Por dos rands, un samoosa
por Mayra Rivera

(Paréntesis primero: de viaje)

Experiencia parece siempre determinarse por la facultad del estar. Por la capacidad de confirmar y afirmar la indisputable opacidad de un evento. De presenciar y de absorber presencias.

Hoy, treinta de abril, es Koniginnedag en Holanda, el día del cumpleaños de la reina (Wilhelmina, con todo rigor, que no Beatrix, la reina actual). El día más esperado de todo el año, donde la ciudad entera se vierte en calles y canales repletos de gente en la apoteosis de la extravagancia. Mares de gente y de anaranjado que convierten la ciudad en un espacio agobiante y verdaderamente intransitable. Se vierte la ciudad y se vierte la gente y la basura y la cerveza por todas sus calles. La parafernalia más empecinadamente conspicua (anaranjado –de la casa de Orange; rojo, azul y blanco –de la bandera nacional) se vende con anticipación al evento para acentuar la determinación de su ineludible presencia. Caravanas interminables de botes con los espectáculos más estrafalarios rellenan los pocos hiatos de presencia que comúnmente le quedarían a la ciudad, haciendo del agua otra tarima más al servicio de un acto de presencia absoluto. No hay términos medios: quien no se quiere rendir al evento se queda en casa o escapa con anticipación. Ni la regularidad persistente del capital opone resistencia; o juega con las reglas del día –vertiéndose en la calle con música, parafernalia y mercancía– o se suspende hasta nuevo aviso. Es un día también de venta de hasta los últimos recursos. Semanas antes del evento dueños de negocios y ciudadanos cualquiera demarcan parchos de calles y acera para asegurarse un espacio de venta. Para verterse con lo que haya o lo que sobre; con lo que quede y con todo de lo que uno nunca se puede deshacer. Y lo que no se vende, se queda en la calle.

Esta vez decidí quedarme en casa. Por aversión como por necesidad. Quería también probar mi indiferencia a una presencia absoluta. Probar la experiencia de no estar.


(De visita)

Entretanto he estado en Heidelberg y Würzburg, en Berlín y de regreso a Ámsterdam; ahora en Salzburgo y mañana en Varsovia, después en Brno. Munich y Praga en algún momento entremedio, por sus aeropuertos. Tan pronto firmé el último papel que decía que me graduaba, me di el lujo de irme finalmente de visita. Justamente de visita, para coger vacaciones de mí misma.

En Heidelberg arrastré mañanas con Martin hasta las tardes que finalmente nos agotaban el desayuno y el sol, reventando la ventana, nos sacaba a rastras de la casa. Me fugué con el sol y las abejas que Martin esfumaba en sus cajas aquellas mañanas en que las iba a visitar. Me fugué mientras él, diligente, buscaba a la reina, las larvas y la miel. Me esfumé yo también.

Kleinrinderfeld me desapareció en la bruma de los mapas de Baviera. Casi ni existe y lleva más bien el nombre de Würzburg, una referencia conocida. Ahí desdoblé el espacio y, por un tiempo, mi apellido. Mayra Grimm por día y medio, de los Grimm que me tejen con sus íntimas historias cotidianas y leyendas de todos los días. De los Grimm de Kleinrinderfeld, Muizenberg, Sudáfrica.

Berlín, desde el principio, se escurrió del calendario. Y yo, diluida, me dejé llevar. Para qué intentar lo contrario, si para darle forma al tiempo allí estaba Annemarie, y Kate que lo repintaba. Eso hasta ese último día sin noche en que me tocó a mí, desmemoriada, rebobinar el tiempo por las tres.

En Ámsterdam cumplí veinticuatro, y un año de no ver ni a mami y ni a mi hermano. Un año exacto porque ahí, en mi propia pausa, los volví a ver: mami en el aeropuerto con su maleta, esperándome, y Jose, que no esperaba yo, abriendo la puerta con su maleta. Por la rendija de la puerta abierta vi también una Mayra que se me escapa poco a poco, Mayra boricua de paciencia sigilosa y abrazos escandalosos.

Desde Salzburgo escribo ahora, aunque probablemente termine en Polonia. En Salzburgo, en el mismo apartamento donde años atrás pisé por primera vez este otro lado, sola y en una tarde de invierno y nieve, la primera de seis meses. Donde reconozco los olores y desde donde puedo ver las montañas grises que conspiraron siempre con mi propia voz secreta. Mayra nevada y sin aviso; Mayra austriaca, de vez en cuando.

He querido tener el cuidado de cambiar de sitio antes de encontrarme yo, demasiado entera, en cualquier lugar. Y me he encontrado entera en cualquier pedazo.


Cicatrices, para Jesús

Tantaswa tiene una estrella al lado de su ojo derecho. Un destellito brillante, unas puntadas de seda. Puntaditas que me reguindaban la mirada en tela negra de seda de su cara siempre que la miraba. Seda sobre seda y negro sobre negro, más relampagueantes que todos los colores juntos. Suspiros hilados de piel cotidiana que se busca para amarrarse. Ni a ella ni a nadie le pedí referencias. No quería patrones de papel de cera, ni marcadores, ni medidas, ni modelos. Nada que me enseñara a coser, ni me remendara la memoria.

Nunca quise reconstruir las pieles rajadas. Sus bocas abiertas me callaban. Me incrustaban en silencio con la carne fibrosa que les crecía a brazadas para coserles la voz, un buen día. Aquí las heridas dicen demasiado, por eso las cicatrices crecen para tragarse su memoria. Y tienen que crecer gordas y brillosas para tragárselo todo, como peces. Así cosen el silencio, como si lo compraran. Y como se convierten sólo en memoria de sí mismas, compran todas las preguntas de una vez.

Tantaswa tiene hilitos, pero también hay sogas y volutas que retuercen la carne con tensión umbilical. Costuras monumentales de patrones desbordados. Todas ellas, puntadas para cogerme el ruedo en las esquinas del metro y al borde de la acera; para recortarme el camino sobre hermosas pieles de seda. Me cortaban la voz y el camino para enseñarme el lustre del negro sobre el negro cuando se trata de mantener la carne junta. Y me zurcían a mí también, porque se traspasaban de tela.


George

10:07 a.m., 29-11-07

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anding.enjoy.s.a.

recibo una mañana, poco más de un mes después de haberlo conocido y visto por única ocasión. George fue sombra ese fin de semana de la reunión en Johannesburgo. Alto, largo y oscuro, con pelo largo y pesado que le hacía sombra como una palma. Había llegado tarde una vez, y se había parado en otra, comentó algo en la discusión. Eso y que generalmente andaba solo fue todo lo que supe hasta que el último día empezó a hablar. En el grupo discutíamos la necesidad de respaldo (”debriefing”) psicológico y emocional para líderes y consejeros de VIH y sida en comunidades: en ellos se descargan las historias y problemas de tantos, pero siendo represa, no tienen dónde verterse. Desde la cola del semicírculo George me empieza a susurrar, con su voz de cueva: “That’s exactly what happens to me…” Es desempleado y no deja de trabajar. No tiene dinero y consigue para los demás. Tiene dos hijas que es lo que más ama en este mundo y no les tiene ropa para Navidad. Tenía una ayuda gubernamental por enfermedad, pero se la quitaron porque ahora tiene las medicinas. No lo reclutan para trabajar en las minas. (”Para su bien,” pienso inmediatamente.) Lo llaman de compañías para dar charlas a sus empleados, y le pagan con una camisa. Cuida de los viejos y enfermos que nadie quiere cuidar, aunque camine quince millas al día y su teléfono no deje de sonar. Vive en un lugar que se ahorra todo título: ni pueblo ni aldea, una “localidad” en la ruralía extensa de Mpumalanga; pero lo llaman de Pretoria y Johannesburgo a pedirle consejos porque lo han escuchado hablando en la radio. Lo procuran en las clínicas cuando no saben qué hacer con un paciente. Tiene treinta y dos años y ha vivido trece con VIH. Fue niño deambulante de las calles de Johannesburgo y sabe comer cada cinco días. Sabe también leer el hambre en la voz de los que le piden cinco rands sin decir para qué. Alberga en su casa ahora a otros dos que los expulsaron de sus casas por ser VIH positivo y decirlo. Nadie lo deja dormir y responde por todos. Tiene miedo de prender su teléfono ahora que le toca regresar a casa. Y no tiene con quién hablar.

Lo regaño por posponerse a sí mismo hasta la hartura. Que quién puede ayudar a nadie, si no se deja sobrevivir. Y lo hago reír, con su risa que carga toda la resonancia de su cuerpo largo como una caña. Una risa más sincera que el hambre, fina y cremosa para recomponerle los intestinos. Dice que sabe que Dios está con él, que nunca le ha faltado; que se deja sentir más en los momentos más desesperados. Que sabe que está ahí todas las veces que llora.

Lo llamé aquél día. Quería escuchar su risa. Ese día tenía hambre yo también y quería reírme con él, a ver si la aprendía a desmembrar.

“I haven’t forgotten a single word you told me. All you said I have it here.” Me empiezo a asustar y le pregunto que cómo así.

“The other day I sat down to write in my notebook and people were asking me ‘what are you doing?’ I told them ‘I’m writing something a friend told me, she’s a great woman.’ Then they asked me ‘and where is she from?’ and I told them ‘she’s from overseas’, they told me ‘liar’. But you see, I live in a rural village where everybody stays there and never goes out. For them Jo’burg is dangerous, but I tell them that depends. It’s dangerous for some people… So you tell them you have a friend from overseas and it’s ‘ohhhh!’ Now they all want to meet you. And I tell them that one day, one day…But just one day, eh?”


Vuyiseka y los números

En Sudáfrica reaprendí el método científico. Porque el método científico es sobre la relación entre la experiencia y el conocimiento, ¿o no?

Lo aprendí escribiendo un informe. Trescientos cuestionarios contestados a mano, enviados desde varias provincias; escritos en inglés, respondidos en inglés y xhosa y zulu. Enteros o a mitad, o saltando preguntas. Algunas provincias devolvieron ocho o nueve cuestionarios, otras ciento setenta y cinco. Y con eso había que producir el informe, central para el desarrollo de un importante programa de apoyo para personas VIH positivo. “This is what people gave us, this is what we’re going to work with,” dijo Vuyiseka.

El cuestionario estaba dirigido a la población VIH positivo servida por la organización; la información provista habría de dar base sólida a los proyectos a desarrollarse. Lo entregamos musitando ciencia y nos lo devolvieron con el timbre diáfano del lenguaje de todos los días. Con la exactitud metodológica de sus quejas y ambigüedades, sus rodeos y sutilezas, y sus honestas inconsistencias. Entonces, ésta fue la matemática: una mayor parte contaban con 39 años de edad o menos y la gran mayoría son mujeres. De un 35 a un 59 porciento – variando por distrito – vivía en hogares donde nadie estaba empleado y compartían la misma casa con un promedio de otras cuatro personas (en algunos casos, hasta catorce personas en una misma casa). Casa: shacks de cartón y madera variando en tamaño de cerca de diez a doce metros cuadrados, algunos más cómodos de dos o tres cuartos – todos, no obstante con servicio de agua y baño comunal – o casas RDP de cemento provistas por el gobierno. Uno o dos participantes con otro tipo de casa. Muchos señalaban que el tipo de apoyo que más necesitaban para mantenerse ‘adherentes’ a su tratamiento antirretroviral es comida y casa.

Con todo rigor, mi ciencia occidental no encontraba cómo arroparse a los datos. Como si estuviera hecha para otro molde, o como si caducara. Expiraba entre las resmas de papeles que no me explicaban cómo anteponer lo justo a lo preciso. ¿Cómo se hace ciencia cuando la información disponible no es exacta, pero necesaria? ¿O cuando la exigencia de metodología impecable parece más excusa para no actuar, que requisito indispensable para el conocimiento? ¿Cuando la urgencia de investigación no es de papel, sino de carne y hueso? …¿Cuando es esa misma carne y hueso que necesita los resultados con urgencia, la misma que hace ciencia?

Fue Vuyiseka la que dijo: redondea los números; ellos hablan, pero hablan de lo que nosotros ya sabemos. De lo que se conoce de vivir en los townships, en los shacks, de trabajar y vivir todos los días. Nada de esto es nuevo, ni hay revelación. Estos datos son confirmación, que no descubrimiento, y eso es lo que necesitamos. Así se acabó de desvestir mi pobre desnudez científica. Para metodólogos confundidos: aquí es la experiencia vivida la que autoriza a la ciencia, que no de la otra forma. Que si la ciencia en ciertas latitudes vale por sí, aquí se compra si se deja manosear para sacarle supervivencia – o justicia, cuando mejor.

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