(De visita)

Entretanto he estado en Heidelberg y Würzburg, en Berlín y de regreso a Ámsterdam; ahora en Salzburgo y mañana en Varsovia, después en Brno. Munich y Praga en algún momento entremedio, por sus aeropuertos. Tan pronto firmé el último papel que decía que me graduaba, me di el lujo de irme finalmente de visita. Justamente de visita, para coger vacaciones de mí misma.

En Heidelberg arrastré mañanas con Martin hasta las tardes que finalmente nos agotaban el desayuno y el sol, reventando la ventana, nos sacaba a rastras de la casa. Me fugué con el sol y las abejas que Martin esfumaba en sus cajas aquellas mañanas en que las iba a visitar. Me fugué mientras él, diligente, buscaba a la reina, las larvas y la miel. Me esfumé yo también.

Kleinrinderfeld me desapareció en la bruma de los mapas de Baviera. Casi ni existe y lleva más bien el nombre de Würzburg, una referencia conocida. Ahí desdoblé el espacio y, por un tiempo, mi apellido. Mayra Grimm por día y medio, de los Grimm que me tejen con sus íntimas historias cotidianas y leyendas de todos los días. De los Grimm de Kleinrinderfeld, Muizenberg, Sudáfrica.

Berlín, desde el principio, se escurrió del calendario. Y yo, diluida, me dejé llevar. Para qué intentar lo contrario, si para darle forma al tiempo allí estaba Annemarie, y Kate que lo repintaba. Eso hasta ese último día sin noche en que me tocó a mí, desmemoriada, rebobinar el tiempo por las tres.

En Ámsterdam cumplí veinticuatro, y un año de no ver ni a mami y ni a mi hermano. Un año exacto porque ahí, en mi propia pausa, los volví a ver: mami en el aeropuerto con su maleta, esperándome, y Jose, que no esperaba yo, abriendo la puerta con su maleta. Por la rendija de la puerta abierta vi también una Mayra que se me escapa poco a poco, Mayra boricua de paciencia sigilosa y abrazos escandalosos.

Desde Salzburgo escribo ahora, aunque probablemente termine en Polonia. En Salzburgo, en el mismo apartamento donde años atrás pisé por primera vez este otro lado, sola y en una tarde de invierno y nieve, la primera de seis meses. Donde reconozco los olores y desde donde puedo ver las montañas grises que conspiraron siempre con mi propia voz secreta. Mayra nevada y sin aviso; Mayra austriaca, de vez en cuando.

He querido tener el cuidado de cambiar de sitio antes de encontrarme yo, demasiado entera, en cualquier lugar. Y me he encontrado entera en cualquier pedazo.

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