Archivos de la categoría Especiales

El farmacéutico

Elijó sulfamida la partida,
deliberadamente.
Insertó espermicidas
contra su rutina incesante,
amarga como siempre.
Y curtió con esferas de mercurio
sus caricias perdidas,
cicatrices oxidadas.

El desvelado tiempo muerto
entre promiscuas medidas
creó de su insuficiencia una patología.

En la niebla, ya la ternura se transmutaba
en una silente geometría de cianuro
que conservaba su avariento instante.

Hoy le pesa la guardia y la aturdida ida.
Pero como alquimista,
plomiza receta en mano, espera
ante la sagacidad
de su regreso.

La miseria en los peajes

Media onza de pena y compasión combinada es lo que hace falta para sacar del cenicero del carro un “dime” y sentirse mejor con uno mismo. Los peajes de heridas infectadas, de uñas sucias y dientes ausentes, son la realidad disfrazada por el tránsito en aire acondicionado del Puerto Rico Ford, Lincoln, Mercury; y para aquellos que por ese Karma maligno no gozan de la bendición de tener aire, siempre hay dos de cada tres que prefieren pasar el calor momentáneo con la ventana del conductor arriba, con tal de seguir mirando fijo al sol y esperar que pronto cambie la luz.Por qué han llegado tan bajo, para qué van a usar mi “dime” y cuánto tiempo me toma ganarme diez centavos era en lo único que pensaba cuando los veía venir. No era suficiente lidiar con la pesadez azarosa de no haberme podido comer la luz, sino que encima tenía que suprimir una guerra interna entre la compasión y el capitalismo.

Sentirme timado al dar o insensible al ignorarlos es una paradoja cíclica que no me deja otro remedio que cauterizarme la piedad o avivarme la misericordia. Sea como sea, su miseria de alguna manera nos hace reaccionar. Por mi parte, yo he decidido que siempre que tenga les doy. Quizás por eso siempre tengo, y quién sabe si también por eso nunca se me daña el aire.

Desvelo 10

La noche no le pertenece a los devotos del pitrinche
ni a los cardúmenes de cuerpos
que se pudren bajo el agua perfumada de la cama.
La noche es otra cosa.
Un algo más.
Más que una esquina anaranjada
para medias rotas
sin mujer.
Más que la intimidad banal de los tecatos.
Más que la escala
cromática
lograda
bajo el seno izquierdo de Ana Emilia.
La noche es pertenencia de las ratas
aladas
de los chinches-mimes
de los perros ciegos del vecino
y de los jugos amarillos que han dejado de ser sal.
La sal es un nosotros.
Un gesto irrepetible.
Malogrado.
Construido y consumado
a unas horas
donde el tiempo-carne
ya no juega a
palabrar.

Apóstol

La cámara se alza entre la gente. Panorámica. La tarde huele a ayer; a corridas entre los cocales, a la pulpa dulce del mangó y a las ollas de jueyes hervidos con sofrito. Sabe a sal el aire. A coco sudado de marisma. No hay brea. Rozar. El camino es un tumulto de pieles negras. Empujar. Imposible no pisar las capas de los caballeros y esquivar los coches de bebés y las gomas de las bicicletas. Te echas agua en la cara y te sientas sobre una verja ajena. Necesitas respirar. No debes hacerlo. Falta un largo trecho. Y par de rollos por tirar. El periódico te ha confiado el reportaje. Tú no querías volver. Necesitaban reafirmar su cobertura. Por eso te enviaron. Naciste en este pueblo. O aquí moriste alguna vez.Los deseos de la gente se amarran con cintitas de colores a la espada y a las patas del caballo blanco de Santiago. Procesión mayor. Las mujeres caminan con el paso de quien carga encima a Dios. Culipandean. Levantan entre seis el altarcito. Sonríen. Lloran. Cantan coplas de los tiempos de otros negros y se paran cada diez minutos para organizar la tradición. Gentío. Máscaras de caballeros, vejigantes, cascabeles, cristalitos y volantes. Viejos de cartón. Yubá. Los hombres locas. Sicá. Caminan al paso del apóstol y corean los repiques de un tambor. Leró. En la orilla de la carretera se alinean los vecinos en sus sillas. Arrojan rosas y claveles. Los rolos puestos. Bebés en brazos. Aplauden. Recitan. Oscilan las caderas con cadencia. Cañita. Saborean las frituras y se unen a la procesión. Loíza. A pie descalzo. Final de Julio. Pedaleando.

En la otra esquina un vejigante. Los sudores del disfraz se pegan sobre el cuerpo. Los turistas lo retratan. Frente a la cámara de algún canal un reportero habla. Los niños sonríen y hacen muecas desde lejos. Blanco, rojo y amarillo. Florecitas impresas hasta en la piel. Máscara turquesa. Un triángulo negro por nariz, aberturas blanco-lagrimosas como ojos y una boca enorme, rojo sangre, enmarcando una lengua anaranjada y dos dientes de madera. Snapshot. La foto desde el piso. Pose. Super Zoom. Algo encantador tiene la máscara. Color. Quieren gritar dos ojos. Más fotos. Las manos negras. Quita la máscara. Papá.

Monólogo de un reportero. Tiras la foto. Silencio. Han pasado los años. Quieres correr. Todo tiene sentido. Son cinco cuernos. Cabrón. La mano. Son cinco. Los dedos. Las uñas negras. La orilla de la playa. Nadie escuchó. Te toquetearon. Tú eras un coco. Desvirgue. Piquetes. Cumpliste tus trece aquel día. Artesanía. Su máscara. Huele a dolor. Y al cuerpo suyo encima. Más fotos. Mutismo. Se oculta. La lágrima se evaporó.

Sólo una mascara. Detalle folklórico. Encuentro furtivo. Disfraz. Das media vuelta. Es sólo un reportaje. Un personaje que no ha cambiado de oficio. Bullicio. Tragas muy hondo. No volverás.