Por dos rands, un samoosa
por Mayra Rivera

31 de diciembre de 2007

Eventualmente, dejamos Swazilandia para buscar la corteza de las “montañas del dragón”, encaracoladas entre Sudáfrica y Lesotho. Veníamos trepando sus escamas hace un tiempo –en nuestros planes– y yo, también, en sus pinturas. En pinturas viejas como el frío porque ahí en cuevas se encuentran las pinturas más viejas de la humanidad, las pinturas rupestres de los San. Fue pues, una combinación de adrenalina rocosa e intuición añeja lo que nos arrimó al lugar. Queríamos escalar sin freno, moliendo piedras con los pies, montaña arriba, montaña abajo, acumulando cascadas de agua fría sobre piedra negra. Una forma de repechar lo que nos quedaba del año mientras el cielo azul nos estillaba el sol encima.

En las montañas no se pueden contar las horas porque siempre se escurren ladera abajo. Se pierden en distancias sobrepuestas que contorsionan los ojos fuera de las profundidades acostumbradas. Profundidades que una cámara no sabe discernir, lo he probado muchas veces. Peñones que parecen gravilla, kilómetros más abajo (en las fotos son sólo, precisamente, gravilla, sin la fascinación de la mutación ni el éxtasis de la roca que metamorfosea según te acercas, te alejas, cambias de ángulo y de plano en la montaña; gravilla sin dimensiones). Con las piedras allá arriba también se sedimenta el tiempo. Por lo menos, hasta que la piedra se quiebra en alguna planicie inmensa que preludia la última mordida al cielo, encamada en flores diminutas. Ahí ya el tiempo pertenece a otra dimensión, más abajo y menos real.

* * *

No sé, entonces, si descontamos ese último día del año o si se nos hizo harina en el descenso por las laderas de crema. Crema que no encontramos cuando queríamos celebrar esa última comida. Queríamos romper el ayuno de sándwiches untados en el carro, aunque fuera esa noche. Pero todo estaba cerrado, o de fiesta, y la pendiente de la montaña nos dejó en Steers, Fast Food. La llanura regada nos arrastró con la comida al gazebo de afuera, empeñado en atardecer frente a la larga carretera. Había hormigueo de hombres reunidos bajo el árbol de atrás. Llegaron a saludarnos con grandes sonrisas. Que buen provecho y feliz año; compartidos en cervezas y pelándose unos a otros ¿les queda algo de comer? Algunas papitas (se las pueden quedar), y tres preciosos sorbos de refresco (eso no lo digo). “Eich…no meat…” Haber llegado antes. Y hablamos y hablamos inventando cualquier cosa entre inglés y zulu; y nos abrazaron varias veces y nos apretaron para las fotos. Miré al más callado, medio tuerto por alguna infección itinerante, supongo, de frente a mí; me daba cierta paz. Otro al lado mío, que preguntaba de dónde veníamos y siempre olvidaba “Escocia”, a pesar de la asistencia de Rachel, Neill y Julie, soltó: “eich! You see that mountain back there? I was born and raised there, and I live there and I won’t ever move.” Y con el brazo regó la tarde que se escapaba sin ingenuidades.


Leopardo

kerstmis

Nos abrumó con su pelaje de sueño de camino y sol moteado. Escurrió su lomo peludo en nuestras sábanas y con un resoplido mudo salpicó la bruma con motas negras que nos taparon los oídos al reloj.

Se supo que sonó, pero no lo escuchamos. Despertamos con sólo un cuarto de hora de ventaja. Con sobresalto antílope nos desbandamos lejos de la luz, la cocina y el escarceo de los cazos de aluminio, con frisas en las manos para hacernos nido, donde nos amarrara el suelo. Tomamos el camino de atrás por la hojarasca que nos llevaba hasta la montaña, hasta convencernos de que dábamos vuelta en el mismo lugar y que la plata de la noche se nos descontaba en vano.

Cambiamos rumbo sin celajes, dejando la gente y buscando el frío. Esta vez, hacia el camino desolado en la piel negra de la noche que pandeaba el universo de norte a sur. La luz, fugaz, era la sangre de luna que enyodaba los capilares ramados del árbol solitario en el camino, los capilares que bombeaban su sombra negra contra el tejido de la noche.

El suelo todavía no tenía cara cuando su sombra nos visitó al borde de la carretera. Allí donde debía estar, deslindando con su aliento esta tierra desparramada. Nos apretó llegando, nos soltó al pasar. Abrió los incandescentes ojos felinos entre casa y casa cuando me escuché llamar: mi madre, mi padre, mi abuela y mis hermanos, todos a una, rayando la piel moteada del tiempo, deseándome esa noche un feliz año. Allí, yo, envuelta en el cuero palpitante de una noche lejana, oscura y cimarrona.


Lesotho

Lesotho, de esta parte, empieza a 2,865 metros de altura. Por encima de toda posibilidad de árboles, más allá de la bruma, en la bandeja misma de la lluvia, la nieve y el granizo. Un país servido en el cielo. Al cabo de ocho kilómetros de subida casi vertical por una ladera desquiciada que le quebraba el mundo. Donde el aire es de escarcha y la gente, de lana.

Aunque es la realidad que Lesotho siempre se escarpó también montaña abajo. Por esa misma ranura sideral que apenas nos dejó pasar. Siempre liqueó su deshielo por la carretera despeñada que lo reconectaba al mundo, una ruta de comercio desde hace siglos. Pero lo que se hilvana allá arriba pertenece, de todos modos, a otro tiempo. Nada que ver con historia, sino con la notable raleza del tiempo, que escaseaba con la atmósfera disuelta de esas alturas inusitadas. Cosas que sólo se intuyen al ascender allá, donde el mundo parece comenzar de nuevo.

Allí la vida es itinerante, al paso de caravanas de ovejas que trasquilan el pasto para apretar la lana que enrolla a los pastores. Los caminos son de polvo revolcado y lejano que se pierde, al fondo, en un mar de montañas que remontan el horizonte, donde se supone que desboquen, finalmente, en alguna otra parte del país. Una yerba de crin plateada eriza la tierra a su límite, a pocas pulgadas del suelo, abanderando el deseo puntiagudo de perfilar los olores profundos de este lugar. Los corrales neolíticos de ovejas apertrechaban de fuerza mítica a las a casas de piedra de techo vagabundo. Pero el corazón del lugar lo encontramos, sin embargo, en un vagón blanco, a ras del viento.

Allí se cosechaba la lana a pelotones. Hombres jóvenes, adolescentes, alineados con las paredes, y una oveja entre los brazos. Mascaban tijeras cangrejas, macizas y rotundas que mordían la lana suculenta a tiempo dictado por patadas de carnero. Al ritmo errático de pezuñas agudas en el piso volátil de tabla. Mientras, la lana bullía en compartimientos desbordados a mano derecha, que atrás se comprimían en bloques de saco listos para expulsarse. Entramos y subió el pulso de la producción y el brillo de las caras sotho. Se amasaba la presión lanera, el deseo de arroparse, la cercanía encabritada de un mundo distante. Pedí una foto de los anales de este mundo y el más anciano de todos depositó sus manos patriarcales sobre el papel vivo de los registros de entradas, recolectas y salidas de ese órgano de tablas, madera y zinc en el medio de la llanura sin excusas.

Salimos con una última oveja trasquilada y trémula. Enrollamos lo que nos quedaba de paisaje. Enhebramos, de camino, los rebaños que todavía se nos cruzaron. Amasamos una frisa de memorias erizadas, para estirarla hasta la frontera. Yo todavía sigo deshilándola, camino abajo, pasado el puesto de cambio que ha décadas dejó de existir bajo el peso de los camiones, y hasta donde estoy. Me traje dos pedacitos de lana pisoteada. Porque me quería arropar.


Michael

Esto fue antes de la Navidad, el último día que pasé en Muizenberg antes del tren a Johannesburgo. Yo ya había caminado varias veces por frente al callejón donde se reúnen los de casa errante a jugar fútbol y repartirse el pan. El que sale justo de la esquina donde los fines de semana se para el vendedor con su guagua con cebollas, frutas y otros vegetales. Había cruzado el pueblo varias veces y de distintas formas: del banco a casa, de casa a la tienda, de la tienda al supermercado, y de nuevo al banco, buscando dejar todo en orden antes de irme. En la esquina de la barbería se me cruza: “Lady, do you have something to eat?” Ese “lady” siempre me hace sentir que le hablan a otra. Quiero terminar todas las cosas antes de que me cierre nada. ‘Ahora no. Pero si estás por aquí cuando termine…’

Terminé, o casi, pero a las tres o cuatro de la tarde todavía no había almorzado y me arrebataba el hambre. No lo veo cuando paso —no lo vi en el resto del día, me estuvo extraño. Pero cuando doblo la esquina por casi última vez lo encuentro de frente con sus ojos certeros: “Lady?” ‘Oye, todavía no he almorzado, ¿vienes conmigo?’ Hubiera dado bastante por compañía ese día. Pero a él quería convidarlo por él mismo, como una pequeña ceremonia mía de partida; mi propio tributo por haberlo visto tantos días jugando en el callejón y en la esquina pidiéndome algo.

“What would you like to eat?” “Chips.” Asusta lo largo que sobreviven aquí a fuerza de papas fritas. Un cono de papas con sal y vinagre, para aguantar todo el día. “Let’s go have some fish and chips, where should we go?” Había un come y vete más abajo en la calle. A la entrada, otro señor nos espera: “Lady, do you have a little money?” Que no, que si quiere comida, le doy, que vamos a comprar ahora. Entra con nosotros. La orden, entonces, es de: “three snoek and fish, please,” y… ‘¿qué van a tomar, jugo, refresco…?’ Terminó algo así como: “a Sprite, an orange soda for him, and…”. “Two.” El señor quiere refresco también para un amigo. “Can or bottle?” “Can.” “No…” dice el señor. Lo miro. “A bottle.” Pide un padrino grande. “So, three Sprites, an orange soda and the bottle?” No, conmigo no. O las latas, o el padrino. Insistía y buscaba la vuelta. Confirmo la orden con dos latas de refresco.

Me sobregiro, no me quedaba cash. Y tampoco tenía mi tarjeta. Tengo que ir a casa para buscar la tarjeta y después bajar al cajero automático. Pido que me guarden la orden y los dejo a ambos esperando. Hago todo el camino, sin mi mejor humor. Regreso y el señor no aparece. Pregunto; “he left.” Supuse que estaba molesto conmigo, que pensó que lo embarqué. Salgo con Michael (me acababa de decir su nombre) a buscar donde sentarnos. Un lugar donde el viento no nos quitara el aliento y la arena no nos robara la comida.

Aquí en Sudáfrica me he hecho muy conciente de mis estrategias. El amor es desinteresado, sí, pero siempre tiene algo más que decir. Es ley de vida, pero también es ley para la vida. Es inevitable, es impostergable —especialmente aquí, donde la humanidad palpita sus ternuras más profundas en cada esquina— pero es también —con la voluntad o sin ella— un recurso. Un gesto honesto, pero con múltiples beneficios. No se trata de una deformación de la intención, sino de la pura materialidad del gesto: es en lo más básico, después de todo, un trueque de afinidades, un tráfico de empatías. Pero es también la conciencia de un entorno volátil y una presencia conspicua, donde estos tejidos son también redes de supervivencia. No se lo pedía, pero sabía que esta comida compartida me inmunizaba de algún modo. Me ligaba a él de buena voluntad y contaría a mi favor si alguna vez lo necesitara en ese callejón de la esquina, o en otra de las calles desandadas del pueblo. Me generaba algunas garantías más en ese Muizenberg en el que nunca confié del todo.

Michael tiene dieciséis años, aunque pensaba que tenía doce. Eso lo averigüé, junto con que vive en Capricorn, de donde viene a pasar los días a Muizenberg. Para aliviar un poco la carga en la casa, supongo. Encontramos un murito donde sentarnos, escudados del mar. Abrimos los platos y empezamos a comer. Al poco rato llegaron dos muchachos que saludaron a Michael y pidieron compartir. Esos eran más ruidosos y quizás, más confiados. Quizás eran mayores que Michael, aunque parecieran adolescentes. Empezamos a dividir la comida y desde el fondo se acerca un par de niños más. Éstos sí, niños, y no parecían haber visto casa en varios días. Tenían hambre y sed, pero venían tímidos. Los sentamos entre nosotros, sobre el murito en la grama. Multiplicados, recontabilizamos; y una vez más, levantamos las tapas de foam y realizamos allí, frente al pueblo, el milagro de las papas y los peces.

randsmichael


5 de enero de 2008

El regreso a casa fue precipitado. 1700 kilómetros en dos días y medio. Casi ni me acuerdo. Empezamos en la mesa redonda de pan etíope en Pietermaritzburg, con unos amigos de Rachel, zimbabweanos. Vívían en la comuna de al lado. 2,000 de ellos, con sólo un pequeño patio interior para liberar la presión urbana que les acalambraba los huesos. 2,000 de ellos y, sin embargo, no estallaban en la violencia que descuenta vidas diariamente en el reloj sudafricano. Nos dice uno de ellos. “…And in Zimbabwe things are bad. There’s nothing to eat, there’s no nothing… but people don’t kill each other like they do here. Violence here is crazy. In Zimbabwe you’re safe, even if there’s nothing.” Íbamos enrollando el pan esquina por esquina, por la parte que nos tocaba. Se nos hacía origami entre los dedos llenos de salsa y pique.

El viaje en carro se me hizo película en la cabeza, con esa distancia granosa de una cinta sobreexpuesta. Me acuerdo de paradas selectas, pero del mismo modo que me recuerdo de sucesos entresueños. Las millas largas con las piernas pilladas entre el asiento y el bulto me inmovilizaron la memoria. En todo caso, nos tocaba recorrer una costa larga y blanca, después de atravesar la bruma mística del Cabo Oriental. La tierra de Mandela, con casas redondas de barro y humo que preserva todavía los rituales antiguos de cuando somos muchos. La bruma donde la gente vuelve a ser gente. Pasamos entradas amazónicas de mar entre montañas de felpa verde que me encendieron una especie de memoria intrusa y secretamente molestosa, de un continente entrometiéndose con otro.

Lo próximo que recuerdo es el sol cegador en la cal de la acera en Port Elizabeth. Ahí compré unas arañitas de cristal y cuentas a un artesano de la calle. Se me treparon por los ojos dilatados de cansancio impreciso y anidaron allí. Compré un conjunto de cuatro, y una mariposita para Annemarie. Las arañitas se convirtieron en mi recuerdo de lo que pasó hasta regresar a Cape Town. Como si hubieran absorbido todos los destellos que cruzaron entre su cristal y los espejos del carro. Las conservo todas y ahora cuelgan del medio de mi cuarto. Por si acaso en ellas se me quedara algo más.

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