Por dos rands, un samoosa
por Mayra Rivera

25 de noviembre de 2007

Por primera vez en semanas dejó de llover y hacer frío. Como si se decidiera a ser verano, al fin. Y yo que sólo quería ver los tiburones blancos y voraces que rondaban la costa en la que ya yo venía viviendo. Porque lo tenía entre ceja y ceja. Pero llamé en la mañana y me convencí de cambiar un tedioso viaje en un barco repleto de gente con una caja claustrofóbica a la cual muchos se querrán meter, por tres minutos, a ver los tiburones, por un buen día de buceadas. Que me los encontrara sin caja.

Debo decir que llevo varios años viviendo en el agua. Lo digo hoy, un día de lluvia tropical maravilloso, pero creo que hablo en especial del agua de mar. El agua de río me hace sentir de forma distinta. No soy Julia de Burgos. Además de que creo que nací en el mar, porque nada me hace sentir tan bienvenida y tan abismalmente extraña a la misma vez. Me gusta mirar al fondo cuando estoy en el mar; y perseguirlo cuando no me queda aire. Mi mente, en sueños despiertos y dormidos se escapa a faros y a cuevas submarinas.

Pues me fui a bucear ese día, en la costa de Cape Town, en Hout Bay y su isla de focas. Eso fue un año después de la última vez que saboreé el mar desde dentro. Aquí no es como Puerto Rico, es mucho más al sur y frío, así que me puse mi piel de pez (alquilada, esta vez), la más gorda que jamás me he puesto. Me tomó un poco de manoseo descifrar mi nuevo pulmón (alquilado) y dejar el equipo con sus mangas y vejigas montado como un reluciente ensamblaje bronquial, gomoso y todo, esperando allí como para un transplante. Sonrío feliz, para mí misma, mientras empiezo a rebotar en el borde de la balsa de goma que nos lleva a todos y veo la primera foca gordísima, macho, sin duda, asoleándose en uno de los muelles de la marina. La cabeza, como la sonrisa, se me deshizo en agua.

Llegamos al lugar de la primera inmersión, el lugar de un viejo naufragio. Me apertrecho con todo y, anfibia, me tiro al agua…para descubrir que no puedo respirar en agua de nueve grados centígrados de temperatura. No con el sol caliente de afuera que me engañó, no sin guantes. Que si trajeron guantes para los que alquilamos equipo, pregunto. Que no. Por qué me lo esperaba; no puedo mover las manos y por el borde de las mangas entra el agua que circula bajo mi traje como suero helado. Un alma noble se quita los suyos y me los presta; que está acostumbrado a surfear sin ellos, un muchacho casi niño. No sé cómo se supone que le dé las gracias. Descendemos al frío azul y denso.

Que qué se ve allá abajo. Pues negro y azul, porque se acaban los colores. Un barco hundido, negro entonces, inclinado sobre un banco de arena, medio blanca y medio gris, que un grupo de buzos revolcó hasta empañetar casi por completo el mar de azul que nos apretaba. Y mientras ascendíamos por los costados del barco y llegábamos a cubierta, algas gigantes que empezaban a aparecer, buscando la luz con sus manos enormes. Y nosotros con las manos pegadas al cuerpo temblando hasta el sol, todavía lejos y minúsculo.

* * *

Fueron varias las veces que entramos y salimos, y en un momento dejé de saber si ascendía o descendía. Pudo haber sido un momento cualquiera, pero no, porque lo sentí con su piel áspera acurrucado entre mis manos y mirarme con ojos de recién nacido. Una cría de tiburón que alguien desenrrolló de su nido, por la cola, dormida.

Dejé de escuchar burbujas, se me olvidó la gravedad y todas las fuerzas físicas que me aguantaban allí. El Big Bang fueron las palpitaciones de esa piel tierna haciéndose nido entre mis manos, que se olvidaron que eran mías para hacerse cuna cóncava de piedra; como si hubieran esperado este momento para desprenderse de mí y hacerse parte del mundo. El tiempo se descontaba con los latidos de ese cuerpo minúsculo adormilado; y cuando creí toda la materia comprimida en ese instante, se abrieron los ojos redondos y vidriosos de recién parido que me miraron, tranquilos, y se cerraron nuevamente con la soñolencia de la marea… Y comenzó el tiempo de nuevo en otra dirección. En dirección de las corrientes y de las focas peludas para dejarme sembrada en los bosques de kelp que apuntan siempre al cristal azul del sol en el agua que les hace de techo. Como mis manos, sin guantes esta vez, y con mis propios bronquios.

Hace varios meses que no visito la superficie. Encontré mi tiburón.


Khayelitsha II

Fue extenuante esa llamada. Veinte despiadados minutos de repeticiones y malentendidos para enterarme que había una gran confusión que tenía que ver conmigo, para saber que él quería que fuese a comer a su casa el domingo próximo (“domingo, no sábado, domingo, el día después del sábado,” hubo que confirmar) y que vivía en Site C, después del “robot”, a la derecha. Ya lo conocía un poco y podía llevar amigos, así que le dije que sí.

En el carro con Rachel y Dave me entero que el robot es el semáforo y con algunas llamadas en el camino llegamos a su casa. Yozi nos dice que la casa se la dejó un primo y que es una de las mejores. La diferencia es notable. La casa de Yozi está bien compuesta, tiene varios cuartos y está sobre una loma que deja ver la falda de casas plisadas alrededor. El cartón de caja que empapela el techo está impecablemente remachado. Por dentro y por fuera, la casa está perfectamente pintada. Pero eso no es tan distinto a las demás. Tiene cocina y nevera, una sala y un cuarto. Tiene hasta portón. Yozi es un muchacho serio, noble, de frente ancha y del Eastern Cape. Se levantó a las cinco de la mañana para hacernos la comida.

Hay muchas cosas sobre Yozi que no puedo explicar. Hay muchas que no entiendo, pero las que quiero decir son otras, las que me hacen sentir la urgencia vehemente de protegerlas de las palabras. Criaturas demasiado inarticuladas para apalabrar sin lastimar. Yozi nos informa profusamente, nos dice todo lo que queremos saber, sobre su vida, su trabajo, su casa, y nos narra su historia, repartida en sus paredes entre cuadros, afiches y amuletos surtidos, marcadores materiales de algún cambio interno trascendental. Me recuerda mi propio coleccionismo estratégico, pero con mucho más propósito. Él nos lo explica todo. Le preguntamos sobre la vida en Khayelitsha y él accede a contestar. Después nos dice que no quiere hablar de eso, que cuando habla de eso siente el dolor de lo que cuenta. Por eso cuando le preguntamos sobre la mesita de la esquina, un altar con piedritas brillantes, fotos, conchas, libros en pie y una ramita en agua azul, y calló, dejamos de preguntar.

Las palabras se nos escurrieron entonces al almuerzo que nos esperaba, expuesto, en la cocina. Toda la cocina llena de servicios para escoger. Comida para una semana entera. Miramos afuera al arrabal deshilado que nos envolvía, a la cocina sin agua corriente. Me pregunto cuánto habrá pospuesto Yozi por hacernos esta comida. Pero la pregunta se diluyó antes de formularse, licuada en el vuelo de un bocado tan tierno que se me hizo dolor al despedirse en dirección al pecho. Dejé el sabor retumbar por toda la casa y vibrar con los afiches y amuletos. Su eco rodó por el piso hasta esconderse con un “tin” metálico bajo la mesita en la sala, entre la butaca y el mueble del televisor.

Aprendí en Khayelitsha que a veces hay que colgar silencios sin gesto ni palabra. Como las ropas recién lavadas que reguindan el interminable frente de las casitas de cartón y zinc. Ropas inmaculadas de colores brillantes, perfectos.


Jacoba

No te dejes contar por nadie lo que es viajar en el tren Trans-Karoo. Es algo tan largo que se te escurre de vista, tan estirado que te raja los ojos como sonrisas forzadas. Comienza con el calor de la tarde, para mascar la noche y tragarse el próximo día. Día y pico de tierra roja, estirada, trans-desértica.

Empezamos camino a las muelas de roca sedienta que nos esperaban de frente. El tren le arrancaba suspiros a la tierra salpicada de pequeños arbustos, asmáticos de sol. Algunos de esos suspiros, al principio, se exhalaban en viñedos frescos, lánguidos de humedad requedona. Pero cuando la tarde se fatigó, se fundieron también los suspiros en un mismo respiro de resuelta soledad. Casas dispersas y carcachas abandonadas rotularon el atardecer de plomo que se estrelló en la llanura descortejada. El cielo bajó su ciclorama de anaranjado, rosa y violeta en lo que algunos rayos tormentosos negociaban la oscuridad. Cayó la noche y me arrastré hasta mi litera en el calor pegajoso del tren y los pasajeros noctámbulos que no querían dormir.

* * *

Temprano en la mañana oigo una voz que musita en la cabina. La oigo abrir el increíble lavamanos de la cabina y lavarse la cara y los dientes. Decido despertar y asomar los ojos por el borde de la litera, hacia abajo. Una señora de blanco pelo rubio cose hexágonos de papel de periódico y tela. Una plantilla hexagonal de papel, un pedacito de tela surtida como envoltura, puntadas para pegar un hexágono al otro. Puntadas meditadas, de manos viejas y olvidadizas. Y el crujir desvelado del papel crispado en la costura. No recuerdo si fui yo o ella la que primero saludó. Tampoco puedo decir en qué idioma fue. Ella hablaba afrikáans y un poco de inglés; yo inglés y un poco de holandés. Tenía sesenta y cinco años y una voz fina y quebradiza como un hilo de agua. Cosía colchas para sus hijos. Le había hecho una a cada uno, le faltaba el último. Pero dos se le murieron este mismo año; uno de cáncer, otro que se suicidó dos meses después porque no pudo superar el dolor acribillante de metralla que se le quedó incrustada en el cuerpo hace diez años. Ése nunca se casó ni tuvo hijos, pero parecía recién encontrar su paz espiritual. Hasta hace tan poco. Su voz de agua se le salió por el borde de los ojos. Se le escurrió un sollozo, entre hilo y aguja que no paraban de buscarse en hexágonos de papel y tela. Pero la impecable discreción delató que llorar era menos accidente que una práctica de familiaridad acostumbrada; la prolongación de un ejercicio que llevaba varios meses masajeándole el alma.

Iba de camino a pasar la Navidad con uno de sus hijos y con su nuera que nunca debió serlo; alcohólica, desatenta. Pero allí va ella, con todo el amor que le queda, lo que le sobra ahora de su esposo e hijos muertos. Jacoba me cuenta de su vida y de la vida, ríe y sonríe y me da consejos, de cuando era joven, de cuando era vieja. En inglés y afrikáans entrecortado: que oiga a los viejos, me dice, oiga a los viejos y sus consejos. Y sonríe por la dulzura de su propio consejo. E interrumpe de tanto en tanto para explicarme arrebatos del paisaje: las vacas, que me gustaban, un árbol especial, las minas de diamante de Kimberley que en algún momento arrastraban la vida de todo el lugar y ahora no son más que carrocería de consuelo para turistas. Hablamos de las flores del Karoo y de las flores de Puerto Rico. Que a ella le encantaría tener flores de Puerto Rico. Con el café recién traído Jacoba se terminó de arreglar, se pintó los labios y me dio su dirección en un pedazo de papel de libreta. Yo le ayudé a bajar su bulto, pesado como tres, cuando se despidió poco después de Kimberley. Ella, mi madre llorosa y yo, todos sus hijos juntos, nos reguindamos en un abrazo tan rojo como la tierra.

Y el tren que siguió arrollando el Karoo, pasando cada vez más casas, y más verde, hasta la ciudad de oro, Egoli, Johannesburgo.


Navidad en Johannesburgo

El día de Nochebuena fuimos a misa. Los papás de Dave, nuestro hospedero, nos llevaron a la Central Methodist Church de Johannesburgo a la misa de 10:00pm. Las calles del centro estaban desiertas y había una luz fantasmal que le daba el aire de un set de película; y te recordaban por qué siempre te dicen que Johannesburgo es peligroso. Aunque durante el día se vea tan distinto.

Creo que lo único que tenía vida en ese momento era la Central Methodist Church. Mucha vida desparramada por las calles y las aceras que la rodeaban, por el paseo frente a la entrada principal, adentro y por todas las escaleras que daban al salón. Vida viva pero lúgubre y hambrienta, de gente que dormía en el piso en cualquier lugar. Vida viva con demasiado olor a calle y a intemperie de cartón y bolsas plásticas. Vida con una ráfaga de sed y sueño, y sabor a trabajo malnutrido. Bronwyn los conoce y nos dice que son cerca de 2,000 Zimbabweanos que se refugian en la iglesia. Conoce a varios, que la saludan con mucho cariño y abrazos bien fuertes. Somos los únicos ‘blancos’ entre el mar de gente esperando para entrar; aparte del pastor y una ayudante. La noche está llena de sonrisas lánguidas, algunos borrachos que quieren altercarse y una almohada de gente con tanta esperanza noble, como alegría adormecida.

Bronwyn conversa con uno, le pregunta que cómo está; que si está contento y le ha podido mandar cosas a la familia. Que sí, que está contento porque ya le mandó las cosas a su familia, pero no deja de pensar que no puede estar con ellos. Nochebuena es un poco triste “you see?”. Su sonrisa distante y voz bajita, agridulce, se riega entre los demás; algunos asienten, sabiendo. En Zimbabwe ya no queda nada. La inflación va por 11,000%. Si piensas visitarlo tienes que llevarte la comida y el agua que vas a usar.

El pastor manda a apagar todas las luces y empieza a repartir velas. Todos se ordenan en fila, bien apretados. Le podemos ver la espalda a muchos y nos damos cuenta que tampoco aquí se pierden oportunidades. Alguien había aprovechado la desnudez de muchos para anunciar en camisetas su negocio. Servicios funerarios, con todas sus bondades enumeradas. Alguien adentro va prendiendo las velas según entramos. En más de una ocasión temí que la iglesia y todo por dentro se encendiera verdaderamente en fuego, con el combustible de tanta gente apretada y cartón desparramado. Subimos las escaleras todavía entre gente y piernas garabateadas. Llegamos al inmenso salón.

Los que no se sentaron se acostaron en los pasillos al margen de los asientos. Empezó el culto y el trabajo se le durmió encima a los que se apilaron en el piso, con ronquidos pesados. Los cantos fueron vigorosos, en inglés, en shonga, en venda. Las manos agarradas y los abrazos también. Y la alfombra viva de seres adormecidos se regó hasta los asientos, anestesiando el aire denso que nos quedaba.

Anunciar la comunión fue un súbito despertar para los cientos que dormían, y para los despiertos en sus asientos que navegábamos el mar de gente con la cera de las velas extintas. Anunciaron el pan y el vino y la masa de gente resucitó de súbito para arremolinarse como marejada a recibir la minúscula hostia y la diminuta copa de vino. Hambrientos primero de pan y después de redención y vida eterna. Amasados en torno al altar, haciendo levadura con sus propias manos que estiraban la masa hacia arriba, hacia el altar.

Salimos pronto, porque estábamos en la fila de atrás. Lidereamos la masa de gente en el embudo de las escaleras, todavía lleno de gente y cartones. Bajando a media luz sólo se nos adelantó uno que, de prisa y brincando escalones, aseguraba: “I am from Mozambique, I am not from Zimbabwe!”


Museo del Apartheid I

Fuimos al Museo del Apartheid. Entramos por 25 rands. Pasamos por pasillos de fotos que filtraban a la gente que dejamos atrás. Llegamos a la galería, un gran salón apartado.

Es un museo inmenso y admirable, documentado con meticulosidad, variado y creativo en recursos, y extraordinariamente extenso. Lleno también de largos párrafos en sus paredes de líneas altas y duras, de elegancia sobria y monumental. Su espacio, masivo y fundido en letras, nos recibió como un gran museo del Holocausto. En alguna parte de Europa, lejos de África. Otro continente de palabras grandes, de admiración por lo escrito y reverencia por razones llenas en paredes envitradas. Donde los museos son un “cubo blanco” de distancia forzada– para ver mejor. Un continente monumentalmente visual que sabe olvidarse de otras razones percusivas, de la sonoridad de los espacios pequeños donde se cuecen los murmullos de todos los días. Los de otro culto, los que se criaron en un continente distinto y cambiarían las paredes altas y macizas por algo más susurrante y terreno, se quedaron igual sin voz. Su voz fue trastocada en letras y colgada de las paredes que no oyen, para exhibirse a otros. Perdieron la voz, otra vez.

En este espacio foráneo vi sólo una familia más oscura que yo, arremolinada toda junta, como sosteniéndose en ese derroche de hostilidad endémica, de violencia representativa. Entonces me di cuenta de que la expiación tiene muchas formas. Aquí hay un espacio para sanar la culpa, pero un espacio seguro que mantiene al margen a quienes la recuerdan demasiado cerca. Un espacio privado de penitencia, a prueba de dolor y otras catástrofes. Un hiato por encima de aquéllos que si bien pueblan las paredes, aún no son protagonistas. Penitencia privada, a 25 rands más impuesto de alfabetismo occidental. Para quien la compre– en Sudáfrica o en el mundo allá, allende los mares.

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