Por dos rands, un samoosa
por Mayra Rivera

8 de noviembre de 2007

En el trabajo, a decir verdad, todo empezó esa primera semana de noviembre. Empezó de verdad. La más impresionante maquinaria poética que he visto funcionar jamás.

La oficina llevaba varias semanas bullendo hasta reventar, primero, en un taller nacional de treatment literacy. ‘Alfabetismo de tratamiento’ suena tan condescendiente como inadecuado. ‘Treatment literacy’ es el término que se inventó en Sudáfrica para recordarnos que, según la Escuela de la Calle, ciencia, sociedad y política tienen todo en común. Hasta lo igualmente comunales que deben de ser. Para hablar con todo rigor, eso nada tiene que ver con simplicidad, ni con reduccionismo facilista; ni mucho menos con relativismo. Viene de la experiencia, con su complejo repertorio de ecuaciones básicas de vida diaria. Por ejemplo, de saber que entre vida y muerte clínica puede haber un documento de identidad, que entre la casa y el hospital, un mundo, y que medicinas sin información son puro ensayo de buena conciencia, un aguaje pusilánime; poca ayuda y en las más, mala ayuda. Pero más que nada, treatment literacy viene de gente que vive en carne propia las metáforas de las que nosotros, acá, hablamos. Para ser honesta, eso de saborear metáforas y dejarlas ir, escurrirse sin gloria, cuando dejan de requedársenos en la boca, es un lujo que no todos nos podemos dar. No, por lo menos, cuando vives con “el virus”.

Si algo nos descompone es el espanto de la desbocada visibilidad del VIH; su resistencia material y la desproporcionada presión que hace, primero en secreto, y después sin excusas, por salir a la luz. Su ofuscación en hacer de la exposición un acto permanente. Su dramático exhibicionismo. Hablarlo nada más nos repuebla la cabeza de rotos, aversiones y aperturas; nos plaga de paranoias generales, despiadadas, epidémicas. Nos plaga con el terror a ser expuestos; a habernos, y a vernos, expuestos.

Y con terror de ser expuestos, después de expuestos. De quedarnos desnudos y fríos cuando los tejidos que nos protegen –piel, amigos, familia– se resequen de una buena vez y se desprendan agrimados. Nada como significar demasiado. Nada como un cuerpo que insista en significar, a pesar de todo lo demás. Que haga de síntomas una gramática desenfrenada que no escucha a nadie, un cuerpo que palabree sin parar. Nada como gente que le crea.

Por eso mismo marchamos al día siguiente. Cinco mil personas en el más apasionado orden, en Cape Town. Gente de toda Sudáfrica, África, y hasta un poco más allá. Para recordar esas metáforas que se viven. Para recordarnos que si ellas se nos encaraman en el cuerpo sin pedirlo, también para eso somos poetas. Para reescribirlas. Con nuestro puño y letra, que sí.

Reescribirlas aunque no sepamos escribir, como tantos de los que estaban allí. Gente, sin embargo, que sabe que para hacer poesía hay que saber ciencia. Y vivir política, y comer cultura, sociedad y pobreza y riqueza. Que saben que hay que saber su estatus y su CD4 count; adherirse a los antirretrovirales, saber todo lo que hay que saber sobre el VIH, la tuberculosis, las infecciones oportunistas; que saben también que hay que saber moverse más rápido que el virus. Movilizarse. Regarse por todas las esferas: el gobierno, las cortes, los medios, las comunidades, los shacks de madera y cartón en los que tantos de ellos viven. Saben que hay que hacerse tan visibles como el virus, y a los descreídos, hacerles ver.

Hacerles ver una nueva poética de exposición. Los cuerpos abiertos, pero lozanos, que viven con VIH y sida. Los cuerpos que, expuestos, han impuesto su propio ritmo a la gramática hipercoordinada del virus: un ritmo más paciente, antirretroviral. Un ritmo que le dé soñolencia requedona al virus, en lo que los cuerpos se le adelantan con poesía más lustrosa que la tuya y que la mía. Cuerpos sanos y VIH positivo. Gente que decide tener hijos ‘negativos’; gente que sabe cargarse un país entero encima. Pregúntenle al presidente de la República y a la Ministra de Salud. Pregúntenle a la Pfizer.

Son gente que sabe de política más que nosotros, que la vivimos desde un norte desencarnado. Nosotros, que con la misma facilidad que fabricamos metáforas, creemos escaparlas. Pobre de nos, que no hemos conocido el repositorio de tantas metáforas amasadas. Que no sabemos creerle su corporalidad. Poetas de escritorio.

Para escribir poesía hay que salir a la calle con una masa virulenta de camisetas rojas que nos expongan a todos los vientos una vez más: “HIV Positive”. Y esta vez, para que nos vean.


IV. Tornados

Los vientos sueltos, arrebatados de mar, son casi un augurio hospitalario. Me siento hija del huracán. De las horas muertas pegada al teléfono, narrando los pormenores de esas ráfagas mojadas que le abren a patadas una ventana al tiempo que ya casi no se deja rasguñar por nada. Sólo el desastre natural ensancha el día, lo coloca entre paréntesis y lo cuestiona. No me asustan los huracanes, ni los aguaceros que azotan de vez en cuando a Atlanta. Es cuando más me gusta esta ciudad, cuando se viste de isla.

Aquí no hay huracanes, pero los aguaceros y el viento sacuden las ramas de todos los árboles, que son muchos, muchísimos en Atlanta. Hace un par de días el cielo azul se llenó de manchas grises, oscuras y espesas. El aire se puso pesado, y las hojas estaban tan quietas que me asusté. Algo pasaba. Los pájaros cambiaron el ritmo de sus melodías, las nubes grises dejaron de ser nubes y se convirtieron en una gran mancha de ollín. A lo lejos se podía divisar una línea, una marca de luz quebrando la estratosfera. Era un tornado. Llegaba así, sin previo aviso, sin pedir permiso. De ese modo tan definitivo, tan locuaz y tan sagrado que caracteriza a la naturaleza. Encendí la televisión y fue peor. Vi el rostro descompuesto de Ana María y supe que el tornado sería mucho más fácil de digerir que ese miedo aupado en su frente. No sé por qué ya no tuve miedo, aunque las noticias eran alarmantes.

Todo pasó en 15 minutos. No ocurrió gran cosa cerca de mi casa, sólo un par de ramas en el suelo, una roommate asustada y un gatito que no quería salir de la alacena. El problema es que ahora estamos bajo alerta. El miedo se prolonga. Los tornados nunca habían pasado por aquí. Atlanta era inmune, pero la naturaleza se desquita. Lo más terrible no es el tornado en sí, sino la alarma que indica que esa pelota de vientos trenzados se avecina. Es como un canto desgarrado, mitad ambulancia, mitad pájaro. A veces el zumbido del viento se confunde con el zumbido de la alarma.

El miedo también encuentra sus sonidos.


17 de noviembre de 2007

Este día, caminando en la playa en una mañana que, en ese momento descubro, había sido de tormenta, se me estrellaron las pocas palabras que apenas me empezaban a despertar. Contra la arena, como todo lo demás.

Rolling pearls of jellyfish
Glinting at the sun
Stray remains
Of broken kelp
And thirsting small anemonae
Battered otters
Dying seal
A routed penguin
At the sea

A sea snail stung
In dead embrace
And one that burrowed
By my feet

A walk at sea
To make of me
Too much a low-
Profile survivor…

(El último verso me lo prestó Ganif.)


V. Agujeros

Esto no es un diario de viaje, aunque a veces quisiera que lo fuera. El movimiento ha cesado hace algún tiempo. Trato de vaciar un verano aquí en esta ciudad tan ancha, tan llena de árboles que se comen las carreteras. Tan sin mar. Desde mi ventana parece que miro cualquier paisaje de la isla, los verdes, el cielo, la forma en que la luz se rompe en las hojas, la brea caliente. Narrando el verano me he dado cuenta de que la única forma de contarlo es agarrándome de los detalles y del recuerdo. Es eso lo que sostiene mi estadía aquí, lo que constituye mi afecto por este lugar. Ya no voy a los museos, ni al acuario más grande del mundo (que según los atlanteños está aquí), no me interesan los clubes de jazz, ni el zoológico. Ya no me interesa ver la casa de Martin Luther King. Mi historia es breve y está llena de agujeros por donde entra el agua y la luz, sus manos, y mi boca. Y me dan ganas de escribir del olor del café que me despierta por las mañanas, y de cómo su cuerpo se estira en la alfombra de la sala, y de los libros amontonados por ahí, y de la yerba y de los pájaros azules y rojos que cantan en mi ventana. Esto es lo que hay, éstos son los materiales de mi vida. Reporto el ritmo de mi cuerpo, la sensación más primitiva, el murmullo de mi cabeza. Eso es todo. Lo demás es sólo un montón de verano.

El calor es insoportable. Despierto sola en la cama, bañada en sudor. La idea de la piscina se fija en mi cabeza. No tengo hambre, lo único que tengo es calor, y ganas de acostarme en el fondo de la piscina, como la chica de la película. Me tomo una taza de café y bajo de prisa las escaleras. Otra vez la luz, como si el cielo fuera una pluma abierta malgastando toda su agua. Me arden los pies. Camino más rápido hasta llegar al portón, y veo que no hay nadie. Me agarra una sensación de poder casi infantil. Toda el agua me pertenece. Me siento en el borde y dejo que mis pies se acostumbren al frío. Miro los árboles que me rodean y veo sus caras desfiguradas en el agua. Mis ojos tiemblan. Miro al cielo, enorme, azul, un gigante hambriento a punto de comerme. Pienso en Dios y en los ángeles. Mi cuerpo se cae, hasta el fondo. Qué delirio cuando el agua va cubriendo cada poro, como una reunión de buenos amantes tragándose mi cuerpo. Veo el cielo tambalearse desde abajo, creo que me veo dibujada en la superficie del agua. No tengo nada que hacer. Podría pasarme la vida aquí debajo, convertida en pez. Se rompe el hechizo con la caída de otro cuerpo. Llegan los demás. No tengo ganas de ser parte de la manada. Me encamino de regreso a mi apartamento cuando escucho un ruido, un gemido que se ha escurrido por una de las ventanas. No me atrevo a mirar, pero me detengo para corroborar este nuevo material que podría servirme de algo. Son ellas, Leila y Jennifer, haciendo el amor. Son las once de la mañana. Sexo mañanero, sin cepillo de dientes ni desayuno, ni café de por medio. Sólo dos cuerpos resistiendo el comienzo del día.

Mi huida toma la forma del deseo, mis pasos van dibujando obscenidades. Llego a mi puerta. Trato de ponerle algún orden a mi cuerpo húmedo de piscinas y de voces escapadas por una ventana. Abro la puerta y el silencio me golpea como una ola. Nada, nadie. Sólo yo, escurrida debajo de las sábanas, me invento cientos de amantes que, como el agua, se tragen este cuerpo.


Khayelitsha I

Ese domingo decidí pasarlo en Khayelitsha con Yozi y Pupa. En la tarde paramos a comer un braai, carne asada, en el kiosco número 17, el mejor de toda Khayelitsha. En lo que decidíamos quién buscaba el pan y quién hacía la fila para la carne Yozi se encontró con un conocido, un muchacho en camisa y gorra blanca. Hablaban en xhosa y yo en realidad no me concentraba en nada, aparte de por primera vez darme cuenta de lo verdaderamente enorme que es Yozi. Del muchacho no recuerdo nada más que el color blanco y de él me hubiera olvidado, si no fuera porque Yozi después me hizo recordarlo (o inventármelo).

Terminaron de hablar y Yozi me pregunta si quiero acompañarlo a comprar el pan, que quiere decirme algo. Que si recuerdo al muchacho de la gorra blanca. Bueno… Con el que estaba hablando horita. Pues sí. Pues a ése lo conoce de la iglesia. (Yozi conoce a mucha gente de la iglesia donde las masas de gente del Eastern Cape –provincia colindante, rural y de donde él mismo viene– se reúnen domingo a domingo.) Está de blanco porque es de la 22, la ganga que más reparte en el mundo ya bien repartido de las gangas de Khayelitsha. Que ellos nunca están ‘por ahí’, ni sólo para ‘hacer un braai’, ni nada por el estilo; siempre están en una ‘misión’. Que por eso él le preguntó que dónde había estacionado el carro. Que las cosas que hacen son feas. Que no les importa quién tú eres.

Pero que si estoy con él estoy segura, porque a él lo conocen. No conocían a Pupa, pero Yozi se lo señaló para que supieran que andaba con él. Con él estoy segura en la mayor parte de Khayelitsha porque a él lo conocen en casi todas partes. Pero no en todas –en algunas lo conocían antes pero ya ‘no lo conocen’. No sé si por haber pertenecido a otra ganga (el verbo es complejo aquí –con todo rigor debería ser en presente, porque en principio uno nunca puede des-hacerse miembro de una ganga) o por haberse vuelto cristiano.

Compramos el pan y comimos el braai; y descubrí el mejor método para limpiarse las manos llenas de manteca hasta la muñeca: el gran balde de agua con jabón de lavar ropa que tienen las dueñas de los kioscos para uso del negocio. No hay más que mojar las manos una vez. Mejor que media hora de jabón restregado. Y cada balde da como para mil lavadas.

Esa misma tarde estuvimos en Enkanini, la parte más nueva de Khayelitsha, donde los shacks nacen día a día con inmigrantes que llegan de Zimbabwe y de media África. La parte donde hay menos piedad –que en Khayelitsha quien no tiene conexiones está perdido. Una letrina azul tiene la silueta de un ojo con el número 28. Yozi: que le tome una foto, que después me explica. Pupa, que es experto en sacarle historias a la gente, entretanto, se las saca. En algún momento le pregunta algo a un niño de trece o catorce años medio resentido y con los brazos siempre pegados al cuerpo. Yozi: que las gangas en Khayelitsha se distinguen por número, de acuerdo a lo que hacen: la 26 robar, la 27 violar, la 28 matar a quemarropa. El truco es hacerlo todo de la forma más pública posible, así es que se gana para la ganga. El aspirante (o perspirante) empieza con tareas mínimas, suficiente para que le arresten y abran récord. Después tiene que reincidir, para que esta vez lo manden a la cárcel por tres a seis meses. Ahí empieza la escuela. Cuando sale, la calle es suya –tan pronto cumpla con la misión asignada por su mentor en la prisión. Cada ganga tiene su territorio y se distinguen por su ropa: abrigos de cuero negro, gorras blancas, ropa Lacoste… Gente de distintas gangas tratan de no juntarse en bares u otros lugares. Si vas a un shebeen en terreno de otros, mantienes un low-profile y no hay problema. Cuando nos despedimos, al niño-muchacho se le escapó de debajo de la axila una sonrisa de tres o cuatro pulgadas de largo y varias puntadas de espesor.

Si hay algo que asusta en Sudáfrica son las cicatrices que relampaguean sobre las pieles de ébano de la gente de un día cualquiera. Cartografías, a veces desbordantes, que escapan en su extensión la mirada furtiva que te permite el metro de las cinco de la tarde. Mapas con demasiadas referencias, que no te dejan preguntar.

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