A veces me pregunto tu nombre; por ejemplo, cuando anochece el Caribe y me deslizo en la autopista y tu voz y tus sonidos van quedando atrás. A veces me refugio en la palabra, como cuando tus ojos se anidan en mis manos y bajan la mirada, nerviosos de no ser. Otras veces trazo una ruta inconforme: una serpiente de tinta sobre tu plano insular, sobre tu rostro estático, y recorro mi invento sin vergüenza alguna, desaforado, sin respetar las señales de tránsito, que también acabo de inventar. A veces, ay, me contradigo: creo en ti y vuelvo a no creer, a veces –también– creo en mí y vuelvo a no creer.
Es momento de hacer un presente.
Sea entonces para ti mi incertidumbre; también mis balbuceos y mi propio temblor. Sea para ti esta pila de bloques amarillos (y te construiré un camino hacia Oz). Sea, pues, para ti, esta tremenda inconclusión; esta promesa de ser cristal, cuaderno tuyo, susurro tuyo, reflejo tuyo. Acaso –también y cuánto quisiera– voz y sonido tuyos (como cuando anochece el Caribe y me deslizo en la autopista y tú vas quedando atrás).

la cartografía del amor. me encanta este escrito por su urgencia del presente y el retorno. y por todo lo demás.
bienvenido a derivas. este texto me gusta. su movimiento.
Concuerdo con Luis, hay movimiento, es circular, se vuelve al atardecer (al crepúsculo que tan gastado está en la poesía), pero sin cliché, con cierta disposición a ser escrito (usualmente el poeta escribe a su amante, no al revés)…
Y destila pasión, tiene un nosequé de urgente pasión.