Réquiem a la Sabiduría II

Llegué al examen final con puntualidad. Sólo éramos 4 muchachas y yo, el único varón. El curso se titulaba Homero, Dante y Joyce. Tollinchi nos repartió los turnos, debíamos pasar uno a uno al salón con él y allí, en esa desolación del salón 301 de Literatura Comparada de la Universidad de Puerto Rico, con aquella mesa tan ancha, vacía, leer varias páginas del monólogo final del Ulises de Joyce. Acto seguido, debíamos traducir al español esas mismas páginas. Esa era toda la prueba, una oposición oral a la europea, la única que tuve. Me tocó el primer número. Entré detrás del maestro, que llevaba un gabán beige y unos zapatos italianos de piel peluda color marrón. Cerró la puerta. Nos sentamos uno frente al otro. Yo temblaba de frío y de inseguridad. Lo primero que me preguntó fue Clavell, no le parece que este monólogo de Molly es muy fuerte para las muchachas. Inmediatamente, sin pensarlo dos veces, le contesté que no. Ellas están más que curadas de espanto que usted y que yo, profesor, en todo caso nosotros tenemos más pudor. Comencé y terminé mi recitación a duras penas. En la traducción salí mejor que en la lectura literal. Le di las gracias por todo y salí. No sé si comprendió lo que para mí significaba todo en esas circunstancias. Le hice una seña cómplice a la próxima en turno. Bajé las escaleras. Me acomodé en un banco de la placita Antonia Martínez. Agradecí a los espíritus eruditos haber tenido el placer de haber sido estudiante suyo. Prometí que ese mismo año terminaría el Ulises de tapa a tapa. Nunca he cumplido esa promesa. Fumé y me acordé de una cita de Joyce que se me quedó para siempre: “My soul is not an ashtray”. Eso, más o menos, fue lo que aprendí de él.

4 pensamientos sobre “Réquiem a la Sabiduría II”

  1. casi, na, manuelo, casi na aprendiste.
    yo nunca cogi clases con el, pero siempre iba a sus conferencias y apuntaba todo, y me se aparecia en suenhos, con esa sonrisa casi beatifica de cuando uno decia una estupidez. una de las ultimas veces que lo vi estaba amarillo, como si su piel fuera una vejiga de dializado y estuviera filtrando sus propios desechos. lo quise besar, o darle una flor, pero el no me conocia…

  2. Raque, Tollinchi conoce TODO.

    Me enteré que ahora mismo se encuentra hospitalizado, me encantaría ir a visitarlo, pero no sé, creo que la visita tendría olor a despedida.

    Manuel, me pasó igual luego de un examen final, no se si él entendió lo que “todo” también significaba para mí en ese momento. Su habilidad para ser confidente y distante me confunde y me agrada. Claro, lo que más admiro de él es que sabiendo tanto es tan sencillo, que ojalá ese sea parte de su legado, para aquellos que sabiendo tan poco tienen por alma un cenicero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *