Rastros de pólvora: Visibilidad

Cuarto de una serie de trabajos sobre las “Seis propuestas para el próximo milenio” de Italo Calvino, en conmemoración del vigésimo aniversario de su muerte.

En memoria de Filiberto Ojeda Ríos (1933-2005), maestro del disfraz.

Caía la noche del 24 de enero de 1975 y Maurice Chopper llegaba tarde a su cita de negocios. La nevada, aunque tenue, no le favorecía, y se le hacía difícil conseguir un taxi que lo llevara de su oficina en los alrededores de Wall Street al restaurante Fraunces Tavern. Debía encontrase a las 6:00 en punto con Katu Maro, su socio principal en la empresa de contrabando de armas dirigidas a Kenia, y sabía que su hombre en Nairobi siempre era puntual.

Fue transportado varias cuadras por un taxista alemán, venido a menos, que vino a parar en Manhattan luego de la Segunda Guerra Mundial. Lo supo por la banderita de Alemania Occidental que colgaba del retrovisor y por el espeso bigote rubio del chofer. Después de identificarlo, según sus prejuicios de hombre de mundo educado en la London School of Economics, no insistió en descubrir nada más del interior del Chevy amarillo y se dedicó a observar la salida de los empleados del distrito comercial.

Por un momento su mente divagó, y comparó la escena con otra de su niñez. Las manchas negras y grises de los vestidos de los transeúntes fueron transformándose en pedazos de telas coloridas y los ejecutivos tomaron forma de mujer. Pensaba en la marcha de las madamas africanas, una detrás de la otra, por la orilla polvorienta de la calle principal de la capital. Regresaban del mercado hacia sus casas para preparar la última comida del día, sudadas, llenas de paquetes hechos con bolsas de papel –las menos– y con cestas de paja en la cabeza –las más.

“Two fifty”, dijo el alemán exiliado con acento yiddish, y en ese momento dejó de devanear. Sacó tres billetes de a uno de la cartera, pagó, y se dispuso a correr hasta la entrada del restaurant.

Como de costumbre, subió los cuatro o cinco escalones de mármol blanco y frente a la puerta lo recibió James Gerard, un negro corpulento, pero educado, de gestos finos y perfumado con Chanel #5 que desde hacía años se ocupaba de la puerta (un día sí y un día no) y de guardar los abrigos en la amplia consigna del histórico local.

Desde el vestíbulo, mientras se registraba, no podía divisar los ojos amarillentos de Katu, pero sentía las punzadas de su mirada asechante. Tenía la sensación de que tan pronto lo tuviese fijo en sus potentes esferas felinas, entrenadas para la caza nocturna, dejaría de pestañar. Frunciría el ceño en señal de reproche y le dispararía de la baqueta con su exótico acento inglés el consabido: “You are late. As always, man”.

Maurice no era un hombre paciente. No estaba acostumbrado a las escenas, pero ésta la tendría que tolerar. Katu era su amigo de la adolescencia y era fundamental para la conclusión del trato. Sin él, estaba perdido, así que no le quedaba más remedio que armarse de paciencia, morderse la lengua y pedir disculpas para aparentar un estado de paz. Sin embargo, no tuvo que llegar a eso.

Fue escoltado hasta el elevador por una hostess ataviada con el uniforme tradicional, a la usanza de las sirvientas yanquis de 1762, año de fundación de la taverna, recordada por su pasado de guarida revolucionaria y ahora convertida en un espacioso y exclusivo restaurante francés. “Su mesa”, como la llamaba desde que comenzó a frecuentar el nido a finales de los 60, quedaba al fondo del Nichols Room, que tenía una barra privada y era perfecto para conspirar debido a su privacidad.

Katu estaba tranquilo, más tranquilo que nunca, y cuando lo atrapó entre sus ojos amarillos, que lo habían convertido en una leyenda entre las mujeres de la aristocracia de Nairobi, nada dijo y ninguna emoción alterada mostró. Maurice respiró aliviado, le estrechó la mano y se sentó.

La conversación no comenzó de inmediato. Katu, antes de mediar palabra, aspiró una vez más el humo de un habano recién empezado y bebió un sorbo corto de cognac. Maurice aprovechó el silencio de su compañero para pedirle un güisqui doble a José Padilla, su mesero habitual, a quien todos en “el ambiente” conocían por el curioso apodo de El Talibán.

“Well, what’s up?”, preguntó Katu, “What is the final price?”.

Maurice no contestó. Quería probar su güisqui antes de entrar en detalles, así que cambió el tema. Trató de ganar tiempo llevando a su interlocutor hacia un ritual de repartición de saludos protocolarios. Su esposa Presta le enviaba saludos cordiales y su madre Grace quería saber si la comadre Fortune todavía convalecía en el hospital general. Katu no se dio cuenta de la táctica dilatoria, estaba cansado por tantas horas de vuelo, y conversó con naturalidad sobre el estado de los familiares kenianos, las amistades que tenían en común y sirvió de mensajero de buenas noticias porque la comadre Fortune se restablecía a esas horas y seguramente saboreaba su rutinaria taza de té sin azúcar en su mansión de la calle Dall.

El coloquio alejó a Maurice de su realidad conspirativa y lo transportó, por segunda vez en la noche, directamente a los recuerdos de la niñez. Esta vez nublaban la presencia de Katu (también la de las cortinas azules y las lámparas a media luz) el recuerdo del sonido infernal de los tiroteos entre las fuerzas revolucionarias y el ejército de su segundo país natal. Delante de aquel negro nervioso, pero frío y calculador, que no le temía ni a su sombra, comenzó a temblar como el pequeño Maurice que alguna vez fue. En su mente llamaba a papá para que acudiera a su cuarto y lo acompañara hasta que la balacera cesara o hasta que el embajador de los Estados Unidos en aquellas tierras malditas por el petróleo y el comunismo le cantara una nana somnífera que lo ayudara a olvidar.

El abrupto regreso al presente setentoso lo provocó José Padilla cuando dijo con acento de spik: “Your whisky, sir”.

Horas más tarde, cuando un paramédico le colocó una mascarilla para el oxígeno en la ambulancia, y recobró el conocimiento, no podía quitarse de encima la imagen de la cara de José Padilla, tan dócil y servicial. Entonces fue que hizo el esfuerzo, a pesar de la peste a pólvora que lo rodeaba, de entender por qué rayos le decían “El Talibán”.

Una bomba de dinamita acababa de explotar en su restaurante favorito, él estaba lleno de sangre y ollín y no se sentía las piernas. No sabía qué había pasado con Katu y sólo tenía claro que la última persona a la que vio con vida antes del estruendo y la lluvia de cristales era un puertorriqueño que estaba entrenado para ofrecerles a los comensales la especialidad de la casa: “Pistachio Crusted New Zealand Rack of Lamb”.

Nota al calce #1: La noche del 24 de enero de 1975 el Ejército Popular Boricua, comandado por el General Filiberto Ojeda Ríos hizo explotar una bomba en el restaurante nuyorquino Fraunces Tavern.

Nota al calce #2: La acción revolucionaria tuvo el saldo de más de 50 heridos y cuatro muertos.

Nota al calce #3: Los personajes y los eventos de este cuento, excepto los que tienen que ver con el día y la detonación del explosivo, los heridos y los muertos, no tienen relación con la realidad.

Referencias
Calvino, Italo. “Seis propuestas para el próximo milenio”. Capítulo 4: “Visibilidad”.
Fraunces Tavern (Since 1762): “Continue The Celebration of Freedom”: http://www.frauncestavern.com/index.html.
Rodríguez-Burns, Francisco. “Revolucionario de alma”. Primera Hora, 24 de septiembre de 2005.
Rushdie, Salman. “Shalimar The Clown” (2005) y “La desfiguración de Cachemira” (Reseña del libro que aparecerá en la revista “Letras” del periódico “El Nuevo Día” del 2 de octubre de 2005).
Ilustración de Jean Michel Basquiat: “Riding with death” (1988).

7 pensamientos sobre “Rastros de pólvora: Visibilidad”

  1. Esperaré ansiosa la reseña que haces de Rushdie. Me gustó tu interpretación de Visibilidad y agradezco a Calvino esos “Memos”.

  2. Muy buen ecrito, como todos. Pero te me pareces un poco a Borges porque como él me traes algunas confuciones históricas. Me parecía que Los Macheteros (dirigidos en ese momento más por Segarra Palmer y y Gonzalez Claudio que por Filiberto)se habían organizado tras la toma de poder de Barceló en el 1977, cuando lo del ROTC y que no hicieron expresión pública hasta el 1978, cuuando el asesinato de los avogados independentistas. Es decir, si lo que digo es correcto, en el 75 no habían macheeros. No estoy diciendo, necesariamente, que la información sobre el bombazo del Fraunces Tabern como acto de los macheteros sea falsa. Puedo equivocarme, no sé mucho de historia de PR. Sino que tu épica estilizada, ficcional o no, puede fomentar una interesante revisión histórica, fruto de algún desliz narracional.
    un abrazo

  3. Querido LO:

    Nuestro General anduvo por La Habana muy mucho antes del 77 entrenándose en asuntos paramilitares. Y en Nueva York también, el EPB se atribuyó el acto o puede ser que los del FBI se lo atribuyeran por ellos, en todo caso habría que releer el libro de Nieves Falcón para aclarar dudas, pero ahora mismo no lo tengo a mano. La información la obtuve de recortes de periódico de la época nuyorka de la guerrilla en Internet. Pronto se aclarará el hecho, si es que es posible aclarar alguna leyenda de hace 30 años en forma literaria. abrazo, m

  4. The FALN has claimed responsibility for numerous bombings in the United States; its 1975 bombing of Fraunces Tavern in New York killed four and injured 63. Los Macheteros, with the exception of the $7.1 million Wells Fargo robbery, attacked U.S. government targets in Puerto Rico

    CNN-Associated Press

  5. Manuel, estoy de acuerdo con Axel, ningún acto es unidimensional. Encuentro genial la forma en que presentas que una acción llevada a cabo por un ideal puede afectar otra dimensión ligada al mismo. Bárbaro. No comento mucho por aquí, pues casi siempre leo con prisa y haciendo malabares con las miles de cosas que tengo, pero admiro la forma en que construyes tus relatos. También, coincido con Yolanda en torno a la reseña de Rushdie.

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