Por dos rands, un samoosa
por Mayra Rivera

George

10:07 a.m., 29-11-07

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recibo una mañana, poco más de un mes después de haberlo conocido y visto por única ocasión. George fue sombra ese fin de semana de la reunión en Johannesburgo. Alto, largo y oscuro, con pelo largo y pesado que le hacía sombra como una palma. Había llegado tarde una vez, y se había parado en otra, comentó algo en la discusión. Eso y que generalmente andaba solo fue todo lo que supe hasta que el último día empezó a hablar. En el grupo discutíamos la necesidad de respaldo (”debriefing”) psicológico y emocional para líderes y consejeros de VIH y sida en comunidades: en ellos se descargan las historias y problemas de tantos, pero siendo represa, no tienen dónde verterse. Desde la cola del semicírculo George me empieza a susurrar, con su voz de cueva: “That’s exactly what happens to me…” Es desempleado y no deja de trabajar. No tiene dinero y consigue para los demás. Tiene dos hijas que es lo que más ama en este mundo y no les tiene ropa para Navidad. Tenía una ayuda gubernamental por enfermedad, pero se la quitaron porque ahora tiene las medicinas. No lo reclutan para trabajar en las minas. (”Para su bien,” pienso inmediatamente.) Lo llaman de compañías para dar charlas a sus empleados, y le pagan con una camisa. Cuida de los viejos y enfermos que nadie quiere cuidar, aunque camine quince millas al día y su teléfono no deje de sonar. Vive en un lugar que se ahorra todo título: ni pueblo ni aldea, una “localidad” en la ruralía extensa de Mpumalanga; pero lo llaman de Pretoria y Johannesburgo a pedirle consejos porque lo han escuchado hablando en la radio. Lo procuran en las clínicas cuando no saben qué hacer con un paciente. Tiene treinta y dos años y ha vivido trece con VIH. Fue niño deambulante de las calles de Johannesburgo y sabe comer cada cinco días. Sabe también leer el hambre en la voz de los que le piden cinco rands sin decir para qué. Alberga en su casa ahora a otros dos que los expulsaron de sus casas por ser VIH positivo y decirlo. Nadie lo deja dormir y responde por todos. Tiene miedo de prender su teléfono ahora que le toca regresar a casa. Y no tiene con quién hablar.

Lo regaño por posponerse a sí mismo hasta la hartura. Que quién puede ayudar a nadie, si no se deja sobrevivir. Y lo hago reír, con su risa que carga toda la resonancia de su cuerpo largo como una caña. Una risa más sincera que el hambre, fina y cremosa para recomponerle los intestinos. Dice que sabe que Dios está con él, que nunca le ha faltado; que se deja sentir más en los momentos más desesperados. Que sabe que está ahí todas las veces que llora.

Lo llamé aquél día. Quería escuchar su risa. Ese día tenía hambre yo también y quería reírme con él, a ver si la aprendía a desmembrar.

“I haven’t forgotten a single word you told me. All you said I have it here.” Me empiezo a asustar y le pregunto que cómo así.

“The other day I sat down to write in my notebook and people were asking me ‘what are you doing?’ I told them ‘I’m writing something a friend told me, she’s a great woman.’ Then they asked me ‘and where is she from?’ and I told them ‘she’s from overseas’, they told me ‘liar’. But you see, I live in a rural village where everybody stays there and never goes out. For them Jo’burg is dangerous, but I tell them that depends. It’s dangerous for some people… So you tell them you have a friend from overseas and it’s ‘ohhhh!’ Now they all want to meet you. And I tell them that one day, one day…But just one day, eh?”


Vuyiseka y los números

En Sudáfrica reaprendí el método científico. Porque el método científico es sobre la relación entre la experiencia y el conocimiento, ¿o no?

Lo aprendí escribiendo un informe. Trescientos cuestionarios contestados a mano, enviados desde varias provincias; escritos en inglés, respondidos en inglés y xhosa y zulu. Enteros o a mitad, o saltando preguntas. Algunas provincias devolvieron ocho o nueve cuestionarios, otras ciento setenta y cinco. Y con eso había que producir el informe, central para el desarrollo de un importante programa de apoyo para personas VIH positivo. “This is what people gave us, this is what we’re going to work with,” dijo Vuyiseka.

El cuestionario estaba dirigido a la población VIH positivo servida por la organización; la información provista habría de dar base sólida a los proyectos a desarrollarse. Lo entregamos musitando ciencia y nos lo devolvieron con el timbre diáfano del lenguaje de todos los días. Con la exactitud metodológica de sus quejas y ambigüedades, sus rodeos y sutilezas, y sus honestas inconsistencias. Entonces, ésta fue la matemática: una mayor parte contaban con 39 años de edad o menos y la gran mayoría son mujeres. De un 35 a un 59 porciento – variando por distrito – vivía en hogares donde nadie estaba empleado y compartían la misma casa con un promedio de otras cuatro personas (en algunos casos, hasta catorce personas en una misma casa). Casa: shacks de cartón y madera variando en tamaño de cerca de diez a doce metros cuadrados, algunos más cómodos de dos o tres cuartos – todos, no obstante con servicio de agua y baño comunal – o casas RDP de cemento provistas por el gobierno. Uno o dos participantes con otro tipo de casa. Muchos señalaban que el tipo de apoyo que más necesitaban para mantenerse ‘adherentes’ a su tratamiento antirretroviral es comida y casa.

Con todo rigor, mi ciencia occidental no encontraba cómo arroparse a los datos. Como si estuviera hecha para otro molde, o como si caducara. Expiraba entre las resmas de papeles que no me explicaban cómo anteponer lo justo a lo preciso. ¿Cómo se hace ciencia cuando la información disponible no es exacta, pero necesaria? ¿O cuando la exigencia de metodología impecable parece más excusa para no actuar, que requisito indispensable para el conocimiento? ¿Cuando la urgencia de investigación no es de papel, sino de carne y hueso? …¿Cuando es esa misma carne y hueso que necesita los resultados con urgencia, la misma que hace ciencia?

Fue Vuyiseka la que dijo: redondea los números; ellos hablan, pero hablan de lo que nosotros ya sabemos. De lo que se conoce de vivir en los townships, en los shacks, de trabajar y vivir todos los días. Nada de esto es nuevo, ni hay revelación. Estos datos son confirmación, que no descubrimiento, y eso es lo que necesitamos. Así se acabó de desvestir mi pobre desnudez científica. Para metodólogos confundidos: aquí es la experiencia vivida la que autoriza a la ciencia, que no de la otra forma. Que si la ciencia en ciertas latitudes vale por sí, aquí se compra si se deja manosear para sacarle supervivencia – o justicia, cuando mejor.


25 de noviembre de 2007

Por primera vez en semanas dejó de llover y hacer frío. Como si se decidiera a ser verano, al fin. Y yo que sólo quería ver los tiburones blancos y voraces que rondaban la costa en la que ya yo venía viviendo. Porque lo tenía entre ceja y ceja. Pero llamé en la mañana y me convencí de cambiar un tedioso viaje en un barco repleto de gente con una caja claustrofóbica a la cual muchos se querrán meter, por tres minutos, a ver los tiburones, por un buen día de buceadas. Que me los encontrara sin caja.

Debo decir que llevo varios años viviendo en el agua. Lo digo hoy, un día de lluvia tropical maravilloso, pero creo que hablo en especial del agua de mar. El agua de río me hace sentir de forma distinta. No soy Julia de Burgos. Además de que creo que nací en el mar, porque nada me hace sentir tan bienvenida y tan abismalmente extraña a la misma vez. Me gusta mirar al fondo cuando estoy en el mar; y perseguirlo cuando no me queda aire. Mi mente, en sueños despiertos y dormidos se escapa a faros y a cuevas submarinas.

Pues me fui a bucear ese día, en la costa de Cape Town, en Hout Bay y su isla de focas. Eso fue un año después de la última vez que saboreé el mar desde dentro. Aquí no es como Puerto Rico, es mucho más al sur y frío, así que me puse mi piel de pez (alquilada, esta vez), la más gorda que jamás me he puesto. Me tomó un poco de manoseo descifrar mi nuevo pulmón (alquilado) y dejar el equipo con sus mangas y vejigas montado como un reluciente ensamblaje bronquial, gomoso y todo, esperando allí como para un transplante. Sonrío feliz, para mí misma, mientras empiezo a rebotar en el borde de la balsa de goma que nos lleva a todos y veo la primera foca gordísima, macho, sin duda, asoleándose en uno de los muelles de la marina. La cabeza, como la sonrisa, se me deshizo en agua.

Llegamos al lugar de la primera inmersión, el lugar de un viejo naufragio. Me apertrecho con todo y, anfibia, me tiro al agua…para descubrir que no puedo respirar en agua de nueve grados centígrados de temperatura. No con el sol caliente de afuera que me engañó, no sin guantes. Que si trajeron guantes para los que alquilamos equipo, pregunto. Que no. Por qué me lo esperaba; no puedo mover las manos y por el borde de las mangas entra el agua que circula bajo mi traje como suero helado. Un alma noble se quita los suyos y me los presta; que está acostumbrado a surfear sin ellos, un muchacho casi niño. No sé cómo se supone que le dé las gracias. Descendemos al frío azul y denso.

Que qué se ve allá abajo. Pues negro y azul, porque se acaban los colores. Un barco hundido, negro entonces, inclinado sobre un banco de arena, medio blanca y medio gris, que un grupo de buzos revolcó hasta empañetar casi por completo el mar de azul que nos apretaba. Y mientras ascendíamos por los costados del barco y llegábamos a cubierta, algas gigantes que empezaban a aparecer, buscando la luz con sus manos enormes. Y nosotros con las manos pegadas al cuerpo temblando hasta el sol, todavía lejos y minúsculo.

* * *

Fueron varias las veces que entramos y salimos, y en un momento dejé de saber si ascendía o descendía. Pudo haber sido un momento cualquiera, pero no, porque lo sentí con su piel áspera acurrucado entre mis manos y mirarme con ojos de recién nacido. Una cría de tiburón que alguien desenrrolló de su nido, por la cola, dormida.

Dejé de escuchar burbujas, se me olvidó la gravedad y todas las fuerzas físicas que me aguantaban allí. El Big Bang fueron las palpitaciones de esa piel tierna haciéndose nido entre mis manos, que se olvidaron que eran mías para hacerse cuna cóncava de piedra; como si hubieran esperado este momento para desprenderse de mí y hacerse parte del mundo. El tiempo se descontaba con los latidos de ese cuerpo minúsculo adormilado; y cuando creí toda la materia comprimida en ese instante, se abrieron los ojos redondos y vidriosos de recién parido que me miraron, tranquilos, y se cerraron nuevamente con la soñolencia de la marea… Y comenzó el tiempo de nuevo en otra dirección. En dirección de las corrientes y de las focas peludas para dejarme sembrada en los bosques de kelp que apuntan siempre al cristal azul del sol en el agua que les hace de techo. Como mis manos, sin guantes esta vez, y con mis propios bronquios.

Hace varios meses que no visito la superficie. Encontré mi tiburón.


Khayelitsha II

Fue extenuante esa llamada. Veinte despiadados minutos de repeticiones y malentendidos para enterarme que había una gran confusión que tenía que ver conmigo, para saber que él quería que fuese a comer a su casa el domingo próximo (“domingo, no sábado, domingo, el día después del sábado,” hubo que confirmar) y que vivía en Site C, después del “robot”, a la derecha. Ya lo conocía un poco y podía llevar amigos, así que le dije que sí.

En el carro con Rachel y Dave me entero que el robot es el semáforo y con algunas llamadas en el camino llegamos a su casa. Yozi nos dice que la casa se la dejó un primo y que es una de las mejores. La diferencia es notable. La casa de Yozi está bien compuesta, tiene varios cuartos y está sobre una loma que deja ver la falda de casas plisadas alrededor. El cartón de caja que empapela el techo está impecablemente remachado. Por dentro y por fuera, la casa está perfectamente pintada. Pero eso no es tan distinto a las demás. Tiene cocina y nevera, una sala y un cuarto. Tiene hasta portón. Yozi es un muchacho serio, noble, de frente ancha y del Eastern Cape. Se levantó a las cinco de la mañana para hacernos la comida.

Hay muchas cosas sobre Yozi que no puedo explicar. Hay muchas que no entiendo, pero las que quiero decir son otras, las que me hacen sentir la urgencia vehemente de protegerlas de las palabras. Criaturas demasiado inarticuladas para apalabrar sin lastimar. Yozi nos informa profusamente, nos dice todo lo que queremos saber, sobre su vida, su trabajo, su casa, y nos narra su historia, repartida en sus paredes entre cuadros, afiches y amuletos surtidos, marcadores materiales de algún cambio interno trascendental. Me recuerda mi propio coleccionismo estratégico, pero con mucho más propósito. Él nos lo explica todo. Le preguntamos sobre la vida en Khayelitsha y él accede a contestar. Después nos dice que no quiere hablar de eso, que cuando habla de eso siente el dolor de lo que cuenta. Por eso cuando le preguntamos sobre la mesita de la esquina, un altar con piedritas brillantes, fotos, conchas, libros en pie y una ramita en agua azul, y calló, dejamos de preguntar.

Las palabras se nos escurrieron entonces al almuerzo que nos esperaba, expuesto, en la cocina. Toda la cocina llena de servicios para escoger. Comida para una semana entera. Miramos afuera al arrabal deshilado que nos envolvía, a la cocina sin agua corriente. Me pregunto cuánto habrá pospuesto Yozi por hacernos esta comida. Pero la pregunta se diluyó antes de formularse, licuada en el vuelo de un bocado tan tierno que se me hizo dolor al despedirse en dirección al pecho. Dejé el sabor retumbar por toda la casa y vibrar con los afiches y amuletos. Su eco rodó por el piso hasta esconderse con un “tin” metálico bajo la mesita en la sala, entre la butaca y el mueble del televisor.

Aprendí en Khayelitsha que a veces hay que colgar silencios sin gesto ni palabra. Como las ropas recién lavadas que reguindan el interminable frente de las casitas de cartón y zinc. Ropas inmaculadas de colores brillantes, perfectos.


XVI. L.A. (entre paréntesis) y el acabose: fin de las Maquetas de sol

Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.
“Verano”, César Vallejo

Salí y vi detrás de mis hombros la figura cada vez más redonda de mi hermana. La niña vendrá en octubre. Me hubiera gustado que fuera en verano, pero no importa. El nombre la rescata, nos rescata a todos. Mar. Dejé a Mar y regresé a la ciudad sin mar, pero esta estadía sería breve. El destino final estaba más allá, en el Pacífico.

Ana del Mar y Mar frente al mar

No pude meterme al mar porque en Los Ángeles el agua siempre está fría, y porque yo no sé jugar con esa brisa que llega helada, y porque mis pies tilitan con sólo tocar la espuma. Todo es distinto, aunque todo se parece a algo que hemos visto siempre. Acá me encuentro por partes, pero me cuesta mucho ordenar mi cuerpo, mis pasos, mis mis palabras que cada vez son menos mías. Estoy como adormecida, y me voy llenando de fantasmas que no son los míos. Me gusta porque creo que me hago humo cada vez que veo salir el aire desde mi garganta, aquí, en donde los escondites son lugares públicos porque todos mis amigos tienen un permiso especial para fumar.

Matt y Dereck (Mr. Bones, debería decir) me muestran su identificación oficial para consumo de marihuana. Me dicen que es muy fácil, que llegas y le dices al doctor que trabajas de pie y que te duele la espalda, y que la yerba te alivia el dolor y te ayuda a dormir. Y listo. Te sacan una foto y te dan una tarjeta muy mona, con el borde verde y colores rastas. “Los miércoles son día de free J”, me dice Matt sonriente. Vamos a la clínica (no son hospitales, sino clínicas especializadas) porque es miércoles y Matt espera ansioso su porro gratis (es como la sorpresita de Mc Donalds) y vemos el menú (sí, como enAmsterdam, pero con buen clima todo el año), se decide por esa que aún no ha probado. Los dedos se pegan a ese pequeño nudo de verdes, lilas y naranjas. Es como fumarse un atardecer en miniatura. La maqueta del verano. Se la dan de inmediato en un potesito verde que dice en letras muy grandes: “for medical use only”.

Manhattan Beach (recuerdos de Baywatch)

Los Angeles es algo parecido al paraíso. Un poco por todas las películas de Hollywood, y por ese clima seco y frío que nunca es tan frío porque el sol siempre sale, y que nunca es tan seco porque el mar está ahí. Un poco también por Melrose que siempre está lleno de paparazzis (allí vi a Aaron Eckhart, el two face the Batman), y por todas esas chicas lindas que son meseras, que son empleadas, que son caminantes, que son modelos, que son ricas, que son pobres tratando de ser ricas. Parece que a todas les hubieran dicho que debían salir de Alabama, de Kansas, de Ohio, de Idaho, y de todos esos estados en donde ellas, seguramente, eran las reinas. Y ahora están por aquí, merodeando esta ciudad que es como un paréntesis lleno de graffiti, como una frase que siempre está a punto de decirse

Melrose, según los escribas de la calle

Me gustó la geografía que abusaba a cada rato de mi inexperiencia. Cada vez que creía que el mundo era plano, agarraba el carro y comenzaba a bajar, y a bajar como si fuera al mismo infierno hasta que llegaba a la playa y allí, sentada frente al mar, veía cómo a mis espaldas se levantaba el universo. Muchas casitas (casitas que son casotas) subiendo una escalera, como uin bizcocho de bodas a punto de caerse porque no me puedo sacar de la cabeza que aquí la tierra tiembla. El Pacífico es frío y un poco salvaje. Vi una foca, un delfín, y un pájaro muy grande herido, recostado en una piedra. Cuando salimos de Malibu, el pájaro ya había muerto y unos hombres intentaban levantarlo, antes de que atrayera a otros animales con malas intenciones, o que comenzara a expedir su olor a muerte. Recapitulé mi verano y no vi nada más que a ese pájaro anunciando su muerte lenta frente al mar. Me supe cursi y olvidadiza. Amnesia de agosto. Normal. Si me puse triste, no fue por el pájaro (algo de eso habría) sino por la certeza del regreso y el fin de los mares por otro par de meses, y por saber que una vez allá, olvidaría todo con esa obscena rapidez que exige el estudio. Por eso lo escribo. Y ya al escribirlo voy olvidándome de las caras, y de las cabecitas doradas, y de los puertos, y de su voz que me llegaba rota al otro lado del teléfono, y de la mano aquella que me tocó en El boricua, y de los poemas que le escribí, y de las canciones cristianas (de cuando íbamos a la iglesia) que cantamos frente al NewYorrican Café, y de la barriga de mi hermana que ya no volveré a ver, y de todas las mañanas en LA jugando ping pong, y del tren aquel que tomamos para ir al Getty, y de Manhattan beach, y de la piscina en donde hablé con Pablo que después supe que se llamaba Greg, y de la casa esa en la número dos que tanto le gusta a mi mamá. Se me desmorona el sol y se me derriten todas las maquetas.

Orilla Pacífica

Hoy regresé al apartamento y Eric me dijo que Greg ya no vivía aquí. Lo echaron porque no pagaba los “fees”.

Verano, te vas. Y me dan pena las manitas sumisas de tus tardes. Llegas devotamente; llegas viejo; y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Casi de noche, Los Angeles
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