Maquetas de sol: escenas de verano
por Margarita Pintado

VI. Ana y el amor. Vasos rotos en verano.

<strong><small>Ana enamorada. Verano 2006. <br> Almagro, España.</small></strong>

Ana enamorada. Verano 2006. Almagro, España.

Cuando Ana le preguntó, desesperada, “¿Por qué?”, Él le dijo, muy campechanamente, que porque estaba gorda y porque, además, aún no dominaba del todo el francés. Cuerpo y lengua: dos cosas que mi amiga había cedido casi por completo. Las razones eran, a la vez, simples y trascendentales, superfluas e inconmensurablemente íntimas. Fue eso lo que casi mata a mi amiga. La absurda claridad del mensaje en un momento en donde lo que se espera es un montón de balbuceos y de interferencia. Nos hemos acostumbrado a regodearnos en las rupturas, a dar discursos ambivalentes en donde el ser y la nada entran en juego, y en donde la culpa es nuestra, pero nos trasciende y de cierta forma, nos libera. blah, blah, blah. Todos participamos, tarde o temprano, de ese antiguo rito de la despedida. Mucha mierda, sí, pero al menos conocemos la dinámica. Al parecer, Él no la conocía. El francesito nos había salido hijo de puta y ahora teníamos que socorrer a Ana, triste y sola en la ciudad del amor. Corría el verano de 2006. Han pasado sólo dos años, pero se siente lejos, lejísimo. Me pregunto si el tiempo ha transcurrido igual para ella.

Ana había comprado su boleto de avión rumbo a París, en donde se quedaría con Él por 30 días. La relación parecía estar funcionando, aunque fuera a distancia. Se habían conocido hacía tres años allí. Ella trabajaba temporalmente en un museo en Bogotá y como parte de su entrenamiento fue de visita al Louvre. Criada como la mayoría de las bogotanas, Ana sabía que tener un novio de la gran metrópoli constituía un logro. Pero no fue sólo por dictamen nacional o complejos heredados que Ana se enamoró de Él. Ana se había enamorado como se enamoran las muchachas en los cuentos de hadas, y de la única forma en que una chica como ella se podría enamorar: intensamente, con esa disciplina que se exigen algunos amantes de renunciar a lo suyo, para poder abrazar mejor eso otro. La recuerdo contándome su historia de amor, sus ojos negros se cerraban como si así se trasladara hasta ese gran país que llevaba el nombre de Él, su rostro perdido entre los rizos negros, su piel blanquísima, sus mejillas rosadas. Ahora Ana camina, como una muñequita rusa portadora de mil historias, sin poder contener las lágrimas en esa ciudad que hoy no es más que la casa del miedo y del dolor.

Todo esto me llega en un email tan desarticulado como debe estar la pobre Ana, que ha adelantado su viaje por razones obvias, y necesita que la busque al aeropuerto. No tiene dinero para ir a Colombia y dejarse morir unos días en los brazos de su madre y sus hermanas, no tiene casa por el próximo mes, no tiene ningún otro amigo. Ana está sola. El mundo ha dado un giro inesperado.

Tan pronto la vi recordé mi propio dolor, años atrás. Los huesos le rompen el pecho. Está tan delgada que me da un poco de risa imaginarlo a Él diciéndole, “Estás muy gorda.” Sus ojos están más negros que nunca, como si el llanto le hubiera dado una profundidad que hasta ahora no le había reconocido. Tiene el pelo muy largo, y lleva una blusa blanca con flores azules bordadas. Está más hermosa. A veces pasa que el dolor nos embellece.

Nos buscamos como si fuéramos dos animalitos, o dos niños muy pequeños en busca de sus pares. Nos habíamos despedido hacía poco en Madrid, pero no esperábamos vernos tan pronto, y bajo estas circunstancias. No puede sostenerse, ha estado esperando días larguísimos para poder desplomarse delante de otro cuerpo amigo. Escuchamos música, he traído varias opciones. Me agradeció que no le pidiera un reporte de lo que aconteció en París. Luego hablaríamos. Escuchamos a Gustavo Cerati, y nos detuvimos en la canción “Adiós”:

Suspiraban lo mismo los dos
y hoy son parte de una lluvia lejos.
No te confundas, no sirve el rencor,
son espasmos después del adiós.

Recordamos aquella conversación que habíamos tenido hacía apenas dos meses atrás, comiendo helados en la Plaza del Sol. Le había preguntado por Él. Estaba emocionadísima por el viaje. Serían treinta días al lado de su novio, leyendo novelas, escribiendo poesía, caminando por la ciudad de su brazo. Le pregunté qué haría si algo pasaba entre ellos. No sé por qué me dio con preguntarle eso, quizá porque hacía apenas una semana yo había terminando con quien había sido mi novio y mi mejor amigo por casi tres años, y me planteaba preguntas similares todo el tiempo. Su respuesta me gustó, pero no le creí. Sonaba demasiado lúcida para una mujer tan enamorada como lo estaba ella. Me dijo algo así como que todo estaría bien, que el mundo no se acababa y que siempre le agradecería a la vida que le hubiese permitido conocer a un hombre como Él. La veo ahora como la vi aquel día, atrapando las gotas de helado que mojaban sus dedos, afilando su oscura mirada, con el sol implacable en su espalda dibujándole una aureola roja sobre el negro de su pelo, toda ella tan ajena al futuro, y a la vez, tan alerta a su corazón.

Me imaginaba lo que sucedería en los próximos días. Serían los más largos de su vida, y yo tendría que hacer algo para acortarlos. Porque es en esa hora que tus ojos se abren y recuerdas las piezas del rompecabezas, cuando algo parecido a la muerte te roza la piel, y lo ves marchándose con sus cosas en una mochila y te parece que el mundo se acabó, porque el mundo está allí, entre sus camisetas y sus medias, sus libros y sus discos. Y no te mueves de la cama, pero tus ojos estallan, y recuerdas el dolor de la piel que rodea tus ojos. Tratas de calmarte, sabes que si sobrevives esos cinco minutos, vas a estar bien. Lo haces. Te levantas como puedes y te echas a andar. El olor a café facilita las cosas. Por eso he procurado levantarme antes que ella, para hacer café.

Es verano en París y es verano en Atlanta. Ana escribe una nota en su calendario en el día exacto que Él la dejó que lee: “El día que Claude me dejó. El día en que París comenzó a ser París”. No entendí esto último, pero me gustó. Era la reafirmación de algo, y la claudicación de otra cosa. Me gusta su catarsis, que llore cuando le plazca, que escriba los muros, que deje recordatorios por ahí, que no le tema a la ruta signada por el dolor. Ana es un vaso roto, el agua se desborda, lo único que puede hacer ahora es chapotear un rato.


(Paréntesis primero: de viaje)

Experiencia parece siempre determinarse por la facultad del estar. Por la capacidad de confirmar y afirmar la indisputable opacidad de un evento. De presenciar y de absorber presencias.

Hoy, treinta de abril, es Koniginnedag en Holanda, el día del cumpleaños de la reina (Wilhelmina, con todo rigor, que no Beatrix, la reina actual). El día más esperado de todo el año, donde la ciudad entera se vierte en calles y canales repletos de gente en la apoteosis de la extravagancia. Mares de gente y de anaranjado que convierten la ciudad en un espacio agobiante y verdaderamente intransitable. Se vierte la ciudad y se vierte la gente y la basura y la cerveza por todas sus calles. La parafernalia más empecinadamente conspicua (anaranjado –de la casa de Orange; rojo, azul y blanco –de la bandera nacional) se vende con anticipación al evento para acentuar la determinación de su ineludible presencia. Caravanas interminables de botes con los espectáculos más estrafalarios rellenan los pocos hiatos de presencia que comúnmente le quedarían a la ciudad, haciendo del agua otra tarima más al servicio de un acto de presencia absoluto. No hay términos medios: quien no se quiere rendir al evento se queda en casa o escapa con anticipación. Ni la regularidad persistente del capital opone resistencia; o juega con las reglas del día –vertiéndose en la calle con música, parafernalia y mercancía– o se suspende hasta nuevo aviso. Es un día también de venta de hasta los últimos recursos. Semanas antes del evento dueños de negocios y ciudadanos cualquiera demarcan parchos de calles y acera para asegurarse un espacio de venta. Para verterse con lo que haya o lo que sobre; con lo que quede y con todo de lo que uno nunca se puede deshacer. Y lo que no se vende, se queda en la calle.

Esta vez decidí quedarme en casa. Por aversión como por necesidad. Quería también probar mi indiferencia a una presencia absoluta. Probar la experiencia de no estar.


VII. Tedio

Nada que hacer. Miro desde lejos la ventana de la sala. El mismo árbol que insiste en meterse a mi casa, las mismas ardillas columpiándose de sus ramas, el mismo cuerpo encorvado por la disciplina del estudio frente al escritorio. Me consume el calor y este bulto de piedras en el que se ha convertido el tiempo que no quiere pasar. El estancamiento es general, llevo tres días en la misma página, de mis libros y de mi vida. Lo único que me salva de la modorra son las piruetas del humo, los círculos cada vez más perfectos que se dibujan sobre mi nariz. Me he hecho una experta enrolando en estos días. Tengo ganas de acostarme con alguien que no sea él. Un cuerpo podría rescatarme un poco de este precipicio por el que me caigo cada vez que el tedio se me mete dentro de la piel y me reviste de insectos, y las musas no se asoman porque sólo llegan los fantasmas que, reacios e iracundos, no se dejan atrapar por mis relatos. Y mis ojos se cansan de seguirle la ruta a las palabras. Soy un pedazo de carne tecleando maldades. De vez en cuando me lanza una mirada, sonríe pero no del todo, es una sonrisa que pide permiso para sonreír más. Le doy permiso con sólo mojar mis labios un poco con la punta de mi lengua, y levantar las cejas. Sonríe, intuye que soy suya y que, al menos en este instante, confirmo un pacto secreto que olvido fácilmente.

Son las 4:51 de la tarde, pero no importa. Ni hoy, ni tampoco por los próximos tres meses. Ya he dicho que el tiempo no pasa, es sólo un manto blanco que se llena de luces y de fuegos, y de su voz que ahora canta una canción improvisada sobre pájaros que se convierten en monos y brincan sobre ramas. Monkey birds have to sing and swing all night. They have no friends. Podría matarlo con mis manos ahora mismo, ahora que trato de enderezar el día por medio de mis palabras, ahora que casi logro sujetarme del tedio y decir algo más, ahora que este pájaro estúpido que canta dentro mí quiere hablar, tú, maldito insensato, comienzas a cantar. Estoy a punto de perder el control cuando se calla. Porque lo he matado, aunque no con mis manos. Una mirada ha bastado para taladrar un poco su conciencia y dejarle saber que no soy tan de él. Al menos no con esa devoción que admite cualquier tontería, en cualquier momento. Lo miro y sabe que no me posee, dejo que cuente los segundos en los que me alejo y me lleno de una niebla que lo hunde. Ningún puente que cruzar. Tiene miedo. Sabe que cuando lo deje será bajo este mismo formato, una cosilla que se desata en un día malo, de esos a prueba del tiempo. Y sabe que será en verano.

Una brisa entra por la ventana, escurriéndose por las hojas del árbol que casi me pertenece. Una brisa fría, como de mar. Me calmo y vuelvo a él. Le digo que me perdone por haberlo mirado así, le explico que intento escribir algo. “Your novel”, responde. Le digo que no es una novela, que es un libro de ensayos, o algo así, ensayos, relatos. Sólo le digo que es algo messy, y que cante, que siga cantando su canción de los monos y de los pájaros. Sonríe y me dice que no ha dejado de cantar, que canta por dentro, que está escribiendo un musical. Pienso que este tipo con el que vivo está más loco que yo, mucho más, y tiemblo de sólo pensar las cosas que escribirá en su diario, cuando es él quien se aleja y me mira, levanta una ceja y me da permiso para sonreír. Cuando son sus ojos grises los que se llenan de más gris, y me miran desde el olimpo. Desaparezco por un instante y regreso. Lo veo lavando los platos y cantando en silencio, puedo ver su diafragma contraerse, sus labios moverse, sin emitir ningún sonido. Lo quiero.


VIII. Who’s mom is that?

Hoy no hay tanta luz. El cielo no está insoportablemente azul. La monotonía del paisaje se ha roto. Todo es distinto, excepto el calor que no cede, y se pega más que de costumbre. Hacía tiempo que no veía esta luz tan triste y mustia. Tan leal. La piscina pierde el brillo, ya no se pueden ver las culebrillas blancas que se dibujan en la piel del agua. Me gusta así. Sólo estamos yo, y mi libro del jorobado duque de Bomarzo.

Veo que viene una mujer con una niñita. La pequeña me mira, luego mira a su madre y le pregunta: “¿De quién es mamá ella?” Me tardo un poco en comprender, el inglés de los niños es el más difícil. La madre me mira y sonríe. La niña insiste, y su madre me repite la pregunta para que su niña quede satisfecha. Miro a la niñita y le digo que no, que lo siento, que todavía no soy la madre de nadie.

Mis acercamientos con los niños son siempre accidentados, y, de alguna manera, locos. Loquísimos. Me vuelan la cabeza con sus preguntas, me devuelven inmediatamente a la niña que fui, y que no he dejado de ser. No del todo. Veo a ésta, con su cabecita llena de rizos amarillos, mirando a su mamá, pensando que todas las mujeres que no son niñas son, o deben ser, mamás. Dos pies de alto cuestionando y recordándome mi adultez, poniendo en evidencia lo lejos que estoy de ser una niñita como ella.

Hace algún tiempo que vengo soñando con una niña. Creo que la espero, como un presagio, como una ruta definitiva. Entonces creo que me engaño. La niña que veo en mis sueños soy yo, hace 22 años, como la de esa foto que guardo en mi wallet. Y me aturde esta niña que me sabe a futuro pero que se me confunde con el pasado. No sé si avanzo, si retrocedo, o si se trata sólo de un reencuentro. No busco mi prolongación, no preciso de una nueva criatura que me afirme en esta tierra. Sólo pido un poco de tiempo para reconocerme desde la distancia, desde el tiempo que no vuelve. Sólo quiero verme, así, pequeña, mínima, en una mínima silla, con una mínima camisa roja. Mirando al lente feliz.

La joven madre se ha quitado la camisa. ¿Dije que era hermosa? Es hermosísima y muy joven. Lleva un bikini negro y puedo verle un tatuaje asomado desde allí, desde ese lugar que no es pero que podría ser. Está tratando de enseñarle a nadar a su hija, pero la niña está más entretenida jugando con las burbujas que salen del filtro de la piscina. La madre le habla de Buda y señala el cielo. Confuso. Creo entender que no se trata sólo de una lección de nado, sino de un adoctrinamiento formal. ¿Le hablaré yo de Dios a mi hija? Hace mucho tiempo que no hablo de Dios.

El cielo ya no aguanta el peso de las nubes. Ahora se suma el ruido del trueno y el canto de los cuervos que han llegado a esconderse entre los árboles que rodean la piscina. La niña se asusta y le pregunta a la madre por ese sonido. ¿Le dirá que Buda está enojado? La mujer se viste rápidamente, con cierto miedo. Aquí todo el mundo le teme a la lluvia y al trueno. Comienza a llover, quedamente. Creo que me muero, creo que por unos segundos soy inconmensurablemente feliz.

Cierro los ojos. Quiero soñar con una niña.


No me acuerdo de país

En los últimos años me he vuelto más consciente de mi falta de recuerdos. Apenas me queda una impresión rgb de mi niñez, guardo sólo algunos episodios de mi adolescencia, y en mis años de bachillerato ya hay rotos oscuros y confundo la secuencia exacta de las cosas. Mantengo sucesos discretos, una que otra anécdota o frase —imágenes en zoom, pero nada panorámico, pocas cosas que pueda contar como historias personales. Como si sólo poseyera, de la narración de mi vida, los apuntes del autor o una reseña oral después de una lectura distraída (detalles sueltos de personajes, parlamentos imprescindibles, escenas emocionantes).

Quizás mi atención no ha sido lo suficiente abarcadora, en realidad nunca percibió los detalles que pienso que debería recordar. Además, el repaso es requisito del recuerdo: conservamos las memorias que frecuentamos. No conozco esos destellos de memoria tan efectivos y dramáticos en la ficción, que traen un detalle perdido por años y de repente esclarecen algún misterio personal. Quizás porque me ocupa más lo que no ha sido o ya nunca será, no he dedicado demasiado tiempo a lo que fue, y lo he olvidado.

Constancias de un tiempo
Casi cualquier intuición sobre la memoria se refleja en alguna de las teorías que intentan describir sus mecanismos. Parece obvio que para dar mantenimiento a los recuerdos hay que reexaminarlos constantemente, pero además me parece haberlo leído como explicación de las memorias a corto y largo plazo. Según creo, decía que un recuerdo inicialmente se almacena en conexiones neuronales que se esfuman fácilmente; sólo su continua activación, como si fueran músculos blandos que ejercitamos al recordar, las endurece. Puesto que regreso mentalmente, en los días o meses siguientes, a los sucesos que me conmueven (por felices, cómicos, tristes o vergonzosos), los recuerdo; por otro lado, como no reconsidero las partículas monocromáticas que componen la mayor parte de la cotidianeidad (el trabajo, las diligencias), esos recuerdos caducan.

Otra teoría habla de la memoria como un sistema complejo con múltiples puntos de acceso. Los recuerdos, por formarse de la abundancia de influjo sensorial diario –no sólo imágenes sino olores, texturas, sonidos, etcétera–, se pueden convocar mediante cualquiera de esos componentes, cada uno como otra referencia, en el fichero, al mismo documento. Si realmente leí esto, explica por qué la música y los olores son los catalíticos más poderosos de los recuerdos, por qué los conjuran con más fuerza y de una forma absoluta: porque son mejores referentes, forran porciones más extensas de la experiencia. Las imágenes son fugaces e irrepetibles, pero los olores y la música son consecuentes, constancias de un tiempo, y quedan conectados no sólo con algún episodio sino con segmentos completos de lo vivido. Como además son reproducibles en vida (las imágenes sólo en forma impresa o digital) traen completos esos segmentos cuando nos reencontramos con una música u olemos un aroma del pasado. Los discos que escuchaba una y otra vez en alguna época, cuando los escucho hoy, invocan algo de ella que podría describirse como su sensación –la síntesis, de un solo golpe, de los recuerdos que acumulé entonces–. Los olores tienen la misma fuerza. En circunstancias normales, recordamos a las personas ampliadas: algunos detalles de su carácter, su apariencia o su historia los opacan, los evocamos en pedazos según otros referentes nos los van sugiriendo a diario: unas palabras o una voz nos recuerdan otras, un suceso rememora otro… No hay una imagen que recoja todo lo que asociamos con una persona, incluso un rostro cambia diariamente, por lo cual hoy no puedo reconstruir, claramente, algunos que una vez consideré importantes. Sólo el olor hace lo mismo por una persona que dejamos atrás que la música por una época pasada: la desubica y nos la alcanza.

Sobre todo me gusta imaginar, sin derecho, que no hay memoria a largo plazo. Todas son cortas, y nunca recordamos sino la copia más reciente: la primera vez evocamos el original, el suceso vivido, pero luego sólo el recuerdo de la primera vez que lo recordamos, después la copia de la copia, y así sucesivamente… Los recuerdos más antiguos dependen de que continuamente volvamos atrás y sigamos extendiendo el puente. Si no, los perdemos, y por eso, porque son caminos construidos mediante copias de copias exponencialmente, es que van cambiando.

No me acuerdo de país
Necesito mirar más, volverme más conciente de la geografía a mi alrededor, del mapa que habito. El desenvolvimiento geográfico generalmente prefiero dejárselo a otros. Si algo recuerdo de los viajes, es cómo Isabel siempre es la primera en sacar los mapas, y me contento con dejarla, dejar que me conduzcan –incluso en París dejé que me condujera, como si mirar esa ciudad fuera un hastío. Cuando andaba solo y no tenía más remedio que guiarme por mi cuenta (que era casi diariamente, para ir y regresar de las clases que pretextaban el viaje), me daba cuenta de la leve sorpresa de Isabel al verme llegar al lugar donde quedáramos, como si casi había esperado no volver a verme, que por no fijarme en dónde estaba vagaría por París el resto de mi vida.

Una de las primeras veces que articulé este problema fue cuando le mencioné a mi hermano Joel que no me acordaba de París. Aún no he empezado a pagar los préstamos estudiantiles que tomé para hacer el viaje, y de la ciudad ya sólo me quedan algunas impresiones de tinta corrida. Dije eso y seguimos hablando, y poco después Joel dijo, “Eso que dijiste sería un buen título para algo: ‘No me acuerdo de París’”. Y me parece que tenía razón, pero la verdad es que no me acuerdo de nada, de ninguna ciudad, de ningún país y de ningún pasado.

Se ha vuelto una inquietud —sería más dramático llamarle “obsesión”, pero no lo es, es algo en el fondo de mi mente que resurge de vez en cuando (¿o tal vez eso es más dramático que una obsesión cualquiera?)— evitar que esto siga sucediendo, preocuparme por recordar lo que todavía queda en mis manos. En cierta manera, esto que comienzo ahora representa unos ensayos, es decir intentos, de observar. Documentar es una meta en sí misma, por razones que espero explorar más adelante en este espacio. Pero también es un incentivo, una excusa para aprender a recordar.

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