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	<title>Derivas &#187; Maquetas de sol: escenas de verano</title>
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		<title>XVI. L.A. (entre paréntesis) y el acabose: fin de las Maquetas de sol</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Sep 2008 03:12:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Maquetas de sol: escenas de verano]]></category>

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		<description><![CDATA[Salí y vi detrás de mis hombros la figura cada vez más redonda de mi hermana. La niña vendrá en octubre. Me hubiera gustado que fuera en verano, pero no importa.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="epigrafe">Verano, ya me voy. Y me dan pena<br />
las manitas sumisas de tus tardes.<br />
Llegas devotamente; llegas viejo;<br />
y ya no encontrarás en mi alma a nadie.<br />
&#8220;Verano&#8221;, <span class="smallcaps">César Vallejo</span></div>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-1.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-720" title="la-1" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-1.jpg" alt="" width="344" height="253" /></a></p>
<p>Salí y vi detrás de mis hombros la figura cada vez más redonda de mi hermana. La niña vendrá en octubre. Me hubiera gustado que fuera en verano, pero no importa. El nombre la rescata, nos rescata a todos. Mar. Dejé a Mar y regresé a la ciudad sin mar, pero esta estadía sería breve. El destino final estaba más allá, en el Pacífico.</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-2.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-721" title="la-2" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-2.jpg" alt="" width="163" height="244" /></a></p>
<div class="nota-al-calce"><strong>Ana del Mar y Mar frente al mar</strong></div>
<p>No pude meterme al mar porque en Los Ángeles el agua siempre está fría, y porque yo no sé jugar con esa brisa que llega helada, y porque mis pies tilitan con sólo tocar la espuma. Todo es distinto, aunque todo se parece a algo que hemos visto siempre. Acá me encuentro por partes, pero me cuesta mucho ordenar mi cuerpo, mis pasos, mis mis palabras que cada vez son menos mías. Estoy como adormecida, y me voy llenando de fantasmas que no son los míos. Me gusta porque creo que me hago humo cada vez que veo salir el aire desde mi garganta, aquí, en donde los escondites son lugares públicos porque todos mis amigos tienen un permiso especial para fumar.</p>
<p>Matt y Dereck (Mr. Bones, debería decir) me muestran su identificación oficial para consumo de marihuana. Me dicen que es muy fácil, que llegas y le dices al doctor que trabajas de pie y que te duele la espalda, y que la yerba te alivia el dolor y te ayuda a dormir. Y listo. Te sacan una foto y te dan una tarjeta muy mona, con el borde verde y colores rastas. “Los miércoles son día de free J”, me dice Matt sonriente. Vamos a la clínica (no son hospitales, sino clínicas especializadas) porque es miércoles y Matt espera ansioso su porro gratis (es como la sorpresita de Mc Donalds) y vemos el menú (sí, como enAmsterdam, pero con buen clima todo el año), se decide por esa que aún no ha probado. Los dedos se pegan a ese pequeño nudo de verdes, lilas y naranjas. Es como fumarse un atardecer en miniatura. La maqueta del verano. Se la dan de inmediato en un potesito verde que dice en letras muy grandes: “<span class="smallcaps">for medical use only</span>”.</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-3.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-722" title="la-3" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-3.jpg" alt="" width="362" height="262" /></a></p>
<div class="nota-al-calce"><strong>Manhattan Beach (recuerdos de Baywatch)</strong></div>
<p>Los Angeles es algo parecido al paraíso. Un poco por todas las películas de Hollywood, y por ese clima seco y frío que nunca es tan frío porque el sol siempre sale, y que nunca es tan seco porque el mar está ahí. Un poco también por Melrose que siempre está lleno de paparazzis (allí vi a Aaron Eckhart, el two face the Batman), y por todas esas chicas lindas que son meseras, que son empleadas, que son caminantes, que son modelos, que son ricas, que son pobres tratando de ser ricas. Parece que a todas les hubieran dicho que debían salir de Alabama, de Kansas, de Ohio, de Idaho, y de todos esos estados en donde ellas, seguramente, eran las reinas. Y ahora están por aquí, merodeando esta ciudad que es como un paréntesis lleno de graffiti, como una frase que siempre está a punto de decirse</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-4.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-723" title="la-4" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-4.jpg" alt="" width="403" height="288" /></a></p>
<div class="nota-al-calce"><strong>Melrose, según los escribas de la calle</strong></div>
<p>Me gustó la geografía que abusaba a cada rato de mi inexperiencia. Cada vez que creía que el mundo era plano, agarraba el carro y comenzaba a bajar, y a bajar como si fuera al mismo infierno hasta que llegaba a la playa y allí, sentada frente al mar, veía cómo a mis espaldas se levantaba el universo. Muchas casitas (casitas que son casotas) subiendo una escalera, como uin bizcocho de bodas a punto de caerse porque no me puedo sacar de la cabeza que aquí la tierra tiembla. El Pacífico es frío y un poco salvaje. Vi una foca, un delfín, y un pájaro muy grande herido, recostado en una piedra. Cuando salimos de Malibu, el pájaro ya había muerto y unos hombres intentaban levantarlo, antes de que atrayera a otros animales con malas intenciones, o que comenzara a expedir su olor a muerte. Recapitulé mi verano y no vi nada más que a ese pájaro anunciando su muerte lenta frente al mar. Me supe cursi y olvidadiza. Amnesia de agosto. Normal. Si me puse triste, no fue por el pájaro (algo de eso habría) sino por la certeza del regreso y el fin de los mares por otro par de meses, y por saber que una vez allá, olvidaría todo con esa obscena rapidez que exige el estudio. Por eso lo escribo. Y ya al escribirlo voy olvidándome de las caras, y de las cabecitas doradas, y de los puertos, y de su voz que me llegaba rota al otro lado del teléfono, y de la mano aquella que me tocó en El boricua, y de los poemas que le escribí, y de las canciones cristianas (de cuando íbamos a la iglesia) que cantamos frente al NewYorrican Café, y de la barriga de mi hermana que ya no volveré a ver, y de todas las mañanas en LA jugando ping pong, y del tren aquel que tomamos para ir al Getty, y de Manhattan beach, y de la piscina en donde hablé con Pablo que después supe que se llamaba Greg, y de la casa esa en la número dos que tanto le gusta a mi mamá. Se me desmorona el sol y se me derriten todas las maquetas.</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-5.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-724" title="la-5" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-5.jpg" alt="" width="385" height="280" /></a></p>
<div class="nota-al-calce"><strong>Orilla Pacífica</strong></div>
<p>Hoy regresé al apartamento y Eric me dijo que Greg ya no vivía aquí. Lo echaron porque no pagaba los “fees”.</p>
<p>Verano, te vas. Y me dan pena las manitas sumisas de tus tardes. Llegas devotamente; llegas viejo; y ya no encontrarás en mi alma a nadie.</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-61.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-726" title="la-61" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/09/la-61.jpg" alt="" width="433" height="325" /></a></p>
<div class="nota-al-calce"><strong>Casi de noche, Los Angeles</strong></div>
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		<title>XV. un país feliz</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Aug 2008 00:00:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Maquetas de sol: escenas de verano]]></category>

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		<description><![CDATA[hoy lo vi. le apreté la barbilla,
le quité los lentes y le dije que lo
nuestro, lo de nosotros, lo de aquellos
días, cuando éramos sólo nosotros,
tomaba la forma de un país feliz.
y lo dije porque me gustaba la frase,
pero la palabra, las palabras son caminos,
son puentes que se rompen y que se vuelven
a unir, son presagios, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>hoy lo vi. le apreté la barbilla,<br />
le quité los lentes y le dije que lo<br />
nuestro, lo de nosotros, lo de aquellos<br />
días, cuando éramos sólo nosotros,<br />
tomaba la forma de un país feliz.<br />
y lo dije porque me gustaba la frase,<br />
pero la palabra, las palabras son caminos,<br />
son puentes que se rompen y que se vuelven<br />
a unir, son presagios, historias de mentira<br />
que aprenden a destilar su verdad, puñados<br />
de saliba convertidos en universos.</p>
<p>así fue que lo dije y mientras salían las<br />
palabras aquel país me invadía, y me hacía feliz.<br />
y vi tu calle y era todo como una película en tonos<br />
naranja, porque allí siempre era por la tarde, y<br />
el sol siempre se ponía detrás de tu casa cuando tus<br />
roomates se hacían los locos mientras nos espiaban.<br />
y era todo de verdad: mis ganas de llorar, el deseo<br />
de atrapar tu boca con la mía, y de decirte que te quise<br />
mucho, y que hoy, ahora, te quiero como se quiere a<br />
ese pasado acuoso de la niñez. así, como se debe querer a</p>
<p>un país feliz.</p>
<p>mi memoria se merienda aquellos besos<br />
que me daba cada tarde, después de aquella clase.<br />
antes de que se fuera, antes de que se nos acabara el mapa<br />
y se nos perdieran los caminos de vuelta. no olvidamos,<br />
no, pero se nos llenó la cabeza de nubarrones, y de sueños<br />
prestados, y de partidas tan frecuentes, y cada vez más cojas.<br />
y así fue como llegaron palabras nuevas, acentos nuevos,<br />
lenguas nuevas. amores nuevos. tanto qué decirnos, tanto que<br />
reirnos, pero la risa es una cascada húmeda, mojada por un<br />
llanto que no viene, pero que se nos cuela un poquito por<br />
cada carcajada, como una tímida lágrima que nos mira y<br />
nos recrimina estos tres años que no hemos sido,<br />
que no hemos estado.</p>
<p>hoy lo vi. en otra calle, con otro carro, con otro trabajo.<br />
otros amigos. otras ex novias. hoy lo vi y mientras lo veía<br />
era como si me mirara por dentro. a la de antes. el pelo largo<br />
y despeinado, las camisitas cortas, mis sandalias de cuero.<br />
me vi y me mordía la tarde, sus ojos eran dos navajas azules<br />
y mi piel, un papel rayado.</p>
<p>hoy lo vi, y fue el día más veraniego de todo mi verano,<br />
una alegría juvenil, medio inocente, medio perversa<br />
iba abriendo mi piel, y yo, dejándome llenar por ese<br />
venenito caliente, espeso, que me sabe a brisa y a salitre.<br />
hoy lo besé como besaba antes, cuando no había nada más<br />
que sus besos, y éramos todos un país feliz en donde siempre<br />
era verano.</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/paisfeliz.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-695" title="paisfeliz" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/paisfeliz.jpg" alt="" width="385" height="289" /></a></p>
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		<title>XIV. Ventanas</title>
		<link>http://www.derivas.net/xiv-ventanas/</link>
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		<pubDate>Wed, 13 Aug 2008 00:00:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Maquetas de sol: escenas de verano]]></category>

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		<description><![CDATA[Mi cuerpo creyó haberse acostumbrado a la insistencia de la luz. Allá oscurece más tarde, mucho más. La hora de las preguntas, de las fotos desgastadas, de las voces imaginadas, tarda más en llegar. Su anuncio toma la forma de un grito cansado y retardado que quiebra mi deseo a paso de tortuga. Imperceptible, pero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/ventanas.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-693" title="ventanas" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/ventanas.jpg" alt="" /></a>Mi cuerpo creyó haberse acostumbrado a la insistencia de la luz. Allá oscurece más tarde, mucho más. La hora de las preguntas, de las fotos desgastadas, de las voces imaginadas, tarda más en llegar. Su anuncio toma la forma de un grito cansado y retardado que quiebra mi deseo a paso de tortuga. Imperceptible, pero tenaz. Llego y la llegada se me muestra contundente. Y no es el calor, ni la humedad que estalla en mi cabeza y que va devorando cada hebra de mi pelo, sino el cielo. Una marca en el tiempo. Una grieta necesaria que orientará mis días aquí. Parece que anochece, parece que el día cerrara sus puertas, pero no. Es sólo el cielo agotado por sus muchos alumbramientos.</p>
<p>Mi madre toma la carretera número dos a Bayamón: la odiada por todos, bayamoneses y no bayamoneses. Ayer conocí a un tipo que me dijo que para él Bayamón era ese corillo de gente que no tuvo los cojones de llegar a San Juan. Me reí, pero sin ganas. Ya mi mamá comenzó a señalar cada flamboyán que, según ella, debe ser señalado. “Deja que llegues a casa… hay una sorpresa”, me dice. Creo saber de qué se trata, pero soy buena hija. No me adelanto. Señala la casa grande con la que siempre fantaseamos y que ahora está en venta. Siempre que veo esa casa me veo viviendo en ella con mi madre. De chica me veía correteando por el patio, trepada en ese árbol grande, punto culminante de su belleza. Ya de grande, me veía sentada en sus orillas, leyendo un libro, escribiendo en mi computadora. Memorias prestadas. Es curiosa esta nostalgia por una casa a la que nunca he entrado, una casa que nunca vamos a comprar, y en la que nunca viviremos. ¿Sabrá mi madre que ya nunca más viviré con ella? ¿Se percatará de que nuestro universo se ha quebrado, y de que esto es sólo una llegada a medias, una ilusión óptica del alma?</p>
<p>Me cuenta, me pone al día de los eventos de la familia, de mi futura sobrina que cargará con el nombre de Mar, de las locuras de mi hermano, de las hazañas de la perra. Me cuenta y lo hace con ese tono, con esa música que se inventan las mamás cuando quieren detener el tiempo, como si el tiempo fuera la sala de la casa, y te invitaran a pasar. Como si fuera un vestido al que se le abre el cierre y aparezco yo, la hija más chiquita que se fue, la que vuelve siempre, un poco casi sin volver.  Atravieso la número dos, al lado de mi madre, debajo de un cielo violeta, naranja, azul. Enlilado, surcado por los cables, las ramas de los árboles, y los rayos de sol.</p>
<p>Estoy llegando a mi barrio y mi madre dice lo que siempre dice cada vez que nos acercamos a este punto. Es una frase muy mamística, muy Irigaray, algo así como que si ya siento el calor materno, porque me acerco al útero, al país feliz de la niñez, al ruido del colmado Pintado que está al lado de mi casa, al rumor del viento que en esta calle, ella insiste, suena diferente, particular. La imaginación familiar, diría Lezama. Apenas sonrío. Qusiera decir que no, que no siento el susodicho vientre, que mi memoria es mala, y no por sus equívocos, sino porque se ha llenado de maldades chiquitas. Pero de ti me acuerdo mami, a ti te quiero, a ti te reconozco detrás de los meses y de los días, y de la distancia que se estira como un gato entre las dos.</p>
<p>Llego y encuentro la sorpresa. Una alfombra roja forra el caminito que lleva a mi casa. El flamboyán, que por más de 15 años se había negado a cumplir su rol paridor, ha escupido miles de flores, allá, en el tope de su cresta. “Y si lo vieras hace un mes”, dice mi madre con una emoción que yo creo que es más para mí que para el flamboyán, pero que le sirve de catalizador. Me quito los zapatos en el carro, antes de bajarme. Me encanta caminar descalza aquí, en el territorio materno, como dice mi mamá. Es ése el vínculo más sagrado entre mi casa y yo. Mis pies desnudos acariciando la grama, la calle, las raíces del húcar que sigue creciendo, que sigue metiéndose por las ventanas: comienzo del mundo. Me paro delante de mi casa que se me abre como una ventana mal cerrada que no habla, que no grita, que no empuja. Pero que canta. Son otros sus fantasmas, son otras sus voces: formas elásticas: miradas que me miran desde un pasado tan cercano como distinto. No hay sombras aquí. Sólo árboles y ventanas.</p>
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		<title>XIII. Aplausos</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Aug 2008 00:00:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El cielo está gris. Son las once de la mañana en Atlanta, y mi avión está a punto de salir. Muchos puertorriqueños: señal inequívoca del aplauso final. Voy a tratar de ser la primera en aplaudir. Hace poco leía el libro de ensayos de Eduardo Lalo &#8220;Los países invisibles”  (bello libro) y allí encontré [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/aplausos.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-691 alignleft" style="float: left;" title="aplausos" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/aplausos.jpg" alt="" width="300" height="191" /></a>El cielo está gris. Son las once de la mañana en Atlanta, y mi avión está a punto de salir. Muchos puertorriqueños: señal inequívoca del aplauso final. Voy a tratar de ser la primera en aplaudir. Hace poco leía el libro de ensayos de Eduardo Lalo &#8220;Los países invisibles”  (bello libro) y allí encontré una explicación muy justa sobre ese gesto del aplauso. Parafraseándolo (y haciéndole grandes injusticias… esta pobre memoria mía) el aplauso está íntimamente ligado a la certeza de lejanía, y de invisibilidad. Vivimos en una isla, nuestras paredes son de agua que nos ahoga en una poética soledad. Salir del radio materno, es, en efecto, una hazaña titánica que debe ser aplaudida. El viaje que hacemos no es sólo espacial. Hay un profundo disloque, el suelo se agrieta debajo de nuestros pies, levantamos vuelo, atravesamos el mar. A ese sacudimiento total se le suma una efímera duda sobre el retorno. (Son tantos los que se han ido para no regresar más.) Salir de la isla es un acto de fe, regresar a ella es un triunfo inexplicable. El aplauso articula todo ese pequeño discurso, y algo más. Algo arcano que aún no puedo explicar. Es el triunfo del tránsito dentro de una geografía que no permite el movimiento, el fin temporal de lo estacionario, la bienvenida de los cuerpos elásticos. El flujo.</p>
<p>Luego de tres horas y media, aparece el azul. Distintos tonos: turquesas, marinos, terracotas. La costa se acerca y las palmas saludan, agitan sus pencas y me acuerdo del aplauso. No deja de asombrarme el pasiaje desde acá. La violencia de los colores. Creo que veo el primer flamboyán. Las ruedas tocan el suelo. Aplaudo. Aplaudimos. Un par de gringos se miran, atontados sin saber qué hacer. Una mujer grita de alegría, los niños saltan en sus sillas. Me encanta la alegría del viaje boricua. Es otra cosa, coño, otra cosa.</p>
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		<title>XII. Adiós</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Aug 2008 00:00:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es mi último día en Atlanta. Se cierra la mitad del verano, un junio preñado de luz y de calor, y de pájaros que seguirán cantando en mi ventana, que ya no será más mía, sino de él. Este junio será uno de esos afiches que se pegan a la piel. Otro verano calcomanía que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/adios.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-637" title="adios" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/adios.jpg" alt="" width="238" height="153" /></a>Es mi último día en Atlanta. Se cierra la mitad del verano, un junio preñado de luz y de calor, y de pájaros que seguirán cantando en mi ventana, que ya no será más mía, sino de él. Este junio será uno de esos afiches que se pegan a la piel. Otro verano calcomanía que narraré y que desfiguraré en virtud de esta memoria coja. Escribir es pactar con lo venidero, es como una memoria futura, un cordón umbilical.</p>
<p>No tengo ganas de escribir, sólo quiero sentarme en mi asiento (con ventana) allá, encaramada en las nubes. Y ver el mar. Me sigue emocionando la llegada, aunque sé que todo será más o menos igual.</p>
<p>Lo dejo con todos sus libros, con toda la ansiedad de ese examen que está por llegar, con sus cinco tazas de café al día. Dejo los paseos por downtown, el guante y la bola, ese sol que tanto tarda en apagarse. Dejo el humo y la piscina.</p>
<p>Ayer pensaba en los flamboyanes. Siempre me acuerdo cuando estoy a punto de llegar. No soporto los cuadros con flamboyanes, pero me encanta pararme debajo de sus ramas, ver sus flores al revés. Sigue siendo raro regresar porque sé que me iré otra vez, y hay algo en mí que tiende a lo turístico. Además me compré una cámara (color flamboyán). Sé que tomaré fotos del cielo y del tapón, sé que retrataré por lo menos un flamboyán, el gigantesco húcar de mi casa, cuyas raíces han levantado parte de la tubería, y cuyas ramas han comenzado a meterse por las ventanas y que mi madre se niega a podar.</p>
<p>Tengo ganas también de abrazar a mi perra, Habana, y de quedarme muda frente al mar.</p>
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		<title>X. Bautismo</title>
		<link>http://www.derivas.net/x-bautismo/</link>
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		<pubDate>Sat, 19 Jul 2008 00:00:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hoy desperté más vieja. Notablemente más vieja. Como si el sueño hubiera durado años. Mi cuerpo pelea con un entumecimiento que no sabe si es real, o es sólo producto de mi imaginación. Me sugestiono fácilmente. Creo que voy a tener un día de esos en los que los pies se mueven pesados, las ideas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy desperté más vieja. Notablemente más vieja. Como si el sueño hubiera durado años. Mi cuerpo pelea con un entumecimiento que no sabe si es real, o es sólo producto de mi imaginación. Me sugestiono fácilmente. Creo que voy a tener un día de esos en los que los pies se mueven pesados, las ideas llegan lentas y aburridas, y la comida no sabe a nada. Estoy vieja. He envejecido de la noche a la mañana. Voy a la sala y lo veo a él, tan joven, tan hermoso, tan lleno de planes, de notitas pequeñas en donde escribe lo que se le ocurre a partir de sus lecturas, con su taza de café rebosante, su pelo de comercial para shampoo. Todo en él es joven, su mirada parece nueva, como desprovista de toda la tristeza que vamos acumulando, vacío de malas noticias, malas noches, maldeamores. Eso me pasa por andar con hombres más jóvenes. Aunque la diferencia sea poca, hay algo que se anuncia, un anticipo de mi vejez que se licua en ciertos momentos. Se lo digo: “Me siento vieja”. Que no, que estoy loca, que soy una niña, que tengo cara de adolescente, que me duche, que desayune, que se me va a pasar. “Debe ser que soñaste algo.” Obedezco. Pienso en los bautismos, en el significado de renacer, de ir a las aguas y salir como un niño. Me crié en una familia protestante, pero cool. No digo que sea un oxímoron, pero a veces los protestantes se pasan. Mi madre siempre ha llevado la religión a su modo, muy independiente, muy libre, muy problemática para sus hermanos en la fe.</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/bautismo.jpg"><img class="alignright size-full wp-image-639" title="bautismo" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/bautismo.jpg" alt="" width="313" height="243" /></a>Me bauticé cuando tenía doce años. Podría decir “me bautizaron”, pero si de algo se jacta la iglesia protestante es de que, a diferencia de los católicos, nosotros nos bautizamos cuando entendemos el significado de “bajar a las aguas”. Claro que a los doce años no es mucho lo que se entiende, pero al menos queda el recuerdo. Mi cuerpo flaquísimo descendiendo a esa piscina, delante de mi congregación, las voces de todos cantando una canción que me gustaba mucho mientras un montón de adolescentes y de adultos aceptan la fe, el frío, el miedo a que se transparenten mis pequeñas formas porque la bata era muy finita y blanca, el pelo mojado, la vergüenza de andar chorreando agua por toda la iglesia.</p>
<p>No le digo nada a Eric, pero me hago la idea de bautizarme secretamente en la piscina. Será mi rito, un rito pequeño que quizá le ponga un poco de orden a este día ingrato.</p>
<p>Llego a la piscina (siempre estoy llegando a la piscina) y veo a Pablo, mi vecino alcohólico. No sé por qué, pero prefiero llamarlo borracho. Debe ser porque siempre está de buen humor y la palabra alcohólico me suena demasiado a enfermedad. Y a tristeza. Su cuerpo, en eterna caída, no es el cuerpo de un hombre derrotado, sino más bien el cuerpo de un chico que disfruta de su primera borrachera. No sé cómo lo hace, pero hay algo en Pablo que no envejece. Cierta levedad debajo de sus pies, una gracia que no tiene que ver sólo con su cuerpo.</p>
<p>Pablo tiene el pelo gris, un bigote ancho y un águila en el brazo. Conozco a Pablo de vista, nos saludamos, nos reconocemos pero nunca hablamos. Nunca, hasta hoy. Cuando llegué a la piscina lo vi debajo de un árbol, tomándose una cerveza. Me vio llegar y no tardó en saludarme. Creo que se cohíbe cuando me ve con Eric. Eso, o la jodía costumbre de los gringos de saludar al hombre antes que a la mujer, como pidiendo permiso para mirarla y soltar un simple “Hi”. Hablamos casi por dos horas, aunque yo trataba de leer un libro. Así fue que supe su nombre real. Sí, Pablo era un nombre ficticio, era mi personaje y yo sentía que ese nombre le iba bien, aunque fuera un gringo súper gringo con un águila alzando vuelo en su brazo. Pablo, desde hoy, se llama Greg. Ni siquiera sé cómo escribirlo, ni siquiera sé si es ése en verdad su nombre. Al igual que el de los niños, el inglés de los borrachos suele ser muy difícil. Estira algunas palabras y se traga otras, suprime algunas sílabas importantísimas para los que no somos nativos, y ese bigote cubriéndole parcialmente el labio… en fin, creo que se hace llamar Greg. Sentí que se me rompía una historia que me había hecho en la cabeza, me dieron ganas de decirle que yo quería que se llamara Pablo, pero desistí. Descubro que me encanta su acento, muy sureño. Habla como si cantara, con una cadencia que me dificulta la conversación pero que me adormece. Me gusta. “Nice to meet you, finally. I’m Margarita”, le digo. “Margarita? <em>Like the drink</em>? Awesome!”, contesta eufórico Greg. Claro, creo que tengo un nombre bonito para los bebedores. Además, desde que me mudé a Atlanta dejé de significar “flor” para convertirme en un trago que ni me gusta, aunque le he cogido el gusto porque a veces –dependiendo de cuán cool sea el bartender– si muestro mi identificación me regalan un margarita. Hablamos de Puerto Rico, pero tengo la impresión de que lo confundía con Costa Rica, de pájaros (tema que Greg domina con mucha precisión) y de la vida universitaria. Me confesó que sus días de bachillerato fueron los más felices de su vida, pero que nunca pudo terminar porque le encantaban las fiestas: “Party, party, party, you know what I mean, too much freedom, too much beer,  too much s…” En fin, too much de todo. Su papá le dijo que si lo que quería era ir a fiestas y beber, se consiguiera un trabajo, y él decidió enrolarse en el ejército. Al llegar a esa parte, Greg ya no dijo más. Sólo me dijo que había peleado en Vietnam y se agarró el brazo, como tratando de proteger su águila a punto de volar.</p>
<p>Me dijo que iría a buscar otra cerveza y que traería una para mí. Salió con la cabeza baja, y noté que ahora sí arrastraba los pies. Una súbita vejez subió a la superficie de sus pupilas, llenándolas de tiempo. Ahora que lo veo bien, sus ojos son parecidos a los de Eric. Un verde triste, teñido de humos, de las cenizas de algún volcán lejano. Yo aproveché para meterme al agua. Se me había olvidado el bautismo, ya no importaba. La plática con Greg (la muerte de Pablo) me había rejuvenecido. A su regreso mi nuevo amigo trajo una toalla, dos cervezas, un libro de arte (para no molestarme mientras yo leía) y un florerito improvisado con unas flores blancas que había cortado por ahí. Eran para mí. Me sentí cortejada medio a la antigua por primera vez en mucho tiempo. Puso las flores en una mesita, para crear ambiente, según él. Abandonamos la conversación, yo seguí leyendo mi libro y él se puso a mirar el suyo. Minutos después vi que dormía. Así dormido lo podía ver mejor: su piel llena de sol, su brazo tatuado, la tinta desgastada del tatuaje va tomando un matiz verde parecido al musgo. Sus manos son grandes. En algún momento había trabajado con sus manos, aunque no entendí muy bien en qué, creo que reparaba equipos técnicos. Ahora Greg no trabaja. Su verano es eterno, pero está solo. Tiene un hijo adolescente que vive con su madre y que no ve hace más de cuatro años. Tomo mis cosas y salgo de allí. Eric me espera para almorzar. Greg duerme, no siente el sol que sigue devorando su águila, no siente mi partida. Lo miro otra vez. No sé si es un joven avejentado, o un viejo muy joven. Me cae bien Greg. Me prometió que algún día (no muy lejano) nos tomaríamos un par de margaritas. No sé si se vaya a acordar. Creo que Eric no está invitado.</p>
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		<title>IX. El terremoto de las nueve</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Jul 2008 00:00:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los días son largos. El sol tarda mucho en derretirse sobre la punta de ese edificio que tanto me gusta, y que veo desde lejos como una señal divina. Hay una hora del día que Camila bautizó como la hora azul. Es cierto que la luz cambia, y en invierno, entre las 5 y las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignnone size-full wp-image-600 alignright" style="float: right;" title="Casi amor" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/07/casiamor.png" alt="" width="300" height="135" />Los días son largos. El sol tarda mucho en derretirse sobre la punta de ese edificio que tanto me gusta, y que veo desde lejos como una señal divina. Hay una hora del día que Camila bautizó como la hora azul. Es cierto que la luz cambia, y en invierno, entre las 5 y las 6 de la tarde, Atlanta es azul. Pero la hora azul ya no lo es más. El verano trastorna el color, y las horas. En junio la hora azul es más bien rosada, y aparece en todo su esplendor entre las 8 y las 9 de la noche. Es en esa hora del día que regresan los fantasmas. Es que el día se pone autoreflexivo. Se enrosca como un animalito en medio de una noche fría. Es a esa hora cuando la gente saca a pasear a los perros, la hora en la que Eric busca el guante y la bola, y me pregunta “You wanna play?” porque el sol ha bajado, aunque el calor siga siendo insoportable.</p>
<p>Es a esa hora cuando mi garganta se hace polvo y el pecho me revienta y me dan ganas de llorar, pero no lloro. Y creo que me rebelo contra el día, contra todos los días, contra el cielo que ha cambiado de color otra vez y me anuncia una vejez que desconozco, pero que insiste en comulgar conmigo. Los hombros me pesan, el cuerpo se me cae un poco, la humedad hace crecer malas yerbas debajo de mi piel. Y entonces es el odio. Casi grito, casi me derrumbo, casi acabo con esta estadía que me araña la espalda cada vez que me volteo. Es el terremoto de las 9 de la noche. El techo de la ciudad se agita, miles de flechas caen sobre mí: es su risa que se ríe en otro país, son sus pasos que van trazando rutas tan lejos de mí, son sus ojos descubriendo tantos paisajes en los que no estoy, es su boca que quizá se desliza suave, por otro cuerpo, tan distinto, o tal vez tan parecido al mío. Hay una hora del día en la que se me acaban las ganas. Y se me resecan un poco las entrañas.</p>
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		<title>VIII. Who’s mom is that?</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jul 2008 00:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hoy no hay tanta luz. El cielo no está insoportablemente azul. La monotonía del paisaje se ha roto. Todo es distinto, excepto el calor que no cede, y se pega más que de costumbre. Hacía tiempo que no veía esta luz tan triste y mustia. Tan leal. La piscina pierde el brillo, ya no se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy no hay tanta luz. El cielo no está insoportablemente azul. La monotonía del paisaje se ha roto. Todo es distinto, excepto el calor que no cede, y se pega más que de costumbre. Hacía tiempo que no veía esta luz tan triste y mustia. Tan leal. La piscina pierde el brillo, ya no se pueden ver las culebrillas blancas que se dibujan en la piel del agua. Me gusta así. Sólo estamos yo, y mi libro del jorobado duque de Bomarzo.</p>
<p>Veo que viene una mujer con una niñita. La pequeña me mira, luego mira a su madre y le pregunta: “¿De quién es mamá ella?” Me tardo un poco en comprender, el inglés de los niños es el más difícil. La madre me mira y sonríe. La niña insiste, y su madre me repite la pregunta para que su niña quede satisfecha. Miro a la niñita y le digo que no, que lo siento, que todavía no soy la madre de nadie.</p>
<p>Mis acercamientos con los niños son siempre accidentados, y, de alguna manera, locos. Loquísimos. Me vuelan la cabeza con sus preguntas, me devuelven inmediatamente a la niña que fui, y que no he dejado de ser. No del todo. Veo a ésta, con su cabecita llena de rizos amarillos, mirando a su mamá, pensando que todas las mujeres que no son niñas son, o deben ser, mamás. Dos pies de alto cuestionando y recordándome mi adultez, poniendo en evidencia lo lejos que estoy de ser una niñita como ella.</p>
<p>Hace algún tiempo que vengo soñando con una niña. Creo que la espero, como un presagio, como una ruta definitiva. Entonces creo que me engaño. La niña que veo en mis sueños soy yo, hace 22 años, como la de esa foto que guardo en mi wallet. Y me aturde esta niña que me sabe a futuro pero que se me confunde con el pasado. No sé si avanzo, si retrocedo, o si se trata sólo de un reencuentro. No busco mi prolongación, no preciso de una nueva criatura que me afirme en esta tierra. Sólo pido un poco de tiempo para reconocerme desde la distancia, desde el tiempo que no vuelve. Sólo quiero verme, así, pequeña, mínima, en una mínima silla, con una mínima camisa roja. Mirando al lente feliz.</p>
<p>La joven madre se ha quitado la camisa. ¿Dije que era hermosa? Es hermosísima y muy joven. Lleva un bikini negro y puedo verle un tatuaje asomado desde allí, desde ese lugar que no es pero que podría ser. Está tratando de enseñarle a nadar a su hija, pero la niña está más entretenida jugando con las burbujas que salen del filtro de la piscina. La madre le habla de Buda y señala el cielo. Confuso. Creo entender que no se trata sólo de una lección de nado, sino de un adoctrinamiento formal. ¿Le hablaré yo de Dios a mi hija? Hace mucho tiempo que no hablo de Dios.</p>
<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/06/whosmom.png"><img class="alignnone size-full wp-image-547 alignright" style="float: right;" title="whosmom" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/06/whosmom.png" alt="" width="272" height="266" /></a>El cielo ya no aguanta el peso de las nubes. Ahora se suma el ruido del trueno y el canto de los cuervos que han llegado a esconderse entre los árboles que rodean la piscina. La niña se asusta y le pregunta a la madre por ese sonido. ¿Le dirá que Buda está enojado? La mujer se viste rápidamente, con cierto miedo. Aquí todo el mundo le teme a la lluvia y al trueno. Comienza a llover, quedamente. Creo que me muero, creo que por unos segundos soy inconmensurablemente feliz.</p>
<p>Cierro los ojos. Quiero soñar con una niña.</p>
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		<title>VII. Tedio</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Jul 2008 00:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Nada que hacer. Miro desde lejos la ventana de la sala. El mismo árbol que insiste en meterse a mi casa, las mismas ardillas columpiándose de sus ramas, el mismo cuerpo encorvado por la disciplina del estudio frente al escritorio. Me consume el calor y este bulto de piedras en el que se ha convertido [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/ventanas1.jpg"><img class="alignnone size-full wp-image-696 alignleft" style="float: left;" title="ventanas1" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/08/ventanas1.jpg" alt="" width="346" height="233" /></a>Nada que hacer. Miro desde lejos la ventana de la sala. El mismo árbol que insiste en meterse a mi casa, las mismas ardillas columpiándose de sus ramas, el mismo cuerpo encorvado por la disciplina del estudio frente al escritorio. Me consume el calor y este bulto de piedras en el que se ha convertido el tiempo que no quiere pasar. El estancamiento es general, llevo tres días en la misma página, de mis libros y de mi vida. Lo único que me salva de la modorra son las piruetas del humo, los círculos cada vez más perfectos que se dibujan sobre mi nariz. Me he hecho una experta enrolando en estos días. Tengo ganas de acostarme con alguien que no sea él. Un cuerpo podría rescatarme un poco de este precipicio por el que me caigo cada vez que el tedio se me mete dentro de la piel y me reviste de insectos, y las musas no se asoman porque sólo llegan los fantasmas que, reacios e iracundos, no se dejan atrapar por mis relatos. Y mis ojos se cansan de seguirle la ruta a las palabras. Soy un pedazo de carne tecleando maldades. De vez en cuando me lanza una mirada, sonríe pero no del todo, es una sonrisa que pide permiso para sonreír más. Le doy permiso con sólo mojar mis labios un poco con la punta de mi lengua, y levantar las cejas. Sonríe, intuye que soy suya y que, al menos en este instante, confirmo un pacto secreto que olvido fácilmente.</p>
<p>Son las 4:51 de la tarde, pero no importa. Ni hoy, ni tampoco por los próximos tres meses. Ya he dicho que el tiempo no pasa, es sólo un manto blanco que se llena de luces y de fuegos, y de su voz que ahora canta una canción improvisada sobre pájaros que se convierten en monos y brincan sobre ramas. Monkey birds have to sing and swing all night. They have no friends. Podría matarlo con mis manos ahora mismo, ahora que trato de enderezar el día por medio de mis palabras, ahora que casi logro sujetarme del tedio y decir algo más, ahora que este pájaro estúpido que canta dentro mí quiere hablar, tú, maldito insensato, comienzas a cantar. Estoy a punto de perder el control cuando se calla. Porque lo he matado, aunque no con mis manos. Una mirada ha bastado para taladrar un poco su conciencia y dejarle saber que no soy tan de él. Al menos no con esa devoción que admite cualquier tontería, en cualquier momento. Lo miro y sabe que no me posee,  dejo que cuente los segundos en los que me alejo y me lleno de una niebla que lo hunde. Ningún puente que cruzar. Tiene miedo. Sabe que cuando lo deje será bajo este mismo formato, una cosilla que se desata en un día malo, de esos a prueba del tiempo. Y sabe que será en verano.</p>
<p>Una brisa entra por la ventana, escurriéndose por las hojas del árbol que casi me pertenece. Una brisa fría, como de mar. Me calmo y vuelvo a él. Le digo que me perdone por haberlo mirado así, le explico que intento escribir algo. “Your novel”, responde. Le digo que no es una novela, que es un libro de ensayos, o algo así, ensayos, relatos. Sólo le digo que es algo messy, y que cante, que siga cantando su canción de los monos y de los pájaros. Sonríe y me dice que no ha dejado de cantar, que canta por dentro, que está escribiendo un musical. Pienso que este tipo con el que vivo está más loco que yo, mucho más, y tiemblo de sólo pensar las cosas que escribirá en su diario, cuando es él quien se aleja y me mira, levanta una ceja y me da permiso para sonreír. Cuando son sus ojos grises los que se llenan de más gris, y me miran desde el olimpo. Desaparezco por un instante y regreso. Lo veo lavando los platos y cantando en silencio, puedo ver su diafragma contraerse, sus labios moverse, sin emitir ningún sonido. Lo quiero.</p>
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		<title>VI. Ana y el amor. Vasos rotos en verano.</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Jun 2008 00:20:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Margarita Pintado</dc:creator>
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Cuando Ana le preguntó, desesperada, “¿Por qué?”, Él le dijo, muy campechanamente, que porque estaba gorda y porque, además, aún no dominaba del todo el francés. Cuerpo y lengua: dos cosas que mi amiga había cedido casi por completo. Las razones eran, a la vez, simples y trascendentales, superfluas e inconmensurablemente íntimas. Fue eso lo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/06/anaenamorada.png"></p>
<div id="attachment_543" class="wp-caption alignleft" style="width: 269px"><a><img class="size-full wp-image-543" title="Ana enamorada" src="http://www.derivas.net/wp-content/uploads/2008/06/anaenamorada.png" alt="&lt;strong&gt;&lt;small&gt;Ana enamorada. Verano 2006. &lt;br&gt; Almagro, España.&lt;/small&gt;&lt;/strong&gt;" width="259" height="262" /></a><p class="wp-caption-text">Ana enamorada. Verano 2006.  Almagro, España.</p></div>
<p></a>Cuando Ana le preguntó, desesperada, “¿Por qué?”, Él le dijo, muy campechanamente, que porque estaba gorda y porque, además, aún no dominaba del todo el francés. Cuerpo y lengua: dos cosas que mi amiga había cedido casi por completo. Las razones eran, a la vez, simples y trascendentales, superfluas e inconmensurablemente íntimas. Fue eso lo que casi mata a mi amiga. La absurda claridad del mensaje en un momento en donde lo que se espera es un montón de balbuceos y de interferencia. Nos hemos acostumbrado a regodearnos en las rupturas, a dar discursos ambivalentes en donde el ser y la nada entran en juego, y en donde la culpa es nuestra, pero nos trasciende y de cierta forma, nos libera. <span class="smallcaps">blah, blah, blah</span>. Todos participamos, tarde o temprano, de ese antiguo rito de la despedida. Mucha mierda, sí, pero al menos conocemos la dinámica. Al parecer, Él no la conocía. El francesito nos había salido hijo de puta y ahora teníamos que socorrer a Ana, triste y sola en la ciudad del amor. Corría el verano de 2006. Han pasado sólo dos años, pero se siente lejos, lejísimo. Me pregunto si el tiempo ha transcurrido igual para ella.</p>
<p>Ana había comprado su boleto de avión rumbo a París, en donde se quedaría con Él por 30 días. La relación parecía estar funcionando, aunque fuera a distancia. Se habían conocido hacía tres años allí. Ella trabajaba temporalmente en un museo en Bogotá y como parte de su entrenamiento fue de visita al Louvre. Criada como la mayoría de las bogotanas, Ana sabía que tener un novio de la gran metrópoli constituía un logro. Pero no fue sólo por dictamen nacional o complejos heredados que Ana se enamoró de Él. Ana se había enamorado como se enamoran las muchachas en los cuentos de hadas, y de la única forma en que una chica como ella se podría enamorar: intensamente, con esa disciplina que se exigen algunos amantes de renunciar a lo suyo, para poder abrazar mejor eso otro. La recuerdo contándome su historia de amor, sus ojos negros se cerraban como si así se trasladara hasta ese gran país que llevaba el nombre de Él, su rostro perdido entre los rizos negros, su piel blanquísima, sus mejillas rosadas. Ahora Ana camina, como una muñequita rusa portadora de mil historias, sin poder contener las lágrimas en esa ciudad que hoy no es más que la casa del miedo y del dolor.</p>
<p>Todo esto me llega en un email tan desarticulado como debe estar la pobre Ana, que ha adelantado su viaje por razones obvias, y necesita que la busque al aeropuerto. No tiene dinero para ir a Colombia y dejarse morir unos días en los brazos de su madre y sus hermanas, no tiene casa por el próximo mes, no tiene ningún otro amigo. Ana está sola. El mundo ha dado un giro inesperado.</p>
<p>Tan pronto la vi recordé mi propio dolor, años atrás. Los huesos le rompen el pecho. Está tan delgada que me da un poco de risa imaginarlo a Él diciéndole, “Estás muy gorda.” Sus ojos están más negros que nunca, como si el llanto le hubiera dado una profundidad que hasta ahora no le había reconocido. Tiene el pelo muy largo, y lleva una blusa blanca con flores azules bordadas. Está más hermosa. A veces pasa que el dolor nos embellece.</p>
<p>Nos buscamos como si fuéramos dos animalitos, o dos niños muy pequeños en busca de sus pares. Nos habíamos despedido hacía poco en Madrid, pero no esperábamos vernos tan pronto, y bajo estas circunstancias. No puede sostenerse, ha estado esperando días larguísimos para poder desplomarse delante de otro cuerpo amigo. Escuchamos música, he traído varias opciones. Me agradeció que no le pidiera un reporte de lo que aconteció en París. Luego hablaríamos. Escuchamos a Gustavo Cerati, y nos detuvimos en la canción &#8220;Adiós&#8221;:</p>
<blockquote><p>Suspiraban lo mismo los dos<br />
y hoy son parte de una lluvia lejos.<br />
No te confundas, no sirve el rencor,<br />
son espasmos después del adiós.</p></blockquote>
<p>Recordamos aquella conversación que habíamos tenido hacía apenas dos meses atrás, comiendo helados en la Plaza del Sol. Le había preguntado por Él. Estaba emocionadísima por el viaje. Serían treinta días al lado de su novio, leyendo novelas, escribiendo poesía, caminando por la ciudad de su brazo. Le pregunté qué haría si algo pasaba entre ellos. No sé por qué me dio con preguntarle eso, quizá porque hacía apenas una semana yo había terminando con quien había sido mi novio y mi mejor amigo por casi tres años, y me planteaba preguntas similares todo el tiempo. Su respuesta me gustó, pero no le creí. Sonaba demasiado lúcida para una mujer tan enamorada como lo estaba ella. Me dijo algo así como que todo estaría bien, que el mundo no se acababa y que siempre le agradecería a la vida que le hubiese permitido conocer a un hombre como Él. La veo ahora como la vi aquel día, atrapando las gotas de helado que mojaban sus dedos, afilando su oscura mirada, con el sol implacable en su espalda dibujándole una aureola roja sobre el negro de su pelo, toda ella tan ajena al futuro,  y a la vez, tan alerta a su corazón.</p>
<p>Me imaginaba lo que sucedería en los próximos días. Serían los más largos de su vida, y yo tendría que hacer algo para acortarlos. Porque es en esa hora que tus ojos se abren y recuerdas las piezas del rompecabezas, cuando algo parecido a la muerte te roza la piel, y lo ves marchándose con sus cosas en una mochila y te parece que el mundo se acabó, porque el mundo está allí, entre sus camisetas y sus medias, sus libros y sus discos. Y no te mueves de la cama, pero tus ojos estallan, y recuerdas el dolor de la piel que rodea tus ojos. Tratas de calmarte, sabes que si sobrevives esos cinco minutos, vas a estar bien. Lo haces. Te levantas como puedes y te echas a andar. El olor a café facilita las cosas. Por eso he procurado levantarme antes que ella, para  hacer café.</p>
<p>Es verano en París y es verano en Atlanta. Ana escribe una nota en su calendario en el día exacto que Él la dejó que lee: “El día que Claude me dejó. El día en que París comenzó a ser París”. No entendí esto último, pero me gustó. Era la reafirmación de algo, y la claudicación de otra cosa. Me gusta su catarsis, que llore cuando le plazca, que escriba los muros, que deje recordatorios por ahí, que no le tema a la ruta signada por el dolor. Ana es un vaso roto, el agua se desborda, lo único que puede hacer ahora es chapotear un rato.</p>
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