Derivas

por Elidio La Torre Lagares

Suena el móvil que descansa sobre la barra y miro el número de procedencia, por si lo reconozco. La unidad es prepagada y no tiene ninguna de las ventajas glamorosas de los planes de telefonía, por tanto, las llamadas que entran se pagan igual que las que salen. Es el Tao de los celulares prepagados. La pantalla lee “Private”. Sin la tilde en la “i”. De lo contrario, sería un imperativo innecesario, pues mi vida ha sido privación desde que me echaron de aquel colegio para niñas en donde, pensando en cuestiones literarias, cometí el error de asignar la lectura de la Lolita de Nabokov, en consideración de sus atributos literarios y no por la perversión del narrador.

Vaya manera de carpe diem tremens, pienso. Es lunes, pero todos los días de mi vida parecen el mismo y a veces pienso que viajo dentro del caparazón de la tortuga que sostiene el universo. Y encima de todo, Dorelia intenta levantar el aparato que descansa sobre la barra pero tiene dificultad por las uñas postizas que le sobresalen cuatro pulgadas sobre el horizonte de sus dedos. Es patético el acto y salgo a su rescate.

—Diga —contesto, mientras enciendo un cigarrillo.

—Con Tortugo.

—¿Quién es?

—Eso no tiene importancia en este momento.

—¿Ah, no? —digo, y cuelgo.

—¿Quién era, Daddy? —pregunta Dorelia, quien me llama así de presunto cariño, y que sólo necesita una cerveza para activar la intoxicación permanente de su cuerpo.

—Nadie importante.

El móvil suena nuevamente. Private. La insistencia habla. Es sígnica, whatever that means. Vuelvo:

—¿Quién es?

—No cuelgue, por favor, necesito hablarle.

—No soy psicólogo y esto no es una línea 1-800.

—Ya sé, ya sé. Vengo recomendado por Iscariote.

Iscariote es el Rey de la prostitución de salón, como le llamo al oficio de sus damicelas que rondan las discotecas y los hoteles. Todo es caché y estilo, dice Iscariote, quien frecuenta los más exquisitos lugares de vida nocturna con una capa violeta y bordeada de cristales como un horizonte que destella tras el paso imponente de chulo suave en sus maneras, de un afeminamiento locuaz y ágil, pero cruel y despiadado en la ejecución a la hora de ajustar cuentas.

—¿Cómo conoce a Iscariote? —intento corroborar la veracidad de la información.

—Es… amigo de un amigo. Soy buena gente —me dice la voz.

Es maricón, pienso.

—Pues, ¿qué desea? —disparo.

—Una cita.

—No soy servicio de escolta.

—Es para un trabajo de esos que me dice Isca que usted hace bien.

—¿Ah, sí? Pues le veo mañana en el Zacude.

—¿Dónde?

—El Zacude. Avenida Ponce de León. Santurce. Diez a.m.

—Bueno, al menos hábleme algo de usted. Digo, qué sé yo, me pregunto, ¿cómo voy a reconocerlo?

—No estoy aquí para hacer conversación de domingo. Además, quien debe reconocerlo soy yo a usted. Así que póngase una camisa amarilla, para identificarlo mañana a las diez en el Zacude —dije, y colgué.
Ramón, el dueño del bar, se acerca a mí.

—¿Escuché bien?

—¿Qué?

—¿Cómo que qué? Hiciste una cita aquí, en mi pub.

—No es un pub, es una barra de mala muerte.

—¡No quiero que uses mi pub de oficina! ¡Lo calientas!

—No es un pub; es una barra de mala muerte. Y no lo utilizo de oficina. Por el contrario, lo que hago es traerte un cliente.

—Gracias por el telemarketing, papi, pero no quiero que lo hagas más, ¿entendido?

Lo ignoro. Ramón tiene un delirio de poder pasajero, seguro. Lo sé porque es mi hermano mayor y, además, no es la primera vez que cierro un contrato en su barra.

—¿Entendido? —insiste ante mi silencio.

Dorelia se desabrocha dos botones de su blusa blanca y se excita ante la posibilidad de que terminemos, como otras veces, a los golpes.

—Dile algo, Daddy —dice ella sonriendo y con la respiración agitada.

—Y no me traigas gente aquí en día de limpieza si no vienen a ayudarme —advierte Ramón—. Y menos si es una mujer que fue mía.

—Nunca fui tuya, Ramón —aclara Dorelia—. Sólo estaba contigo.

—Mira, so…

—Déjala —resuelvo.

—¡Dile! ¡Dile! —insiste Dorelia, mientras se pasa las manos por el cuello.

—Mejor vámonos —le digo.

—Tengo trabajo, Daddy —dice Dorelia, mientras se arregla la falda cuadriculada.

La compadezco. Dorelia trabaja para Iscariote como servicio de acompañamiento. Gana quinientos dólares por hora, pero desde que tiene problemas con la bebida, Iscariote la ha relegado a lo que él llama “encomiendas especiales”. Trabajos livianos con viejos, mayormente. Es claro: Iscariote no confía en ella y yo tampoco.

—Vaya. Nos echamos un polvo y te vas contenta.

Ella sonríe. Se lame los labios. Se arregla el pelo en los espejos de la barra. Nos vamos.


***

Camino al apartamento, parecemos siameses. Dorelia va encendida y saliva a la vez que me dice que no se puede aguantar, Daddy, que me relamo al verte con actitud enérgica. Aguanta ahí, le digo. Esto va de a paso lento, pero seguro. Como las tortugas, me dice, y ríe. Yo me entiendo con la paciencia. Observo a Dorelia y noto que en su mirada, a pesar de su oficio, habita un trazo de inocencia, de algo tal vez intocado y puro a pesar de la podredumbre de espíritu. Hay algo dúctil y nítido y no sé qué es, pero me reclama la memoria: me recuerda a Mina. Entonces, me apresuro junto a ella hacia el Bam-Booze, la tienda de licores de la esquina. Allí nos llevamos una botella de escocés, cigarrillos, donas azucaradas para mí y una caja de cerezas cubiertas de chocolate barato. Pagamos y nos largamos.

No bien habíamos cerrado la puerta del majestuoso cuarto que Iscariote arrienda para Dorelia en aquel edificio de viejo art noveau, cuando me desabrocha los pantalones y se dirige ansiosa hacia mi miembro. Lo acapara todo con su gran boca y le recuerdo que escupa el chiclet antes de proseguir. Ella detiene su labor y ríe como una chiquilla a la que le reprenden por una travesura. Enciendo un cigarrillo mientras ella retoma el asunto de la mamada. Miro por la ventana y veo que en el edificio adyacente hay una mujer mirándonos. No es joven, pero se ve que tiene buen cuerpo. Se aferra al alféizar sin separar su mirada de la mía, que se esconde tras las bocanadas de humo que voy soltando. La mujer se levanta el traje poco a poco, se remueve las panties un tanto, y comienza a masturbarse mientras la inmensa boca de Dorelia me traga. Sus manos sirven de resguardo a la faena. Miro en dirección de la mujer de la ventana y la veo ondular con lentitud. Me quito el cigarrillo de la boca, me doy un trago del escocés, y vuelvo a fumar. No sé quién se viene primero, pero toda vez que termino de eyacular, la distingo sonreír y retirarse de la ventana. Entonces, Dorelia, que tiene poder de concentración para asuntos competentes al sexo, me dice: «Métemelo por el culo».

Me percato que en mi boca solo queda el filtro del cigarrillo. Lo arrojo por la ventana, extraigo la vaselina de la mesa de noche y levanto la falda de colegiala. Cierro los ojos. Sueño.


***

—¿A quién vas a matar?

Matar es un acto de creación, pienso.

—Dime, Tortugo, dime.

Fumo mientras mi mirada se pierde por el techo.

—Desconozco todavía —contesto.

—Me encanta cuando vas matar a alguien. Te pones así… así… tan machote.

Ironía: siempre que me limpio a alguien pienso que me aniquilo a mí mismo.

Los ojos de Dorilea lucen sobresaltados con la excitación infantil de quien visita un parque de diversiones por vez primera. Le queda en el rostro el maquillaje y la soledad.

—Te energiza. Te vuelve una bestia. Es cuando mejor me clavas.

Es cuando más creativo me siento. Soy como un bebé que descubre su propia mierda.

—Es parte de esto —le digo a Dorelia mientras acaricio su cabello de rubio peróxido.

—¿Sabes? He conocido muchos hombres, pero tú eres mi papi. El Daddy.

Seguro.

—¿No te pone celoso saber que he tenido otros hombres?

Mi mente viaja a la única mujer que jamás he tocado. Quedo suspendido en un vacío.

—Despiértame en una hora —dice Doriela ante la pausa prolongada—. Tengo trabajo esta noche. Y mañana hago baby sitting a alguien que ha de quedarse sola un tiempo.

—¿Sola?

—Un-ju.

Encomiendas especiales de Iscariote, pienso.

—¿Daddy?

—¿Sí?

—Nunca me dejes…