Maquetas de sol: escenas de verano
por Margarita Pintado

I. Sin mar

Son las nueve de la noche. El cielo transpira las horas del día, sombras de colores colgados desde el alba. Se acaba mayo. Caminar por estas calles es como atravesar un mar que se muere de sed. La ropa se ciñe tanto a la piel que a veces, creo, ando desnuda. Piel sobre piel. Aire sobre piel. Sudor, bocas, dedos. La humedad palpita en cada árbol, en la brea que respira, en la frente de Eric, en mi mano que va coleccionando cada una de sus gotas.

Me acoplo a este tiempo muerto. Al sonido del agua cuando se rompe porque algún cuerpo en llamas ha caído sobre él.

Demasiado verano para una ciudad sin mar. Demasiado cielo. Tanto que ya no cabe allá afuera y se me mete en la casa.

Creo que estoy a punto de narrar este lugar del que nunca hablo, por vivirlo tanto. Un verano en Atlanta.


II. Summer in the city

Summer in the city means
Cleavage cleavage cleavage
And I start to miss you, baby, sometimes
I’ve been staying up and drinking in late night
establishments
Telling strangers personal things.

“Summer in the city”, del álbum begin to hope de Regina Spektor

Acabo de encontrar mi canción de verano. Regina está sola en la ciudad. El tiempo se estira como un gato. Siete vidas más. Se acuesta como yo, sobre la huella mojada de las botellas que se vacían en todas esas bocas nuevas que quisiera besar. Estoy sola, como Regina. Es verano. He ido a tantos bares que ya no me dejan ni pagar.

Estoy en Twain’s Bar, ubicado en una de las zonas más trendy de la ciudad: Downtown Decatur. Sentí de pronto esa urgencia de mirar y ser mirados, de probar suerte entre extraños. Me siento, recuesto mi cuerpo que se escapa por el escote acelerando la gestión del bartender. Hace un año éste era un bar pequeño y acogedor. Ahora lo ampliaron, tiene más mesas de billar, más televisores, más meseros, más chicas lindas, más chicas feas, más chicos guapos, más comida. Sin embargo, debo reconocer que el lugar no ha perdido su encanto. La gente se conoce, los sofás permiten cierto relajamiento, los cuerpos se ablandan y se funden, se oyen las risas de las chicas cuando caen sentadas sobre los muslos de los chicos, o de otras chicas. Las mesas están colocadas de manera tal que el que llega goza de una vista panorámica que le es retribuida, inevitablemente, por todos los demás. Todos parecemos amigos, aunque yo sigo siendo un pájaro raro por haber venido sola. Estar sola en una barra despierta curiosidad, un poco de miedo y mucho desprecio. Las chicas que van con sus novios te ven y te sonríen, pero luego de darse cuenta de que no estás esperando a alguien, de que tu novio no ha regresado del baño y no va a regresar porque quizá no existe (al menos no en este bar, no hoy) o de que tus amigas no van a venir, la sonrisa desaparece. Los chicos por su parte te miran de vez en cuando sin que las novias los vean y te hacen sentir como una puta, y los otros, los demás, andan en sus cofradías y no quieren pasar el trabajo de descifrarte. “Por algo está sola”, pensarán. Al fin y al cabo, todos creen que estás saliendo con el bartender. Sólo él me habla. Es lindo, pero no me gusta su pelo rosado.

Se oye un piano a lo lejos. Me dan ganas de fumar eso que él me dejó. Lo extraño porque está lejos y no me ha llamado en diez días, y creo que conoció a alguien, y que no me quiere más, y que ya no va a regresar. Un respiro más y podría atrapar su voz de papel. ¿Se puede fumar aquí? Son las tres de la mañana, ya nadie puede juzgar.

Ha llegado un tipo lindo y se ha sentado junto a mí. Siempre puede llegar un tipo lindo que se siente junto a ti, por eso insisto en salir. Tiene el brazo cubierto de tatuajes, y de músculos. Parece que hubiera comprado un brazo de plástico en alguna tienda. Tanta perfección me hace dudar. Tengo una relación ambigua con los tatuajes. Me los quiero comer y los quiero vomitar, quiero pegarlos y arrancarlos, protegerlos, prohibirlos… Quizá sea por el jevo aquél que conocí hace un par de veranos, en aquel país en donde el sol nunca se ponía. Me encantaba sentir sus tatuajes en mi boca, como si así poseyera algo más que su cuerpo. Yo creía que algo lo trascendía. Era la voz agrietada de aquello a lo que en mejores tiempos llamamos experiencia. Pienso en Benjamin llevándose un revólver a la cabeza. Mis ojos se detienen otra vez en el brazo del chico a mi lado. Un nombre en otro idioma, en otro alfabeto, quizá hebreo. ¿Qué fleco de la memoria será ése en el que se dibuja una pequeña pirámide, de la que sale un ojo? ¿Qué recuerdos se quieren postergar, qué experiencia tan efímera como el cuerpo que la recibe, merece poseer ese hermoso brazo? Cuántas voces silenciadas por una piel que no se calla.

El chico aquél estaba junto a mí, pero yo estaba lejos. Yo estaba en el país del sol, algunos veranos atrás, delante de mi único amante tatuado. Lo puedo ver, con toda la idiotez del mundo metida en su sonrisa y con un par de historias en su pecho que lo salvan de un oscuro abismo. Yo me daba cuenta de lo tonta que era por amarlo así, a él o a sus tatuajes. Y justo cuando estaba apunto de decirle ¡márchate!, sus brazos mordidos por la tinta me rodeaban. Y yo me sentía amada por las líneas negras, su círculo azul, los mosaicos árabes que él decía entender, el hombrecito pintado sobre su pecho.

Hace unas semanas lo volví a ver. Han pasado varios veranos. Nos abrazamos y me mostró sus dos nuevos tatuajes. Uno en el antebrazo, y otro, gigantesco, en la espalda. Entonces lo miré a los ojos y corroboré un viejo presentimiento: no habían sido los tatuajes. Fueron sus ojos que cambiaban de color dependiendo de la luz, verdes cada mañana, marrón claro por las tardes. Nunca verdes del todo, nunca marrones. Fueron sus brazos, y su voz, y la forma en que su cuerpo se hacía cargo magistralmente de cada una de mis formas. Y yo que pensaba que fueron sus tatuajes, que era la tinta la que decía mi nombre cuando era él quien me llamaba, él, que se me había metido tan adentro. En un país lejano. En verano. Después de todo, era yo la tatuada.

Regina está como yo, en algún bar, en alguna ciudad, tanteando con su voz el tamaño de la soledad. Diciendo que escucha voces, y palabras, y canciones en su cabeza que le rompen el corazón, y cuando termina esa palabra repite la última vocal varias veces, salta de nota en nota, it breakes my heart …a-a-ay-a-a-a-a-a-a-a-a-a-a… and it breakes my heart… a-a-ay-a-a-a-a-a-a-a. Y yo estoy aquí en Twain’s, sola, pensando en Regina que está sola pero al menos puede cantar, y amarrarse a la música como a un tatuaje.

El humo dibuja círculos sobre mi nariz. Así se van acumulando mis noches de verano. Sigue siendo de noche, tan de noche. No, él no ha llamado. Han pasado dos siglos desde que llegué a este bar y sigo aquí. Tan intacta. Tan joven y tan llena de agujeros. El aire no se espesa, todo fluye, todo traspasa este cuerpo hecho de verano.


III. The Swimming Pool

The Swimming Pool es una película francesa que vi hace como cuatro veranos, en el Fine Arts de Santurce. En el filme hay una chica hermosa de ojos azules como el azul de las piscinas, que no es igual que el azul del mar. Tiene el pelo largo, muy rubio, y uno de esos cuerpos cuya sensualidad nos lastima y nos encanta. La casa es grande, tiene muchas habitaciones y muchos balcones desde donde mirar. Tiene también una piscina. Azulísima, con algunas hojas. La sombra que dibujan los árboles le añade profundidad. En la casa viven dos desconocidas: la rubia que ronda los 17 años, y una escritora de unos 50 años. Los días pasan con toda la devoción, pero con toda la intensidad que desata el verano. La escritora ya no quiere escribir la novela que tenía en mente. La joven mujer la perturba. Quiere escribirla a ella. En una de mis escenas favoritas, la escritora se asoma al balcón luego de tomar una siesta. Lleva puesta una bata muy ligera que le marca el cuerpo, todavía deseable. Baja la vista y la ve. Desnuda, devolviéndole la mirada con sus ojos de agua, desde el fondo de la piscina.

Se acaba mayo y decido darle un chance a la piscina del campus de Emory. ¿Qué podría pasar? ¿Que alguno de mis estudiantes me viera en bikini? No problem. Me levanto a eso de las once de la mañana. Eric se acerca, se tumba a mi lado para ayudarme a levantar. Le encanta socorrerme en esos minutos (que yo hago eternos) en donde me planteo detenidamente los beneficios de echarse a andar. Me he descubierto pensando si es tan importante, después de todo, renunciar a las sábanas. Sí, es mayo y estoy triste. Él lo sabe aunque no lo diga, por eso viene, por eso quiere ayudarme a despertar.

Abro la puerta y la claridad me golpea los ojos. Mi piel se eriza al contacto con el sol. Todo brilla debajo de este cielo tan insoportablemente azul. Luego de estar unos días encerrada en mi apartamento, estar parada aquí parece un milagro. Sólo tengo que llegar al umbral de la puerta para recibir señales de vida. Los árboles están más verdes que nunca, en la calle hay gente caminando en traje de baño. Tenemos una piscina pequeña en el complejo que se llena de hojas durante el invierno y el otoño. Ahora la piscina se llena de solteros. Y es que, por ahora, vivo en unos “single apartments”. Acá todo opera por clasificación. Nosotros con nosotros y los otros con sus respectivos nosotros. Lo bueno es que siempre están los que, por alguna razón, han escapado a la norma (como suele pasar) y viven, felices, con esos otros mortales con los que no deberían tener nada en común.

Vivir entre solteros es un cambio interesante, tomando en cuenta que durante el resto del año vivo en un “senior community”. Para mi sorpresa éstos, aunque jóvenes, parecen estar más desocupados que mis amigos viejitos. ¿Que cómo son los solteros en Atlanta? Venga y verá. Hace poco leí en algún sitio (creo que nunca lo leí, alguien que lee más que yo me lo dijo) que Atlanta era una de las cinco ciudades “mejor equipadas” con solteros jóvenes y profesionales, con un futuro prometedor. Pues, parece que todos los demás, ésos que rompen la feliz estadística, se vinieron a vivir aquí.

Mi vecino de abajo se llama Tom, y es un músico de jazz republicano con el pelo largo. A su lado vive el único matrimonio que se coló por nuestros lares, una pareja de algún lugar del Oriente Medio, cuyo dominio del inglés comprende cuatro frases. Esta gente seca su ropa (la íntima también) en un tendedero improvisado que alarma a todos los gringos. No sé, es como si les recordaran un pasado terrible y primitivo, algo que no pulula ni a jodías en su memoria, y algo que, of course, no cabe en el presente. Me gustan porque siempre saludan y son muy amables, y porque a falta de palabras, siempre sonríen. A veces, muy tarde en la noche, escucho sus risas, sus voces matizadas por argumentos que no entiendo, sus reflexiones, sus silencios tendidos como sus ropas, en medio de cada palabra. Ella debe tener como 55 años, él un poco más. Me pregunto de qué hablarán. Qué cosas recordarán y celebrarán de ese país que dejaron y al que quizá no volverán.

Me tumbo en mi cama y comienzan las voces, ese idioma que no comprendo pero que creo amar porque los sonidos se parecen tanto a los míos, y la risa me recuerda tanto a la de mi madre, y la voz del hombre que nunca habla porque no tiene palabras, pero que se desborda en la soledad de su cuarto… voz de trueno, o de árbol viejo. Luego me siento bastante estúpida por estar pensando en países lejanos heridos por las grietas que el exilio ha abierto. Y en toda esa mierda. Pienso ahora que este matrimonio bien puede estar recordando una patria cualquiera, como Nueva York, o Texas, o Los Ángeles, y que tal vez nunca han estado en su país, o que no lo recuerdan, que es lo mismo. ¿Su país, dije? ¿Y qué coño es un país, y qué quiero decir cuando digo su país, en dónde está si no aquí, al lado de mi puerta? Tengo un instante de lucidez y me veo tramando sobre esas vidas, construyéndoles recuerdos, afectos, responsabilidades, como un mal escritor muerto de sed buscando cualquier cuerpo para inventarse una historia aburrida, repetida y llena de miedos. Yo también me asomo al balcón después de mis siestas y veo nadar a las musas.

Dos apartamentos más a la izquierda, vive Pablo. Es alcohólico y ha llegado a ese punto en el que ya no hay por qué ocultarlo. Todos lo sabemos, y todos, un poco en secreto un poco a viva voz, lo queremos. Recuerdo que hace exactamente un año iba al supermercado cuando tropecé con el brazo de Pablo. Allí estaba, tumbado en el pasillo desde donde se llega a los demás apartamentos de su edificio, su brazo impedía que la puerta se cerrara del todo. La abrí como pude y me incliné para ver si el hombre (en ese momento no sabía su nombre) estaba respirando. Bastó que me acercara para oler el alcohol en su piel. “Bueno”, pensé, “éste se divirtió anoche”. Poco tiempo después me di cuenta de que Pablo no se divertía. Era un tipo amable, y dulce, con un gran problema. Estaba triste y estaba solo, y yo ya nunca iba a saber cómo era Pablo. Cómo miraba cuando se enamoraba, cómo se sentirían sus manos sobre mis hombros si pudiera sostener su cuerpo. ¿Quién era este hombre antes de que eso que le pasó, pasara? Al regresar del mercado Pablo ya no estaba tirado en el corredor, pero la alfombra retenía su olor y su forma. Ahora Pablo era una huella.

Llego a la piscina. Hay luz por todas partes, hay cuerpos hermosos tumbados al sol, hay sillas de playa de ésas que se reclinan, hay cuerpos pequeños saltando desde muy alto, rompiéndose de cara al azul, a ese otro cielo que se acuesta y que cede a nuestras urgencias veraniegas.

Me tumbo en una de las sillas y comienzo a leer. El blanco de la página me ciega. Busco mis gafas. Siento las miradas de muchos sobre mi cuerpo. Hace un par de semanas estuve en Puerto Rico, y tengo la marca del sol sobre mi piel. Debo ser la persona más bronceada. Creo que soy también la que lleva el bikini más pequeño. Por eso me siento de inmediato, no quiero pasearme por los alrededores de la piscina. Aquí no es como allá. Me recuesto y comienzo a leer el libro de Zygmunt Bauman Liquid life. Ya sé, es bastante estúpido, sobre todo porque la portada del libro es una foto de una piscina. La gente pasa delante de mí y me ve leyendo un libro que parece un manual de instrucciones sobre cómo divertirse en áreas recreativas. Pero no. Liquid life es un intento por narrar cómo se vive en la sociedad de hoy. En la vida líquida todo lo nuevo se hace viejo antes de que algunos (como yo) hayan terminado de decirlo. Todo lo nuevo… ya se hizo viejo otra vez, y no tuve tiempo para terminar. Así, no sólo los objetos se obsoletan con una velocidad extrema, sino también los sujetos que no pueden mantenerse a la altura (a la velocidad) de estos tiempos expiran rápidamente. Todos compramos y somos comprados por eso que nos asegura y nos define. Y digo todos, sabiendo que en la vida líquida todos los demás (que son la mayoría) quedan relegados a la más absoluta invisibilidad. Pero entre la invisibilidad y la imbecilidad… La vida líquida, una secuencia de muertes.

Estoy aquí, en el primer mundo leyendo sobre la vida líquida, tumbada en una silla de playa, encajada en una universidad de niños ricos que no temen llevar sus lujosas y mínimas computadoras portátiles hasta el borde de la piscina. Ellos saben que pronto tendrán que deshacerse de esos súbitos dinosaurios que podrían morder sus preciosos y delicados dedos. Recuerdo a Pablo, no creo que tenga computadora. Lo veo ladeando su cuerpo, tan lejos de este mundo en el que me sumerjo ahora, un mundo al que se puede llegar en 20 minutos andando.


IV. Tornados

Los vientos sueltos, arrebatados de mar, son casi un augurio hospitalario. Me siento hija del huracán. De las horas muertas pegada al teléfono, narrando los pormenores de esas ráfagas mojadas que le abren a patadas una ventana al tiempo que ya casi no se deja rasguñar por nada. Sólo el desastre natural ensancha el día, lo coloca entre paréntesis y lo cuestiona. No me asustan los huracanes, ni los aguaceros que azotan de vez en cuando a Atlanta. Es cuando más me gusta esta ciudad, cuando se viste de isla.

Aquí no hay huracanes, pero los aguaceros y el viento sacuden las ramas de todos los árboles, que son muchos, muchísimos en Atlanta. Hace un par de días el cielo azul se llenó de manchas grises, oscuras y espesas. El aire se puso pesado, y las hojas estaban tan quietas que me asusté. Algo pasaba. Los pájaros cambiaron el ritmo de sus melodías, las nubes grises dejaron de ser nubes y se convirtieron en una gran mancha de ollín. A lo lejos se podía divisar una línea, una marca de luz quebrando la estratosfera. Era un tornado. Llegaba así, sin previo aviso, sin pedir permiso. De ese modo tan definitivo, tan locuaz y tan sagrado que caracteriza a la naturaleza. Encendí la televisión y fue peor. Vi el rostro descompuesto de Ana María y supe que el tornado sería mucho más fácil de digerir que ese miedo aupado en su frente. No sé por qué ya no tuve miedo, aunque las noticias eran alarmantes.

Todo pasó en 15 minutos. No ocurrió gran cosa cerca de mi casa, sólo un par de ramas en el suelo, una roommate asustada y un gatito que no quería salir de la alacena. El problema es que ahora estamos bajo alerta. El miedo se prolonga. Los tornados nunca habían pasado por aquí. Atlanta era inmune, pero la naturaleza se desquita. Lo más terrible no es el tornado en sí, sino la alarma que indica que esa pelota de vientos trenzados se avecina. Es como un canto desgarrado, mitad ambulancia, mitad pájaro. A veces el zumbido del viento se confunde con el zumbido de la alarma.

El miedo también encuentra sus sonidos.


V. Agujeros

Esto no es un diario de viaje, aunque a veces quisiera que lo fuera. El movimiento ha cesado hace algún tiempo. Trato de vaciar un verano aquí en esta ciudad tan ancha, tan llena de árboles que se comen las carreteras. Tan sin mar. Desde mi ventana parece que miro cualquier paisaje de la isla, los verdes, el cielo, la forma en que la luz se rompe en las hojas, la brea caliente. Narrando el verano me he dado cuenta de que la única forma de contarlo es agarrándome de los detalles y del recuerdo. Es eso lo que sostiene mi estadía aquí, lo que constituye mi afecto por este lugar. Ya no voy a los museos, ni al acuario más grande del mundo (que según los atlanteños está aquí), no me interesan los clubes de jazz, ni el zoológico. Ya no me interesa ver la casa de Martin Luther King. Mi historia es breve y está llena de agujeros por donde entra el agua y la luz, sus manos, y mi boca. Y me dan ganas de escribir del olor del café que me despierta por las mañanas, y de cómo su cuerpo se estira en la alfombra de la sala, y de los libros amontonados por ahí, y de la yerba y de los pájaros azules y rojos que cantan en mi ventana. Esto es lo que hay, éstos son los materiales de mi vida. Reporto el ritmo de mi cuerpo, la sensación más primitiva, el murmullo de mi cabeza. Eso es todo. Lo demás es sólo un montón de verano.

El calor es insoportable. Despierto sola en la cama, bañada en sudor. La idea de la piscina se fija en mi cabeza. No tengo hambre, lo único que tengo es calor, y ganas de acostarme en el fondo de la piscina, como la chica de la película. Me tomo una taza de café y bajo de prisa las escaleras. Otra vez la luz, como si el cielo fuera una pluma abierta malgastando toda su agua. Me arden los pies. Camino más rápido hasta llegar al portón, y veo que no hay nadie. Me agarra una sensación de poder casi infantil. Toda el agua me pertenece. Me siento en el borde y dejo que mis pies se acostumbren al frío. Miro los árboles que me rodean y veo sus caras desfiguradas en el agua. Mis ojos tiemblan. Miro al cielo, enorme, azul, un gigante hambriento a punto de comerme. Pienso en Dios y en los ángeles. Mi cuerpo se cae, hasta el fondo. Qué delirio cuando el agua va cubriendo cada poro, como una reunión de buenos amantes tragándose mi cuerpo. Veo el cielo tambalearse desde abajo, creo que me veo dibujada en la superficie del agua. No tengo nada que hacer. Podría pasarme la vida aquí debajo, convertida en pez. Se rompe el hechizo con la caída de otro cuerpo. Llegan los demás. No tengo ganas de ser parte de la manada. Me encamino de regreso a mi apartamento cuando escucho un ruido, un gemido que se ha escurrido por una de las ventanas. No me atrevo a mirar, pero me detengo para corroborar este nuevo material que podría servirme de algo. Son ellas, Leila y Jennifer, haciendo el amor. Son las once de la mañana. Sexo mañanero, sin cepillo de dientes ni desayuno, ni café de por medio. Sólo dos cuerpos resistiendo el comienzo del día.

Mi huida toma la forma del deseo, mis pasos van dibujando obscenidades. Llego a mi puerta. Trato de ponerle algún orden a mi cuerpo húmedo de piscinas y de voces escapadas por una ventana. Abro la puerta y el silencio me golpea como una ola. Nada, nadie. Sólo yo, escurrida debajo de las sábanas, me invento cientos de amantes que, como el agua, se tragen este cuerpo.