Derivas
Por dos rands, un samoosa por Mayra Rivera

Nos abrumó con su pelaje de sueño de camino y sol moteado. Escurrió su lomo peludo en nuestras sábanas y con un resoplido mudo salpicó la bruma con motas negras que nos taparon los oídos al reloj.

Se supo que sonó, pero no lo escuchamos. Despertamos con sólo un cuarto de hora de ventaja. Con sobresalto antílope nos desbandamos lejos de la luz, la cocina y el escarceo de los cazos de aluminio, con frisas en las manos para hacernos nido, donde nos amarrara el suelo. Tomamos el camino de atrás por la hojarasca que nos llevaba hasta la montaña, hasta convencernos de que dábamos vuelta en el mismo lugar y que la plata de la noche se nos descontaba en vano.

Cambiamos rumbo sin celajes, dejando la gente y buscando el frío. Esta vez, hacia el camino desolado en la piel negra de la noche que pandeaba el universo de norte a sur. La luz, fugaz, era la sangre de luna que enyodaba los capilares ramados del árbol solitario en el camino, los capilares que bombeaban su sombra negra contra el tejido de la noche.

El suelo todavía no tenía cara cuando su sombra nos visitó al borde de la carretera. Allí donde debía estar, deslindando con su aliento esta tierra desparramada. Nos apretó llegando, nos soltó al pasar. Abrió los incandescentes ojos felinos entre casa y casa cuando me escuché llamar: mi madre, mi padre, mi abuela y mis hermanos, todos a una, rayando la piel moteada del tiempo, deseándome esa noche un feliz año. Allí, yo, envuelta en el cuero palpitante de una noche lejana, oscura y cimarrona.

Por dos rands, un samoosa por Mayra Rivera

Eventualmente, dejamos Swazilandia para buscar la corteza de las “montañas del dragón”, encaracoladas entre Sudáfrica y Lesotho. Veníamos trepando sus escamas hace un tiempo –en nuestros planes– y yo, también, en sus pinturas. En pinturas viejas como el frío porque ahí en cuevas se encuentran las pinturas más viejas de la humanidad, las pinturas rupestres de los San. Fue pues, una combinación de adrenalina rocosa e intuición añeja lo que nos arrimó al lugar. Queríamos escalar sin freno, moliendo piedras con los pies, montaña arriba, montaña abajo, acumulando cascadas de agua fría sobre piedra negra. Una forma de repechar lo que nos quedaba del año mientras el cielo azul nos estillaba el sol encima.

En las montañas no se pueden contar las horas porque siempre se escurren ladera abajo. Se pierden en distancias sobrepuestas que contorsionan los ojos fuera de las profundidades acostumbradas. Profundidades que una cámara no sabe discernir, lo he probado muchas veces. Peñones que parecen gravilla, kilómetros más abajo (en las fotos son sólo, precisamente, gravilla, sin la fascinación de la mutación ni el éxtasis de la roca que metamorfosea según te acercas, te alejas, cambias de ángulo y de plano en la montaña; gravilla sin dimensiones). Con las piedras allá arriba también se sedimenta el tiempo. Por lo menos, hasta que la piedra se quiebra en alguna planicie inmensa que preludia la última mordida al cielo, encamada en flores diminutas. Ahí ya el tiempo pertenece a otra dimensión, más abajo y menos real.

* * *

No sé, entonces, si descontamos ese último día del año o si se nos hizo harina en el descenso por las laderas de crema. Crema que no encontramos cuando queríamos celebrar esa última comida. Queríamos romper el ayuno de sándwiches untados en el carro, aunque fuera esa noche. Pero todo estaba cerrado, o de fiesta, y la pendiente de la montaña nos dejó en Steers, Fast Food. La llanura regada nos arrastró con la comida al gazebo de afuera, empeñado en atardecer frente a la larga carretera. Había hormigueo de hombres reunidos bajo el árbol de atrás. Llegaron a saludarnos con grandes sonrisas. Que buen provecho y feliz año; compartidos en cervezas y pelándose unos a otros ¿les queda algo de comer? Algunas papitas (se las pueden quedar), y tres preciosos sorbos de refresco (eso no lo digo). “Eich…no meat…” Haber llegado antes. Y hablamos y hablamos inventando cualquier cosa entre inglés y zulu; y nos abrazaron varias veces y nos apretaron para las fotos. Miré al más callado, medio tuerto por alguna infección itinerante, supongo, de frente a mí; me daba cierta paz. Otro al lado mío, que preguntaba de dónde veníamos y siempre olvidaba “Escocia”, a pesar de la asistencia de Rachel, Neill y Julie, soltó: “eich! You see that mountain back there? I was born and raised there, and I live there and I won’t ever move.” Y con el brazo regó la tarde que se escapaba sin ingenuidades.