Ritos de iniciación en la autopista

Hasta hace poco pertenecía a ese grupo de entes en peligro de extinción, cuyas vidas no giran en torno a un automóvil. No tenía licencia de conducir y todas mis diligencias las realizaba en transporte público. Muchos amigos, bien intencionados, me alentaban a que aprendiera a conducir. Yo me negaba indicando que podía vivir sin un auto. Es cierto que para llegar a tiempo a cualquier lugar tenía que estar una hora y media antes en la parada. Muchas veces los aguaceros de las tres de la tarde me enchumbaban hasta los panties. Otras tantas me desbocaba corriendo para coger una guagua y el chofer me ignoraba y seguía. También llegué tarde, sudada y de mal humor a los sitios, luego de esperar en una parada sin asientos ni cobertor. Aunque muchas veces mi determinación peatonal fue una muy tortuosa, he de confesar que escuché historias geniales, pude leer infinidad de libros durante los viajes y llegar a mis 26 años sin sulfurarme en un tapón.

Pero como toda etapa que comienza llega a su final, tuve que aprender a conducir. Este aprendizaje no fue uno tan fácil. Mi familia me impuso la veda de no enseñarme luego de que me llevara, con un carro del año, el portón eléctrico de casa de mi abuela. Tomé algunas clases relámpago con varios amigos, pero no acababa de adquirir soltura al volante. Hasta que un ángel forrado de paciencia me soltó su auto, no sin antes decirme que hiciera todo lo posible por permanecer viva y con mis piezas en su sitio. Me gradué en Curvas 101 de camino a Utuado y hasta pinté de amarillo uno de los “bumpers” saliendo de San Patricio. Ya no dejo pasar a la gente si no pone la señal. Ya me he chupado unos tapones de madre. Aún no me dan un boleto por guiar mal. Ya puedo entrar al expreso sin tener que persignarme. Las noches en Santurce nunca se habían visto tan hermosas como cuando voy por el expreso a 70 millas.

No fue hasta hace poco que tuve mi rito de iniciación en el Vietnam que pueden ser nuestras carreteras. Iba camino a Isla Verde y me las quería dar de Dora, la exploradora. Así que no cogí el Teodoro Moscoso. Pasé centros comerciales, “dealers”, y no encontraba la salida para el aeropuerto. El macharrán que vive en mí, por largo rato, se negó a pedir direcciones. Miraba y miraba, todo el mundo iba con las ventanas cerradas. Hasta que en una luz, quedé al lado de un muchacho flaquito que escuchaba reggaetón. A todo pulmón y acelerando me dijo que tenía que tomar el siguiente solo. Problema de los problemas, yo iba en el carril derecho y había dos carriles más antes de llegar al ansiado solo. Miré por el espejo y sobre el hombro, como me enseñó la viejita del “driving school”, y crucé los dos carriles. Le hice un soberano corte de pastelillo a una súper mega guagua de ésas que parecen troces, con mi guaguita tipo caculo. El tipo me gritó indignado: “¡Qué cojones grandes tienes!” Allí quedé yo, esperando en el solo, con una sonrisa de oreja a oreja… ahora sí que soy una “driver” que va a toas.

3 pensamientos sobre “Ritos de iniciación en la autopista”

  1. Sé lo que se siente. Después de siete años viviendo en Puerto Rico, vendí mi carrito en $300 porque tenía tantos tickets que no podía pagar el marbete. Ahora he vuelto a ser un ente de esos que depende de múltiples días de suerte, en los cuales la guagua llega temprano. Lamentablemente, eso no es así.

  2. algón día también me veré obligado a iniciarme. Nos veremos en Vietnam. Te quiero mucho.

    -El flaquito de Santillana

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *