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	<title>Derivas &#187; Por dos rands, un samoosa</title>
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		<title>Canción de despedida</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jan 2009 00:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Un día temprano accedí a una excursión en bicicleta hasta Cape Point. Desde Simonstown, pasando los pingüinos en la playa y empinándonos la montaña rodillazo a rodillazo. Quería una bicicletada hasta el fin del mundo; lo más lejos que pudiéramos llegar antes de despeñarnos en Antártica.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2009/01/xhosa.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-827" title="xhosa" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2009/01/xhosa.jpg" alt="" width="595" height="446" /></a></p>
<p>Un día temprano accedí a una excursión en bicicleta hasta Cape Point. Desde Simonstown, pasando los pingüinos en la playa y empinándonos la montaña rodillazo a rodillazo. Quería una bicicletada hasta el fin del mundo; lo más lejos que pudiéramos llegar antes de despeñarnos en Antártica.</p>
<p>No lo sabía, pero debí haberlo sospechado: que esta sería una empresa siempre contra el viento.</p>
<p>Contra el viento que todos los días, desde que llegué, parecía empecinarse en borrarme de la faz de la tierra. Nos hacía zigzaguear montaña arriba y pujaba por tirarnos al piso. Un viento testarudo, maleducado.</p>
<p>A hora y media de camino ya se me encalambraban las piernas como si me quisieran partir los huesos. Escuchaba el pulso en mis sienes casi borrar el ruido del viento. Como si ésta fuera una carrera a quebrarse contra el cielo, antes de llegar al mar.</p>
<p><span id="more-826"></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Ese viento intruso y majadero que nos regateó cada minuto de subida nos vació de toda solidez. Nos licuó hasta la memoria y nos hizo permeables a todo. No sé si por lo que nos borró o por lo que nos alojó en su lugar. Por vacuidad o vulnerabilidad, en fin &#8211; no sé si reciente o ancestral, se nos enganchó en las cadenas una canción atosigada entre las raíces apretadas del pasto y las ramitas de la broza. En cualquier caso, un rumor se nos enredaba en las ruedas y se nos hincaba en las medias como cadillos. Al principio, un chistar seco como las cañas del camino. Insistente, pero hecho resbaloso por íes y pes expiradas que le chorreaban la aspereza. Después, como las piedras, choques mascados en el anfiteatro de la boca; ruido de árboles y ramas, silencio de animales en largas carreras de gente sin tiempo. Y al fin, más allá, en la boca del cielo, qus cóncavas que revientan en el aire y absorben el eco de una vez. Que son el eco mismo. Que arrebatan de sonido a todo lo demás. La cepa milenaria del xhosa preciso y letárgico que percute sus dedos en nuestro camino de piedra y nos enmarañó para siempre el alma en arena y tierra roja. Canción de vida de multitudes de gente de piel de seda que habitando aquí, nos poblaron a raíces puntadas. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR"> </span><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2009/01/afrikaans.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-828" title="afrikaans" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2009/01/afrikaans.jpg" alt="" width="595" height="447" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Alcanzamos el cielo al tope de la loma buscando el fin, sólo para encontrarnos con la barriga vacía de un paisaje foráneo como el susto. Un injerto de fuego y hielo en medio de este cabo de verde y mar. Tierra de arena de blanco helado y ramas carbonizadas por el viento. Tierra transplantada sin nombre; lo inesperado. Y de allí una descarga maxilar de pura intemperie: una canción afrikáans de consonantes duras como la piedra y vocales destechadas de puro viento. Violento y desnudo. Al fondo, otra vez y siempre, las montañas que persisten en insinuar límites que se escapan tan pronto se creen…Allí, escarbando el mar, se alojó también el inglés ensalitrado que vino después a asolearse en estas costas; a embotar sus pretensiones sin saberlo. Obligado a sudar palabras nuevas que se mezclan con todo, forzado a cimarronearse, vino a cuartearse en el monumental desabrigo de esta tierra como todos los demás. Ha tenido que rehacerse con sol y sal.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Recomponerse como nosotras, ahora que el asfalto nos carcomía hasta las gomas. Obligadas a perseguir el viento que reguereteó todos nuestros referentes entre pasto, sal y arena. Empezando a respirar la nueva forma de nuestras canciones a la intemperie. A resoplar sobre la historia entrometida replegada en la tierra para mordernos al pisar. Pedalear el lenguaje desvestido que aprendí desde entonces; el mismo que nació con Sudáfrica para poder escribir de ella. Mi trueque para siempre. Mi samoosa por dos rands. Lo que veo a veces cuando recuerdo, al final, la punta del cabo y el precipicio verde del fin del mundo.</span></p>
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2009/01/fin-del-mundo.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-829" title="fin-del-mundo" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2009/01/fin-del-mundo.jpg" alt="" width="595" height="794" /></a></p>
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		<title>5 de enero de 2008</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Nov 2008 02:30:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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		<description><![CDATA[El regreso a casa fue precipitado. 1700 kilómetros en dos días y medio. Casi ni me acuerdo. Empezamos en la mesa redonda de pan etíope en Pietermaritzburg, con unos amigos de Rachel, zimbabweanos. Vívían en la comuna de al lado.  ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/eastern-cape.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-772" title="eastern-cape" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/eastern-cape.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">El regreso a casa fue precipitado. 1700 kilómetros en dos días y medio. Casi ni me acuerdo. Empezamos en la mesa redonda de pan etíope en Pietermaritzburg, con unos amigos de Rachel, zimbabweanos. Vívían en la comuna de al lado. 2,000 de ellos, con sólo un pequeño patio interior para liberar la presión urbana que les acalambraba los huesos. 2,000 de ellos y, sin embargo, no estallaban en la violencia que descuenta vidas diariamente en el reloj sudafricano. Nos dice uno de ellos. “…And in Zimbabwe things are <span class="smallcaps">bad</span>. </span>There’s nothing to eat, there’s no nothing… but people don’t kill each other like they do here. Violence here is <em>crazy</em>. <span lang="ES-PR">In Zimbabwe you’re safe, even if there’s nothing.” Íbamos enrollando el pan esquina por esquina, por la parte que nos tocaba. Se nos hacía origami entre los dedos llenos de salsa y pique. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">El viaje en carro se me hizo película en la cabeza, con esa distancia granosa de una cinta sobreexpuesta. Me acuerdo de paradas selectas, pero del mismo modo que me recuerdo de sucesos entresueños. Las millas largas con las piernas pilladas entre el asiento y el bulto me inmovilizaron la memoria. En todo caso, nos tocaba recorrer una costa larga y blanca, después de atravesar la bruma mística del Cabo Oriental. La tierra de Mandela, con casas redondas de barro y humo que preserva todavía los rituales antiguos de cuando somos muchos. La bruma donde la gente vuelve a ser gente. Pasamos entradas amazónicas de mar entre montañas de felpa verde que me encendieron una especie de memoria intrusa y secretamente molestosa, de un continente entrometiéndose con otro. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Lo próximo que recuerdo es el sol cegador en la cal de la acera en Port Elizabeth. Ahí compré unas arañitas de cristal y cuentas a un artesano de la calle. Se me treparon por los ojos dilatados de cansancio impreciso y anidaron allí. Compré un conjunto de cuatro, y una mariposita para Annemarie. Las arañitas se convirtieron en mi recuerdo de lo que pasó hasta regresar a Cape Town. Como si hubieran absorbido todos los destellos que cruzaron entre su cristal y los espejos del carro. Las conservo todas y ahora cuelgan del medio de mi cuarto. Por si acaso en ellas se me quedara algo más.</span></p>
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/aranitas.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-773" title="aranitas" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/aranitas.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
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		<title>Michael</title>
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		<pubDate>Thu, 06 Nov 2008 14:00:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Esto fue antes de la Navidad, el último día que pasé en Muizenberg antes del tren a Johannesburgo. Yo ya había caminado varias veces por frente al callejón donde se reúnen los de casa errante a jugar fútbol y repartirse el pan.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Esto fue antes de la Navidad, el último día que pasé en Muizenberg antes del tren a Johannesburgo. Yo ya había caminado varias veces por frente al callejón donde se reúnen los de casa errante a jugar fútbol y repartirse el pan. El que sale justo de la esquina donde los fines de semana se para el vendedor con su guagua con cebollas, frutas y otros vegetales. Había cruzado el pueblo varias veces y de distintas formas: del banco a casa, de casa a la tienda, de la tienda al supermercado, y de nuevo al banco, buscando dejar todo en orden antes de irme. En la esquina de la barbería se me cruza: “Lady, do you have something to eat?” Ese “lady” siempre me hace sentir que le hablan a otra. Quiero terminar todas las cosas antes de que me cierre nada. ‘Ahora no. Pero si estás por aquí cuando termine…’</p>
<p>Terminé, o casi, pero a las tres o cuatro de la tarde todavía no había almorzado y me arrebataba el hambre. No lo veo cuando paso —no lo vi en el resto del día, me estuvo extraño. Pero cuando doblo la esquina por casi última vez lo encuentro de frente con sus ojos certeros: “Lady?” ‘Oye, todavía no he almorzado, ¿vienes conmigo?’ Hubiera dado bastante por compañía ese día. Pero a él quería convidarlo por él mismo, como una pequeña ceremonia mía de partida; mi propio tributo por haberlo visto tantos días jugando en el callejón y en la esquina pidiéndome algo.</p>
<p>“What would you like to eat?” “Chips.” Asusta lo largo que sobreviven aquí a fuerza de papas fritas. Un cono de papas con sal y vinagre, para aguantar todo el día. “Let’s go have some fish and chips, where should we go?” Había un come y vete más abajo en la calle. A la entrada, otro señor nos espera: “Lady, do you have a little money?” Que no, que si quiere comida, le doy, que vamos a comprar ahora. Entra con nosotros. La orden, entonces, es de: “three snoek and fish, please,” y… ‘¿qué van a tomar, jugo, refresco…?’ Terminó algo así como: “a Sprite, an orange soda for him, and…”. “Two.” El señor quiere refresco también para un amigo. “Can or bottle?” “Can.” “No…” dice el señor. Lo miro. “A bottle.” Pide un padrino grande. “So, three Sprites, an orange soda and the bottle?” No, conmigo no. O las latas, o el padrino. Insistía y buscaba la vuelta. Confirmo la orden con dos latas de refresco.</p>
<p>Me sobregiro, no me quedaba cash. Y tampoco tenía mi tarjeta. Tengo que ir a casa para buscar la tarjeta y después bajar al cajero automático. Pido que me guarden la orden y los dejo a ambos esperando. Hago todo el camino, sin mi mejor humor. Regreso y el señor no aparece. Pregunto; “he left.” Supuse que estaba molesto conmigo, que pensó que lo embarqué. Salgo con Michael (me acababa de decir su nombre) a buscar donde sentarnos. Un lugar donde el viento no nos quitara el aliento y la arena no nos robara la comida.</p>
<p>Aquí en Sudáfrica me he hecho muy conciente de mis estrategias. El amor es desinteresado, sí, pero siempre tiene algo más que decir. Es ley de vida, pero también es ley <em>para</em> la vida. Es inevitable, es impostergable —especialmente aquí, donde la humanidad palpita sus ternuras más profundas en cada esquina— pero es también —con la voluntad o sin ella— un recurso. Un gesto honesto, pero con múltiples beneficios. No se trata de una deformación de la intención, sino de la pura materialidad del gesto: es en lo más básico, después de todo, un trueque de afinidades, un tráfico de empatías. Pero es también la conciencia de un entorno volátil y una presencia conspicua, donde estos tejidos son también redes de supervivencia. No se lo pedía, pero sabía que esta comida compartida me inmunizaba de algún modo. Me ligaba a él de buena voluntad y contaría a mi favor si alguna vez lo necesitara en ese callejón de la esquina, o en otra de las calles desandadas del pueblo. Me generaba algunas garantías más en ese Muizenberg en el que nunca confié del todo.</p>
<p>Michael tiene dieciséis años, aunque pensaba que tenía doce. Eso lo averigüé, junto con que vive en Capricorn, de donde viene a pasar los días a Muizenberg. Para aliviar un poco la carga en la casa, supongo. Encontramos un murito donde sentarnos, escudados del mar. Abrimos los platos y empezamos a comer. Al poco rato llegaron dos muchachos que saludaron a Michael y pidieron compartir. Esos eran más ruidosos y quizás, más confiados. Quizás eran mayores que Michael, aunque parecieran adolescentes. Empezamos a dividir la comida y desde el fondo se acerca un par de niños más. Éstos sí, niños, y no parecían haber visto casa en varios días. Tenían hambre y sed, pero venían tímidos. Los sentamos entre nosotros, sobre el murito en la grama. Multiplicados, recontabilizamos; y una vez más, levantamos las tapas de foam y realizamos allí, frente al pueblo, el milagro de las papas y los peces.</p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/pa260016.jpg"><img class="size-full wp-image-899 aligncenter" title="randsmichael" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/randsmichael.jpg" alt="randsmichael" width="500" height="375" /><br />
</a></p>
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		<title>Lesotho</title>
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		<pubDate>Sun, 02 Nov 2008 00:00:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Lesotho, de esta parte, empieza a 2,865 metros de altura. Por encima de toda posibilidad de árboles, más allá de la bruma, en la bandeja misma de la lluvia, la nieve y el granizo. Un país servido en el cielo. Al cabo de ocho kilómetros de subida casi vertical por una ladera desquiciada.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Lesotho, de esta parte, empieza a 2,865 metros de altura. Por encima de toda posibilidad de árboles, más allá de la bruma, en la bandeja misma de la lluvia, la nieve y el granizo. Un país servido en el cielo. Al cabo de ocho kilómetros de subida casi vertical por una ladera desquiciada que le quebraba el mundo. Donde el aire es de escarcha y la gente, de lana.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align: center;"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/lesotho-1.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-765 aligncenter" title="lesotho-1" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/lesotho-1.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Aunque es la realidad que Lesotho siempre se escarpó también montaña abajo. Por esa misma ranura sideral que apenas nos dejó pasar. Siempre liqueó su deshielo por la carretera despeñada que lo reconectaba al mundo, una ruta de comercio desde hace siglos. Pero lo que se hilvana allá arriba pertenece, de todos modos, a otro tiempo. Nada que ver con historia, sino con la notable raleza del tiempo, que escaseaba con la atmósfera disuelta de esas alturas inusitadas. Cosas que sólo se intuyen al ascender allá, donde el mundo parece comenzar de nuevo.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Allí la vida es itinerante, al paso de caravanas de ovejas que trasquilan el pasto para apretar la lana que enrolla a los pastores. Los caminos son de polvo revolcado y lejano que se pierde, al fondo, en un mar de montañas que remontan el horizonte, donde se supone que desboquen, finalmente, en alguna otra parte del país. Una yerba de crin plateada eriza la tierra a su límite, a pocas pulgadas del suelo, abanderando el deseo puntiagudo de perfilar los olores profundos de este lugar. Los corrales neolíticos de ovejas apertrechaban de fuerza mítica a las a casas de piedra de techo vagabundo. Pero el corazón del lugar lo encontramos, sin embargo, en un vagón blanco, a ras del viento. </span></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/lesotho-2.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-766 aligncenter" title="lesotho-2" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/lesotho-2.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Allí se cosechaba la lana a pelotones. Hombres jóvenes, adolescentes, alineados con las paredes, y una oveja entre los brazos. Mascaban tijeras cangrejas, macizas y rotundas que mordían la lana suculenta a tiempo dictado por patadas de carnero. Al ritmo errático de pezuñas agudas en el piso volátil de tabla. Mientras, la lana bullía en compartimientos desbordados a mano derecha, que atrás se comprimían en bloques de saco listos para expulsarse. Entramos y subió el pulso de la producción y el brillo de las caras sotho. Se amasaba la presión lanera, el deseo de arroparse, la cercanía encabritada de un mundo distante. Pedí una foto de los anales de este mundo y el más anciano de todos depositó sus manos patriarcales sobre el papel vivo de los registros de entradas, recolectas y salidas de ese órgano de tablas, madera y zinc en el medio de la llanura sin excusas.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR"> </span><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/lesotho-3.jpg"></a></p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center">
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Salimos con una última oveja trasquilada y trémula. Enrollamos lo que nos quedaba de paisaje. Enhebramos, de camino, los rebaños que todavía se nos cruzaron. Amasamos una frisa de memorias erizadas, para estirarla hasta la frontera. Yo todavía sigo deshilándola, camino abajo, pasado el puesto de cambio que ha décadas dejó de existir bajo el peso de los camiones, y hasta donde estoy. Me traje dos pedacitos de lana pisoteada. Porque me quería arropar.</span></p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal" style="text-align: center;" align="center">
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal" style="text-align: center;"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/lesotho-4.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-767 aligncenter" title="lesotho-4" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/11/lesotho-4.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Leopardo</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Oct 2008 02:00:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Nos abrumó con su pelaje de sueño de camino y sol moteado. Escurrió su lomo peludo en nuestras sábanas y con un resoplido mudo salpicó la bruma con motas negras que nos taparon los oídos al reloj.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="text-align: center;"><span lang="ES-PR"><img class="size-full wp-image-902 aligncenter" title="kerstmis" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis.jpg" alt="kerstmis" width="502" height="376" /></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Nos abrumó con su pelaje de sueño de camino y sol moteado. Escurrió su lomo peludo en nuestras sábanas y con un resoplido mudo salpicó la bruma con motas negras que nos taparon los oídos al reloj. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Se supo que sonó, pero no lo escuchamos. Despertamos con sólo un cuarto de hora de ventaja. Con sobresalto antílope nos desbandamos lejos de la luz, la cocina y el escarceo de los cazos de aluminio, con frisas en las manos para hacernos nido, donde nos amarrara el suelo. Tomamos el camino de atrás por la hojarasca que nos llevaba hasta la montaña, hasta convencernos de que dábamos vuelta en el mismo lugar y que la plata de la noche se nos descontaba en vano. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">Cambiamos rumbo sin celajes, dejando la gente y buscando el frío. Esta vez, hacia el camino desolado en la piel negra de la noche que pandeaba el universo de norte a sur. La luz, fugaz, era la sangre de luna que enyodaba los capilares ramados del árbol solitario en el camino, los capilares que bombeaban su sombra negra contra el tejido de la noche. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-PR">El suelo todavía no tenía cara cuando su sombra nos visitó al borde de la carretera. Allí donde debía estar, deslindando con su aliento esta tierra desparramada. Nos apretó llegando, nos soltó al pasar. Abrió los incandescentes ojos felinos entre casa y casa cuando me escuché llamar: mi madre, mi padre, mi abuela y mis hermanos, todos a una, rayando la piel moteada del tiempo, deseándome esa noche un feliz año. Allí, yo, envuelta en el cuero palpitante de una noche lejana, oscura y cimarrona.</span></p>
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		<title>31 de diciembre de 2007</title>
		<link>http://www.derivas.net/31-de-diciembre-de-2007/</link>
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		<pubDate>Sat, 11 Oct 2008 00:00:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Eventualmente, dejamos Swazilandia para buscar la corteza de las “montañas del dragón”, encaracoladas entre Sudáfrica y Lesotho. Veníamos trepando sus escamas hace un tiempo --en nuestros planes-- y yo, también, en sus pinturas. En pinturas viejas como el frío porque ahí en cuevas se encuentran las pinturas más viejas de la humanidad, las pinturas rupestres de los San. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><span>Eventualmente, dejamos Swazilandia para buscar la corteza de las “montañas del dragón”, encaracoladas entre Sudáfrica y Lesotho. Veníamos trepando sus escamas hace un tiempo &#8211;en nuestros planes&#8211; y yo, también, en sus pinturas. En pinturas viejas como el frío porque ahí en cuevas se encuentran las pinturas más viejas de la humanidad, las pinturas rupestres de los San. Fue pues, una combinación de adrenalina rocosa e intuición añeja lo que nos arrimó al lugar. Queríamos escalar sin freno, moliendo piedras con los pies, montaña arriba, montaña abajo, acumulando cascadas de agua fría sobre piedra negra. Una forma de repechar lo que nos quedaba del año mientras el cielo azul nos estillaba el sol encima.</span></p>
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis-2007-2008-549.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-744" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis-2007-2008-549.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span>En las montañas no se pueden contar las horas porque siempre se escurren ladera abajo. Se pierden en distancias sobrepuestas que contorsionan los ojos fuera de las profundidades acostumbradas. Profundidades que una cámara no sabe discernir, lo he probado muchas veces. Peñones que parecen gravilla, kilómetros más abajo (en las fotos son sólo, precisamente, gravilla, sin la fascinación de la mutación ni el éxtasis de la roca que metamorfosea según te acercas, te alejas, cambias de ángulo y de plano en la montaña; gravilla sin dimensiones). Con las piedras allá arriba también se sedimenta el tiempo. Por lo menos, hasta que la piedra se quiebra en alguna planicie inmensa que preludia la última mordida al cielo, encamada en flores diminutas. Ahí ya el tiempo pertenece a otra dimensión, más abajo y menos real.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/drak-2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-745" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/drak-2.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p class="MsoNormal" style="center;" align="center"><span>*<span> </span>*<span> </span>*</span></p>
<p class="MsoNormal" style="center;" align="center"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/drak-3.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-746" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/drak-3.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span>No sé, entonces, si descontamos ese último día del año o si se nos hizo harina en el descenso por las laderas de crema. Crema que no encontramos cuando queríamos celebrar esa última comida. Queríamos romper el ayuno de sándwiches untados en el carro, aunque fuera esa noche. Pero todo estaba cerrado, o de fiesta, y la pendiente de la montaña nos dejó en <em>Steers</em>, Fast Food. La llanura regada nos arrastró con la comida al gazebo de afuera, empeñado en atardecer frente a la larga carretera. Había hormigueo de hombres reunidos bajo el árbol de atrás. Llegaron a saludarnos con grandes sonrisas. Que buen provecho y feliz año; compartidos en cervezas y pelándose unos a otros ¿les queda algo de comer? Algunas papitas (se las pueden quedar), y tres preciosos sorbos de refresco (eso no lo digo). “Eich…no meat…” Haber llegado antes. Y hablamos y hablamos inventando cualquier cosa entre inglés y zulu; y nos abrazaron varias veces y nos apretaron para las fotos. Miré al más callado, medio tuerto por alguna infección itinerante, supongo, de frente a mí; me daba cierta paz. Otro al lado mío, que preguntaba de dónde veníamos y siempre olvidaba “Escocia”, a pesar de la asistencia de Rachel, Neill y Julie, soltó: “eich! </span>You see that mountain back there? I was born and raised there, and I live there and I won’t ever move.” <span>Y con el brazo regó la tarde que se escapaba sin ingenuidades.</span></p>
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/drak-4.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-747" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/drak-4.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
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		<title>Swazilandia</title>
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		<pubDate>Thu, 09 Oct 2008 00:00:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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Cuando dejamos Johannesburgo se nos desengulló detrás el rollo de la pura ruralía sudafricana. Amasada con dedos negros de barro suave en un despliegue de tierra a los cuatro puntos cardinales con el sonido amortiguado de su propio nombre: Mpumalanga. Íbamos camino a Swazilandia, un pequeño reino mordido en dos terceras partes por Sudáfrica. 
Apretado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis-2007-2008-219.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-740" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis-2007-2008-219.jpg" alt="" width="501" height="375" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span>Cuando dejamos Johannesburgo se nos desengulló detrás el rollo de la pura ruralía sudafricana. Amasada con dedos negros de barro suave en un despliegue de tierra a los cuatro puntos cardinales con el sonido amortiguado de su propio nombre: Mpumalanga. Íbamos camino a Swazilandia, un pequeño reino mordido en dos terceras partes por Sudáfrica. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Apretado como la cortina de lluvia que nos arropó llegando a la frontera. Se nos arrojó sedienta en todas las paradas: el puesto de Sudáfrica, para estampar la salida; el puesto de Swazilandia, para empapelar la entrada. La lluvia quería que supiéramos que andábamos en otro lugar, aunque no fuera evidente. Por eso, quizás, fue que nos cerró la noche entre agua y bruma. Esa noche guiaba Neill y yo a su lado, y a ambos nos tocaba extraerle la carretera a ese paisaje de niebla sin luz. Yo le decía si andaba en el carril, del lado izquierdo; él hacía lo propio del lado derecho. Y así desenrollamos el encintado camino a la negrura, cada vez más lejos de Mbabane. Sin luz podíamos saber que subíamos colinas mansas y que íbamos de camino a la hospedería rural que habíamos llamado algunas horas antes. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>La noche mojada nos dejó llegar, pero todavía sin ver. Encontramos la vitrina de luz de la recepción donde nos esperaban. Entre grama y fango conseguimos la cabaña donde el barro se subía a las paredes para amasarnos una casa de tierra olorosa en este lugar remoto. Ventanas y paredes de madera que nos enfundaron en ese olor sabroso a hogar en las sencillas esteras de pura lana.</span></p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal"><span> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="center;" align="center"><span>*<span> </span>*<span> </span>*</span></p>
<p class="MsoNormal"><span> </span><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis-2007-2008-202.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-742" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis-2007-2008-202.jpg" alt="" width="500" height="375" /></a></p>
<p class="MsoNormal"><span>Se corrió la cortina de la noche y me despertó el mugido de una vaca con su hocico frente a la puerta. Abrí una media puerta y se espantó sin miedo hacia otra vaca que amamantaba su becerro, camino a la terraza por donde otras se paseaban, regodeando su reflejo en las puertas de cristal. Me desenredé de la cama para embalarme en un paisaje invertido de grama húmeda con ramas secas que desganchaban del piso; una media guagua hecha casi tronco de vieja, y pedazos de carcacha que reposaban como críos entre las gallinas y rocío color gris escarcha que le hacía eco a una quebrada intuida.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span>Desayunamos lo que nos quedaba y me fui a escribir lo que nunca terminé porque llegaron Ntombozi y su amiga a tocar las páginas de lo que había escrito y a bailar kwaito al lado mío. Kwaito y otras cosas que discutían con el DJ-bartender que escurría la música por las ventanas y les trampeaba los pedidos. La cortina, esta vez de sol gomoso y aire frío, se cerró detrás de las colinas de tierra contoneada como si no hubiera otra tierra de la cual venir. La frontera se engulló a sí misma con las muchachas bailando conmigo, llenando mi cámara y encomendándome al futbolín. Se revirtió con los bailes elásticos de Sibizo, un zulu que suave como un Swazi me juró que habiendo nacido allí, nunca regresaría a Sudáfrica.</span></p>
<p class="MsoNormal">
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis-2007-2008-262.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-741" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/10/kerstmis-2007-2008-262.jpg" alt="" width="500" height="376" /></a></p>
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		<title>Museo del Apartheid II</title>
		<link>http://www.derivas.net/museo-del-apartheid-ii/</link>
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		<pubDate>Sat, 27 Sep 2008 00:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Pero este museo era también distinto a los museos del Holocausto. Fue otra cosa, después de todo. En los museos del Holocausto la violencia es real pero subrepticia. Invisible y apestosa, como gas. Está ahí pero no se ve; está hecha para intuirse, para olerse a millas en aire chamuscado. En este museo la violencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><span>Pero este museo era también distinto a los museos del Holocausto. Fue otra cosa, después de todo. En los museos del Holocausto la violencia es real pero subrepticia. Invisible y apestosa, como gas. Está ahí pero no se ve; está hecha para intuirse, para olerse a millas en aire chamuscado. En este museo la violencia era de carne y hueso, quizás, porque sus fotos y videos no son posdata, sino el material de los eventos mismos. No se trata de la arrasadora violencia de la masacre; sobretodo, no de su abrasadora anonimidad. No era la masa exterminada, sino los individuos al detal. La velocidad de la violencia en tiempo real: la centrífuga de un cuerpo vivo al enredarse en alambre de púas en un salto de huida, la aceleración con la que regresaba al piso. La precipitación de otro, al ser bajado de un tirón desde el techo de una guagua. El moméntum de las descargas a macanazos sobre caras tangibles. La flexibilidad de partes insólitas del cuerpo. Las nuevas anatomías, sin ternuras. La física de la violencia.</span></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/kerstmis-2007-2008-176.jpg"><img class="alignnone aligncenter" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/kerstmis-2007-2008-176.jpg" alt="" width="501" height="376" /></a></p>
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		<title>Museo del Apartheid I</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Sep 2008 04:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Fuimos al Museo del Apartheid. Entramos por 25 rands. Pasamos por pasillos de fotos que filtraban a la gente que dejamos atrás. Llegamos a la galería, un gran salón apartado. 
Es un museo inmenso y admirable, documentado con meticulosidad, variado y creativo en recursos, y extraordinariamente extenso. Lleno también de largos párrafos en sus paredes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><span>Fuimos al Museo del Apartheid. Entramos por 25 rands. Pasamos por pasillos de fotos que filtraban a la gente que dejamos atrás. Llegamos a la galería, un gran salón apartado. </span></p>
<p class="MsoNormal"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/kerstmis-2007-2008-109.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-735" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/kerstmis-2007-2008-109.jpg" alt="" width="261" height="348" /></a><span>Es un museo inmenso y admirable, documentado con meticulosidad, variado y creativo en recursos, y</span><span> extraordinariamente extenso. Lleno también de largos párrafos en sus paredes de líneas altas y duras, de elegancia sobria y monumental. Su espacio, masivo y</span><span> fundido en letras, nos recibió como un gran museo del Holocausto. En alguna parte de Europa, lejos de África. Otro continente de palabras grandes, de admiración por lo escrito y reverencia por razones llenas en paredes</span><span> envitradas. Donde los museos son un “cubo blanco” de distancia forzada– para ver mejor. Un continente monumentalmente visual que sabe olvidarse de otras</span><span> razones percusivas, de la sonoridad de los espacios pequeños donde se cuecen los murmullos de todos los días. Los de otro culto, los que se criaron en un continente distinto y cambiarían las paredes altas y macizas por algo más susurrante y terreno, se quedaron igual sin voz. Su voz fue trastocada en letras y colgada de las paredes que no oyen, para exhibirse a otros. Perdieron la voz, otra vez. </span></p>
<p class="MsoNormal"><span>En este espacio foráneo vi sólo una familia más oscura que yo, arremolinada toda junta, como sosteniéndose en ese derroche de hostilidad endémica, de violencia representativa. Entonces me di cuenta de que la</span><span> expiación tiene muchas formas. Aquí hay un espacio para sanar la culpa, pero un espacio seguro que mantiene al margen a quienes la recuerdan demasiado cerca. Un espacio privado de penitencia, a prueba de dolor y otras catástrofes. Un hiato por encima de aquéllos que si bien pueblan las paredes, aún no son protagonistas. Penitencia privada, a 25 rands más impuesto de alfabetismo occidental. Para quien la compre&#8211; en Sudáfrica o en el mundo allá, allende los mares. </span></p>
<p class="MsoNormal">
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		<title>Navidad en Johannesburgo</title>
		<link>http://www.derivas.net/navidad-en-johannesburgo/</link>
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		<pubDate>Thu, 18 Sep 2008 00:00:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mayra Rivera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Por dos rands, un samoosa]]></category>

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El día de Nochebuena fuimos a misa. Los papás de Dave, nuestro hospedero, nos llevaron a la Central Methodist Church de Johannesburgo a la misa de 10:00pm. Las calles del centro estaban desiertas y había una luz fantasmal que le daba el aire de un set de película; y te recordaban por qué siempre te [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/constitucion.jpg"><img class="size-full wp-image-732 aligncenter" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/constitucion.jpg" alt="" width="500" height="374" /></a></p>
<p class="MsoNormal" style="justify;"><span>El día de <span class="yshortcuts">Nochebuena</span> fuimos a misa. Los papás de Dave, nuestro hospedero, nos llevaron a <span class="yshortcuts">la Central Methodist Church</span> de Johannesburgo a la misa de 10:00pm. <span class="yshortcuts">Las calles</span> del centro estaban desiertas y había una luz fantasmal que le daba el aire de un set de película; y te recordaban por qué siempre te dicen que Johannesburgo es peligroso. Aunque durante el día se vea tan distinto.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="justify;"><span>Creo que lo único que tenía vida en ese momento era <span class="yshortcuts">la Central Methodist Church</span>. Mucha vida desparramada por las calles y las aceras que la rodeaban, <span class="yshortcuts">por el paseo</span> frente a <span class="yshortcuts">la entrada</span> principal, adentro y por todas las escaleras que daban al salón. Vida viva pero lúgubre y hambrienta, de gente que dormía en el piso en cualquier lugar. Vida viva con demasiado olor a calle y a intemperie de cartón y bolsas plásticas. Vida con una ráfaga de sed y sueño, y sabor a trabajo malnutrido. Bronwyn los conoce y nos dice que son cerca de 2,000 Zimbabweanos que se refugian en la iglesia. Conoce a varios, que la saludan con mucho cariño y abrazos bien fuertes. Somos los únicos ‘blancos’ entre el mar de gente esperando para entrar; aparte del pastor y una ayudante. La noche está llena de sonrisas lánguidas, algunos borrachos que quieren altercarse y una almohada de gente con tanta esperanza noble, como alegría adormecida. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="justify;"><span>Bronwyn conversa con uno, le pregunta que cómo está; que si está contento y le ha podido mandar cosas a <span class="yshortcuts">la familia</span>. Que sí, que está contento porque ya le mandó las cosas a su familia, pero no deja de pensar que no puede estar con ellos. Nochebuena es un poco triste “you see?”. Su sonrisa distante y voz bajita, agridulce, se riega entre los demás; algunos asienten, sabiendo. En Zimbabwe ya no queda nada. La inflación va por 11,000%. Si piensas visitarlo tienes que llevarte la comida y el agua que vas a usar. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="justify;"><span>El pastor manda a apagar todas las luces y empieza a repartir velas. Todos se ordenan en fila, bien apretados. Le podemos ver la espalda a muchos y nos damos cuenta que tampoco aquí se pierden oportunidades. Alguien había aprovechado la desnudez de muchos para anunciar en camisetas su negocio. Servicios funerarios, con todas sus bondades enumeradas. Alguien adentro va prendiendo <span class="yshortcuts">las velas</span> según entramos. En más de una ocasión temí que la iglesia y todo por dentro se encendiera verdaderamente en fuego, con el combustible de tanta gente apretada y cartón desparramado. Subimos las escaleras todavía entre gente y piernas garabateadas. Llegamos al inmenso salón.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="justify;"><span>Los que no se sentaron se acostaron en los pasillos al margen de los asientos. Empezó el culto y el trabajo se le durmió encima a los que se apilaron en el piso, con ronquidos pesados. Los cantos fueron vigorosos, en inglés, en shonga, en venda. Las manos agarradas y los abrazos también. Y la alfombra viva de seres adormecidos se regó hasta los asientos, anestesiando el aire denso que nos quedaba. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="justify;"><span>Anunciar la comunión fue un súbito despertar para los cientos que dormían, y para los despiertos en sus asientos que navegábamos el mar de gente con la cera de las velas extintas. Anunciaron el pan y el vino y la masa de gente resucitó de súbito para arremolinarse como marejada a recibir la minúscula hostia y la diminuta copa de vino. Hambrientos primero de pan y después de redención y vida eterna. Amasados en torno al altar, haciendo levadura con sus propias manos que estiraban la masa hacia arriba, hacia el altar.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="justify;"><span>Salimos pronto, porque estábamos en la fila de atrás. Lidereamos la masa de gente en el embudo de las escaleras, todavía lleno de gente y cartones. Bajando a media luz sólo se nos adelantó uno que, de prisa y brincando escalones, aseguraba: </span><span>“I am from Mozambique, I am not from Zimbabwe!”</span></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/soweto.jpg"><img class="aligncenter" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/soweto.jpg" alt="" width="500" height="366" /></a></p>
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