Por dos rands, un samoosa
por Mayra Rivera

Table Mountain II

La barba blanca que baja de la montaña es la barba de un viejo añejo que fuma y fuma (de todas las metáforas para este fenómeno eterno ésta fue la más elaborada que escuché) enredada con el humo que sale de su pipa, mientras día y noche, noche y día embrollaba al diablo de la montaña vecina con adivinanzas de puro pensar. Eso me contó Ganif, el taxista cabeño que me llevó de regreso a Muizenberg ese primer fin de semana. Me lo contó deslizando versos en paso fino como columna sobre la carretera, sedosos y sin impacto.

Que si era una leyenda, le pregunté. No, que ése era su poema. Y siguió con otro. Que si quería leerlos, estaban en su celular. Escritos en las largas idas, avenidas y esperas de su trabajo. A condición de que no se los enseñara a nadie más.

Ése fue, pues, el primer pie forzado de una larga controversia. Meses de smses en estrofas, sobre el tiempo, la paciencia, la luz, la supervivencia. Deshaciendo filosofía con versos… o versos con filosofía. Estrofas sobrelapadas, trovadoras y callejeras que se prestaban mutuamente para terminarse. Ganif siempre en mayúsculas, con palabras largas de mucho viento, y yo recogiendo los versos que me picotearan los pies.

Write me something about money” podía ser el pedido de la noche, un buen día sin plan. En ese espacio sin rutina tan importante fue la factura como el destiempo; de mañana, entre sueños o madrugada, a veces tres en un día y otras, ninguno en diez, lo importante fue mantenernos despiertos, no en la noche, sino como el viejo añudo en la montaña que en su barba humosa fuma y fuma sin parar.


Muizenberg

Siempre me da nostalgia de sol y pintura blanca. Y de calles atravesadas en cuchillo de camino al trabajo. Nostalgia de todas las semanas. Y de la gente que, según me acercaba a la calle principal, se veía llegando en camino de hormigas a la estación. Medio mudas medio despiertas. Mujeres hermosas en muchas faldas, negras y grises para el espeluznante frío ventoso del Cabo, y pañuelos en la cabeza o trenzas esculpidas como segunda piel, lustrosa y firme. Siempre con bolsas grandes de algún color. Hombres jóvenes en pantalones azul royal que anuncian por ellos que trabajan en lo que sea: chivos, arreglos, construcciones, reconstrucciones; de los mismos muchachos que, más arriba en la avenida, se sientan al borde de la acera con los pies en la brea esperando empleo. (Tantas veces me espanté imaginando lo poco que había entre ellos y la masa de carros pasando.) Y algunos blancos de onda casual. Mamás y tías con niñas de trenzas rubias; algunos hombres solitarios con maleta o mochila a medio llenar, como yendo al trabajo, o listos para cambiar el pueblo por un viaje indefinido. Como si fueran a decidirse en la misma trilla del metro. Como si su empleo fuera tan indeterminado como el de sus compatriotas más oscuros. Pero sin serlo. Predicadoras y predicadores colored de todo pulmón, en camisa y chaqueta, y una familia que, con su color de entremedio, de entremedio también se sentaban a pedir en la calle entre tú y el colmado. Pero eso es en la otra dirección.

Y para mí, cruzar los rieles, que no seguirlos. Entrar en ese extraño espacio alienígeno en esos seis metros de cemento, acero y piedra entre valla y valla. Siempre me perdía ahí. Como si entre los rieles se desbocara un abismo sin tiempo; como si el mundo, ahí en esos seis metros mientras cruzaba, se quebrara en sol y distancia, a secas. En una dirección, tierra emparchada y medio mal compartida; en la otra, el camino a ese pueblito repintado. Hermoso, pero repintado con un caparazón de casas antiguas, cafés gourmet y tiendas de surfing y turistas. Un caparazón crujiente bajo el sol, como papel maché, que también con el sol se requiebra en las esquinas donde niños de doce a dieciséis años piden comida o juegan fútbol, o en los dobleces de la carretera donde hombres de piel nunca más clara que caoba trabajan de sol a sol entre cemento y brea. O en esas horas secretas en que se ven las mujeres menos blancas que yo entrar y salir en silencio de las casas donde trabajan.

Más allá, el mar que te traga en su azul estirado. Y la arena que lo invade todo sin pedir permiso.


8 de noviembre de 2007

En el trabajo, a decir verdad, todo empezó esa primera semana de noviembre. Empezó de verdad. La más impresionante maquinaria poética que he visto funcionar jamás.

La oficina llevaba varias semanas bullendo hasta reventar, primero, en un taller nacional de treatment literacy. ‘Alfabetismo de tratamiento’ suena tan condescendiente como inadecuado. ‘Treatment literacy’ es el término que se inventó en Sudáfrica para recordarnos que, según la Escuela de la Calle, ciencia, sociedad y política tienen todo en común. Hasta lo igualmente comunales que deben de ser. Para hablar con todo rigor, eso nada tiene que ver con simplicidad, ni con reduccionismo facilista; ni mucho menos con relativismo. Viene de la experiencia, con su complejo repertorio de ecuaciones básicas de vida diaria. Por ejemplo, de saber que entre vida y muerte clínica puede haber un documento de identidad, que entre la casa y el hospital, un mundo, y que medicinas sin información son puro ensayo de buena conciencia, un aguaje pusilánime; poca ayuda y en las más, mala ayuda. Pero más que nada, treatment literacy viene de gente que vive en carne propia las metáforas de las que nosotros, acá, hablamos. Para ser honesta, eso de saborear metáforas y dejarlas ir, escurrirse sin gloria, cuando dejan de requedársenos en la boca, es un lujo que no todos nos podemos dar. No, por lo menos, cuando vives con “el virus”.

Si algo nos descompone es el espanto de la desbocada visibilidad del VIH; su resistencia material y la desproporcionada presión que hace, primero en secreto, y después sin excusas, por salir a la luz. Su ofuscación en hacer de la exposición un acto permanente. Su dramático exhibicionismo. Hablarlo nada más nos repuebla la cabeza de rotos, aversiones y aperturas; nos plaga de paranoias generales, despiadadas, epidémicas. Nos plaga con el terror a ser expuestos; a habernos, y a vernos, expuestos.

Y con terror de ser expuestos, después de expuestos. De quedarnos desnudos y fríos cuando los tejidos que nos protegen –piel, amigos, familia– se resequen de una buena vez y se desprendan agrimados. Nada como significar demasiado. Nada como un cuerpo que insista en significar, a pesar de todo lo demás. Que haga de síntomas una gramática desenfrenada que no escucha a nadie, un cuerpo que palabree sin parar. Nada como gente que le crea.

Por eso mismo marchamos al día siguiente. Cinco mil personas en el más apasionado orden, en Cape Town. Gente de toda Sudáfrica, África, y hasta un poco más allá. Para recordar esas metáforas que se viven. Para recordarnos que si ellas se nos encaraman en el cuerpo sin pedirlo, también para eso somos poetas. Para reescribirlas. Con nuestro puño y letra, que sí.

Reescribirlas aunque no sepamos escribir, como tantos de los que estaban allí. Gente, sin embargo, que sabe que para hacer poesía hay que saber ciencia. Y vivir política, y comer cultura, sociedad y pobreza y riqueza. Que saben que hay que saber su estatus y su CD4 count; adherirse a los antirretrovirales, saber todo lo que hay que saber sobre el VIH, la tuberculosis, las infecciones oportunistas; que saben también que hay que saber moverse más rápido que el virus. Movilizarse. Regarse por todas las esferas: el gobierno, las cortes, los medios, las comunidades, los shacks de madera y cartón en los que tantos de ellos viven. Saben que hay que hacerse tan visibles como el virus, y a los descreídos, hacerles ver.

Hacerles ver una nueva poética de exposición. Los cuerpos abiertos, pero lozanos, que viven con VIH y sida. Los cuerpos que, expuestos, han impuesto su propio ritmo a la gramática hipercoordinada del virus: un ritmo más paciente, antirretroviral. Un ritmo que le dé soñolencia requedona al virus, en lo que los cuerpos se le adelantan con poesía más lustrosa que la tuya y que la mía. Cuerpos sanos y VIH positivo. Gente que decide tener hijos ‘negativos’; gente que sabe cargarse un país entero encima. Pregúntenle al presidente de la República y a la Ministra de Salud. Pregúntenle a la Pfizer.

Son gente que sabe de política más que nosotros, que la vivimos desde un norte desencarnado. Nosotros, que con la misma facilidad que fabricamos metáforas, creemos escaparlas. Pobre de nos, que no hemos conocido el repositorio de tantas metáforas amasadas. Que no sabemos creerle su corporalidad. Poetas de escritorio.

Para escribir poesía hay que salir a la calle con una masa virulenta de camisetas rojas que nos expongan a todos los vientos una vez más: “HIV Positive”. Y esta vez, para que nos vean.


17 de noviembre de 2007

Este día, caminando en la playa en una mañana que, en ese momento descubro, había sido de tormenta, se me estrellaron las pocas palabras que apenas me empezaban a despertar. Contra la arena, como todo lo demás.

Rolling pearls of jellyfish
Glinting at the sun
Stray remains
Of broken kelp
And thirsting small anemonae
Battered otters
Dying seal
A routed penguin
At the sea

A sea snail stung
In dead embrace
And one that burrowed
By my feet

A walk at sea
To make of me
Too much a low-
Profile survivor…

(El último verso me lo prestó Ganif.)


Khayelitsha I

Ese domingo decidí pasarlo en Khayelitsha con Yozi y Pupa. En la tarde paramos a comer un braai, carne asada, en el kiosco número 17, el mejor de toda Khayelitsha. En lo que decidíamos quién buscaba el pan y quién hacía la fila para la carne Yozi se encontró con un conocido, un muchacho en camisa y gorra blanca. Hablaban en xhosa y yo en realidad no me concentraba en nada, aparte de por primera vez darme cuenta de lo verdaderamente enorme que es Yozi. Del muchacho no recuerdo nada más que el color blanco y de él me hubiera olvidado, si no fuera porque Yozi después me hizo recordarlo (o inventármelo).

Terminaron de hablar y Yozi me pregunta si quiero acompañarlo a comprar el pan, que quiere decirme algo. Que si recuerdo al muchacho de la gorra blanca. Bueno… Con el que estaba hablando horita. Pues sí. Pues a ése lo conoce de la iglesia. (Yozi conoce a mucha gente de la iglesia donde las masas de gente del Eastern Cape –provincia colindante, rural y de donde él mismo viene– se reúnen domingo a domingo.) Está de blanco porque es de la 22, la ganga que más reparte en el mundo ya bien repartido de las gangas de Khayelitsha. Que ellos nunca están ‘por ahí’, ni sólo para ‘hacer un braai’, ni nada por el estilo; siempre están en una ‘misión’. Que por eso él le preguntó que dónde había estacionado el carro. Que las cosas que hacen son feas. Que no les importa quién tú eres.

Pero que si estoy con él estoy segura, porque a él lo conocen. No conocían a Pupa, pero Yozi se lo señaló para que supieran que andaba con él. Con él estoy segura en la mayor parte de Khayelitsha porque a él lo conocen en casi todas partes. Pero no en todas –en algunas lo conocían antes pero ya ‘no lo conocen’. No sé si por haber pertenecido a otra ganga (el verbo es complejo aquí –con todo rigor debería ser en presente, porque en principio uno nunca puede des-hacerse miembro de una ganga) o por haberse vuelto cristiano.

Compramos el pan y comimos el braai; y descubrí el mejor método para limpiarse las manos llenas de manteca hasta la muñeca: el gran balde de agua con jabón de lavar ropa que tienen las dueñas de los kioscos para uso del negocio. No hay más que mojar las manos una vez. Mejor que media hora de jabón restregado. Y cada balde da como para mil lavadas.

Esa misma tarde estuvimos en Enkanini, la parte más nueva de Khayelitsha, donde los shacks nacen día a día con inmigrantes que llegan de Zimbabwe y de media África. La parte donde hay menos piedad –que en Khayelitsha quien no tiene conexiones está perdido. Una letrina azul tiene la silueta de un ojo con el número 28. Yozi: que le tome una foto, que después me explica. Pupa, que es experto en sacarle historias a la gente, entretanto, se las saca. En algún momento le pregunta algo a un niño de trece o catorce años medio resentido y con los brazos siempre pegados al cuerpo. Yozi: que las gangas en Khayelitsha se distinguen por número, de acuerdo a lo que hacen: la 26 robar, la 27 violar, la 28 matar a quemarropa. El truco es hacerlo todo de la forma más pública posible, así es que se gana para la ganga. El aspirante (o perspirante) empieza con tareas mínimas, suficiente para que le arresten y abran récord. Después tiene que reincidir, para que esta vez lo manden a la cárcel por tres a seis meses. Ahí empieza la escuela. Cuando sale, la calle es suya –tan pronto cumpla con la misión asignada por su mentor en la prisión. Cada ganga tiene su territorio y se distinguen por su ropa: abrigos de cuero negro, gorras blancas, ropa Lacoste… Gente de distintas gangas tratan de no juntarse en bares u otros lugares. Si vas a un shebeen en terreno de otros, mantienes un low-profile y no hay problema. Cuando nos despedimos, al niño-muchacho se le escapó de debajo de la axila una sonrisa de tres o cuatro pulgadas de largo y varias puntadas de espesor.

Si hay algo que asusta en Sudáfrica son las cicatrices que relampaguean sobre las pieles de ébano de la gente de un día cualquiera. Cartografías, a veces desbordantes, que escapan en su extensión la mirada furtiva que te permite el metro de las cinco de la tarde. Mapas con demasiadas referencias, que no te dejan preguntar.

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