Re-entry: Un performance de Rita Indiana Hernández

La escritora y performera dominicana Rita Indiana Hernández ofreció anoche el performance multimedios Re-entry en un pasillo aparentemente insignificante de la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico.

Sin embargo, la presencia de la artista, junto a su laptop, un proyector de imágenes, una mesa de la sala de profesores de dicha facultad y un público heterogéneo que hacía una especie de semicírculo perplejo a su alrededor, llenaron de significado la arquitectónica intersección que conecta los salones de clase del segundo piso con los anfiteatros donde se reúnen los estudiantes del mayor centro docente de la ciudad de San Juan.

El espectáculo comenzó con la ingesta de varias decenas de chicles para provocar en la intérprete un ataque diabético que consistió en largos minutos de observación fija sobre el acto repetitivo de desenfundar los dulces uno a uno, e irlos colocando en la boca, mascar hasta que dolieron las mandíbulas y liberar bombas color rosado mezcladas con babas de la saliva de la performera, savia cultural consagrada. Habría que conectar esta vaina de la sacralización de las calorías elásticas con la novela de Indiana Hernández titulada Rumiantes.

Más tarde, la inventora procedió a vendarse los ojos con la ayuda de la también performera noventosa Beliza Torres Narváez, quien fungió como cuerpo de control, policía de los gestos y palabras, facilitadora, ayudante y verdugo de las reacciones del público y varios de los neonatos ejecutantes.

El propósito del ejercicio de las vendas tuvo que ver con el juego de la gallinita ciega pues Torres Narváez procedió a darle vueltas a la performera quien, al detenerse, escogía a individuos del público señalándolos con el brazo extendido. La generala-ayudanta colocó a los elegidos frente a la mesa con la laptop y les entregó un trompo de plástico a cada uno. Les ordenó que los activaran y, justo en el momento en que dejaban de dar vueltas, accionaba una chicharra que tuvo oculta en señal de que los ejecutantes debían continuar su tarea hasta que otra cosa dispusiera ella.

De esta forma, el público tuvo ante sí la escena de los trompos -dirigida por la dominatrix- y a Rita intentando encender la laptop mientras mascaba la bola de azúcares y plásticos. Se presentaron problemas técnicos, por lo que el profesor Deepak Lamba Nieves, del departamento de geografía, debió intervenir como ejecutante ad hoc, acostado frente a la computadora para arreglar el malrato. Una vez estuvo listo el sistema, Rita procedió a escribir las palabras Charitín Goyco y a borrarlas. A escribir las palabras Conjunto Quisquella y a borrarlas. Las palabras yola, Aneudis murió de cáncer, Chari, Chartity, Goy… y un número indeterminado de combinaciones que se prolongaron por varios instantes.

El performance culminó con la firma en Arial #12 de la escritora junto a la de la Rubia de América, lo mejor que ha salido -lo único que vale la pena- de la República Dominicana; según escribió en la pantalla.

Silencio, perplejidad, júbilo y alivio en el público, que permaneció zombie toda la velada, en la que no hubo risas, ni interrupciones burlescas. Se respetó la mística que validó nuestra presencia en el auditorio: Hemos venido a aquí a observar el trabajo sublime de una megaestrella. Era un silencio reflexivo, por el que se colaban las luchas del yo con la necesidad de que pase algo trascendental frente a mis ojos, con la intención de que se calmen las expectativas de que Rita hiciera algo bueno y también que se calmen todos los llantos. Un silencio cómplice de un arte conceptual que asesina el arte sin poderlo asesinar, ni sacarle sangre, a la Duchamp, que colocando un urinal en el Museo lo desacraliza y a la vez lo universaliza como algo que no vale nada pero que es al mismo tiempo mucho más que importante. Rita protegida en el museo de la academia meándose en el urinal de Duchamp y pintando con esos orines rubios la melena exiliada de una criolla llamada Charityn. Se nos hizo la caridad de ponernos a hacer el ridículo viéndonos por dentro y viéndola por fuera al pensar.

Re-entramos al absurdo de los fetichismos, re-entramos a la desilusión de los actos de succión de las sanguijuelas dramático-literarias, re-entramos a la Facultad de Estudios Generales y su edificio enfermo de fiberglass y asbesto para seguir no haciendo nada haciendo algo con y sin más. Se nos escapó el tiempo de las manos y salieron los bostezos, fuimos esos trompos manejados y pausados por la acción de otro, fuimos ese acto de borrar y escribir nombres vedétticos con desos y lenguas de chicle.

La escritora no leyó, nada propuso, se sentó en el piso. Sin embargo, estuvo allí -la grabaron en vídeo, la saludaron desde las humanidades jet set- y más tarde cenó con sus editores de Ediciones Vértigo en la Marisquería Atlántica de Punta las Marías un plato de pescado dorado en salsa de pimienta rosa.

Entre derivas y prodivas antiliterarias, Héctor El Father ordena: “Sácala, ven y úsala, no le tengas miedo” y Rita estornudando porque el pique del dorado que le servimos aquí en Borinquen no era negro.

8 de noviembre de 2005
–M.C.C.

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