Las propuestas de Calvino
por Manuel Clavell

Perseo contra la Medusa: En primer término, Calvino propone la levedad

Primero de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.

La imagen más pesada que me viene a la mente ahora es el tramo de la calle Cerra, en el barrio de Santurce, a la altura de la parada 15, que comienza en el liquor store El Grillón y termina con el Centro de Diagnóstico y Tratamiento Hoare, el cuartel de la Policía y el Parque Central.

La busco para tratar de entender –contradiciéndolo– a Italo Calvino, que murió hace exactamente veinte años sin haber culminado sus “Seis propuestas para el próximo milenio”, una serie de conferencias dictadas en la Universidad Harvard sobre los valores literarios que debíamos arrastrar los escritores hacia el siglo XXI. Los seis parámetros que se supone hayamos heredado como generación.

Lo que trato de entender es por qué el primer valor salvable en el proceso de relevo generacional, para Calvino, es la levedad. Para mí, precisamente todo lo contrario es lo importante: mientras más pesado el discurso y más barroco, mejor. La arrogancia de la escritura olímpica, en términos maratónicos, siempre me ha atraído más que el ping pong, donde una pequeña bolita blanca flota encerrada en los límites de una mesa donde se la pelean sólo dos.

Calvino dice en su curso universitario más famoso y más importante que “si quisiera escoger un símbolo propicio para asomarnos al nuevo milenio, optaría por éste; el ágil salto repentino del poeta filósofo que se alza sobre la pesadez del mundo, demostrando que su gravedad contiene el secreto de la levedad, mientras que lo que muchos consideran la vitalidad de los tiempos, ruidosa, agresiva, rabiosa y atronadora, pertenece al reino de la muerte, como un cementerio de automóviles herrumbrosos”.

Quizás lo que me pasa es que alzarse sobre la pesadez de ese tramo de la calle Cerra supone una cierta mirada elitista, definitivamente outsider y posiblemente menos preciosista de lo que estoy dispuesto a aceptar. Confieso que es demasiado tentador el peso y que me encantaría seducirlos con una descripción hard core de una calle absolutamente dejada de la mano de Dios, enferma y sucia, por la que transitan a diario los negros de la barriada Figueroa que salen de sus cuevas a abastecerse de licores y cajas de cerveza para bebérselas escuchando una canción de Héctor Lavoe.

Pienso que es más efectivo como terapia de shock para avisar sobre nuestra condición tercermundista imitar el peso de un recuento de las actividades diurnas de la calle Cerra que haga énfasis en que el tramo final que nos ocupa está delimitado por grandes edificios con pintura descascarada, fantasmagóricos, que cumplen la función del almacén. De los vivos que la conforman puedo decir que, en medio de la inmundicia más asquerosa de la ciudad de San Juan, existe un Head Start Day Care Center, y todas las mañanas, cuando paso por allí en mi Toyota Eco 2005, observo a las madres despedir a sus hijos: los pequeños ciudadanos boricuas que otros van a cuidar mientras ellas van a trabajar.

Mucho más peso tiene el lechón asado a la vara que se observa unas puertas más abajo del Head Start, gracias a que el dueño de la cafetería de la esquina ha tenido la amabilidad de instalarlo en una vitrina con dos bombillas de 100 watts que a esa hora (10:00 a.m.) están alumbrando al cochinillo que van a almolzar los obreros que laboran en los almacenes más prosaicos de la vecindad.

Me resisto a entender a Calvino por mi vocación desbocada hacia el morbo politizado de la toma de conciencia de las condiciones materiales de nuestra postcolonialidad. Santurce sobrevive como cadáver maloliente, lleno de pústulas que explotan como las llagas de un tecato bajo el sol. Este es el mensaje de la escritura que me convoca: “Movilízate popular, crea consciencia, somos lumpen y si no hacemos algo que no sea yuppielandizar, lumpen invisibles nos vamos a quedar”.

Calvino se revuelca en la tumba en estos momentos gracias a mi recalcitrante ignorancia panfletaria y me recuerda que: “A la precariedad de la existencia de la tribu –sequías, enfermedades, influjos malignos– el chamán respondía anulando el peso de su cuerpo, transportándose en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde podía encontrar fuerzas para modificar la realidad [...] Este dispositivo antropológico es lo que la literatura perpetúa”.

Retomo una imagen pesadísima, todavía en negación, porque me parece más urgente la denuncia que la elevación. Quiero escribir como el chamán de Calvino, sólo para celebrar un aniversario, pero vuelvo a caer. Les cuento que el sábado en la noche fui a cenar con mi primo y su novia al restaurante japonés Wasabi, en la avenida Ashford de Condado. Celebrábamos otra efeméride: que el hombre pasó la primera reválida de medicina y que, al igual que ella, pronto dejará de ser aquel raperito surfer del municipio de Luquillo que conocí, para convertirse en doctor. Gracias a esas señales –tantas horas de biblioteca comiendo libros de fisiología y por su brújula municipal luquillense– mi primo guiaba después de la cena hasta mi casa cerca de la calle Cerra, pero no sabía llegar. A eso de las 11:00 p.m., lo dirigí por la luz del liquor store El Grillón a la derecha y caímos en el laberinto de los almacenes, la lechonera urbana y el Head Start.

Una vez allí, el hombre no pudo bregar con el desastre: la calle estaba absolutamente vacía, a oscuras, y sólo la adornaban medio centenar de bolsas negras Glad para la basura, que yacía desparramada por todas partes. A esta escena dantesca se añade la visión de cientos de cajas de madera en las aceras, enormes, donde se coloca la mercancía para que esas máquinas llamadas fingers la puedan recoger y llevarlas hasta la boca del camión. “Mira pa’ ya cómo está esto, ¿Manuel, cómo tú puedes vivir aquí?” Permanecí mudo, no tenía explicación, mucho menos después de haber tragado sashimi como un demente, con palitos y pique verde –sin el beneficio del sake–, para no tener que arrepentirme del seafood aftertaste.

¿Encontrar fuerzas para modificar ahora la realidad a través de una escritura que transmita la sensación de levedad, pide Calvino? ¿Otro nivel de percepción? Pues entonces olvido todo ese peso del detritus, y de las llagas supurantes, y del cuerito grasoso del lechón, y trato de mentalizar el shopper de Kmart que revolotea en el fondo de la calle Cerra, que no puede salir de allí ni acompañarme en tránsito a mi “normalidad” cuando lo pisa el auto de mi primo justo cuando se dispone a salir despavorido de las ruinas de mi barrio querido después de fijarse detenidamente en el marcador de las millas de su futuro pequeñoburgués y apretar con todas sus fuerzas el acelerador.

Un shopper que huye también del periódico madre de donde lo sacó esta mañana un mulato sudado porque ocho horas al día está contratado como estibador.

Debo escribir el cuento del shopping volador, quizás así logro acercarme al genio de Calvino, que no era tan burdo como yo y prefería, según sus palabras, “un velo de partículas de humores y sensaciones, un polvillo de átomos, como todos los que constituye la sustancia última de la sustancia de las cosas”. Todo un reto contra la antidificultad de que me salga un estruendo totalizante, antiatómico, y que siga aportando a la mediocridad.


Pasión en el Hermitage: Rapidez

Segundo de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.

¿Cómo que escriba aquí, no ve que hay más lugar disponible?
Sobran las fibras de cannabis.
Nathaniel Norton

Luego de inventar el epígrafe, al estilo revolucionario del poeta laureado Javier Ávila, procedió a escupir sobre la cacharra. Era un procedimiento rutinario, que llevaba a cabo cada cierto tiempo, sobre todo cuando más le temblaba. El patio era grande y las enredaderas de cohitre le daban el placer de sentir ese olor tan penetrante. Salió. Quiso desyerbar un poco. Entró en contacto con el negro de la tierra y las lombrices, reconoció la peste que emanaba del abono. Siempre quiso preguntar de qué sustancia hacen las multinacionales el abono, pero simplemente lo regaba como de costumbre después de comprarlo. Lo próximo tiene que ver con un documental que vio en el Sundance Channel sobre el museo Hermitage en Rusia. Quedó impresionado. Nada lo preparó antes para soportar las imágenes del saqueo de las basílicas ortodoxas, auspiciado por los soviets, en 1930. Tampoco para simular en su imaginación que conocía a la restauradora que se encarga de retocar los íconos de los santos siberianos. Una viejita bien abrigada en la sección administrativa del museo contaba cómo fue con sus amigas, iglesia tras iglesia, rescatando cuadros de las ruinas. Se llevaron los mutilados, los chamuscados, los desacralizados por la turba hambrienta y ahora ésos son los que exponen haciendo énfasis en el brillo de sus características aureolas doradas. Las fecharon sin carbono 14, allá para el siglo XIII. Minutos más tarde, supo que en el Hermitage actual hay una Danae de Rembrandt que también fue vandalizada. Esa máxima que dice que los museos son casas protectoras para las obras de arte, objetos tan vulnerables, entonces caía de su repertorio por falsa. Un loco, el 18 de junio de 1985, según el tribunal local, lanzó un ácido perverso sobre el cuadro y Danae quedó desfigurada, chorreada, como si las pezuñas del diablo le hubiesen arrugado su piel desnuda. Tan siquiera pudo voltear la mirada para vencer el asco, siguió viendo el documental, por fuera indiferente, pero, por dentro, hecho pedazos: a la erotizada Danae, que esperaba a su amante tumbada en el sofá, la habían torturado; un sicópata le arrancó la piel mientras estaba viva todavía. Cuando la narradora del cortometraje dijo que el título de la pintura se refiere a los sentimientos Love and Joy, y explicó que Rembrant quiso retratar, no a Júpiter visitando a Danae, sino a la diva emocionada por la proximidad lúbrica de su marchante, comprendió que la explicación de la historiadora de arte lo curaba: no son las figuras ni sus nombres, es la pura emoción humana representada. Allí, arrodillado sobre la tierra de su jardín, le echaba agua a las plantas y pensaba en la eterna lucha de los desfiguradores contra los restauradores, el calor que hacía y la nueva piel que una vieja rusa supo reponerle a Danae.

Referencias
“Hermitage-niles: A passion for the Hermitage: Guardian Angels. Remembering an Attack on Rembrandt’s Danae”.
Calvino, Italo. “Seis propuestas para el próximo milenio”. Capítulo II: Rapidez.

Italianos en el Siglo XX: Exactitud

Tercero de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.

Esa mañana hicieron el amor como Dios manda, con una fuerza impresionante, oprimiéndose uno al otro las tetillas y rasgándose las carnes. Hubo una pausa: Paolo corrió un poco la cortina de la habitación del hotel El Convento para tener luz y poder encontrar el lubricante.

Luiggi lo observaba tímido desde la cama. Estaba desnudo. Tantas libras de músculos florentinos tendidas sobre las sábanas y tantas otras paradas sobre el piso no son garantía de falta de pudores. El otro sintió la caja de KY Jelly en uno de los bolsillos de la maleta. La sacó, se untó un poco de aceite aguado en la verga erecta y procedió a penetrarlo. Lentamente coordinaba besos suaves y caricias breves con el tempo rudo de cada embestida. Luiggi le correspondía acercando hacia sí más y más sus nalgas.

El rastro de la tierna violencia sobre la piel expuesta hizo que se incorporaran complacidos. Era la hora del brunch y el Viejo San Juan se veía espléndido desde la ventana. Se alternaron los turnos frente al lavamanos, pero se ducharon como si fueran uno.

El sábado en la noche, antes de la bacanal con los strippers nativos en Eros The Club, habían leído en el San Juan City Magazine que existía un pequeño restaurante español al final de la calle Fortaleza. El redactor aseguraba que servían de todo, que se podía fumar y que los domingos se reunían allí los hinchas locales de todas partes del exilio para ver el fútbol vía satélite.

Para vestirse, Luiggi prefirió la camisa de manga corta a rayas y los pantalones capri enrollados sobre la rodilla. Paolo, tan clásico, se puso sus mahones azules pegados y una camiseta blanca bien ajustada. Salieron. El Restaurante Siglo XX les pareció un oasis. A un mesero viejo le pidieron dos Pelegrino de agua mineral con gas y un cenicero. Estudiaron el menú. Se familiarizaron con los jóvenes de la barra y con los mayores del salón contiguo. Notaron que muchos conversaban en argentino, otros en catalán y que había dos o tres paisanos suyos.

Luiggi ordenó chuletas fritas con papas a la francesa. Paolo un churrasco término medio, también con papas a la francesa.

Cuando llegué al lugar, y me acomodé justo en la mesa del lado con mi acompañante, me topé con los dos efebos sonrientes, observando con detenimiento un partido que iba marcando 0 a 0 entre el Real Madrid y El Español de Barcelona. Había dos gafas Versace al lado de los platos, una cajetilla de Marlboro Lights y un encendedor de plástico. Más acá de los objetos, con disimulo, cuatro pares de ojos verdes me miraban con deseo.

Mi compañero aún duda de dos cosas: 1) del color de los ojos de Paolo y 2) de sus características matrimoniales, porque aún no puede precisar si llevaban aros combinados.

Referencias
Breve visita al restaurante Siglo XX, domingo 18 de agosto de 2005, 1:00 p.m.
Calvino, Italo. Seis propuestas para el próximo milenio (Exactitud).
Revista Pride, “Italy”, Summer 2005.
The M Word: Writers on Same-Sex Marriage. Varios autores, 2004.

Rastros de pólvora: Visibilidad

Cuarto de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.

En memoria de Filiberto Ojeda Ríos (1933-2005), maestro del disfraz.

Caía la noche del 24 de enero de 1975 y Maurice Chopper llegaba tarde a su cita de negocios. La nevada, aunque tenue, no le favorecía, y se le hacía difícil conseguir un taxi que lo llevara de su oficina en los alrededores de Wall Street al restaurante Fraunces Tavern. Debía encontrase a las 6:00 en punto con Katu Maro, su socio principal en la empresa de contrabando de armas dirigidas a Kenia, y sabía que su hombre en Nairobi siempre era puntual.

Fue transportado varias cuadras por un taxista alemán, venido a menos, que vino a parar en Manhattan luego de la Segunda Guerra Mundial. Lo supo por la banderita de Alemania Occidental que colgaba del retrovisor y por el espeso bigote rubio del chofer. Después de identificarlo, según sus prejuicios de hombre de mundo educado en la London School of Economics, no insistió en descubrir nada más del interior del Chevy amarillo y se dedicó a observar la salida de los empleados del distrito comercial.

Por un momento su mente divagó, y comparó la escena con otra de su niñez. Las manchas negras y grises de los vestidos de los transeúntes fueron transformándose en pedazos de telas coloridas y los ejecutivos tomaron forma de mujer. Pensaba en la marcha de las madamas africanas, una detrás de la otra, por la orilla polvorienta de la calle principal de la capital. Regresaban del mercado hacia sus casas para preparar la última comida del día, sudadas, llenas de paquetes hechos con bolsas de papel –las menos– y con cestas de paja en la cabeza –las más.

“Two fifty”, dijo el alemán exiliado con acento yiddish, y en ese momento dejó de devanear. Sacó tres billetes de a uno de la cartera, pagó, y se dispuso a correr hasta la entrada del restaurant.

Como de costumbre, subió los cuatro o cinco escalones de mármol blanco y frente a la puerta lo recibió James Gerard, un negro corpulento, pero educado, de gestos finos y perfumado con Chanel #5 que desde hacía años se ocupaba de la puerta (un día sí y un día no) y de guardar los abrigos en la amplia consigna del histórico local.

Desde el vestíbulo, mientras se registraba, no podía divisar los ojos amarillentos de Katu, pero sentía las punzadas de su mirada asechante. Tenía la sensación de que tan pronto lo tuviese fijo en sus potentes esferas felinas, entrenadas para la caza nocturna, dejaría de pestañar. Frunciría el ceño en señal de reproche y le dispararía de la baqueta con su exótico acento inglés el consabido: “You are late. As always, man”.

Maurice no era un hombre paciente. No estaba acostumbrado a las escenas, pero ésta la tendría que tolerar. Katu era su amigo de la adolescencia y era fundamental para la conclusión del trato. Sin él, estaba perdido, así que no le quedaba más remedio que armarse de paciencia, morderse la lengua y pedir disculpas para aparentar un estado de paz. Sin embargo, no tuvo que llegar a eso.

Fue escoltado hasta el elevador por una hostess ataviada con el uniforme tradicional, a la usanza de las sirvientas yanquis de 1762, año de fundación de la taverna, recordada por su pasado de guarida revolucionaria y ahora convertida en un espacioso y exclusivo restaurante francés. “Su mesa”, como la llamaba desde que comenzó a frecuentar el nido a finales de los 60, quedaba al fondo del Nichols Room, que tenía una barra privada y era perfecto para conspirar debido a su privacidad.

Katu estaba tranquilo, más tranquilo que nunca, y cuando lo atrapó entre sus ojos amarillos, que lo habían convertido en una leyenda entre las mujeres de la aristocracia de Nairobi, nada dijo y ninguna emoción alterada mostró. Maurice respiró aliviado, le estrechó la mano y se sentó.

La conversación no comenzó de inmediato. Katu, antes de mediar palabra, aspiró una vez más el humo de un habano recién empezado y bebió un sorbo corto de cognac. Maurice aprovechó el silencio de su compañero para pedirle un güisqui doble a José Padilla, su mesero habitual, a quien todos en “el ambiente” conocían por el curioso apodo de El Talibán.

“Well, what’s up?”, preguntó Katu, “What is the final price?”.

Maurice no contestó. Quería probar su güisqui antes de entrar en detalles, así que cambió el tema. Trató de ganar tiempo llevando a su interlocutor hacia un ritual de repartición de saludos protocolarios. Su esposa Presta le enviaba saludos cordiales y su madre Grace quería saber si la comadre Fortune todavía convalecía en el hospital general. Katu no se dio cuenta de la táctica dilatoria, estaba cansado por tantas horas de vuelo, y conversó con naturalidad sobre el estado de los familiares kenianos, las amistades que tenían en común y sirvió de mensajero de buenas noticias porque la comadre Fortune se restablecía a esas horas y seguramente saboreaba su rutinaria taza de té sin azúcar en su mansión de la calle Dall.

El coloquio alejó a Maurice de su realidad conspirativa y lo transportó, por segunda vez en la noche, directamente a los recuerdos de la niñez. Esta vez nublaban la presencia de Katu (también la de las cortinas azules y las lámparas a media luz) el recuerdo del sonido infernal de los tiroteos entre las fuerzas revolucionarias y el ejército de su segundo país natal. Delante de aquel negro nervioso, pero frío y calculador, que no le temía ni a su sombra, comenzó a temblar como el pequeño Maurice que alguna vez fue. En su mente llamaba a papá para que acudiera a su cuarto y lo acompañara hasta que la balacera cesara o hasta que el embajador de los Estados Unidos en aquellas tierras malditas por el petróleo y el comunismo le cantara una nana somnífera que lo ayudara a olvidar.

El abrupto regreso al presente setentoso lo provocó José Padilla cuando dijo con acento de spik: “Your whisky, sir”.

Horas más tarde, cuando un paramédico le colocó una mascarilla para el oxígeno en la ambulancia, y recobró el conocimiento, no podía quitarse de encima la imagen de la cara de José Padilla, tan dócil y servicial. Entonces fue que hizo el esfuerzo, a pesar de la peste a pólvora que lo rodeaba, de entender por qué rayos le decían “El Talibán”.

Una bomba de dinamita acababa de explotar en su restaurante favorito, él estaba lleno de sangre y ollín y no se sentía las piernas. No sabía qué había pasado con Katu y sólo tenía claro que la última persona a la que vio con vida antes del estruendo y la lluvia de cristales era un puertorriqueño que estaba entrenado para ofrecerles a los comensales la especialidad de la casa: “Pistachio Crusted New Zealand Rack of Lamb”.

Nota al calce #1: La noche del 24 de enero de 1975 el Ejército Popular Boricua, comandado por el General Filiberto Ojeda Ríos hizo explotar una bomba en el restaurante nuyorquino Fraunces Tavern.

Nota al calce #2: La acción revolucionaria tuvo el saldo de más de 50 heridos y cuatro muertos.

Nota al calce #3: Los personajes y los eventos de este cuento, excepto los que tienen que ver con el día y la detonación del explosivo, los heridos y los muertos, no tienen relación con la realidad.

Referencias
Calvino, Italo. “Seis propuestas para el próximo milenio”. Capítulo 4: “Visibilidad”.
Fraunces Tavern (Since 1762): “Continue The Celebration of Freedom”: http://www.frauncestavern.com/index.html.
Rodríguez-Burns, Francisco. “Revolucionario de alma”. Primera Hora, 24 de septiembre de 2005.
Rushdie, Salman. “Shalimar The Clown” (2005) y “La desfiguración de Cachemira” (Reseña del libro que aparecerá en la revista “Letras” del periódico “El Nuevo Día” del 2 de octubre de 2005).
Ilustración de Jean Michel Basquiat: “Riding with death” (1988).

Fiesta: Multiplicidad

Quinto de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.

Representar el mundo como un enredo o una maraña o un ovillo, representarlo sin atenuar en absoluto su inextricable complejidad, o mejor dicho, la presencia simultánea de los elementos más heterogéneos que concurren a determinar cualquier acontecimiento.

Italo Calvino, “Seis propuestas para el próximo milenio”, Capítulo 5: “Multiplicidad”.

El surrealista se cansa de una actividad total de su ser que lo enfrenta a los peores peligros y lo enemista con el entero orden social: en la hora del reposo, escoge el instrumento preferible para continuar el avance en la superrealidad; se queda con el mejor, que es siempre un instrumento de raíz poética, un instrumento mandarín pero cargado de oscura eficacia cuando él lo toma entre sus manos.

Julio Cortázar, “Teoría del túnel: Notas para la ubicación del surrealismo y el existencialismo”.

Antes de que se acabara la fiesta, el humo de las velitas y el apagón, rompieron los platos cuatro en complicidad. Roberto no había enseñado lo suyo en medio de la sala sólo porque no era despedida de soltera y Amanda no acababa de pasar las bandejas llenas de entremeses vegetarianos. Fue que se acabó el vino y entonces el milagro de las Bodas de Caná, los gritos de Emmanueli en la cocina cuando se convirtieron en casi nada las copas y Berta recogió los cristales, los pedacitos, porque los vasos finos eran de Murano y los destrozos salen minimalistas, según las breves intermitencias ventosas de cada artesano que se fija entre los escombros lombardos de su reflejo en el agua de un canal.

El fantasma de la infidelidad recorría Europa, pero en Bairoa Heights, en Bairoa Heights, del Municipio Autónomo de Caguas, la infidelidad nada tenía que ver con la longitud de lo suyo y menísimos con el tal bandido, llamado Roberto se ha escrito ya. Todo lo contrario, estábamos todas y todos de get together bon aniversaire de la fete Grimaldienne: los publicistas de la agencia, los periodistas amarillosos y los empresarios de la industria de la construcción. @ Stefanía. Pararon las ruletas, negros y rojos, regresó Grace, el aeropuerto de Mónaco. Arrestaron al chofer.

Emmanueli me dice por aburrido que no empiece. Yo le contesto que ya empecé, y el tema giraba en torno a las inundaciones y las consultas de planos y mapas de ubicación. Berta se ofuscó en los problemas del catastro alemán, casi perfecto, y en el atraso de nuestra ley de propiedad horizontal, mientras la dueña de la humilde residencia residencial se resignaba a consolarnos de la siguiente manera: “No se preocupen, todos los camarones que se están comiendo con salsa marinara son de CostCo y fueron pagados a crédito ayer, no empece los nubarrones que se asoman burlones por la cordillera del negocio, con la Visa Gold”.

En ese momento la perrita terrier se sentaba a mover el hocico de lado a lado frente al cornudo, porque intuía el peso de la infidelidad. Los resoplidos del mercader de Venecia lo delataban, cristal murano, y su mal aliento empeoraba la triste situación. La perra ladraba bajito y la dueña ignoró las atribuciones de inquisidora del can. “¡Canten, canten!”, pedía la dueña, ladraba la condená, apoyada con sombrero de cívica del piano de cola que estaba instalado, redundo, lo sé, en medio de la sala de estar. “Que alguien se apiade de la memoria de Rocío Durcal, la más mexicana de las españolas, y que se digne a cantar como dama de alta sociedad”.

Ch.

Enseguida la doctora Rodríguez accedió a la petición, no podía desaprovechar esta oportunidad para ser la envidia de todas sus primas Conrado, esas muchachas que no quisieron arrimarse ni a la clave de Sol ni a la clave de Fa y que, en cambio, escogieron maridos maravillosos, que tenían hogares de envidia y de porcelana fina, con marquesina doble y todo, y que ya estaban en son de volverlas a hipotecar para ampliar las terrazas, los balcones con los jardines colgantes a la Babilonia, las alfombras persas asperjadas de ácaros y el display de cuadritos de las garitas en decoupage.

Al observar esa escena bucólica (enfocaban en el pastor) que incluye a la pareja borracha que susurraba obsenidades mientras se manoseaban frenéticamente en una esquina del comedor, el piano decidió que la noche no estaba como para teclas blancas, ni bemoles, ni jurisdicciones pentagramáticas de urgencia atonal. Todo lo contrario, al muy maderudo depresivo gruñón le dio con desviarse hacia las bachatas infames, sustitución pecaminosa que obligó a bajar a las niñas del Colegio Puertorriqueño, que descansaban bronceadas en el cuarto de huéspedes; último del hogar.

Las niñas bajaron, “mami, mami, mami, ¿qué hora son en este cuarto tan grande, con espejos de pared y lámparas de lágrimas color de diamante, con destellos de azul pavo real?”, curiosas, las muñecas hablaban. “Pues, hijitas mías, el azul pavo real tiene que ver con los escudos de sus apellidos constantes y repetitivos, y las pausitas, esos mismos que ustedes apuntan en las libretas caligráficas para el laboratorio de las monjas, los escritos que van a plasmar en sus capitulaciones matrimoniales; una vez decidan que es hora de que Roberto y lo suyo las trabaje por detrás.

Gracias a Dios y a la Virgen Santísima que el jardinero no escuchó nada de eso y que sus faenas comenzaban mañana por la mañana. Tijera en mano. Zas, zas, zas. El bizcocho se cortó y el pedazo del medio con los huevos a medio batir le tocó al hombre de la caza. “Datuipa, Datuipa, mi vida, cuando termines ahí, ¿me puedes sacar la basura, por favor?”. Dos codornices trajeron los perros en las mandíbulas luego del escopetazo, y esa última petición con perdigones fue de tan mal gusto que Datuipa tuvo que hacer un esfuerzo ignaciano para darle delete. Fin de su contemplación gastronómica con la pechuga rostizada del faisán. Según Emmanueli, al tipo le encantan las despedidas de soltero en los barrios negros de la capital, con putitas de tetas duras y nada debajo, con el coño directamente expuesto al rojo cranberry de su Martini Cosmopolitan.

Fregó Silvettina.

Betty mapeó.

Z.

El bingo estuvo a cargo de Naraducción y el chisme mejorcito de toda la noche lo contó Rampunsel. Son los viejitos de la casa de al lado los más sufridos –eran las trenzas, fue confirmado– porque el piano, obsesionado con las teclas negras y las corcheas semifusianas, decidió exorcisar con escándalos su oloroso mal estomacal. Una foto, familia, una foto para la revista Magazín. Yo pude distinguir entonces el centro de mesa y sus florecitas de Casa Febus. Eramos todos centralizados, leyendo poemas de Mario Benedetti y posando frente a la pila, detrás del cura Cosntantino, para la pose caricaturesca del inconsciente bautismo infantil.

Rosita me confesó que era alérgica al flash. Yo se lo perdoné con dos genuflexiones y un beso en la mano y, por si las moscas, anuncié a toda la ilustrísima concurrencia que me entró una llamada. Dejé que la copa rota echa pedacitos –redundo, lo sé– descansara sobre el chinero –nadie la vio– y en un abrir y cerrar de ojos me eché par de gotas de LSD y brillé la tetera de plata. Proust, loca sucia, para colmo parisina, no pude evitarlo, era setentoso y estaba pasado de moda pero esa mancha delataba otra infidelidad. La perra terrier se inclinó como para ensuciar algo y soltó una meada justo en medio del pasillo, sin permiso del cuadro de Alicia Alonso que depositó allí el representante artístico de Francisco Rodón. El piano hizo mutis, digo, las teclas blancas y su director sinfónico, y las mazurcas que provenían terribles de ese silencio del clacisismo (léase ascenso del criollismo) me penetraron los tímpanos. Caramba, Roberto, ¿usté no cree que en ocasiones como esta será mejor enviar las invitaciones en papel de hilo falsificado, superchería, pero por Internet?

II.

Es el momento de los gemelos filántropos, el brindis y la divulgación massmediática de la campaña publicitaria Somos Iguales, de SER. Es el momento de abrir los regalos, destellos de papel de estraza, que es mate, de acordarse de los aniversarios. Es, sin dudas, la noche de Silvette. Yo poso para el lente de Magazín, pícaro maquillado, ella se esmera en abrocharse el botón de madreperla y ajustarse las enaguas semitransparentes. Mami, qué rica. Yo le cojo el ruedo sin querer. “Silvette, amor mío, anoche te pegué cuernos con Emmanueli, todo está bien, cariño, todo está bien?

Hubo complicaciones, ciertamente, las hubo, porque las niñas bajitas vestiditas de ballet para la premiere del bronceado quisieron que su padrastro las ayudara a completar la asignación de inglés. Mark Strand tuvo que tapar huecos, pero contentísimo, porque lo suyo –olvídese de Roberto ahora– era la improvisación. My darlings, listen to me carefully:

‘Open the book of evening to the page
where the moon, always the moon, appears’
.

Eso les dijo, o algo con textura bechamel que se viene lento y así.

K.

Si vieran las telas y cómo las fruncían para que no se enlodaran. “Jaime, por favor, aguánteme el ruedo y la mariposa brocado agridulce aquí”. Jaime, cansado de estar de pie y sonriendo, se cuestionaba para sí: ¿Es boda o es wedding banquet?, robó alguna vez entre tanto cuestionamiento, hubo sed de justicia y contrato de servicios profesionales. Esto último entre tanto trámite notarial. Hubo amores en las alcobas de la servidumbre –más manchas, redundo, lo sé– y hubo que madrugar para hacer las camas y trasnocharse para mantenerlas calientes; antes de que los amos lo ignoraran por enésima vez como ritual propiciatorio del pasto y del irse a acostar.

Dieron las doce sin cenicientas, sólo con la protagonista simple y real de este cuento clarito: Cruella de Ville. Dieron las docen en punto y sereno y la madama se llevó el arreglo floral de su centro de mesa; un pétalo y su rocío se llevó por cada campanada. Tlon. Tlon. Eso se supo al día siguiente, cuando la Amanda, heredera legítima del inmueble inundable de Bairoa Heights, se sentó a leerle a la terrier su destino según iba apareciendo en el Tarot. Ahorcados no. La zota de oros no.

III.

Emmanueli echó un vistazo a la comarca de Willie Miranda Marín, alcalde, y al regresar el rabillo del ojo a la casa tropezó con los borrachos de la esquina del comedor. Eran 70 años. Los mantelitos ya, a esa hora, estaban desajustados. La leña de la chimenea seguía siendo de plástico y el jarrón chino contenía las mismas guajanas secas de la zafra del 52, como si aquella sala no se inmutara ante las frivolidades de tantas aves del paraíso a sus anchas y flotara como una pompa limpia por el jabón. Una verdadera sorpresa, todo aquello, porque la verdadera fiesta –redundo, lo sé– comenzó en ese breve instante en que no estás, sui generis, cuando se escucharon las risotadas en la cocina y ocurrió (como por arte de magia y un desvanecimiento) el segundo apagón.

– mcc#

In the corner of
your eyes, stranger,
Paul Celan

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