mano, se tragó mi olor como un sabueso y desde ese momento no la lavó y juró no hacerlo hasta encontrar de nuevo mi clítoris. Por eso viajamos juntos hasta Africa buscando el último aroma de Zimbabue. Buscamos en hospitales, tribus y aldeas, y entre averiguaciones clandestinas dimos con las pistas que nos llevaron a aquella fábrica de pasas. Allí era donde iban a parar las horribles mutilaciones que le hacían a millones de niñas africanas.

Cada clítoris extirpado, lo depositaban con delicadeza en frascos de cristal, que trasladaban en cajas hasta un camión que tenía impreso la firma de Sun-Maid Raisins. Podíamos ver,por los cristales, aquellos clítoris frescos, listos para convertirse en pasas. Pero ya Orlandi Valuta había cerrado los ojos y con mucho terciopelo iba abriendo las cajitas de pasas, en un viaje oscuro, ¿dónde estará el tuyo Naomi? ¿dónde está? ¿lo encontraré? Mientras, sus manos temblaban ante el preludio de lo que sería un extásis interminable. Estaba embriagado, seducido, por tantos órganos, tantas pasas.

Oralandi, con la punta de sus dedos, tomó una y la colocó en la lengua. Cerró la boca y la apretó contra el paladar. Intoxicado de placer comenzó a coger las pasas por puñados, mientras en el piso se iban amontonando las diminutas cajas rojas. Las que se detuvo a saborear tuvieron suerte. Las que se comió, jamás pudieron vibrar, temblar y explotar en la lengua de Orlandi Valuta.

Tortugo (Conclusión)

Camino hasta la playa de Ocean Park y el esfuerzo me ha debilitado terriblemente. Los latidos se van haciendo cada vez más lentos, como si el corazón ya no quisiera latir. Me acuesto en la arena mojada, sobre el horizonte que separa la orilla de las olas, dejo que el vaivén del mar limpie mi herida.

Ya no queda nada que completar. Se ha llenado el vacío de manera sorpresiva y violenta. Mi cuerpo se tiende como una extensión del mar. Tomo aire. Tengo sed. Siento frío. De pronto, me parece distinguir una figura que proviene desde el mar. Aunque mi vista se nubla, sé que es una mujer porque puedo olerla.

—Llegas tarde —me dice—. Me voy a Isla Tortuga. ¿Vienes?

—Seguro —es todo lo que se me ocurre decirle—. Tengo treinta mil dólares adicionales para gastar.

—Vamos, entonces. No hay más que esperar.

La mujer se adelanta y vuelve por donde mismo vino, su cuerpo se confunde con el mar. Levanto mi cabeza con dificultad y me parece ver un caparazón enorme sumergirse entre las olas. Siento mi cuerpo borrarse como si fuera el poema que nunca se debió haber escrito.

Y lo veo todo. Y siento la tierra moverse. El universo viaja sobre una tortuga.

Sonrío.

Parecería lunes, pero por fin es miércoles.

El orfebre (Conclusión)

Después de todo, al día siguiente el dolor predominante era el del maldito dedo. Hice un esfuerzo enorme para verme en el espejo. Estaba jodido, la cara hinchada y tres puntos de sutura encima del ojo izquierdo. Me tomaron muchas placas. Es un trauma mínimo, dijo el médico, que recetaba descanso, antibióticos y líquidos. Tanto calmante y antinflamatorio me tenían como un zombi. Josian llegó como todas las tardes y se enfureció bastante cuando me vio tan desmejorado. Exigió explicaciones y yo le conté casi todo con lujo de detalles. Pidió teléfonos, direcciones, para ir a buscar a ese pendejo, pero sobre todo a la muy hija de puta de la jeva esa que te metió en ese lío. Le dije que dejara eso así, que total, el tipo es un farsante y ella sí, una verdadera hija de su maldita madre. Me untó algo de los ungüentos para los golpes que lleva en su bulto de entrenamiento y me hizo algo de té. Luego puso una sopa, que yo apenas podía tragar por el dolor. Seguimos discutiendo, él exigiendo razones, yo negándolas. Me preguntó si tenía algo con esa jeva, que quién era. Luego hubo gritos… él también se puso a llorar y yo me asusté, recordando que cuando los hombres lloran pueden ponerse brutos. Le di las gracias por venir y le pedí que se fuera. Si me voy ahora no me ves jamás, me dijo con los ojos pequeños, rojos. Yo con dolor en el dedo, porque como dije antes, allí era que estaba mi alma, le mentí. Si te vas ahora no me importa, vete, vete, muchachito de la mierda, no quiero verte, no quiero ver a nadie, déjame solo, como todos. Dije estas palabras consciente de que nadie me deja solo, soy yo el que siempre se va, el que de manera sadomasoquista y egocéntrica ha manejado todas las relaciones. Tomó su bulto y se fue. Le grité cobarde, me susurré pendejo, maricón. Pasé la tarde llorando. Ahora sí me dolía todo el cuerpo.

Sí, señorita, un vuelo de ida… sí, para mañana a primera hora, imploré. Todo lleno, si desea puedo ponerlo en lista de espera, dijo la voz telefónica. Está bien, dije, un día más, un día menos, cada vez que vengo a esta ciudad salgo mal herido. No pude dormir, los vecinos de arriba me dieron la tanda completa. Sólo hubo una pequeña diferencia que agradezco. Primero fueron los ruidos amatorios de la cama, luego una puerta que se estrellaba, gritos, amenazas, tensiones… juro que pude escuchar el mecanismo de la pistola al activarse y pensé en el proyectil ascendiendo a la recámara… el estruendo vino casi inmediatamente después. La policía no llegó nunca y, no sé por qué, no sentí miedo. Todos los vecinos salieron, menos yo. Decidí tomar cerveza, prender un joint, buscar una maleta y empacar cualquier cosa. En la oscuridad encontré los guantes de Josian en la sala y volví a llorar. Levanté la cabeza y reparé en el maldito clavo, pensé que si fuese mas grande, y yo tuviese una soga… pero no voy a tomarme atribuciones con mi vida. Entonces decidí colgar los guantes. Busqué el pasaporte y la billetera… apagué la luz y cerré con doble candado. En el aeropuerto, escribiría la historia de una pistolera ninfómana. Aprovecharía esta despedida para convertirla en la poesía dura de un muchacho que no veré jamás… de cómo me iría a dormir en una lista de espera para siempre.

Presente estático

Siempre que juego me pongo a pensar en su cara. No sé por qué razón, pero cada vez que veía la sangre en la pantalla, la recordaba tendida en su cama. Tenía los brazos estirados hacia arriba y sus ojos habían quedado fijos en el punto rojo que emitía el interruptor de la lámpara de la flor de loto en la habitación. A veces sueño que estoy parado debajo del umbral de la puerta observando cómo ella se desangra. Su rostro está borroso, una neblina densa lo cubre. En ese instante no puedo moverme, me siento frío, estoy cautivado por las gráficas de la imagen.

Pausa

Me fui a vivir con mi padre a uno de sus apartamentos, el más lujoso, creo. Comencé con los videojuegos cuando tenía siete años, pero mi afición a ellos aumentó justo después de que mi madre murió. Los primeros días le tuve miedo; pensaba que todavía era el mismo de antes. Por eso no lo molestaba, no hablaba con él y me pasaba en el cuarto jugando videojuegos cada vez que llegaba del colegio. En esos días lo noté un poco extraño, ya no pasaba tanto tiempo en su bufete y toda la atención era para mí. Una mañana quise probar mi suerte y experimenté derramando el cereal encima de la mesa del comedor. Esperé que su puño aterrizara en mi rostro. Se puso de pie y me demostró una sonrisa tímida. Esas cosas pasan, me dijo y recogió el desorden. El temor que le tenía poco a poco se borraba de mi cerebro. Ahora me demostraba su afecto a través de los regalos que me hacía, que la mayor parte del tiempo eran sin motivo alguno.

Él sabía que me gustaban los juegos de video y no escatimaba en gastar lo que fuera para complacerme y mantenerme contento. A veces me pedía que escogiera los últimos que salían al mercado, sin importar cuántos fueran y cuán caros eran. Era feliz con encerrarme en mi cuarto y estar horas frente al televisor jugando hasta que la vista me doliera. Ayer fui un robot combatiendo alienígenas intergalácticos que invadían el planeta tierra. Hoy quiero ser el jefe de un clan de samuráis que salva el reino de un ataque de demonios del inframundo. Quizás mañana seré un asesino sin sentimientos que adora matar. Lo mejor es que aquí dentro puedo ser un dios.

Pausa

Estaba en el Japón de la era de los samuráis. Yo era el jefe del clan Kioka en la aldea de Satsuma. Comandaba unos 24 guerreros, todos familiares míos. Ese día, durante la mañana se podía sentir una extraña ansiedad que sumió a la aldea entera en una tristeza inconsolable. En la tarde, el presagio de algo horrible se comenzó a materializar en las nubes, cuando éstas se tornaron plomizas y el aire más denso, semejante al estado que preceden a las tormentas. Me encontraba en mi casa y platicaba con uno de mis discípulos esperando que llegara mi esposa de la aldea. “The sky has the color of the sword, master. A terrible feeling turns me weak. It reminds me of a dream that I had”, cuando uno de los sacerdotes de Izanagui entró a decirme que los onis y gakis rompieron los sellos infernales. Habían escapado y se dirigían hacia la casa imperial para destruirla y atormentarnos. “The demons have left their kingdom and destroy the sacred temple. Our village is in a great danger.” Ante esta llamada, me dirigí a buscar a mi esposa y avisarle de lo ocurrido. Encontré que la aldea había sido asolada por los demonios. Las cabezas humanas formaban pirámides en las esquinas y los torsos estaban empalados en lanzas que les salían por la parte de arriba. En el suelo yacían degollados ancianos y niños, algunas madres, aún con sus bebés muertos en los brazos, traspasadas sin misericordia. El rastro de la sangre que dejaban los cuerpos, despertó en mí el recuerdo de mi madre muerta.

Pausa

Cuando vi el líquido escarlata en la pantalla la volví a recordar. Esta vez fue más real. La cama se encontraba empapada, el cuarto estaba en un completo desorden, como si allí se hubiese dado una pelea por la vida. “This is the work of a demon, master.” A mi madre le encantaba la lámpara de la flor de loto que había traído de Japón. Ahora yacía en el suelo hecha pedazos. La mirada que antes se fijaba en el punto rojo, había cambiado y sus ojos ahora estaban más definidos, distantes. Mi madre había muerto contemplando un cuchillo lleno de sangre que estaba en el suelo. No se inmutaba, ya estaba muerta, su aliento se había desvanecido.

Pausa

Estaba resuelto a vengarme de ellos, mi odio aumentaba con cada minuto. El filo de mi espada estaba ansioso por rebanar los deformes cuerpos de los demonios. Con ella di muerte a cuatro de ellos que se me cruzaron en el medio. Los partí por la mitad como si cortara el viento. “Gakis are powerful, but they can’t stand the power of 30 generations of my ancestors.” Vi cómo su asquerosa piel se deshacía y al mismo tiempo expeler un gas violáceo y turbio. No me había percatado de que en el suelo, a la orilla del camino, se encontraba mi esposa tendida boca arriba con los brazos extendidos hacia arriba. Ella miraba resignada la hoja de acero clavada en su pecho. Me acerqué lo más rápido que pude para recostar su cabeza en mi regazo. “Don’t die, my love. Your body and blood beg for justice.”

Pausa

Solté el control, impresionado por los espejismos que ocupaban mi vista. En el juego, la cara de la esposa muerta del samurai se fue convirtiendo en la de mi madre. Sentía un terror inefable, pero sin la urgencia de salir huyendo de mi cuarto. Al contrario, quería quedarme allí para recordarla más. Lo primero que se me ocurrió fue buscar a mi padre en su cuarto, aunque supiera que él y ella al final ya no se querían. Detuve el juego y me dirigí hasta allí. Estaba en la hora de su siesta y no lo quise perturbar. Me fui a la cocina a prepararme un sándwich. Halé la gaveta y agarré un cuchillo. En ese instante sentí un ruido que provenía de la habitación de mi padre. Presumí que había despertado, sin pensarlo dejé lo que estaba haciendo y corrí a su cuarto. No me había percatado de que aún tenía el cuchillo en mi mano.

Pausa

Me detuve en el umbral de la puerta y me quedé estático por lo que estaba observando. El lugar se transformó en donde había estado mi madre desangrándose. Ella estaba en la cama con los brazos extendidos hacia arriba, pero esta vez se encontraba vestida como la esposa del samurai del juego. Llevaba un kimono blanco, muy brilloso, y contrastaba con la sangre que brotaba de su pecho. A su lado izquierdo había uno de los oni del juego. Era grande y tenía una armadura de hierro negra que le cubría el pecho y la espalda; su piel era roja y el cabello negro. Me vio y en su cara encendida pude distinguir las facciones del rostro de mi padre. Era como si el oni hubiese absorbido parte del físico de mi padre. Cuando me dio la espalda se transformó por completo en él y observé que llevaba un traje de vestir color azul, semejante a los que usaba para ir al bufete. Noté que sus manos estaban llenas de sangre y como ésta manchaba el piso del cuarto. Se volteó y pude constatar que era el oni. “Your body and blood beg for justice.” Ahora estaba sentada en la cama llorando. Yo me encontraba parado en el umbral de la puerta. Mi padre entró moviendo las manos de manera agitada, similar a los manoteos que se generan en una discusión. Yo podía sentir como el ánimo de él y de mi madre crecía con cada minuto. Se acercó a la cara de ella y le dijo algo que no logré oír. No sé si fui yo o el tiempo, pero dentro del cuarto todo se detuvo en un presente estático y ninguno de nosotros pudimos movernos de aquel lugar. El sonido del motor de algún auto al pasar por la calle, alguien abriendo y cerrando una ventana, un perro ladrando en la noche, el movimiento de los ratones hurgando en la basura y el interruptor para encender la luz en toda aquella oscuridad… todo se había detenido en ese instante. Vi a mi madre quitarse el anillo de bodas y lanzárselo en la cara al oni. Éste le propinó un golpe que la tendió en la cama. Su mano le dio a la lámpara de la flor de loto que estaba en la mesa de noche. Ella se levantó tambaleándose, fue al ropero y sacó una maleta. El oni se le acercó y le dijo algo al oído, y de repente salió corriendo de la habitación. Mi madre comenzó a tirar su ropa en la maleta, justo cuando él reapareció. No logré ver lo que llevaba en la mano, hasta que se acercó a su espalda. La asió por la cintura y a la fuerza la volteó. Ella lo miró directo a los ojos y luego él la abrazó. Mi madre, recostada en su hombro, daba unos movimientos descompasados. La mano derecha de mi padre soltó un cuchillo al suelo que emitió un eco vacío al chocar con las losetas del mármol blanco de la habitación. No hice nada para detener a mi padre, ahora ya es imposible recuperarla.

Pausa final

No me había movido del umbral, recordando la escena olvidada. Lo observaba mientras dormía; aún no despertaba. “Your body and blood beg for justice.” Me acordé de esta línea y vi que aún no había soltado el cuchillo que traje desde la cocina. Yo estaba armado y había comprendido que podía acabar de una vez y por todas con ese demonio.

Tortugo (X)

Hacemos el amor y el cielo se estremece. Truena y relampaguea. La lluvia continúa mojándolo todo. Somos una canción de Aute. Revolvemos al aire. Hay dos cosas que son muy difíciles disimular: cuando uno está borracho y cuando se desea a otra persona. Huele a canela y a pudín de chocolate. Sudamos copiosamente. Me veo tocar la eternidad dentro de ella, su cuerpo liviano aferrado al mío, sus labios desesperados ahogados en los míos. Nos estremecemos y sufrimos el temblor sustancioso del éxtasis. Nos venimos en galaxias. Recuperamos las migajas de memorias apocadas por la negación.

Más tarde, flotamos entre sábanas. Pienso en qué momento de mi miserable vida merecí tanta dicha pero carezco de referente, o de recuerdos. Da igual. Mina se acuesta sobre mí. Su sexo mojado juega con el mío y me levanta sensaciones. Comienza a frotarme lentamente.

—Es tal como me lo imagine —dice.

—Quisiera no despertar.

—Busca tu pistola.

La sugerencia es cruel e injusta, mas no menos verdadera. Estoy aquí para matarla.

—No quiero —digo.

—Si me vas a matar, mátame contigo adentro.

Trato de alejarla de mí, pero ella se aferra y sonríe.

—Anda. Métemelo.

Ella se acomoda sobre mí y en solo suspiros estoy dentro de ella.

—Ven… así… dispárame…

Mientras se mueve, alcanza a Melquíades y lo coloca en mi mano.

—No quiero.

—Sí… diiisssspaaaaaraaaa…meeee… —dice, mientras toma mi mano, que empuña la pistola, y se la coloca en la cabeza.

—Noooo… amor, ¿cómo destruir tanta belleza?

Me estremezco mientras penetro carne arriba. Ya me siento bullir dentro de ella, cuando de pronto, se escucha un sonido vibrante como de cepillo dental en la habitación. Mina abandona su cabalgata bruscamente y se torna hacia la voz. Mis ojos han visto extrañezas, muertes y muertos, pero nunca dos improbabilidades hacerse posibles tan seguidamente. Primero, Mina en mis brazos, y ahora, Dorelia en medio del cuarto con un vibrador en la mano.

—¡Dorelia! —dice Mina exaltada al brincar fuera de la cama y cubrirse con las sábanas de la cama. En el movimiento, golpea mi mano y la pistola cae al pie de la cama. Los ojos de Dorelia se van agrietando entre susto, incomprensión y aturdimiento.

—¿Uraschi? —dice confundida a la vez que suelta el vibrador.

No se otorga la oportunidad de corroborar la sensación nerviosa que entra por sus ojos y se desglosa en imagen en su cerebro. Simplemente, deja el instinto evidente llevar su mano hasta dentro de la cartera, de donde extrae el calibre 22 y dispara contra Mina.

Todavía me estoy viniendo cuando el cuerpo de Mina se desploma sobre el mío en complejos matices de un rojo profundo, sus labios titilando en palabras que apenas percibo.

—¡Mina! ¡Mina! —intento que se mantenga alerta, pero como muchos otros deseos míos, todo termina en futilidad.

La última mirada es tierna. Iluminada. Como quien recién descubre una paz nueva e intenta darle forma de palabra. Sus pupilas son dos bocas que llaman desde el otro lado, pero no las escucho, solo las veo desintegrarse en una dilatación final extrañamente indolora y feliz. Y de pronto, aprendo a llorar.

—¿Qué has hecho? —le digo a Dorelia—. ¿Qué haces aquí?

—Yo hacía mi trabajo. Pero, ¿y tú? —dice a lagrima muerta—. ¿Cómo llegaste a la cama de la mosquita? La cabrona. Tanto que lloraba y lloraba. Que si su marido no la tocaba. Que si le hacían falta nuevas sensaciones en la vida. ¡Puta! ¡Puta! ¿Tenía que meterse con mi marido?

—No soy tu marido —aclaro.

—¡Cállate! —dice, y entonces me dispara.

La sangre brota desde el hombro izquierdo y baña el rostro de Mina. Somos uno en un ritual. Dorelia comienza a llorar y se inmoviliza mientras el infierno baila en mi piel. Reclama que lo siento, Daddy, lo siento. La maldigo mil veces. Dorelia agita el arma al aire y se lleva las manos a la cabeza.

—¡Cabrón! ¡Por tu culpa! ¡Yo te amo! ¡Te amo! ¡Te dije que mataría por ti! Desde la cama, adolorido, y sosteniendo el cuerpo muerto de Mina, hago un esfuerzo y levanto mi brazo derecho. Melquíades aún está envuelto en mi puño.

—También dijiste que morirías.

Dorilea deja caer su arma y hace amague de decir algo, pero ya es tarde. El disparo le traspasa entre sus ojos. Se desploma como albatros baleado.

Con el lado derecho del pecho adormecido, me visto y recojo mis cosas. Me inclino sobre Mina y me parece que experimento otra modalidad de belleza imperecedera. Su piel parece haberse liberado del peso y la tensión de la memoria. Se ha hecho una imagen. Un verso. Cambio de materia. Beso sus labios ensangrentados y me parece que la escucho llamar mi nombre.

Sueño y muerte, todo sucedido en una tarde.