Presente estático

Siempre que juego me pongo a pensar en su cara. No sé por qué razón, pero cada vez que veía la sangre en la pantalla, la recordaba tendida en su cama. Tenía los brazos estirados hacia arriba y sus ojos habían quedado fijos en el punto rojo que emitía el interruptor de la lámpara de la flor de loto en la habitación. A veces sueño que estoy parado debajo del umbral de la puerta observando cómo ella se desangra. Su rostro está borroso, una neblina densa lo cubre. En ese instante no puedo moverme, me siento frío, estoy cautivado por las gráficas de la imagen.

Pausa

Me fui a vivir con mi padre a uno de sus apartamentos, el más lujoso, creo. Comencé con los videojuegos cuando tenía siete años, pero mi afición a ellos aumentó justo después de que mi madre murió. Los primeros días le tuve miedo; pensaba que todavía era el mismo de antes. Por eso no lo molestaba, no hablaba con él y me pasaba en el cuarto jugando videojuegos cada vez que llegaba del colegio. En esos días lo noté un poco extraño, ya no pasaba tanto tiempo en su bufete y toda la atención era para mí. Una mañana quise probar mi suerte y experimenté derramando el cereal encima de la mesa del comedor. Esperé que su puño aterrizara en mi rostro. Se puso de pie y me demostró una sonrisa tímida. Esas cosas pasan, me dijo y recogió el desorden. El temor que le tenía poco a poco se borraba de mi cerebro. Ahora me demostraba su afecto a través de los regalos que me hacía, que la mayor parte del tiempo eran sin motivo alguno.

Él sabía que me gustaban los juegos de video y no escatimaba en gastar lo que fuera para complacerme y mantenerme contento. A veces me pedía que escogiera los últimos que salían al mercado, sin importar cuántos fueran y cuán caros eran. Era feliz con encerrarme en mi cuarto y estar horas frente al televisor jugando hasta que la vista me doliera. Ayer fui un robot combatiendo alienígenas intergalácticos que invadían el planeta tierra. Hoy quiero ser el jefe de un clan de samuráis que salva el reino de un ataque de demonios del inframundo. Quizás mañana seré un asesino sin sentimientos que adora matar. Lo mejor es que aquí dentro puedo ser un dios.

Pausa

Estaba en el Japón de la era de los samuráis. Yo era el jefe del clan Kioka en la aldea de Satsuma. Comandaba unos 24 guerreros, todos familiares míos. Ese día, durante la mañana se podía sentir una extraña ansiedad que sumió a la aldea entera en una tristeza inconsolable. En la tarde, el presagio de algo horrible se comenzó a materializar en las nubes, cuando éstas se tornaron plomizas y el aire más denso, semejante al estado que preceden a las tormentas. Me encontraba en mi casa y platicaba con uno de mis discípulos esperando que llegara mi esposa de la aldea. “The sky has the color of the sword, master. A terrible feeling turns me weak. It reminds me of a dream that I had”, cuando uno de los sacerdotes de Izanagui entró a decirme que los onis y gakis rompieron los sellos infernales. Habían escapado y se dirigían hacia la casa imperial para destruirla y atormentarnos. “The demons have left their kingdom and destroy the sacred temple. Our village is in a great danger.” Ante esta llamada, me dirigí a buscar a mi esposa y avisarle de lo ocurrido. Encontré que la aldea había sido asolada por los demonios. Las cabezas humanas formaban pirámides en las esquinas y los torsos estaban empalados en lanzas que les salían por la parte de arriba. En el suelo yacían degollados ancianos y niños, algunas madres, aún con sus bebés muertos en los brazos, traspasadas sin misericordia. El rastro de la sangre que dejaban los cuerpos, despertó en mí el recuerdo de mi madre muerta.

Pausa

Cuando vi el líquido escarlata en la pantalla la volví a recordar. Esta vez fue más real. La cama se encontraba empapada, el cuarto estaba en un completo desorden, como si allí se hubiese dado una pelea por la vida. “This is the work of a demon, master.” A mi madre le encantaba la lámpara de la flor de loto que había traído de Japón. Ahora yacía en el suelo hecha pedazos. La mirada que antes se fijaba en el punto rojo, había cambiado y sus ojos ahora estaban más definidos, distantes. Mi madre había muerto contemplando un cuchillo lleno de sangre que estaba en el suelo. No se inmutaba, ya estaba muerta, su aliento se había desvanecido.

Pausa

Estaba resuelto a vengarme de ellos, mi odio aumentaba con cada minuto. El filo de mi espada estaba ansioso por rebanar los deformes cuerpos de los demonios. Con ella di muerte a cuatro de ellos que se me cruzaron en el medio. Los partí por la mitad como si cortara el viento. “Gakis are powerful, but they can’t stand the power of 30 generations of my ancestors.” Vi cómo su asquerosa piel se deshacía y al mismo tiempo expeler un gas violáceo y turbio. No me había percatado de que en el suelo, a la orilla del camino, se encontraba mi esposa tendida boca arriba con los brazos extendidos hacia arriba. Ella miraba resignada la hoja de acero clavada en su pecho. Me acerqué lo más rápido que pude para recostar su cabeza en mi regazo. “Don’t die, my love. Your body and blood beg for justice.”

Pausa

Solté el control, impresionado por los espejismos que ocupaban mi vista. En el juego, la cara de la esposa muerta del samurai se fue convirtiendo en la de mi madre. Sentía un terror inefable, pero sin la urgencia de salir huyendo de mi cuarto. Al contrario, quería quedarme allí para recordarla más. Lo primero que se me ocurrió fue buscar a mi padre en su cuarto, aunque supiera que él y ella al final ya no se querían. Detuve el juego y me dirigí hasta allí. Estaba en la hora de su siesta y no lo quise perturbar. Me fui a la cocina a prepararme un sándwich. Halé la gaveta y agarré un cuchillo. En ese instante sentí un ruido que provenía de la habitación de mi padre. Presumí que había despertado, sin pensarlo dejé lo que estaba haciendo y corrí a su cuarto. No me había percatado de que aún tenía el cuchillo en mi mano.

Pausa

Me detuve en el umbral de la puerta y me quedé estático por lo que estaba observando. El lugar se transformó en donde había estado mi madre desangrándose. Ella estaba en la cama con los brazos extendidos hacia arriba, pero esta vez se encontraba vestida como la esposa del samurai del juego. Llevaba un kimono blanco, muy brilloso, y contrastaba con la sangre que brotaba de su pecho. A su lado izquierdo había uno de los oni del juego. Era grande y tenía una armadura de hierro negra que le cubría el pecho y la espalda; su piel era roja y el cabello negro. Me vio y en su cara encendida pude distinguir las facciones del rostro de mi padre. Era como si el oni hubiese absorbido parte del físico de mi padre. Cuando me dio la espalda se transformó por completo en él y observé que llevaba un traje de vestir color azul, semejante a los que usaba para ir al bufete. Noté que sus manos estaban llenas de sangre y como ésta manchaba el piso del cuarto. Se volteó y pude constatar que era el oni. “Your body and blood beg for justice.” Ahora estaba sentada en la cama llorando. Yo me encontraba parado en el umbral de la puerta. Mi padre entró moviendo las manos de manera agitada, similar a los manoteos que se generan en una discusión. Yo podía sentir como el ánimo de él y de mi madre crecía con cada minuto. Se acercó a la cara de ella y le dijo algo que no logré oír. No sé si fui yo o el tiempo, pero dentro del cuarto todo se detuvo en un presente estático y ninguno de nosotros pudimos movernos de aquel lugar. El sonido del motor de algún auto al pasar por la calle, alguien abriendo y cerrando una ventana, un perro ladrando en la noche, el movimiento de los ratones hurgando en la basura y el interruptor para encender la luz en toda aquella oscuridad… todo se había detenido en ese instante. Vi a mi madre quitarse el anillo de bodas y lanzárselo en la cara al oni. Éste le propinó un golpe que la tendió en la cama. Su mano le dio a la lámpara de la flor de loto que estaba en la mesa de noche. Ella se levantó tambaleándose, fue al ropero y sacó una maleta. El oni se le acercó y le dijo algo al oído, y de repente salió corriendo de la habitación. Mi madre comenzó a tirar su ropa en la maleta, justo cuando él reapareció. No logré ver lo que llevaba en la mano, hasta que se acercó a su espalda. La asió por la cintura y a la fuerza la volteó. Ella lo miró directo a los ojos y luego él la abrazó. Mi madre, recostada en su hombro, daba unos movimientos descompasados. La mano derecha de mi padre soltó un cuchillo al suelo que emitió un eco vacío al chocar con las losetas del mármol blanco de la habitación. No hice nada para detener a mi padre, ahora ya es imposible recuperarla.

Pausa final

No me había movido del umbral, recordando la escena olvidada. Lo observaba mientras dormía; aún no despertaba. “Your body and blood beg for justice.” Me acordé de esta línea y vi que aún no había soltado el cuchillo que traje desde la cocina. Yo estaba armado y había comprendido que podía acabar de una vez y por todas con ese demonio.

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