Rooibos

rooibosRooibos y miel. Ésa fue la primera y única cajita de té que compré en Sudáfrica. De mi primera compra en el Checker’s del minúsculo centro comercial del pueblo. (El Checker’s, sin embargo, es bastante grande, como un Pueblo cualquiera –nada como los ridículamente pequeños supermercados de Holanda de dos cajas y 15 segundos para empacar.) Lo conseguí junto con arroz, supongo que pan, y algunos vegetales de la tiendita orgánica del pueblo. Pero me pintó de su color, rojo y miel como su olor dulzón de calentón húmedo de casa al regreso de la lluvia.

Para mí será siempre el sabor de esas mañanas complicadas sin café en que me levantaba con la única certeza de no saber qué me esperaba en el día. Una sensación fascinante y terrible. Es el olor, comoquiera, que me seducía de camino al trabajo –calle arriba, cruzando los rieles, calle abajo– hasta abrir la puerta de la oficina que se desparramaba en un piso de igual color. La caja tenía veinte sobrecitos; el primero lo usé el primer día, el último me esperó hasta que me fui.

Hace poco, meses después de mi regreso a Ámsterdam, me compré otro paquete. Muy pintoresca la caja, como anuncio de turismo post-apartheid, con líneas negras gruesas y gordas letras rústicas. Tan exótica como un safari promedio en el parque nacional Kruger, con sus tiendas de souvenirs y sus centros comerciales, de todo para el turista.

El rooibos crece nada más que en una pequeña parte de la región Cederberg en la provincia del Western Cape. Sus semillas son minúsculas y empedernidamente difícil de recoger en su ambiente natural; se dispersan al viento tan pronto abren las vainas. Los Khoi lo usaban mucho tiempo antes de que nadie viniera a visitarlos. Los colonos europeos empezaron el comercio (dice Wikipedia que fue un comerciante ruso quien empezó, me pregunto cómo llegó). Le pagaron a los granjeros por traer las semillas y finalmente tuvieron éxito en adaptarlo para la agricultura. Se dice también que siguieron a una anciana Khoi que encontraba más semillas que nadie, de camino a hormigueros surtidos que ahorraban varias horas de intenso trabajo. Mientras, se entregaban las semillas en cajitas de fósforos.

En apenas una década el precio del rooibos llegó a 80 libras inglesas por libra de semillas. En 1994 se patentizó la planta de rooibos en Estados Unidos. Diez años después, luego de peticiones, demandas y un caso perdido, los titulares finalmente ‘cedieron voluntariamente’ sus derechos de patente sobre esa planta de agua roja como la tierra en que caminaban los Khoi desde antes que a nadie se le ocurriera inventar un mercado para la semilla que ya ellos usaban.

No puedo dejar de pensar en Sudáfrica y en su olor tostado, ni en mis rutas y gentes de todos los días, cuando meto mi cara en la nube de un té de rooibos recién compuesto. Pero a veces –unas veces más que otras– frente a la caja de cartón brilloso y fondo crema y rojo, me pregunto, seriamente, a quién yo me estaré bebiendo.

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