por Carmiña Candido Daverio

A este día lo viví
para no mirar el cielo
por sólo pensar en ti.
Para recordar tus besos.
Para encontrar tu mirada
en cada rincón del techo.
Para no creer en nada,
nada más que el amor nuestro.
Para sentirme tan sola,
fría, como en el infierno.
Para ser una amapola
no roja sino de yeso.
Para derramar en frases
este dolor tan intenso.

A este día lo viví
para encontrarte en mis versos
y sólo leerte allí
ya que no podemos vernos.


por Yolanda Arroyo Pizarro

Una lluvia de perseidas se me filtra bajo la falda. Salen meneando la colita como en una danza de salsa por arriba del escote. Me besa incesante. Me toma del cabello y a veces del rostro. Con su lengua embiste la humedad de mi boca, acaricia mi cuello. Las estrellas se prenden en su tez, en su sonrisa, en los jadeos que acompañan los míos.

No le permito que hable. Sólo quiero quedarme allí, cerca de él, segura dentro de sus roces. Lo muevo con pericia hasta la puerta, dando pasos hacia mi frente y su atrás con el deseo caído de las fauces. Un umbral cerrado que permite recostarlo a mi antojo. Una puerta de nogal, con olor a esencias de pino, a campo de sentimientos, a margaritas apostadas en el vientre parido, a nomeolvides sin alzheimer, a meimportastanto. Presiono su espalda contra el marco, abro con una de mis piernas las suyas, entro hasta el medio. Subo para tantearlo con mi muslo. Me pegué, me sintió, lo sentí. Saqué su camisa del pantalón. Metí las manos en su dorso, las moví corriendo por su costillar, luego al tórax, tenté sus tetillas.

Lo he presionado a otras puertas. He descubierto en el envés de los portales su arritmia. Su lomo raspa detrás de alguna de ellas y se crea la alquimia; Teseo y Ariadna. Su reverso forma un plano simétrico entre la puerta y mi seducción. Mi humedad lo traspasa delirante hasta el pórtico de turno. Puerta de oficina, puerta de la casa, puerta del desván, puerta del despacho, puerta de restaurante, puerta de patio, de salones de clases, de baños de Coamo, de duchas de playa, puertas de plateas de ensenada, de muelles, de puertos, de ferrys y de abertura a la bahía, de motel citadino, y de terrazas frente al río. Puertas. Puertas de aduanas, puertas de avión, puertas del cine, del teatro, del automóvil, puertas de balcón. Mis puertas. Sus puertas. Todas saborean su cuerpo al mismo ritmo que lo hago yo. Pegado a la puerta es un minotauro. Tampoco se defiende. Me muero por sus besos contra la puerta.


por Luis Ponce Ruiz

La vi en el Sam’s Club de Bayamón sin maquillaje aunque todavía conservaba su pelo largo y rojo. ¿Era de ascendencia corsa o irlandesa? ¿Mujer fatal o maestra de inglés? Lo que tienen que saber ahora, sin embargo, es que ella no se llama Lola, pero para lo que aquí he comenzado, pues sí, quiero que se llame así.

* * *

Fue en 1999 cuando la acompañé un sábado al Marshall’s de Plaza Río Hondo para que se midiera ropa. Era diciembre y faltaban pocos días para el 2000; el último diciembre de mis sueños mojados y de perderme en fantasías redondas con las nalgas de Lola.

Estuvimos casi tres horas en el Marshall’s. Le di el visto bueno a varios de los vestidos que se probó. Yo, con diecisiete años esperando frente al probador de mujeres, esperando y disimulando una erección inminente, esperando y rezando para que hoy, coño, por fin, me pueda tirar a Lola; Lola de mis eyaculaciones, Lola pelirroja, Lola que en enero, en el primer día de clases, se pondría ese traje, el de todos mi favorito. Ese vestido que permaneció en la bolsa plástica de Marshall’s dentro de su auto, mientras subíamos a su apartamento para que finalmente me develara los secretos de su lengua.

* * *

El teléfono sonó ese sábado mientras almorzaba. Para esos tiempos no tenía celular, así que Lola llamaba a casa (no sólo me llamaba, sino que dejaba mensajes y, en muchas ocasiones, permanecíamos hablando hasta las tantas, inclusive en días de semana) y todos sabían: mi mamá, mi papá, mis hermanos, hasta mi perro que la había olfateado las veces que había venido a casa para buscarme. Sabían y no hacían nada. Quizá preferían que me pasara con una mujer diez años mayor que yo, una adulta, que con muchachas de mi edad que estaban en las de experimentar con marihuana, Éxtasis y sexo sin protección. Lo más seguro ella ya había experimentado con todo eso, así que Pedrito estará fuera de los peligros de su generación.

Pero el peligro era ella, viejo. Era ella y a mí que siempre me ha gustado exponerme a situaciones, pues, peligrosas.

* * *

Cuando le metí la lengua en la boca, ella rápido me la sacó con un empujón de la suya y hurgó tanto en mi boca que se topó con los alambres –reliquia de mis braces– que estaban adheridos detrás de mis dientes. Me siguió besando; todo era ella: yo intentaba morderle así, suavecito, los labios, pero ella no me dejaba; intentaba acercarme a sus pechos de mujer de veintisiete años, pero en su lugar, me subió la camisa y me empezó a desabrochar la correa, desabotonar el mahón, bajar la cremallera y encontrarse con el lapachero de mi venida precoz. Pero eso no la detuvo. Me bajó los calzoncillos y, lamiendo todo lo que sus besos y la presión de su cuerpo contra el mío habían causado, me devolvió la erección: su lengua, sus labios, sus dientes fueron los culpables. Entonces intenté de nuevo con sus pechos y fui acogido; llegué hasta sus caderas y encontré, complacido, el finísimo encaje de su tanga negra.

* * *

Entonces te vi, pero nos ignoramos. Cuánto había esperado este momento para decirte en la cara, gracias, Luis Ponce Ruiz, gracias: me has jodido toda la vida por irte con el cuento y contárselo a medio mundo. Fue la soledad, Luis Ponce Ruiz, y me tiré a los que me tiré porque había pasado tanto tiempo desde un novio y en este país no hay hombres que valgan la pena, una tan preparada y pues, imagínate, con tanto chamaquito bellaco en el colegio de varones ese, pues, cómo no me iba a gustar la idea, ca-ra-jo. Tres años sin estar con alguien encandila a una, la cansa… Te hice un favor, Luis Ponce Ruiz, como se los hice a todos…la única diferencia fue que tú hablaste, ¿te creías, qué, especial? ¿Distinto a los demás?

* * *

No la había vuelto a besar: con mi mano exploraba lo que sólo hasta ayer eran cerebritos masturbadores. Pero ella me besó nuevamente, me atosigó su lengua y ahí, adentro, se la aguanté con mis dientes, impidiéndole salir de mi boca y se la mordí con delicadeza, como le mordí los pezones, el lunar brotado debajo de uno de sus senos, y los pequeños rollitos de piel que se le formaban a ambos lados de su cadera debido el encaje cernido de la tanga. Y se volteó: la redondez se hizo carne. Sin ninguna premeditación eché a un lado el hilo dental que delineaba el maravilloso cañón entre sus nalgas y fue entonces ella la que conoció casi todo sobre mi lengua.

* * *

Y hoy, luego de esperar tanto tiempo, no te puedo ni mirar a los ojos. ¿Cómo se puede mirar a alguien que ha odiado tanto a una? Las palabras no me salen, como la barba deforme esa que tratas de emparejar. La lengua se me traba, no me da para más cuando pienso en lo que hiciste con lo que te regalé.

Te vas y pasas como si fueras una hoja, una bolsa de plástico al viento y quizás tienes razón porque lo único que me acuerdo es de mi versión. No me acuerdo de todo lo que te hice y te dije. Ya ni sé por qué pienso tanto en ti, si quién sabe, a lo mejor no eres tú el que acabas de pasar o a lo mejor es que ¿todavía me veo tan bien como cuando tenía veintisiete y este que creo que eres tú pasó así, tan fugaz, porque en realidad me chequeaba y se había puesto nervioso? Quizá es que estoy loca, quizá hiciste bien en hablar con la escuela y decirle lo que hacía con los estudiantes y revelarles la verdadera razón de mi renuncia.

Pero quizá, por eso mismo, por haber hecho todo eso te odio y más lo haré cuando en algún momento (te conozco tan bien, Luis Ponce Ruiz) decidas escribir algunas pocavergüenzas y me hagas, me deshagas, en un personaje tuyo de tus historias trasnochadas.

* * *

Cuando la vi en el Sam’s Club, me pregunté si todavía vivía en el apartamento ese donde deshicimos la tensión que nos agobiaba, porque la vi con cara de mamá: gorda, pero con cierta fragilidad en sus cachetes y en las ojeras que no había perdido tiempo en maquillar. ¿Dónde vivirá ahora y con quién?

Nos vimos pero no nos miramos. Pasé al lado de ella, de Lola, como si todo esto que ahora termino de escribir hubiera sido ficción.


por Yolanda Arroyo Pizarro

La figura amamanta a su prole sobre la superficie del agua. Alguien habla detrás de mí con voz de trueno. Yo no escucho. Observo a la figura que aletea sobre el mar y se va alejando. Con la parte inferior de su cuerpo se mantiene a flote mientras uno de sus brazos agarra el cuerpecito. Sus manos mueven la platea azulada como acariciando las nubes, y ésas, las nubes, parecen querer bajarse del firmamento a besarle la frente a ella y su cría. La criatura succiona el pezón ávidamente y mueve la cola de pez. Yo recuerdo esos pezones y me saliva la boca. Con la misma voracidad mi corazón da un giro. El barco se mece y busco el equilibrio. Entonces me doy cuenta.

El equilibro es mirarla y no olvidar sus escamas. Su voz armoniosa. Es consolarse. El equilibrio es subir a bordo, y pensarla buscando el horizonte. Es continuar la vida, jugar a separarse, bromear con la idea de una nueva residencia, de un nuevo hábitat; es convencerse uno de que las diferencias sí importan. Conformarse sin derramar una sola lágrima.

La voz almirantonada intenta llamar mi atención nuevamente. Recuerda el rescate, me dice. Recuerda que has vuelto a nacer como hombre, añade y acomoda su gorra naval sobre el cabello plateado. Los rescates, y no los naufragios, siempre se superan.


por Karina Claudio

Determinante:
Aguanta la manzana de adán,
Atorada en el pescueso
No más henchidura para sus gusanos:
que si agujeros
a media noche
que si pucheros
de romería
Por encuanto,
renunciamos
al hacha del carnicero.
No más cavidades
de encefalopatía:
que si tinas de baño
para el vómito
que si pañales
congestionados
de orín de cría
Por encuanto,
renunciamos
a la enfermería cotidiana
de los levantes de jauría.
No más braguetas
a la intemperie:
que si llamadas medianeras
con aliento aguardentino
que si angustias de cocina
derramadas de estroginia
Por encuanto,
renunciamos
a uniones
de pantorrilla.
Por encuanto,
lomo tendido
en el picadero
que me esculpió filete,
Fibreo:
Se acabaron
las bocanadas
que me sostenían
hueco.
Se acabaron
las yagas
que me infectaron
sifilítica.
Ya no más vaca loca.
Ya no más presa cuerverina.

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