Canción de despedida
Un día temprano accedí a una excursión en bicicleta hasta Cape Point. Desde Simonstown, pasando los pingüinos en la playa y empinándonos la montaña rodillazo a rodillazo. Quería una bicicletada hasta el fin del mundo; lo más lejos que pudiéramos llegar antes de despeñarnos en Antártica.
No lo sabía, pero debí haberlo sospechado: que esta sería una empresa siempre contra el viento.
Contra el viento que todos los días, desde que llegué, parecía empecinarse en borrarme de la faz de la tierra. Nos hacía zigzaguear montaña arriba y pujaba por tirarnos al piso. Un viento testarudo, maleducado.
A hora y media de camino ya se me encalambraban las piernas como si me quisieran partir los huesos. Escuchaba el pulso en mis sienes casi borrar el ruido del viento. Como si ésta fuera una carrera a quebrarse contra el cielo, antes de llegar al mar.
