Por dos rands, un samoosa
por Mayra Rivera

Jacoba

No te dejes contar por nadie lo que es viajar en el tren Trans-Karoo. Es algo tan largo que se te escurre de vista, tan estirado que te raja los ojos como sonrisas forzadas. Comienza con el calor de la tarde, para mascar la noche y tragarse el próximo día. Día y pico de tierra roja, estirada, trans-desértica.

Empezamos camino a las muelas de roca sedienta que nos esperaban de frente. El tren le arrancaba suspiros a la tierra salpicada de pequeños arbustos, asmáticos de sol. Algunos de esos suspiros, al principio, se exhalaban en viñedos frescos, lánguidos de humedad requedona. Pero cuando la tarde se fatigó, se fundieron también los suspiros en un mismo respiro de resuelta soledad. Casas dispersas y carcachas abandonadas rotularon el atardecer de plomo que se estrelló en la llanura descortejada. El cielo bajó su ciclorama de anaranjado, rosa y violeta en lo que algunos rayos tormentosos negociaban la oscuridad. Cayó la noche y me arrastré hasta mi litera en el calor pegajoso del tren y los pasajeros noctámbulos que no querían dormir.

* * *

Temprano en la mañana oigo una voz que musita en la cabina. La oigo abrir el increíble lavamanos de la cabina y lavarse la cara y los dientes. Decido despertar y asomar los ojos por el borde de la litera, hacia abajo. Una señora de blanco pelo rubio cose hexágonos de papel de periódico y tela. Una plantilla hexagonal de papel, un pedacito de tela surtida como envoltura, puntadas para pegar un hexágono al otro. Puntadas meditadas, de manos viejas y olvidadizas. Y el crujir desvelado del papel crispado en la costura. No recuerdo si fui yo o ella la que primero saludó. Tampoco puedo decir en qué idioma fue. Ella hablaba afrikáans y un poco de inglés; yo inglés y un poco de holandés. Tenía sesenta y cinco años y una voz fina y quebradiza como un hilo de agua. Cosía colchas para sus hijos. Le había hecho una a cada uno, le faltaba el último. Pero dos se le murieron este mismo año; uno de cáncer, otro que se suicidó dos meses después porque no pudo superar el dolor acribillante de metralla que se le quedó incrustada en el cuerpo hace diez años. Ése nunca se casó ni tuvo hijos, pero parecía recién encontrar su paz espiritual. Hasta hace tan poco. Su voz de agua se le salió por el borde de los ojos. Se le escurrió un sollozo, entre hilo y aguja que no paraban de buscarse en hexágonos de papel y tela. Pero la impecable discreción delató que llorar era menos accidente que una práctica de familiaridad acostumbrada; la prolongación de un ejercicio que llevaba varios meses masajeándole el alma.

Iba de camino a pasar la Navidad con uno de sus hijos y con su nuera que nunca debió serlo; alcohólica, desatenta. Pero allí va ella, con todo el amor que le queda, lo que le sobra ahora de su esposo e hijos muertos. Jacoba me cuenta de su vida y de la vida, ríe y sonríe y me da consejos, de cuando era joven, de cuando era vieja. En inglés y afrikáans entrecortado: que oiga a los viejos, me dice, oiga a los viejos y sus consejos. Y sonríe por la dulzura de su propio consejo. E interrumpe de tanto en tanto para explicarme arrebatos del paisaje: las vacas, que me gustaban, un árbol especial, las minas de diamante de Kimberley que en algún momento arrastraban la vida de todo el lugar y ahora no son más que carrocería de consuelo para turistas. Hablamos de las flores del Karoo y de las flores de Puerto Rico. Que a ella le encantaría tener flores de Puerto Rico. Con el café recién traído Jacoba se terminó de arreglar, se pintó los labios y me dio su dirección en un pedazo de papel de libreta. Yo le ayudé a bajar su bulto, pesado como tres, cuando se despidió poco después de Kimberley. Ella, mi madre llorosa y yo, todos sus hijos juntos, nos reguindamos en un abrazo tan rojo como la tierra.

Y el tren que siguió arrollando el Karoo, pasando cada vez más casas, y más verde, hasta la ciudad de oro, Egoli, Johannesburgo.


Navidad en Johannesburgo

El día de Nochebuena fuimos a misa. Los papás de Dave, nuestro hospedero, nos llevaron a la Central Methodist Church de Johannesburgo a la misa de 10:00pm. Las calles del centro estaban desiertas y había una luz fantasmal que le daba el aire de un set de película; y te recordaban por qué siempre te dicen que Johannesburgo es peligroso. Aunque durante el día se vea tan distinto.

Creo que lo único que tenía vida en ese momento era la Central Methodist Church. Mucha vida desparramada por las calles y las aceras que la rodeaban, por el paseo frente a la entrada principal, adentro y por todas las escaleras que daban al salón. Vida viva pero lúgubre y hambrienta, de gente que dormía en el piso en cualquier lugar. Vida viva con demasiado olor a calle y a intemperie de cartón y bolsas plásticas. Vida con una ráfaga de sed y sueño, y sabor a trabajo malnutrido. Bronwyn los conoce y nos dice que son cerca de 2,000 Zimbabweanos que se refugian en la iglesia. Conoce a varios, que la saludan con mucho cariño y abrazos bien fuertes. Somos los únicos ‘blancos’ entre el mar de gente esperando para entrar; aparte del pastor y una ayudante. La noche está llena de sonrisas lánguidas, algunos borrachos que quieren altercarse y una almohada de gente con tanta esperanza noble, como alegría adormecida.

Bronwyn conversa con uno, le pregunta que cómo está; que si está contento y le ha podido mandar cosas a la familia. Que sí, que está contento porque ya le mandó las cosas a su familia, pero no deja de pensar que no puede estar con ellos. Nochebuena es un poco triste “you see?”. Su sonrisa distante y voz bajita, agridulce, se riega entre los demás; algunos asienten, sabiendo. En Zimbabwe ya no queda nada. La inflación va por 11,000%. Si piensas visitarlo tienes que llevarte la comida y el agua que vas a usar.

El pastor manda a apagar todas las luces y empieza a repartir velas. Todos se ordenan en fila, bien apretados. Le podemos ver la espalda a muchos y nos damos cuenta que tampoco aquí se pierden oportunidades. Alguien había aprovechado la desnudez de muchos para anunciar en camisetas su negocio. Servicios funerarios, con todas sus bondades enumeradas. Alguien adentro va prendiendo las velas según entramos. En más de una ocasión temí que la iglesia y todo por dentro se encendiera verdaderamente en fuego, con el combustible de tanta gente apretada y cartón desparramado. Subimos las escaleras todavía entre gente y piernas garabateadas. Llegamos al inmenso salón.

Los que no se sentaron se acostaron en los pasillos al margen de los asientos. Empezó el culto y el trabajo se le durmió encima a los que se apilaron en el piso, con ronquidos pesados. Los cantos fueron vigorosos, en inglés, en shonga, en venda. Las manos agarradas y los abrazos también. Y la alfombra viva de seres adormecidos se regó hasta los asientos, anestesiando el aire denso que nos quedaba.

Anunciar la comunión fue un súbito despertar para los cientos que dormían, y para los despiertos en sus asientos que navegábamos el mar de gente con la cera de las velas extintas. Anunciaron el pan y el vino y la masa de gente resucitó de súbito para arremolinarse como marejada a recibir la minúscula hostia y la diminuta copa de vino. Hambrientos primero de pan y después de redención y vida eterna. Amasados en torno al altar, haciendo levadura con sus propias manos que estiraban la masa hacia arriba, hacia el altar.

Salimos pronto, porque estábamos en la fila de atrás. Lidereamos la masa de gente en el embudo de las escaleras, todavía lleno de gente y cartones. Bajando a media luz sólo se nos adelantó uno que, de prisa y brincando escalones, aseguraba: “I am from Mozambique, I am not from Zimbabwe!”


Museo del Apartheid I

Fuimos al Museo del Apartheid. Entramos por 25 rands. Pasamos por pasillos de fotos que filtraban a la gente que dejamos atrás. Llegamos a la galería, un gran salón apartado.

Es un museo inmenso y admirable, documentado con meticulosidad, variado y creativo en recursos, y extraordinariamente extenso. Lleno también de largos párrafos en sus paredes de líneas altas y duras, de elegancia sobria y monumental. Su espacio, masivo y fundido en letras, nos recibió como un gran museo del Holocausto. En alguna parte de Europa, lejos de África. Otro continente de palabras grandes, de admiración por lo escrito y reverencia por razones llenas en paredes envitradas. Donde los museos son un “cubo blanco” de distancia forzada– para ver mejor. Un continente monumentalmente visual que sabe olvidarse de otras razones percusivas, de la sonoridad de los espacios pequeños donde se cuecen los murmullos de todos los días. Los de otro culto, los que se criaron en un continente distinto y cambiarían las paredes altas y macizas por algo más susurrante y terreno, se quedaron igual sin voz. Su voz fue trastocada en letras y colgada de las paredes que no oyen, para exhibirse a otros. Perdieron la voz, otra vez.

En este espacio foráneo vi sólo una familia más oscura que yo, arremolinada toda junta, como sosteniéndose en ese derroche de hostilidad endémica, de violencia representativa. Entonces me di cuenta de que la expiación tiene muchas formas. Aquí hay un espacio para sanar la culpa, pero un espacio seguro que mantiene al margen a quienes la recuerdan demasiado cerca. Un espacio privado de penitencia, a prueba de dolor y otras catástrofes. Un hiato por encima de aquéllos que si bien pueblan las paredes, aún no son protagonistas. Penitencia privada, a 25 rands más impuesto de alfabetismo occidental. Para quien la compre– en Sudáfrica o en el mundo allá, allende los mares.


Museo del Apartheid II

Pero este museo era también distinto a los museos del Holocausto. Fue otra cosa, después de todo. En los museos del Holocausto la violencia es real pero subrepticia. Invisible y apestosa, como gas. Está ahí pero no se ve; está hecha para intuirse, para olerse a millas en aire chamuscado. En este museo la violencia era de carne y hueso, quizás, porque sus fotos y videos no son posdata, sino el material de los eventos mismos. No se trata de la arrasadora violencia de la masacre; sobretodo, no de su abrasadora anonimidad. No era la masa exterminada, sino los individuos al detal. La velocidad de la violencia en tiempo real: la centrífuga de un cuerpo vivo al enredarse en alambre de púas en un salto de huida, la aceleración con la que regresaba al piso. La precipitación de otro, al ser bajado de un tirón desde el techo de una guagua. El moméntum de las descargas a macanazos sobre caras tangibles. La flexibilidad de partes insólitas del cuerpo. Las nuevas anatomías, sin ternuras. La física de la violencia.


Swazilandia

Cuando dejamos Johannesburgo se nos desengulló detrás el rollo de la pura ruralía sudafricana. Amasada con dedos negros de barro suave en un despliegue de tierra a los cuatro puntos cardinales con el sonido amortiguado de su propio nombre: Mpumalanga. Íbamos camino a Swazilandia, un pequeño reino mordido en dos terceras partes por Sudáfrica.

Apretado como la cortina de lluvia que nos arropó llegando a la frontera. Se nos arrojó sedienta en todas las paradas: el puesto de Sudáfrica, para estampar la salida; el puesto de Swazilandia, para empapelar la entrada. La lluvia quería que supiéramos que andábamos en otro lugar, aunque no fuera evidente. Por eso, quizás, fue que nos cerró la noche entre agua y bruma. Esa noche guiaba Neill y yo a su lado, y a ambos nos tocaba extraerle la carretera a ese paisaje de niebla sin luz. Yo le decía si andaba en el carril, del lado izquierdo; él hacía lo propio del lado derecho. Y así desenrollamos el encintado camino a la negrura, cada vez más lejos de Mbabane. Sin luz podíamos saber que subíamos colinas mansas y que íbamos de camino a la hospedería rural que habíamos llamado algunas horas antes.

La noche mojada nos dejó llegar, pero todavía sin ver. Encontramos la vitrina de luz de la recepción donde nos esperaban. Entre grama y fango conseguimos la cabaña donde el barro se subía a las paredes para amasarnos una casa de tierra olorosa en este lugar remoto. Ventanas y paredes de madera que nos enfundaron en ese olor sabroso a hogar en las sencillas esteras de pura lana.

* * *

Se corrió la cortina de la noche y me despertó el mugido de una vaca con su hocico frente a la puerta. Abrí una media puerta y se espantó sin miedo hacia otra vaca que amamantaba su becerro, camino a la terraza por donde otras se paseaban, regodeando su reflejo en las puertas de cristal. Me desenredé de la cama para embalarme en un paisaje invertido de grama húmeda con ramas secas que desganchaban del piso; una media guagua hecha casi tronco de vieja, y pedazos de carcacha que reposaban como críos entre las gallinas y rocío color gris escarcha que le hacía eco a una quebrada intuida.

Desayunamos lo que nos quedaba y me fui a escribir lo que nunca terminé porque llegaron Ntombozi y su amiga a tocar las páginas de lo que había escrito y a bailar kwaito al lado mío. Kwaito y otras cosas que discutían con el DJ-bartender que escurría la música por las ventanas y les trampeaba los pedidos. La cortina, esta vez de sol gomoso y aire frío, se cerró detrás de las colinas de tierra contoneada como si no hubiera otra tierra de la cual venir. La frontera se engulló a sí misma con las muchachas bailando conmigo, llenando mi cámara y encomendándome al futbolín. Se revirtió con los bailes elásticos de Sibizo, un zulu que suave como un Swazi me juró que habiendo nacido allí, nunca regresaría a Sudáfrica.

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