Leopardo

kerstmis

Nos abrumó con su pelaje de sueño de camino y sol moteado. Escurrió su lomo peludo en nuestras sábanas y con un resoplido mudo salpicó la bruma con motas negras que nos taparon los oídos al reloj.

Se supo que sonó, pero no lo escuchamos. Despertamos con sólo un cuarto de hora de ventaja. Con sobresalto antílope nos desbandamos lejos de la luz, la cocina y el escarceo de los cazos de aluminio, con frisas en las manos para hacernos nido, donde nos amarrara el suelo. Tomamos el camino de atrás por la hojarasca que nos llevaba hasta la montaña, hasta convencernos de que dábamos vuelta en el mismo lugar y que la plata de la noche se nos descontaba en vano.

Cambiamos rumbo sin celajes, dejando la gente y buscando el frío. Esta vez, hacia el camino desolado en la piel negra de la noche que pandeaba el universo de norte a sur. La luz, fugaz, era la sangre de luna que enyodaba los capilares ramados del árbol solitario en el camino, los capilares que bombeaban su sombra negra contra el tejido de la noche.

El suelo todavía no tenía cara cuando su sombra nos visitó al borde de la carretera. Allí donde debía estar, deslindando con su aliento esta tierra desparramada. Nos apretó llegando, nos soltó al pasar. Abrió los incandescentes ojos felinos entre casa y casa cuando me escuché llamar: mi madre, mi padre, mi abuela y mis hermanos, todos a una, rayando la piel moteada del tiempo, deseándome esa noche un feliz año. Allí, yo, envuelta en el cuero palpitante de una noche lejana, oscura y cimarrona.

31 de diciembre de 2007

Eventualmente, dejamos Swazilandia para buscar la corteza de las “montañas del dragón”, encaracoladas entre Sudáfrica y Lesotho. Veníamos trepando sus escamas hace un tiempo –en nuestros planes– y yo, también, en sus pinturas. En pinturas viejas como el frío porque ahí en cuevas se encuentran las pinturas más viejas de la humanidad, las pinturas rupestres de los San. Fue pues, una combinación de adrenalina rocosa e intuición añeja lo que nos arrimó al lugar. Queríamos escalar sin freno, moliendo piedras con los pies, montaña arriba, montaña abajo, acumulando cascadas de agua fría sobre piedra negra. Una forma de repechar lo que nos quedaba del año mientras el cielo azul nos estillaba el sol encima.

En las montañas no se pueden contar las horas porque siempre se escurren ladera abajo. Se pierden en distancias sobrepuestas que contorsionan los ojos fuera de las profundidades acostumbradas. Profundidades que una cámara no sabe discernir, lo he probado muchas veces. Peñones que parecen gravilla, kilómetros más abajo (en las fotos son sólo, precisamente, gravilla, sin la fascinación de la mutación ni el éxtasis de la roca que metamorfosea según te acercas, te alejas, cambias de ángulo y de plano en la montaña; gravilla sin dimensiones). Con las piedras allá arriba también se sedimenta el tiempo. Por lo menos, hasta que la piedra se quiebra en alguna planicie inmensa que preludia la última mordida al cielo, encamada en flores diminutas. Ahí ya el tiempo pertenece a otra dimensión, más abajo y menos real.

* * *

No sé, entonces, si descontamos ese último día del año o si se nos hizo harina en el descenso por las laderas de crema. Crema que no encontramos cuando queríamos celebrar esa última comida. Queríamos romper el ayuno de sándwiches untados en el carro, aunque fuera esa noche. Pero todo estaba cerrado, o de fiesta, y la pendiente de la montaña nos dejó en Steers, Fast Food. La llanura regada nos arrastró con la comida al gazebo de afuera, empeñado en atardecer frente a la larga carretera. Había hormigueo de hombres reunidos bajo el árbol de atrás. Llegaron a saludarnos con grandes sonrisas. Que buen provecho y feliz año; compartidos en cervezas y pelándose unos a otros ¿les queda algo de comer? Algunas papitas (se las pueden quedar), y tres preciosos sorbos de refresco (eso no lo digo). “Eich…no meat…” Haber llegado antes. Y hablamos y hablamos inventando cualquier cosa entre inglés y zulu; y nos abrazaron varias veces y nos apretaron para las fotos. Miré al más callado, medio tuerto por alguna infección itinerante, supongo, de frente a mí; me daba cierta paz. Otro al lado mío, que preguntaba de dónde veníamos y siempre olvidaba “Escocia”, a pesar de la asistencia de Rachel, Neill y Julie, soltó: “eich! You see that mountain back there? I was born and raised there, and I live there and I won’t ever move.” Y con el brazo regó la tarde que se escapaba sin ingenuidades.

Swazilandia

Cuando dejamos Johannesburgo se nos desengulló detrás el rollo de la pura ruralía sudafricana. Amasada con dedos negros de barro suave en un despliegue de tierra a los cuatro puntos cardinales con el sonido amortiguado de su propio nombre: Mpumalanga. Íbamos camino a Swazilandia, un pequeño reino mordido en dos terceras partes por Sudáfrica.

Apretado como la cortina de lluvia que nos arropó llegando a la frontera. Se nos arrojó sedienta en todas las paradas: el puesto de Sudáfrica, para estampar la salida; el puesto de Swazilandia, para empapelar la entrada. La lluvia quería que supiéramos que andábamos en otro lugar, aunque no fuera evidente. Por eso, quizás, fue que nos cerró la noche entre agua y bruma. Esa noche guiaba Neill y yo a su lado, y a ambos nos tocaba extraerle la carretera a ese paisaje de niebla sin luz. Yo le decía si andaba en el carril, del lado izquierdo; él hacía lo propio del lado derecho. Y así desenrollamos el encintado camino a la negrura, cada vez más lejos de Mbabane. Sin luz podíamos saber que subíamos colinas mansas y que íbamos de camino a la hospedería rural que habíamos llamado algunas horas antes.

La noche mojada nos dejó llegar, pero todavía sin ver. Encontramos la vitrina de luz de la recepción donde nos esperaban. Entre grama y fango conseguimos la cabaña donde el barro se subía a las paredes para amasarnos una casa de tierra olorosa en este lugar remoto. Ventanas y paredes de madera que nos enfundaron en ese olor sabroso a hogar en las sencillas esteras de pura lana.

* * *

Se corrió la cortina de la noche y me despertó el mugido de una vaca con su hocico frente a la puerta. Abrí una media puerta y se espantó sin miedo hacia otra vaca que amamantaba su becerro, camino a la terraza por donde otras se paseaban, regodeando su reflejo en las puertas de cristal. Me desenredé de la cama para embalarme en un paisaje invertido de grama húmeda con ramas secas que desganchaban del piso; una media guagua hecha casi tronco de vieja, y pedazos de carcacha que reposaban como críos entre las gallinas y rocío color gris escarcha que le hacía eco a una quebrada intuida.

Desayunamos lo que nos quedaba y me fui a escribir lo que nunca terminé porque llegaron Ntombozi y su amiga a tocar las páginas de lo que había escrito y a bailar kwaito al lado mío. Kwaito y otras cosas que discutían con el DJ-bartender que escurría la música por las ventanas y les trampeaba los pedidos. La cortina, esta vez de sol gomoso y aire frío, se cerró detrás de las colinas de tierra contoneada como si no hubiera otra tierra de la cual venir. La frontera se engulló a sí misma con las muchachas bailando conmigo, llenando mi cámara y encomendándome al futbolín. Se revirtió con los bailes elásticos de Sibizo, un zulu que suave como un Swazi me juró que habiendo nacido allí, nunca regresaría a Sudáfrica.

Museo del Apartheid II

Pero este museo era también distinto a los museos del Holocausto. Fue otra cosa, después de todo. En los museos del Holocausto la violencia es real pero subrepticia. Invisible y apestosa, como gas. Está ahí pero no se ve; está hecha para intuirse, para olerse a millas en aire chamuscado. En este museo la violencia era de carne y hueso, quizás, porque sus fotos y videos no son posdata, sino el material de los eventos mismos. No se trata de la arrasadora violencia de la masacre; sobretodo, no de su abrasadora anonimidad. No era la masa exterminada, sino los individuos al detal. La velocidad de la violencia en tiempo real: la centrífuga de un cuerpo vivo al enredarse en alambre de púas en un salto de huida, la aceleración con la que regresaba al piso. La precipitación de otro, al ser bajado de un tirón desde el techo de una guagua. El moméntum de las descargas a macanazos sobre caras tangibles. La flexibilidad de partes insólitas del cuerpo. Las nuevas anatomías, sin ternuras. La física de la violencia.

Museo del Apartheid I

Fuimos al Museo del Apartheid. Entramos por 25 rands. Pasamos por pasillos de fotos que filtraban a la gente que dejamos atrás. Llegamos a la galería, un gran salón apartado.

Es un museo inmenso y admirable, documentado con meticulosidad, variado y creativo en recursos, y extraordinariamente extenso. Lleno también de largos párrafos en sus paredes de líneas altas y duras, de elegancia sobria y monumental. Su espacio, masivo y fundido en letras, nos recibió como un gran museo del Holocausto. En alguna parte de Europa, lejos de África. Otro continente de palabras grandes, de admiración por lo escrito y reverencia por razones llenas en paredes envitradas. Donde los museos son un “cubo blanco” de distancia forzada– para ver mejor. Un continente monumentalmente visual que sabe olvidarse de otras razones percusivas, de la sonoridad de los espacios pequeños donde se cuecen los murmullos de todos los días. Los de otro culto, los que se criaron en un continente distinto y cambiarían las paredes altas y macizas por algo más susurrante y terreno, se quedaron igual sin voz. Su voz fue trastocada en letras y colgada de las paredes que no oyen, para exhibirse a otros. Perdieron la voz, otra vez.

En este espacio foráneo vi sólo una familia más oscura que yo, arremolinada toda junta, como sosteniéndose en ese derroche de hostilidad endémica, de violencia representativa. Entonces me di cuenta de que la expiación tiene muchas formas. Aquí hay un espacio para sanar la culpa, pero un espacio seguro que mantiene al margen a quienes la recuerdan demasiado cerca. Un espacio privado de penitencia, a prueba de dolor y otras catástrofes. Un hiato por encima de aquéllos que si bien pueblan las paredes, aún no son protagonistas. Penitencia privada, a 25 rands más impuesto de alfabetismo occidental. Para quien la compre– en Sudáfrica o en el mundo allá, allende los mares.