Maquetas de sol: escenas de verano
por Margarita Pintado

XII. Adiós

Es mi último día en Atlanta. Se cierra la mitad del verano, un junio preñado de luz y de calor, y de pájaros que seguirán cantando en mi ventana, que ya no será más mía, sino de él. Este junio será uno de esos afiches que se pegan a la piel. Otro verano calcomanía que narraré y que desfiguraré en virtud de esta memoria coja. Escribir es pactar con lo venidero, es como una memoria futura, un cordón umbilical.

No tengo ganas de escribir, sólo quiero sentarme en mi asiento (con ventana) allá, encaramada en las nubes. Y ver el mar. Me sigue emocionando la llegada, aunque sé que todo será más o menos igual.

Lo dejo con todos sus libros, con toda la ansiedad de ese examen que está por llegar, con sus cinco tazas de café al día. Dejo los paseos por downtown, el guante y la bola, ese sol que tanto tarda en apagarse. Dejo el humo y la piscina.

Ayer pensaba en los flamboyanes. Siempre me acuerdo cuando estoy a punto de llegar. No soporto los cuadros con flamboyanes, pero me encanta pararme debajo de sus ramas, ver sus flores al revés. Sigue siendo raro regresar porque sé que me iré otra vez, y hay algo en mí que tiende a lo turístico. Además me compré una cámara (color flamboyán). Sé que tomaré fotos del cielo y del tapón, sé que retrataré por lo menos un flamboyán, el gigantesco húcar de mi casa, cuyas raíces han levantado parte de la tubería, y cuyas ramas han comenzado a meterse por las ventanas y que mi madre se niega a podar.

Tengo ganas también de abrazar a mi perra, Habana, y de quedarme muda frente al mar.


XIII. Aplausos

El cielo está gris. Son las once de la mañana en Atlanta, y mi avión está a punto de salir. Muchos puertorriqueños: señal inequívoca del aplauso final. Voy a tratar de ser la primera en aplaudir. Hace poco leía el libro de ensayos de Eduardo Lalo “Los países invisibles” (bello libro) y allí encontré una explicación muy justa sobre ese gesto del aplauso. Parafraseándolo (y haciéndole grandes injusticias… esta pobre memoria mía) el aplauso está íntimamente ligado a la certeza de lejanía, y de invisibilidad. Vivimos en una isla, nuestras paredes son de agua que nos ahoga en una poética soledad. Salir del radio materno, es, en efecto, una hazaña titánica que debe ser aplaudida. El viaje que hacemos no es sólo espacial. Hay un profundo disloque, el suelo se agrieta debajo de nuestros pies, levantamos vuelo, atravesamos el mar. A ese sacudimiento total se le suma una efímera duda sobre el retorno. (Son tantos los que se han ido para no regresar más.) Salir de la isla es un acto de fe, regresar a ella es un triunfo inexplicable. El aplauso articula todo ese pequeño discurso, y algo más. Algo arcano que aún no puedo explicar. Es el triunfo del tránsito dentro de una geografía que no permite el movimiento, el fin temporal de lo estacionario, la bienvenida de los cuerpos elásticos. El flujo.

Luego de tres horas y media, aparece el azul. Distintos tonos: turquesas, marinos, terracotas. La costa se acerca y las palmas saludan, agitan sus pencas y me acuerdo del aplauso. No deja de asombrarme el pasiaje desde acá. La violencia de los colores. Creo que veo el primer flamboyán. Las ruedas tocan el suelo. Aplaudo. Aplaudimos. Un par de gringos se miran, atontados sin saber qué hacer. Una mujer grita de alegría, los niños saltan en sus sillas. Me encanta la alegría del viaje boricua. Es otra cosa, coño, otra cosa.


XIV. Ventanas

Mi cuerpo creyó haberse acostumbrado a la insistencia de la luz. Allá oscurece más tarde, mucho más. La hora de las preguntas, de las fotos desgastadas, de las voces imaginadas, tarda más en llegar. Su anuncio toma la forma de un grito cansado y retardado que quiebra mi deseo a paso de tortuga. Imperceptible, pero tenaz. Llego y la llegada se me muestra contundente. Y no es el calor, ni la humedad que estalla en mi cabeza y que va devorando cada hebra de mi pelo, sino el cielo. Una marca en el tiempo. Una grieta necesaria que orientará mis días aquí. Parece que anochece, parece que el día cerrara sus puertas, pero no. Es sólo el cielo agotado por sus muchos alumbramientos.

Mi madre toma la carretera número dos a Bayamón: la odiada por todos, bayamoneses y no bayamoneses. Ayer conocí a un tipo que me dijo que para él Bayamón era ese corillo de gente que no tuvo los cojones de llegar a San Juan. Me reí, pero sin ganas. Ya mi mamá comenzó a señalar cada flamboyán que, según ella, debe ser señalado. “Deja que llegues a casa… hay una sorpresa”, me dice. Creo saber de qué se trata, pero soy buena hija. No me adelanto. Señala la casa grande con la que siempre fantaseamos y que ahora está en venta. Siempre que veo esa casa me veo viviendo en ella con mi madre. De chica me veía correteando por el patio, trepada en ese árbol grande, punto culminante de su belleza. Ya de grande, me veía sentada en sus orillas, leyendo un libro, escribiendo en mi computadora. Memorias prestadas. Es curiosa esta nostalgia por una casa a la que nunca he entrado, una casa que nunca vamos a comprar, y en la que nunca viviremos. ¿Sabrá mi madre que ya nunca más viviré con ella? ¿Se percatará de que nuestro universo se ha quebrado, y de que esto es sólo una llegada a medias, una ilusión óptica del alma?

Me cuenta, me pone al día de los eventos de la familia, de mi futura sobrina que cargará con el nombre de Mar, de las locuras de mi hermano, de las hazañas de la perra. Me cuenta y lo hace con ese tono, con esa música que se inventan las mamás cuando quieren detener el tiempo, como si el tiempo fuera la sala de la casa, y te invitaran a pasar. Como si fuera un vestido al que se le abre el cierre y aparezco yo, la hija más chiquita que se fue, la que vuelve siempre, un poco casi sin volver. Atravieso la número dos, al lado de mi madre, debajo de un cielo violeta, naranja, azul. Enlilado, surcado por los cables, las ramas de los árboles, y los rayos de sol.

Estoy llegando a mi barrio y mi madre dice lo que siempre dice cada vez que nos acercamos a este punto. Es una frase muy mamística, muy Irigaray, algo así como que si ya siento el calor materno, porque me acerco al útero, al país feliz de la niñez, al ruido del colmado Pintado que está al lado de mi casa, al rumor del viento que en esta calle, ella insiste, suena diferente, particular. La imaginación familiar, diría Lezama. Apenas sonrío. Qusiera decir que no, que no siento el susodicho vientre, que mi memoria es mala, y no por sus equívocos, sino porque se ha llenado de maldades chiquitas. Pero de ti me acuerdo mami, a ti te quiero, a ti te reconozco detrás de los meses y de los días, y de la distancia que se estira como un gato entre las dos.

Llego y encuentro la sorpresa. Una alfombra roja forra el caminito que lleva a mi casa. El flamboyán, que por más de 15 años se había negado a cumplir su rol paridor, ha escupido miles de flores, allá, en el tope de su cresta. “Y si lo vieras hace un mes”, dice mi madre con una emoción que yo creo que es más para mí que para el flamboyán, pero que le sirve de catalizador. Me quito los zapatos en el carro, antes de bajarme. Me encanta caminar descalza aquí, en el territorio materno, como dice mi mamá. Es ése el vínculo más sagrado entre mi casa y yo. Mis pies desnudos acariciando la grama, la calle, las raíces del húcar que sigue creciendo, que sigue metiéndose por las ventanas: comienzo del mundo. Me paro delante de mi casa que se me abre como una ventana mal cerrada que no habla, que no grita, que no empuja. Pero que canta. Son otros sus fantasmas, son otras sus voces: formas elásticas: miradas que me miran desde un pasado tan cercano como distinto. No hay sombras aquí. Sólo árboles y ventanas.


XV. un país feliz

hoy lo vi. le apreté la barbilla,
le quité los lentes y le dije que lo
nuestro, lo de nosotros, lo de aquellos
días, cuando éramos sólo nosotros,
tomaba la forma de un país feliz.
y lo dije porque me gustaba la frase,
pero la palabra, las palabras son caminos,
son puentes que se rompen y que se vuelven
a unir, son presagios, historias de mentira
que aprenden a destilar su verdad, puñados
de saliba convertidos en universos.

así fue que lo dije y mientras salían las
palabras aquel país me invadía, y me hacía feliz.
y vi tu calle y era todo como una película en tonos
naranja, porque allí siempre era por la tarde, y
el sol siempre se ponía detrás de tu casa cuando tus
roomates se hacían los locos mientras nos espiaban.
y era todo de verdad: mis ganas de llorar, el deseo
de atrapar tu boca con la mía, y de decirte que te quise
mucho, y que hoy, ahora, te quiero como se quiere a
ese pasado acuoso de la niñez. así, como se debe querer a

un país feliz.

mi memoria se merienda aquellos besos
que me daba cada tarde, después de aquella clase.
antes de que se fuera, antes de que se nos acabara el mapa
y se nos perdieran los caminos de vuelta. no olvidamos,
no, pero se nos llenó la cabeza de nubarrones, y de sueños
prestados, y de partidas tan frecuentes, y cada vez más cojas.
y así fue como llegaron palabras nuevas, acentos nuevos,
lenguas nuevas. amores nuevos. tanto qué decirnos, tanto que
reirnos, pero la risa es una cascada húmeda, mojada por un
llanto que no viene, pero que se nos cuela un poquito por
cada carcajada, como una tímida lágrima que nos mira y
nos recrimina estos tres años que no hemos sido,
que no hemos estado.

hoy lo vi. en otra calle, con otro carro, con otro trabajo.
otros amigos. otras ex novias. hoy lo vi y mientras lo veía
era como si me mirara por dentro. a la de antes. el pelo largo
y despeinado, las camisitas cortas, mis sandalias de cuero.
me vi y me mordía la tarde, sus ojos eran dos navajas azules
y mi piel, un papel rayado.

hoy lo vi, y fue el día más veraniego de todo mi verano,
una alegría juvenil, medio inocente, medio perversa
iba abriendo mi piel, y yo, dejándome llenar por ese
venenito caliente, espeso, que me sabe a brisa y a salitre.
hoy lo besé como besaba antes, cuando no había nada más
que sus besos, y éramos todos un país feliz en donde siempre
era verano.


XVI. L.A. (entre paréntesis) y el acabose: fin de las Maquetas de sol

Verano, ya me voy. Y me dan pena
las manitas sumisas de tus tardes.
Llegas devotamente; llegas viejo;
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.
“Verano”, César Vallejo

Salí y vi detrás de mis hombros la figura cada vez más redonda de mi hermana. La niña vendrá en octubre. Me hubiera gustado que fuera en verano, pero no importa. El nombre la rescata, nos rescata a todos. Mar. Dejé a Mar y regresé a la ciudad sin mar, pero esta estadía sería breve. El destino final estaba más allá, en el Pacífico.

Ana del Mar y Mar frente al mar

No pude meterme al mar porque en Los Ángeles el agua siempre está fría, y porque yo no sé jugar con esa brisa que llega helada, y porque mis pies tilitan con sólo tocar la espuma. Todo es distinto, aunque todo se parece a algo que hemos visto siempre. Acá me encuentro por partes, pero me cuesta mucho ordenar mi cuerpo, mis pasos, mis mis palabras que cada vez son menos mías. Estoy como adormecida, y me voy llenando de fantasmas que no son los míos. Me gusta porque creo que me hago humo cada vez que veo salir el aire desde mi garganta, aquí, en donde los escondites son lugares públicos porque todos mis amigos tienen un permiso especial para fumar.

Matt y Dereck (Mr. Bones, debería decir) me muestran su identificación oficial para consumo de marihuana. Me dicen que es muy fácil, que llegas y le dices al doctor que trabajas de pie y que te duele la espalda, y que la yerba te alivia el dolor y te ayuda a dormir. Y listo. Te sacan una foto y te dan una tarjeta muy mona, con el borde verde y colores rastas. “Los miércoles son día de free J”, me dice Matt sonriente. Vamos a la clínica (no son hospitales, sino clínicas especializadas) porque es miércoles y Matt espera ansioso su porro gratis (es como la sorpresita de Mc Donalds) y vemos el menú (sí, como enAmsterdam, pero con buen clima todo el año), se decide por esa que aún no ha probado. Los dedos se pegan a ese pequeño nudo de verdes, lilas y naranjas. Es como fumarse un atardecer en miniatura. La maqueta del verano. Se la dan de inmediato en un potesito verde que dice en letras muy grandes: “for medical use only”.

Manhattan Beach (recuerdos de Baywatch)

Los Angeles es algo parecido al paraíso. Un poco por todas las películas de Hollywood, y por ese clima seco y frío que nunca es tan frío porque el sol siempre sale, y que nunca es tan seco porque el mar está ahí. Un poco también por Melrose que siempre está lleno de paparazzis (allí vi a Aaron Eckhart, el two face the Batman), y por todas esas chicas lindas que son meseras, que son empleadas, que son caminantes, que son modelos, que son ricas, que son pobres tratando de ser ricas. Parece que a todas les hubieran dicho que debían salir de Alabama, de Kansas, de Ohio, de Idaho, y de todos esos estados en donde ellas, seguramente, eran las reinas. Y ahora están por aquí, merodeando esta ciudad que es como un paréntesis lleno de graffiti, como una frase que siempre está a punto de decirse

Melrose, según los escribas de la calle

Me gustó la geografía que abusaba a cada rato de mi inexperiencia. Cada vez que creía que el mundo era plano, agarraba el carro y comenzaba a bajar, y a bajar como si fuera al mismo infierno hasta que llegaba a la playa y allí, sentada frente al mar, veía cómo a mis espaldas se levantaba el universo. Muchas casitas (casitas que son casotas) subiendo una escalera, como uin bizcocho de bodas a punto de caerse porque no me puedo sacar de la cabeza que aquí la tierra tiembla. El Pacífico es frío y un poco salvaje. Vi una foca, un delfín, y un pájaro muy grande herido, recostado en una piedra. Cuando salimos de Malibu, el pájaro ya había muerto y unos hombres intentaban levantarlo, antes de que atrayera a otros animales con malas intenciones, o que comenzara a expedir su olor a muerte. Recapitulé mi verano y no vi nada más que a ese pájaro anunciando su muerte lenta frente al mar. Me supe cursi y olvidadiza. Amnesia de agosto. Normal. Si me puse triste, no fue por el pájaro (algo de eso habría) sino por la certeza del regreso y el fin de los mares por otro par de meses, y por saber que una vez allá, olvidaría todo con esa obscena rapidez que exige el estudio. Por eso lo escribo. Y ya al escribirlo voy olvidándome de las caras, y de las cabecitas doradas, y de los puertos, y de su voz que me llegaba rota al otro lado del teléfono, y de la mano aquella que me tocó en El boricua, y de los poemas que le escribí, y de las canciones cristianas (de cuando íbamos a la iglesia) que cantamos frente al NewYorrican Café, y de la barriga de mi hermana que ya no volveré a ver, y de todas las mañanas en LA jugando ping pong, y del tren aquel que tomamos para ir al Getty, y de Manhattan beach, y de la piscina en donde hablé con Pablo que después supe que se llamaba Greg, y de la casa esa en la número dos que tanto le gusta a mi mamá. Se me desmorona el sol y se me derriten todas las maquetas.

Orilla Pacífica

Hoy regresé al apartamento y Eric me dijo que Greg ya no vivía aquí. Lo echaron porque no pagaba los “fees”.

Verano, te vas. Y me dan pena las manitas sumisas de tus tardes. Llegas devotamente; llegas viejo; y ya no encontrarás en mi alma a nadie.

Casi de noche, Los Angeles
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