Archivos de la categoría Ediciones

Bibliografía de los textos originales

  • Michelle Naka Pierce 

Beloved Integer, en Beloved Integer, Bootstrap Press/PUB LUSH, 2007. 

  • Li-Young Lee  

“Out of Hiding”, en Book of my Nights, BOA Editions Ltd, 2001. 

  • Sherman Alexie 

“Poverty of Mirrors“, ” What the Orphan Inherits “, en I Would Steal Horses, Slipstream Publications, 1992.

  • Caio Fernando Abreu

“Harriet”, en O ovo apunhalado, contos. Rio Grande do Sul: Globo, 1975; Rio de Janeiro: 2ª edição, Salamandra, 1984; São Paulo: 3ª edição, Siciliano, 1992.

  • Wallace Stevens

“Of Modern Poetry”, “The Idea of Order at Key West”, en The Palm at the End of the Mind, antología postuma preparada por su hija Holly Stevens, 1967.

  • William Carlos Williams

“XXIII”, en Kora in Hell: improvisations. Boston: The Four Seas Company, 1920.

  • Carol Anne Duffy

“Education for Leisure”, en Standing Female Nude, London: Anvil, 1985.

  • Philip Larkin

“High Windows”, en High Windows, Faber, 1974.

  • Jack Kerouac

“Bowery Blues”, en Book of Blues, Penguin, 1995.

  • Bob Dylan

Girl From The North Country, canción escrita por Bob Dylan, 1963, grabada por primera vez en 1963 como segundo sencillo del segundo álbum de Dylan The Freewheelin’ Bob Dylan.

  • Ricardo Sternberg

“Quark”, en Bamboo Church,  Montreal: McGill-Queen’s University Press, 2003.  “Map of Dreams”, en Map of Dreams, Montreal: Vehicule,1996.

Fuera de escondite

Alguien susurró mi nombre en el jardín,

mientras empequeñecía
entre la esparcida sombra de las peonías,

crecí mucho más grande por la ausencia de otras,
envejecí en medio de las hormigas, antiguo

ante la abertura de los pétalos,
reciente a mí mismo, y aún, extraño.

Al nuevamente oír mi nombre, lo escuché lejos,
como el nombre del niño del vecindario,
o la visita de un primo favorito
durante el calor de verano,

mientras el silencio pareció ser mi verdadero nombre,
un canto -cercano e inaudible-,
nació secreto y subterráneo.

Sin obtener respuesta alguna, reclamé para atrás.
Y los pájaros declararon mi guarida
a lo largo de toda la mañana.

Traducción de Samuel L. Medina

Lo que los huérfanos heredan

Lenguaje

Soñé que cavaba tu tumba
con mis manos desnudas. Toqué tu cara
y la piel cayó en escuálidas tiras al suelo

hasta que sólo tu lengua permaneció entera.
La colgué para ahumarla con el ciervo
por siete días. Supo gruesa y grasosa

los tendones trabaron mi lengua fuerte. Me levanté
a caminar desnudo por el fuego. Hablé
inglés. No fui consumido.

Nombres

No tengo un nombre indio.
El viento nunca le habló a mi madre
cuando nací. Mi corazón fue escondido

debajo de las cáscaras de nueces intercambiado
de un lado a otro. Tengo que hacer trampa para sentir
el latido de los tambores en mi pecho.

Alcohol

“Por traernos el caballo
podríamos casi perdonarte
por traernos el whisky”

Tiempo

Medimos el tiempo inclinándonos
fuera de los vidrios de autos quebrando
botellas de cerveza contra letreros de carretera.

Tradición

Niños indios
demacrados y con miradas de ciervos
congelados ante los faros de los carros.

Traducción de Sergio C. Gutiérrez-Negrón

Pobreza de espejos

Despiertas solo estas mañanas y nada
puede ser perdonado; bebes
la cerveza tibia que queda de la lata
que está al lado de la cama, dile al extraño que duerme
en el suelo que se vaya a casa. Es demasiado fácil

ser nadie con nada que hacer, sólo
levemente preocupado por la factura de la luz
más interesado en lo oscuro que se pone el día.

Caminas solo en la acera húmeda preguntándote
de qué color es la lluvia en el campo.
¿Gira el mundo alrededor de cuartos sin puertas
o ventanas? Acomodando el espejo
que encontraste en la basura, las paredes parecen más cerca
y nunca puedes encontrar el camino adecuado

hacia fuera, así que abres el refrigerador de nuevo
por una cerveza, encuentras únicamente leche rancia y te la bebes
entera. Todo esto sabe demasiado familiar.

Traducción de Sergio C. Gutiérrez-Negrón

Harriet

Para Luzia Peltier, que supe de ella

“No fundo do peito, esse fruto apodrecendo a cada dentada.”

(Macalé & Duda Machado: Hotel das estrelas)

Se llamaba Harriet, pero no era rubia. Las personas siempre esperaban de ella cosas como largas trenzas, ojos azules y voz mansa. Se espantaban con los hombros anchos, la cabellera media áspera, el rostro marcado y duro, los ojos endurecidos. Harriet no jugaba con los otros cuando éramos niños, Harriet siempre se quedaba sola. Pero aun así, a las personas les gustaba.

Casi todo el mundo fue a la estación cuando ellos se fueron para la capital. Ella estaba apoyada en la ventana, con el pelo áspero en torno a las mejillas protuberantes. Yo me quedé mirando a Harriet sin llegar a imaginármela entre los edificios y los carros. Creo que sentí pena -y creo que ella sintió que sentí pena, porque de repente hizo una cosa completamente inesperada. Harriet bajó del tren y me dio un beso en el rostro. Un beso duro y seco. Cualquier cosa como una vergüenza de gustar.

Ésa fue la primera vez que vi los pies de ella. Estaban descalzos y un poco sucios. Los pies de ella eran los pies que la gente esperaba de una Harriet. Pequeños y blancos de uñas azuladas como de niño pequeño. Yo deseaba mucho quedarme mirando sus pies porque pensé que sólo había descubierto a Harriet en el momento de su partida. Pero el tren se fue. Y ella no miró por la ventana.

Un tiempo después vimos una foto de ella en una revista, con un vestido de baile. Harriet era modelo en la capital. Todo el mundo lo dijo y compró la revista. Casi todos los días veíamos su foto en el periódico. Harriet era famosa. La ciudad la adoraba, pero ella nunca le escribió una  carta a nadie.

Mucho tiempo después, yo la vi otra vez. Yo estaba trabajando en un periódico y le tenía que hacer una entrevista. Harriet estaba sola y no se puso contenta de verme.  Continuaba alta y consumida y tenía en los ojos una sombra llena de dolor. Fumaba. Le hablé de la ciudad, de las personas, de las calles -pero ella pareció no recordar. Me contó de sus películas, sus desfiles, sus viajes- contó todo con una voz lenta y ronca. Después, sin que yo entendiera por qué, me mostró una cosa que había escrito. Una cosa triste que parecía una carta. Había un pedazo que nunca jamás conseguí olvidar, y que decía así:

sabes que el que tú me gustaras llegó a ser amor porque yo me conmovía viéndote si yo me despertaba en el medio de la noche nada más para verte durmiendo dios mío cómo me dolías devezencuando yo me voy a quedar esperándote en una tarde cenicienta de invierno en el mismo medio de una plaza  y entonces mis brazos no serán suficientes para abrazarte y mi voz va a querer decirte tantas cosas que me voy a quedar callada un tiempo enorme solamente mirándote tú sin decir nada solamente mirando mirando y pensando ay dios mío ay dios mío cómo tú me dueles devezencuando

Cuando terminé de leer tuve ganas de llorar y me quedé una parte del tiempo mirando los pies de ella. Y pensé que parecía que ella había escrito aquello con sus pies de niño pequeño, no con sus manos huesudas. Yo le dije a Harriet que era lindo, pero ella me miró con aquella cara dura que las personas no esperan de una Harriet y dijo que para nada importaba que fuera lindo. Tuve ganas de hacer algo por ella. Pero yo sólo tenía un cuarto en una pensión ordinaria con la línea del teléfono dañada siempre. Yo no podía hacer nada. Y si pudiera, ella tampoco me dejaría. Me fui con la impresión de que ella también quería decir algo.

Tres días después supimos que ella se había tomado un montón de comprimidos para dormir, se cortó las venas y metió la cabeza en el horno de la estufa de gas. Hubo mucha gente en el entierro y se quedaron inventando historias sucias y tristes. Pero nadie lo supo. Nadie supo de los pies de Harriet. Solamente yo. Uno de estos inviernos me voy a encontrar con ella en una plaza cenicienta y me voy a quedar una parte del tiempo sin decir nada sólo mirando y pensando: qué pena -qué pena, Harriet, que no hayas sido rubia. Devezencuando, por lo menos.

 

Traducción de Adriana Santiago