Por dos rands, un samoosa
por Mayra Rivera

Introducción

Se me quebranta el español y me da cierto miedo. Quizás miedo a que mi lenguaje sea tan interrumpido como mis lugares, que me pueblan con tanta intensidad. No sé lo que es dolor de la ausencia, ni de un desamor: primero porque nunca sé si estoy presente, segundo porque siempre pienso que estoy prestada. Pero siempre me arropa el tejido de los lugares que habito (por días, semanas, años) y a mi partida, su nervura resiste la distancia. Ésa es, tantas veces, la piel que me duele. Un dolorcito tierno, murmurante, de polvorín de todos los días; de bolsas y esquinas que nadie te puede recordar. Cada nuevo lugar, una nueva lección de anatomía: una nueva acrobacia de despegue y, seguro, el descubrimiento agudo de nuevas fisiologías de partida. No sé si en tanto tiempo ellos me habitan a mí o yo he aprendido a habitar en ellos. Pero de algún modo sobrevivimos la partida y engatusamos la distancia. Sin plan ni estrategia ellos aprenden a contenerse unos en otros. Aprenden a mirarse unos a otros como los he mirado yo. Sin confundirse, sin desvalijarse mutuamente. Así se me aparecen todos los días, si los espero y si no. Y hablan en muchos idiomas y se comentan y me comentan; y me agotan la lengua y me la renuevan. Para obligarme a aprender a hablar cada vez. Pero también desde que viajo pienso mucho más que con palabras. O quizás es que he aprendido a negociar mejor –venta, canje o gratuidad– con lo que me sobra. Todavía le tengo miedo a esta colección de lugares, recuperados y reaparecidos, tan vívidos como siempre. Su orden: como vienen; el que puedo en este archivo personal atravesado. El orden en que me visitan, ahora que tengo nuevamente que pensar en partir. Se los traigo comoquiera. Quizás porque yo, otra vez tan cerca del despegue, lo necesito para la composición de una nueva acrobacia. Para desenredarme nuevamente sin quebrarme. Por amor a mis amores; y por lo que todavía puedo canjear.


23 de octubre de 2007

Llegué con lluvia, a las cinco de la mañana. Me recogió un taxista con un pequeño carro rojo, como mi camisa. Me lleva de camino a Muizenberg, el pueblito playero donde me habría de hospedar, bordeando el dorso de la media luna de montañas que contienen a Cape Town, y me señala los picos. Dice que si te pierdes en Cape Town siempre puedes saber dónde estás según lo que veas: Table Mountain, Devil’s Peak, Lion’s Head. (Para beneficio de visitantes y desconocidos, los nombres carecen de toda aspiración a elevación poética o refinamiento histórico y son verdaderamente figurativos.) Mientras, apunta allá hacia donde termina la autopista a la izquierda y empieza un mar de casitas de madera, cartón y plástico –los townships a ras de la orilla. Pero más que en la geografía, todavía demasiado elusiva para mí, yo estaba ocupada recolectando la humedad que me absorbía, como debería absorber el cartón de las casitas. Una humedad desproporcionada que, un hemisferio al sur y otro al este, me llevó de regreso a Puerto Rico. Fue un abrazo atmosférico en el momento preciso. A la vuelta del mismo día en que, yo partiendo, en Ámsterdam empezó el invierno.

Recuerdo poco más de ese día, aparte de la dirección magnética del polo sur del mundo al tocar tierra por primera vez en África y, más que nunca, cerca de Antártica. Y la sensación de saber haber llegado, no obstante, a un extremo minimísimo, justo al bordecito del continente masivo y pesado que se desplegaba a mis espaldas. Alargado y fino como el extraño sello de la aduana de la República de Sudáfrica, pero, como la misma sala de aduanas, decididamente gravitacional. Quizás fue ésa la primera intuición que tuve de Ciudad del Cabo y la impresión que nunca me dejó de dar: la sensación de ser el último bastión de tierra que retiene al inmenso continente africano de desbordarse en el mar. Una impresión esculpida en el filo de montañas que, plegadas y tensas al borde del mar, parecen contener el peso de 54 países al borde del derrame.

Llegué a donde me habría de hospedar, una vieja casa colonial remodelada. Amarilla y, según me decían, a pocos metros del mar. Muizenberg me pareció inicialmente muy plano. De pocos árboles, mucho pasto –repartido como en haciendas– y casas coloniales, igualmente hacendadas. Sólo las nubes cargadas y la humedad pesada le daban algún tipo de volumen en esa mañana escasa. El perro, Bijou, me recibió con patas peludas y mojadas y Gail, la dueña, con café y galletas que nunca supe hasta cuándo comer. (Opté por el mínimo posible; se suponía que me tocaba self-catering.) En la calle frente a la casa hay una casa de dos pisos en construcción. En barro, paja y madera. Diseño de lujo, a decir verdad. Los dueños llevan cinco años construyéndola a mano. En los tres meses que estuve consiguieron levantar la pared del piso de arriba.

El día siguiente empezó a las diez de la mañana, cuando desperté de dos horas de siesta y me presenté por primera vez a la oficina.


Rooibos

rooibosRooibos y miel. Ésa fue la primera y única cajita de té que compré en Sudáfrica. De mi primera compra en el Checker’s del minúsculo centro comercial del pueblo. (El Checker’s, sin embargo, es bastante grande, como un Pueblo cualquiera –nada como los ridículamente pequeños supermercados de Holanda de dos cajas y 15 segundos para empacar.) Lo conseguí junto con arroz, supongo que pan, y algunos vegetales de la tiendita orgánica del pueblo. Pero me pintó de su color, rojo y miel como su olor dulzón de calentón húmedo de casa al regreso de la lluvia.

Para mí será siempre el sabor de esas mañanas complicadas sin café en que me levantaba con la única certeza de no saber qué me esperaba en el día. Una sensación fascinante y terrible. Es el olor, comoquiera, que me seducía de camino al trabajo –calle arriba, cruzando los rieles, calle abajo– hasta abrir la puerta de la oficina que se desparramaba en un piso de igual color. La caja tenía veinte sobrecitos; el primero lo usé el primer día, el último me esperó hasta que me fui.

Hace poco, meses después de mi regreso a Ámsterdam, me compré otro paquete. Muy pintoresca la caja, como anuncio de turismo post-apartheid, con líneas negras gruesas y gordas letras rústicas. Tan exótica como un safari promedio en el parque nacional Kruger, con sus tiendas de souvenirs y sus centros comerciales, de todo para el turista.

El rooibos crece nada más que en una pequeña parte de la región Cederberg en la provincia del Western Cape. Sus semillas son minúsculas y empedernidamente difícil de recoger en su ambiente natural; se dispersan al viento tan pronto abren las vainas. Los Khoi lo usaban mucho tiempo antes de que nadie viniera a visitarlos. Los colonos europeos empezaron el comercio (dice Wikipedia que fue un comerciante ruso quien empezó, me pregunto cómo llegó). Le pagaron a los granjeros por traer las semillas y finalmente tuvieron éxito en adaptarlo para la agricultura. Se dice también que siguieron a una anciana Khoi que encontraba más semillas que nadie, de camino a hormigueros surtidos que ahorraban varias horas de intenso trabajo. Mientras, se entregaban las semillas en cajitas de fósforos.

En apenas una década el precio del rooibos llegó a 80 libras inglesas por libra de semillas. En 1994 se patentizó la planta de rooibos en Estados Unidos. Diez años después, luego de peticiones, demandas y un caso perdido, los titulares finalmente ‘cedieron voluntariamente’ sus derechos de patente sobre esa planta de agua roja como la tierra en que caminaban los Khoi desde antes que a nadie se le ocurriera inventar un mercado para la semilla que ya ellos usaban.

No puedo dejar de pensar en Sudáfrica y en su olor tostado, ni en mis rutas y gentes de todos los días, cuando meto mi cara en la nube de un té de rooibos recién compuesto. Pero a veces –unas veces más que otras– frente a la caja de cartón brilloso y fondo crema y rojo, me pregunto, seriamente, a quién yo me estaré bebiendo.


26 de octubre de 2007

Pero nada de esto lo supe antes de encontrarme con el mar. Antes de haberme escurrido hasta él, temprano en la primera mañana que pude, buscando ballenas. Contra el viento estrepitoso que siempre apunta a los que se acercan a la orilla con su metralla de arena blanca, crucé la calle contagiada de arena, la baranda de aluminio, y me derramé. En un mar extenso, de este a oeste. Un horizonte decidido de azul tropical estirado, diluido de tanto alcanzar el sur. Y repleto de olas rabiosas que restriegan el dorso revuelto de la orilla. La arena firme, larga y compacta, tan determinada como el horizonte, se proyecta como uña, como cuña, bajo la sábana del mar. Y sobre ella, millares de conchas dolorosas, dispersas como granadas, pisando como talones las plantas de los pies.

Ese océano despepitado y frío me arropó al instante con la textura de una historia íntima, minúscula como todos los días, inmensa como todo un universo desalado. Una historia cristalina de sencillez polar, como de la Moominfamily, el día en que papá se fue a buscar su isla en el medio del mar. Tan certera como sus silencios, enredados entre algas, marullos y criaturas fabulosas. Siempre buscando cosas; de las que murmuran en las extensiones más desparramadas, si callas.

Serían muchas más las veces que me iba a encontrar con ese mar, según se desvestía de invierno y se hacía verano. Las ballenas nunca las vi. Nunca las veo. Llegué en temporada, eso lo sé. Pero mi temporada, según su silencio, era de otras cosas.


Table Mountain I

Jo, la canadiense pelirroja y la única otra voluntaria internacional trabajando en la oficina al momento, me invitó, ese primer fin de semana en Sudáfrica y antes de que pudiera yo misma proponerme algo, a subir a Table Mountain. Mi primera visita a Cape Town, propiamente. Era día de noche de luna llena y, por eso, ocasión mensual de peregrinaje capetoniano al tope de la montaña. Un par de horas. Nos fuimos en el metro, tercera clase, empezando con un brinco directo desde la entrada de la estación hasta la panza del vagón preñado de gente que se iba a cerrar. A medio acomodar y mirando a la playa nos empezamos a mover al ritmo sudoroso del tren de las cuatro de la tarde.

Llegamos a Cape Town y compramos el boleto que acabábamos de usar. Salimos de la estación y encontramos todo al revés. La luz grisácea de la tarde parecía evacuar de espacio la ciudad mientras la hacía, por eso, más masiva y empequeñecedora.

La amplia acera tras los jardines parecía combarse bajo nuestros pies, cuando en realidad nos llevaba cuesta arriba hasta el edificio donde recogeríamos a una más. Un portero senegalés, siempre sonriente y a quien habría de ver varias veces más, nos abrió las puertas del edificio. Ahí, se dice, viven las altas esferas del ANC, todos vecinos. Bajamos, llegamos en taxi hasta la mitad de la montaña y empezamos a subir.

Fue la primera vez que experimenté, sin posibilidad de escape, la gran cavidad que es Cape Town. Si bien es algo que siempre se siente, especialmente cuando eres un puntito, vacilando abajo en el mismo centro de la concavidad de su media esfera, nunca parece tan verdadero como cuando estás arriba, en la puntita de su garganta que se escapa sin miedo hasta el horizonte. No sé cuántas vueltas le dimos a la montaña, cada vez viendo más del aluvión de casitas y edificios que parecían empozarse como harina a los pies de la montaña a uno y otro lado, cuando nos encontramos, justo de frente, con el atardecer. Para entonces, la costa se escurría bajo una inmensa colcha de nubes, mullida y apretada. El sol, asomado justo por encima, centelleaba rabioso de anaranjado y rojo, como si, ahora con la ciudad escondida bajo esa sábana densa, entre él y él no existiéramos más que nosotros. Hundirse el sol fue de nuevo invertir las geometrías. Nos fuimos con él por debajo del mar. Se perdió el rojo y el anaranjado y nos quedó una inmensa piscina de azul. Anegada, la colcha de nubes se tornó en bancos de arena submarinos, abriendo cunas entre arrecife y arrecife del ancho mío con mis manos extendidas. Y la corriente densa del aire nos hizo bucear.

* * *

En la oscuridad que crecía se seguía acumulando gente. Jóvenes, familias, comidas y bebidas. La mayoría locales y algunos, como nosotras, de prestado. Hormigueaba la gente hasta el tope como empezaban a hormiguear las luces en la ciudad. Todos esperaban, ahora hacia el este, el fino mordisco dorado que en el negro de la noche anunciaría a la luna. Casi se nos pierde, pero el destello se le escapó a las nubes y nos dejó ver una luna que salía como moneda sobre la ciudad. Anaranjada como el sol, pero a medio tibiar en el frío de la noche recién llegada. Salió completa y el mar de nubes nos acabó de engullir. Allá arriba, tan lejos que estábamos del agua.

Con ellas empezó el viento también a subir, como si nos quisiera despeinar del tope de la montaña; rascarse el hormiguero de gente de la morusa. Trajo unas gotas de lluvia y un frío agujoso. Y antes que nos despeñara, decidimos despeñarnos nosotros.

Despeñarnos no sólo porque bajamos de la peña, sino porque la peña, literalmente, se nos desprendió de los pies. Bajando, la inundación de nubes nos borró el camino y cada paso se hizo un malabar adivinatorio, un acto ilusionista de descalabro que en el último segundo hacía aparecer piedra firme. Descubrimiento al contacto. Afortunados fuimos los que nos pudimos reunir, como alevillas, en torno a las pocas linternas esgrimidas entre las decenas de gente. La luz, por lo menos, adelantaba la tierra un par de pasos antes de estrellarse contra la masa blanca de nubes que lo rodeaba todo. Algo así debe sentirse caminar sobre las aguas. Sin duda, así se siente caminar sobre las nubes.

Horas después nos encontramos de vuelta en el aluvión agrumado de casas y edificios, recién gotereadas en la barriga de la ciudad. Y allí, otra vez un puntito mudo en su cuenca inmensa, todo volvió a la normalidad.

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