Rara avis in terris

Brillan por su ausencia cada una de las clavijas que se colocan a los lados en el mastelero. Piensa y saborea la idea de permanecer atento hasta encontrar el hueso perfecto para ser colocado allí. Será sólo un adorno estético, con el único fin de superar al Stradivarius. Recuerda la confección de la tapa, en medio de movimientos pélvicos ansiosos, asfixiantes; sus manos siempre sobre el cuello de su amada, apretando su garganta, presionando, oprimiendo.

El diseño y el calado del puente para el violín armonizan con jadeos acústicos, inicialmente los de ella. Los ecos y asonancias demasiado claros desde el cielo de la boca, demasiado agudos desde el fondo del esternón, demasiado estrangulados en el destemple de laringe, sellan la idea de convertir el instrumento en algo así como un viaducto macizo. Un ente letárgico para pasar la noche sobre el ombligo agujerado por el arete de oro.

En ocasiones él entra a sus aposentos profundos, justo luego de haber tallado en madera, con las manos aún porosas y dominantes de macilla, cola, y aserrín. A ella le incomoda, le duele a veces, pero es consciente que le dolería más no tenerle. El “barre de basse” fue trabajado en presencia de la beldad, sobre sus rodillas, calando en los graves y demostrando la calidad en las emisiones agudas.

Rapsodia de voces altas, rapsodia de grandes bocas, gritos silentes en una frecuencia indescifrable. La toma del cuello nuevamente, desde atrás, pasando su brazo completo por los hombros femeninos que enmarcan un rostro cianótico, morado; aprisiona su cerviz como preludio de lo que hará con los filamentos, luego de extirpados; aspira su cabello y entra la lengua en los cauces que se crean hacia la nuca, en las zanjas sin oxigenación, luego por las orejas. La madera bajo la planta de los pies crece en todos los bosques de coníferas del hemisferio norte, y emigra como si supiera el destino propio. Como esa misma madera de lustre natural, poco resinosa en las mejillas y de anillos menos marcados en la faz, ella exhala largamente, acostumbrada a la fatalidad del erotismo en la carencia de aire. Seguida de una sofocación, suelta entonces las manos a los lados. Rendida, expirada.

La tapa superior del violín, en contrachapados de molduras, descansa incompleta aún sobre el mueble de ebanistería. No por mucho tiempo. La abertura de escalpelo que deshizo el arete dorado del vientre y lo tiñó de rojo, dejó expuesta la sonata sans viscères. Como un alquimista medieval, el laudero transforma nuevamente la materia. Los cordeles hacen juego con su creación. Son colocados y ajustados sobre la figura octagonal. Un festín de hilos armoniosos, de melodiosos canutillos; una algarabía orquestada de sonora cuerda. Ocaso.

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